Entrega 63

Pese a estar sentada, mis piernas continúan temblando y las lágrimas siguen brotando de mis ojos de forma descontrolada.

— Toma aire, —susurra Sharon— semejante llorera acabará dándote jaqueca.

— ¡Tienes que creerme, Sharon! No es como lo ha contado Peck. Yo sólo quería ayudar

— Quiero saber la verdad, Irish de Calcuta —dice suavemente. Suspiro y la observo dubitativa.

— Pues… Aquel día hablé con James, pero no llegué a un acuerdo con él, como te dije. Me sugirió que hablara directamente con Eric y…

— Fue Eric quien te obligó a hacerlo —termina la frase por mí.

— ¡No, no! —le disculpo.— Él me propuso un acuerdo y yo acepté.

— Ah, ya. Y, ¿en qué consistía exactamente ese acuerdo?

— Pues… En vivir conmigo una semana, ¡pero…!

— Te chantajeó —me corta ella.

— ¡No! Él me propuso aquello y yo…

— Le estás defendiendo, Irish, ¿no te das cuenta de que es un delincuente? Timar, coaccionar, mentir, robar. Todas esas cosas forman parte de su rutina. Para él es pan comido hacerlo y tú caíste fácilmente en la trampa. Esa gente es profesional, saben bien cómo engañarte. Me figuro que propuso el trato de vivir contigo a cambio de dejar de ver a Peck, ¿me equivoco?

— Pues… Es que… —titubeo.

— O sea, que sí. Y una vez en tu casa, te engatusó y acabó teniendo todo el sexo que quiso contigo, ¿verdad? —continúa.

Reflexiono su versión valorando la posibilidad de que sea completamente acertada. Empiezo a sentir náuseas al darme cuenta de mi ingenuidad. Qué claras se ven las cosas desde fuera…

— Corrígeme si me equivoco: Eric desapareció un tiempo mientras tú estabas de nuevo con Hank, pero cuando este se quitó de su camino, reapareció para probar suerte contigo de nuevo, ¿es eso?

— Bueno, él se enteró del despido y vino para preguntarme qué tal estaba…

— ¡Sabía que te estaba siguiendo! ¿Recuerdas que te lo dije? ¡Lo sabía! Oye, no le habrás dicho que estás embarazada, ¿no?

— ¡No! No, no… Claro que no —miento. Mi amor propio ya está suficientemente herido.

— ¡Menos mal! Entonces tendríamos un problema aún más grave. ¡Imagínate lo que ese cerdo podría hacer! Para empezar le tendrías día sí y día también en la puerta de tu casa haciéndote la pelota. Y no quiero ni pensar qué haría si llegaras a tener un hijo suyo pero, seguro que, de alguna manera, lo usaría para extorsionarte.

No hay un espejo donde pueda mirarme, pero sé que estoy blanca y petrificada, como un mimo en la estepa rusa. No puedo creer que haya sido tan sumamente estúpida. Eric nunca podría haber engañado a Sharon, pero conmigo lo ha tenido más que fácil.
Inevitablemente vuelvo a echarme a llorar. Quién fuera cochinilla para hacerse bola y enterrarse en la tierra hasta secarse.

— Irish, deja de llorar, ¿quieres? No voy a dejarte sola en esto.

— Y ahora, ¿qué? —pregunto abrumada pensando en mi incierto futuro.— ¿Me perdonarás algún día?

— Irish, eres una amiga, una hermana y casi una hija para mí, ¿cómo no iba a perdonarte?

— ¡Gracias, Sharon! —exclamo.— Debes estar tan decepcionada conmigo. Tú que has invertido tanto en enseñarme, en hacer de mí una persona lista y mira lo que he hecho. Estoy enfadada conmigo misma y avergonzada —confieso balbuceando, profundamente triste.

— Aún tiene arreglo, vamos. ¿Por qué no llevas las cosas a tu habitación, te das una ducha caliente, te pones cómoda y tratas de descansar?

— No podré dormir después de esto…

— Irish, deja de lamentarte en vez de tomar cartas en el asunto. Creo que lo más lógico sería que te quedaras aquí. Deja de gastar dinero en alquileres innecesarios. Además, esos dos puercos no se atreverán a acercarse si estás aquí conmigo. Ni se te ocurra volver a hablar con ese demonio. De momento no hagas nada más que calmarte y actuar con la cabeza… Bueno, quizá sí debas hacer algo…

— ¡Qué, qué!

