Entrega 65

12:35 a.m.

— Pom poroborobon popom, poron proborobon popom —canturrea Eric detrás de mí, cachondeándose de mi forma de andar.

— ¡Quieres dejar de hacer el imbécil! —me quejo, deteniéndome para darle un cachete en el lomo.

— ¡Vale, vale! Sólo era una broma. Es que la última vez que te vi, llamabas al crío “Melón” y ahora podrías llamarle “Camioneta”

— ¡Pero qué gracioso eres, Eric, es que me mondo contigo! —ironizo.

— No te mosquees. Estás preciosa de todas formas. Además, así me pareces especialmente tierna.

— ¿Tierna? Podría abrir nueces con este barrigón —protesto mientras trato de tomar asiento en uno de los bancos libres del parque, sin caerme de culo y rodar calle abajo.— Estoy como el armario de La Bella y la Bestia.

— ¿Quieres un helado?

— Sí —respondo contundente.

— Bien, no te muevas de aquí. Vuelvo en seguida.

— Como si fuera tan sencillo moverme…

Eric se aleja, devolviendo a mi mente el recuerdo de sus andares chulescos, así como si llevara una bomba lapa en el paquete… Me temo que tendrá que aprender a caminar con un poco más de estilo. Lo cierto es que, a pesar de sus pasos de forajido del oeste, ese trasero lo compensa todo. Siendo honesta, hay pocas cosas que no se le perdonen a este chico, viéndole dentro de unos pantalones vaqueros. Hasta el heladero le mira alucinado. Bueno, puede que el hombre tema ser asaltado, pero si no es por eso, seguro que es por lo agraciado que es Eric.

Ahí vuelve, con dos helados gigantes, uno en cada mano, como si fuera a cortar el tráfico de la calle con ellos. Voy a reventar, pero habrá merecido la pena. De todas formas, no importa, porque en cuanto de a luz, volveré al gimnasio.

— Aquí tienes —dice Eric ofreciéndome el helado entre sus dedos, como una deliciosa antorcha olímpica. Se me podrían mover las orejas de pura felicidad.

— Bueno, ¿qué te parecen las fotos? ¿Han quedado bien? —pregunta sentándose junto a mí.

— Ni siquiera he podido abrir el book, Eric. No me ha dado tiempo. Recuerda que ahora mi vida transcurre a cámara lenta.

Coloco en mi barriga el álbum de fotos, tomo aire y levanto cuidadosamente la cubierta a sabiendas de que el contenido puede provocarme una repentina subida de tensión arterial, pero actúo como si fuera a ojear el catálogo de Leroy Merlin.
La primera fotografía, perfectamente encuadrada y en blanco y negro, muestra al morenazo de marras, descalzo, despeinado y sin nada que le cubra de cintura para arriba. Sabía que ese fotógrafo le sacaría partido. Hasta un niño con una cámara infantil, sabría hacerlo.
No me arrepiento de haber invertido tanta pasta en las dichosas fotografías. Si al final resulta que Eric no se come una rosca como modelo, al menos este material me servirá para sobrellevar los momentos difíciles de mi vida, aunque si este álbum se acaba quedando en mi casa, me voy a tragar muchos insectos al año de tanto abrir la boca.

Paso las hojas más rápidamente, haciéndome la dura ante la expectante mirada de Eric, que espera ansioso un veredicto. A veces me pregunto si es consciente de la carne que habita.

— Vale —sentencio.

— ¿Vale? —pregunta un poco inseguro.

— Que sí, que vale. Que están bien.

— ¿Entonces se puede enseñar en una agencia de esas?

— Sí.

— Ay, qué seca, Irish.

— ¿Qué quieres que te diga? ¿Quieres que te recree el oído?

— No, no es eso, pero entre tú con tu “entusiasmo descontrolado” y mi hermano con su ataque de risa interminable, no sé si lo que estoy haciendo es una tontería o de verdad va a servir de algo.

— No hagas caso. Tu hermano puede reírse cuanto quiera. El book es inmejorable.

Eric sonríe ampliamente, le da un lametazo de vaca a su helado y se lleva la mitad del mismo pegado en la lengua.