— Plantéate abortar, ¿de acuerdo?

— Supongo que tienes razón…

— ¿Supones?

— De… De acuerdo, Sharon…

— Y no te preocupes por Peck, hablaré con ella. No volverá a casa mientras tú estés aquí.

— ¡No quiero volverla a ver!

— Entiendo. No voy a entrar en ese tema. Haz lo que te he dicho, anda —dice levantándose del sofá.— Voy a darme un baño y a la cama. Te veré mañana.

Sharon se pierde en la oscuridad del distribuidor. Imagino que le dará vueltas y vueltas a la cabeza mientras se bebe una botella entera de cualquier cosa que encuentre en su bodega.
Me seco las lágrimas con la manga del abrigo y me quedo mirando una gran mancha de rímel que he dejado plasmada en la tela. La escena parece sacada de una película de Almodóvar, sólo falta un travesti, que podría ser perfectamente esa zorra pelirroja traidora.
Apago la luz del salón y me acerco lentamente a la enorme ventana. Las calles están mojadas. Puede que lleve más de una hora lloviendo a cántaros. Espero que a Peck le haya pillado este aguacero, se le haya puesto el pelo como un seto, que el abrigo de piel le críe moho, que se resbale, que se caiga de culo, que el agua la arrastre hasta las cloacas y allí sea devorada por los cocodrilos.

— Maldita Ley de Encarna —mascullo en voz baja.

Oigo el leve sonido del grifo del cuarto de baño de Sharon llenando la bañera y a ella, poco después, cerrando el monomando que corta el agua. Las gotas de lluvia golpean más fuerte el cristal de la ventana, como si no quisieran dejarme ver la ciudad de Manhattan empapada.

— No tengo ganas de mojarme. Creo que deberíamos olvidar la ducha e irnos a la cama.

Recupero la pequeña bolsa de equipaje que pretendía llevar a mi nuevo hogar, y la devuelvo al cuarto de invitados. Mi habitación. Me bajo de los tacones, abandonándolos a su suerte en algún lugar a los pies de la cama y me acuesto acurrucada, abrazando la almohada.

— Me acosa la Ley de Encarna, ¿sabes? Bueno, es normal que no sepas qué es eso. Es un concepto bautizado por mí misma. Lo hice cuando me di cuenta de que la Ley del Karma no funcionaba conmigo. Que algo, quizá un error de transcripción de código, o de traducción, o que mi ser previo a la reencarnación tomó mal los apuntes y lo del “toma y daca” lo entendió como “toma y zaca”. Porque cuanto mejor trato de hacer las cosas, peor me salen. Cuanto mejor creo que me porto, más palos me llevo. Ahora entiendo a esos que dicen, “de bueno que soy, soy tonto”… Otras víctimas de Encarna. O a esos pringados que nos pasamos la vida luchando sin llegar al objetivo, motivados por esos otros que sí alcanzan la gloria, incluso desde el fracaso, porque, ¿sabes, Ciruela?, no siempre se gana aunque te esfuerces. La victoria no es para todos, no hay ganadores sin vencidos, ¿me explico? Y no siempre las cosas son justas. Está muy bien eso de animarse a uno mismo pensando que todo se pondrá en su sitio, pero esa no es la realidad. Y es todo una cuestión de suerte. No se trata de asumir que tienes mala suerte, sino de aceptar que a veces la tienes, otras no, y que de ello depende también tu victoria, por mucho que te empeñes en pensar que es sólo una cuestión de esfuerzo, ¿comprendes? Mira, te pondré un ejemplo: salir de Irlanda a lo loco, con un pasaporte falsificado por una madre desesperada que llega a cambiarle el nombre a su hija por el del primer bar que ve. Lograr llegar a España y conocer de pronto a Sharon, quien es capaz de arreglar esa situación sin despertar sospechas, es sencillamente suerte. Aprender a hablar, escribir y todas esas cosas, en un tiempo récord, es suerte y esfuerzo. Comer como un canario durante años y seguir teniendo dos kilos pegados al trasero, es un tremendo esfuerzo y mala suerte.
Últimamente, la Ley de Encarna se está cebando conmigo, quizá para que se cumpla la Ley del Karma en otros. Pierdo el trabajo, Peck me traiciona, Eric me tima, Nat me odia… Me pregunto si todas esas miserias tendrán también su compensación cósmica.