— Me encargaré de moverlo, tendrás noticias mías al respecto —le explico, intentando levantarme sin éxito del banco. Él se incorpora velozmente y me remolca hasta que consigo estar de pie.— Paseemos un poco antes de que la tierra me trague y el ayuntamiento me multe por llevarme el banco conmigo al centro del planeta, encajado en el trasero.

— ¿Estás segura de que puedes hacer esto? A lo mejor es preferible que me digas qué es lo que tengo que hacer y encargarme yo mismo de mover las fotos.

— No hay de qué preocuparse, Eric, puedo hacerlo perfectamente. Esto me mantiene activa y me hace sentir útil. De hecho, ya he mantenido unas cuantas conversaciones telefónicas con gente que podría estar interesada, mira esto: —le digo al tiempo que saco torpemente la libreta Moleskine de mi bolso y rebusco en las hojas hasta encontrar la lista de contactos que elaboré hace algunos días— toda esta gente está pendiente de recibir tus fotos, ¿qué te parece? ¡No he estado de brazos cruzados mientras tú te hacías las fotos! —exclamo orgullosa.

— Estás a punto de dar a luz, creo que sería conveniente que descansaras…

— ¡Aún me queda casi un mes! Te aseguro que necesito mucho menos tiempo que ese para conseguir que te vean y te contraten, ya lo verás.

— Me gustaría mucho más verte parir sin el teléfono en la oreja.

— ¿Verme parir?

— Sí, verte parir.

— ¡Ah, no! ¡Ni de coña! Además, Sharon quiere estar en el parto. Si te ve ahí…

— Ya… Me meterá los forceps por el culo.

— Bueno… Sí, algo así.

— ¡Pues yo quiero estar presente! ¡Tengo más derecho que ella!… Y mi hermano me ha dicho que también quiere venir —se queja.

— Sí, claro que sí. También podemos llamar a mis vecinos, a una banda de mariachis, a Lady Gaga y al Papa. Eso sería fantástico.

— ¡Yo soy el padre y James es el tío!

— ¡Y Sharon es su tía!

— ¡No es su tía!

— ¡Ni James su tío!

— ¡Pero yo sí soy su padre!

— ¡Pues yo soy la madre y he dicho que no!

— ¡¡Cómo has podido!! —se escucha un grito estremecedor tras nosotros. Inmediatamente nos giramos para descubrir a una pequeña mujer de pie, en medio del camino, respirando fuertemente cómo si el aire no llegara del todo a sus pulmones.

— La que faltaba —musita Eric.

Me vuelvo para mirarle y luego vuelvo a mirarla a ella, energúmena, fuera de sí. Se acerca a nosotros con los puños apretados, mordiéndose los labios y clavándome su mirada como un punzón. Necesito más de un momento para reconocer a Natalie bajo ese cuerpo escuálido, esos ojos oscuros, como el vacío, que asoman detrás de las lentillas coloreadas, hundidos en las cuencas, perdidos entre su cabello negro viciado. Mi corazón se contrae, quizá de miedo al ver el monstruo en que mi querida Nat se ha convertido, presa de su locura. Quizá de dolor, por el mismo motivo.

— Na… Natalie —logro pronunciar. Ella se detiene frente a nosotros. Observa a Eric, me observa a mí, a mi vientre, sollozando rabiosa.

— ¿Por qué me has hecho esto? —pregunta entre dientes.— ¿Te resulta divertido?

— Largo de aquí —le ordena Eric, haciendo un gesto con la mano y tomándome del brazo para tratar de apartarme de ella.

— ¿Hacerte qué? ¡Yo no te he hecho nada! —intento defenderme.

— Tú… tú me hiciste creer que era como tú.

— No entiendo.

— Dijiste que yo podía ser alguien en la vida, alguien respetable. Me trataste como si fuera alguien superior a quien soy en realidad.

— Vámonos de aquí, esta tía está colgada —insiste Eric tirando de mí.

— Espera —le pido.— Quiero escucharla.

— ¿Ahora quieres escuchar? —cuestiona ella con aire sarcástico.

— Sí, dime de una vez qué pasa en tu cabeza, Nat.

Natalie suspira y seca las lágrimas de sus ojos lastimosamente, pero no consigue parar de llorar.

— Todo parecía tan maravilloso… Todo era tan fácil para ti. Me conseguiste aquél trabajo tan rápido, luego ese otro cuando la cagué en el primero. Y todo tu mundo de ensueño, tu coche, tu casa, tú, tus amigos… Sharon parecía una muñeca perfecta sentada sobre aquél sillón de Muffin&Go… Tú siempre tenías una respuesta de revista femenina en la punta de la lengua, tan fantástica, tan ocupada, tan necesaria. Ese millonario estaba loco por ti. Y Eric. Todo parecía sacado de una película. Tú me abrumaste y me diste una esperanza para salir de mi miseria. Pero era mentira, Irish, ¿no te has dado cuenta? Jugué a ese juego creyendo que estaba en la realidad. Pensando que todo estaba cambiando. Que mi nueva yo valía mucho más que la de antes, y me sentí feliz. Orgullosa como nunca lo había estado. Repudiaba a aquél ser inmundo que te había vertido café sobre las piernas, que se fue lloriqueando de esa maldita cafetería. Esa Nat ya no existía, ahora existía Natalie, que pensaba que podía comerse el mundo sobre unos tacones imposibles y agarrando un bolso de imitación de segunda mano, porque alguien como tú le dijo que podía hacerlo. Llegue a sentirme tan feliz que empecé a sentir pánico de que algo me hiciera perder ese sentimiento.

— Pero Natalie, yo no…

— Sí. Me di cuenta de lo pequeño e insignificante que era mi yo de verdad —me interrumpe.— Mi yo de antes de conocerte. El que sale cada noche y cada mañana para disfrazarse de ti durante todo el día, esperando a que llegue esa vida que tú tienes. Luchando por no ser esa basura que soy en realidad para tornar por fin en alguien y saber qué se siente siendo una persona que le importa a los demás, a quien todos admiran y desean. Pero no, no puedo tenerlo todo y no puedo estar a tu nivel. Hasta tú lo sabes. Me di cuenta el día que conocí a Eric, en tu fiesta de cumpleaños. ¡No querías que me acercara a él porque él era tuyo! Me engañaste como a una idiota diciéndome que no era bueno para mí, luego te molestó que quisiera contactar con él y me quitaste de en medio tan fácilmente, Irish, que me di cuenta que era un simple mosquito a tu lado. Ya no era tan igual a ti como decías que era. Ahora te estaba molestando y me devolviste a mi lugar. Y cada vez el listón era más alto y más difícil de tocar y yo ya no era tu juguete. Todo era ya demasiado bueno para poder alcanzarlo, ¡demasiado bueno para Natalie! Y, contra viento y marea, quise tomar aquello que me prometiste que estaba en mis manos pero todo se escurría entre mis dedos. He luchado y luchado para volver a sentirme como tú me habías hecho sentir, pero ya no puedo. No puedo porque tú ya no estás ahí para engañarme. Y todo se desmoronó tan rápido… Aunque traté como una loca de mantenerme, ahora vuelvo a estar en el mismo sitio que estaba cuando te conocí, pero arruinada en todos los sentidos. Ya nadie me conoce, ni yo misma sé quien soy ¡¡y no quiero saberlo porque temo odiarme!! Dios mío, Irish… ¿Qué me has hecho?

— ¡Ya es suficiente! Estás enferma, tía, búscate un psicólogo y deja de culpar a los demás! —exclama Eric tirándome de nuevo del brazo para irnos.

— ¡Y mírate ahora! ¡Vas a tener un hijo con el hombre al que sabías que amaba! ¡¡Por qué!! ¡A ti ni siquiera te importaba! ¡Él era un juego, yo era un juego!

— ¡¡Natalie, estás completamente confundida!! —grito.

— ¡Basta ya! —chilla Eric, empujando a Natalie lo suficiente para que retroceda un par de pasos.

— Me has destrozado la vida, Irish.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

* Copy This Password *

* Type Or Paste Password Here *

5 Spam Comments Blocked so far by Spam Free Wordpress