El desagüe de la bañera del cuarto de baño comienza a tragar. Sharon se acostará ya, aunque sea temprano para ella. No se encerrará siquiera en el laboratorio. Está demasiado preocupada, seguro. Es normal. Oigo caer hasta la última gota de agua por las tuberías, que nos deja a solas con los golpes de la lluvia contra la ventana. Un sonido que parecía agradable al principio pero que luego se convierte en una sacudida fría y metálica, como todo a mi alrededor. Una paliza hostil a un simple panel quebradizo, desde el cual sólo puede mirar a través si lo haces desde dentro. Esa soy yo, revestida de cristales que reflejan a los demás, sin que nadie pueda ver ni oír los gritos que se albergan en el interior. Una más de vosotros, los que ahí fuera, que vive fingiendo no haber escuchado nunca la lluvia caer sobre la tierra, sonando como niños que corren descalzos.

— Quizá estoy confundida. A lo mejor no es cuestión de ninguna ley sagrada. Sigo siendo esa ignorante, cuyo nombre odio recordar. Ese espectro sin identidad. Fácil de engañar, fácil de manipular, bajo una fachada de espejo, amable e integrado. Un fraude… ¡Oh! Debo estar aburriéndote. No voy a seguir torturándote con esto. Tengo a Sharon, afortunadamente. Ella siempre está ahí. Haré lo que ella me diga, siempre me aconseja bien. Traeré de nuevo mis cosas aquí y olvidaré ese apartamento de Queens. Me quedaré junto a ella, cuanto haga falta, siempre, si es necesario. Seremos como Epi y Blas. Siempre que no tenga que volver a ver a esa Bruja de Peck. En cuanto a Eric… ¡¡Espero que acabe en la cloaca con Peck!! Y tú, Ciruela. Tú deberías dormir también.

10:27 a.m.

Aprieto el botón que finaliza la llamada y suspiro aliviada. Cuánto me ha costado tener que contactar con Kevin, anular el alquiler de la casa y, para colmo, perder el dinero de la señal, ahora que estamos tan pudientes… Me asomo por la puerta de mi habitación y compruebo que Sharon aún no se ha levantado. O puede que no quiera salir de su habitación, aunque estoy segura de que se alegrará de que oficialmente se haya suspendido mi mudanza.

Me tumbo en la cama y le doy algunos toquecitos a Ciruela, por si no estuviera despierto.

— Puede que nuestro castillo de naipes se haya derrumbado, pero no era más que eso: un castillo de naipes. Suerte que Sharon me ha hecho abrir los ojos. Puede que a ti no te caiga muy bien, pero ella es una amiga de verdad y siempre tiene razón. Lo mejor es quedarme aquí y esperar a que pase un poco el chaparrón.

El teléfono móvil comienza a sonar. Tengo que quitarle ese tono futurista que tiene predeterminado. Cada vez que suena, parece que se me va a aparecer la señora del futuro esa del anuncio de lejía.

— ¡Mierda! Aquí le tenemos —exclamo al ver el display del aparato.— El malparido de tu padre. Por supuesto no pienso contestar el teléfono. Ese desgraciado… ¡Desde el primer día en que irrumpió en mi vida, comencé a perder absolutamente todo!

— ¡Irish! ¿Estás ahí? —pregunta Sharon desde el otro lado de la puerta de mi habitación.

— ¡Sí, adelante! —respondo después de silenciar y esconder el teléfono.

— ¡Pero bueno! ¿Es que piensas pasarte el día ahí tumbada sin hacer nada? —me regaña como fuera una nini.

— Pensé que estabas durmiendo, no quería hacer ruido.

— Vamos, perezosa —dice al tiempo que se adentra en mi cuarto y tira de las sábanas para que me levante.— Oye, ¿no tendrás malestares y cosas de esas? —pregunta deteniéndose de pronto.

— Poca cosa, la verdad. Estoy teniendo suer…

— ¡Pues arriba! —exclama tirando de nuevo de la ropa de cama, consiguiendo que dé un brinco sobre la alfombra.
Picky aprovecha para darme los buenos días restregándose por mis piernas.— Cielo, —añade tras observarme unos segundos— ¿has pensado ya lo que te dije ayer? No podemos esperar mucho.

— Ehm… Sí, ya… Aún tengo que hacerme a la idea. ¿Podemos esperar un poco?

— Está bien… —contesta tratando de ser lo más condescendiente posible.— Haré café, te espero en la cocina.

Sharon se ata el batín y se va atusándose cuidadosamente el cabello. En cuanto noto que el peligro ha pasado, chequeo de nuevo mi teléfono móvil y descubro un mensaje de “El inseminador”:

Seguro que ya has hecho suficiente penitencia por aquel helado que te comiste en Central Park. Prometo no volver a tentarte. ¿Me contestas al teléfono?

— ¡Maldita salamandra! —exclama mi alma a través de mi boca.

Viernes, 8:40 a.m.

— ¡No puedo creerlo! ¡Cómo se ha atrevido! ¿No crees que es demasiado? —protesto. La tostada que estoy untando con mantequilla está pagando las consecuencias de mi ira.

— Aham… —masculla Sharon sin apartar la vista del periódico.

— ¡Hank me ha vetado, Sharon! ¿Y ahora qué hago? ¿Dónde voy a encontrar trabajo ahora, si en cuanto ven mi nombre no quieren ni hacerme una entrevista? ¡A saber lo que habrá dicho este hombre por ahí! Tampoco es para tanto, ¿no? ¡Vale!, le puse los cuernos, ¡pero se comporta como si fuera la culpable de su alopecia!

— ¿No decías que se rapaba solamente porque quería?

— ¡¡Es para disimular que se le clarea el cartón!! ¿¿Qué importa eso ahora??

— Deja de agobiarte, Irish —responde sin interés.

— ¡¿Cómo que no me agobie!?

— Deberías preocuparte por otros asuntos más urgentes, ¿no crees? —me suelta a traición, plegando el periódico por fin y dejándolo de golpe sobre la mesa.

— Oh, Sharon… No empieces de nuevo por favor. Aún no estoy lista.

— Llevas semanas diciendo que no estás lista. Estás en la fecha límite, Irish, cuánto más lo alargas, más problemas tendrás. Te lo puedo practicar hoy mismo si quieres y, si prefieres que te lo haga otro doctor, conozco a varios, ¡pero hazlo ya!

— ¿Quieres que vayamos a dar un paseo? —intento distraerla.

— ¿Un… paseo? —pregunta aturdida.

— Sí, ¡vayamos a la calle, Sharon!

— A la calle —repite.

— Pasear, caminar, charlar… Esas cosas que hacen las personas normales —río ante su extraña reacción. Cualquiera diría que le he ofrecido hacer una orgía en Times Square.

— Sin ánimo de ofender: tengo cosas mucho más importantes en que invertir mi tiempo.

— Bueno… Entonces me iré sola.

— ¡Tú lo que tienes que hacer es lo que tienes que hacer! ¡Déjate de gaitas y quítate ese problema de encima de una vez! ¿Es que quieres salir a la calle con ese mierdoso por ahí merodeando? ¿que te avasalle a preguntas y se de cuenta de que ha sido él quien ha puesto ese problema en tu útero? ¡¡Es que no has aprendido nada de todo esto, Irish!!

— Sí… sí, claro que he aprendido —contesto un poco asustada.

— ¡Joder! ¿Cuántas veces tengo que decirte las cosas? ¿Es que hay que hablarte así? ¡Usa la cabeza! —exclama visiblemente desesperada, tomando mi cara entre sus manos.— Cariño, no puedes pensar ahora en otra cosa que no sea eso. Es tu porvenir, Irish, y se está tambaleando. Es mucho más importante que te quites eso de en medio y luego soluciones el tema del empleo ¡¡antes de estar pensando en dar paseos!!

Sharon me clava sus ojos heladores empapados de preocupación y nerviosismo como si quisiera apuñalarme con ellos. Se lleva las manos a la cabeza y suspira.

— Sharon, lo siento, es que…

— Hazme un favor, Irish: sólo piénsalo. Dime que vas a bajar de esa nube en la que vives y vas a pensarlo en serio. Dilo —pide imperativa.

— Lo haré, Sharon… —contesto acongojada. Ella se da media vuelta y me deja sola en la cocina sin nada en la cabeza.
De forma automática, saco discretamente el móvil del bolsillo trasero de mi pantalón y elimino la última llamada perdida que Eric me hizo hace un par de días. Tengo que reconocer que es tenaz. Cuando quiere algo, de verdad lucha por conseguirlo. Pero esta vez no, Eric. Esta vez no vas a ganar.

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