Entrega 62

11:22 a.m.

Por una vez, eso de repetirme a mí misma que hoy va a salir todo a pedir de boca, cien veces, delante del espejo, parece estar funcionando. Kevin, resulta ser de lo más agradable, tanto, que hasta he conseguido no pensar en la raja de su culo mientras conversábamos acerca de las condiciones del alquiler.

Esta casa es perfecta para mí, mejor de lo que esperaba. Me siento feliz de que el trasero de Kevin no me haya disuadido, y eso que lo de mudarme a Queens no me convencía del todo, pero creo que va a ser un acierto.

Le hago un gesto con la mano a un taxi y este se detiene en el punto exacto para que sólo tenga que extender el brazo para abrir la puerta trasera del coche. Me quedo hipnotizada con el vaivén del ambientador que cuelga de su retrovisor, como un metrónomo que marca el ritmo de mis pensamientos. De vez en cuando me topo con mi propia mirada en el espejo y me repito interiormente eso de “hoy va a salir todo a pedir de boca”… Y eso espero, porque aún no se me ha ocurrido la manera idónea de contarle a Sharon que me quiero ir de su casa. Puede que si le digo que no me entusiasma eso de tener visita diaria de Peck, —que no sería del todo mentira— Sharon no se sienta traicionada por mí. Por muy bien que se esté portando Peck conmigo últimamente, pasar las tardes escuchando sus historias para no dormir, hasta que le entra el hipo y ya no puede ni hablar, no es lo más apetecible.

— ¿Sabes, Ciruela? Creo que no será suficiente excusa para Sharon. Ella no tiene un pelo de tonta, así que tendré que acariciar sus oídos con algo que le guste oír —pienso. ¿Que soy una mujer independiente que prefiere vivir sola? Mmm… no es mala idea, pero hay que pulirla un poco. Gracias por tu ayuda —le susurro a Ciruela sin que el conductor del taxi se percate y me eche del coche por colgada.

1:30 p.m.

Sharon enciende uno de sus cigarrillos y se echa en el sofá de golpe, como si estuviera exhausta. Supongo que otra vez ha estado trabajando en el laboratorio. Temo que cualquier día salga de ahí una persona que ella ha armado con piezas de difuntos. La veo tan capaz… Sharon abre el cajón de la mesita contigua y saca un montón de papeles desordenados que escanea rápidamente con la mirada.

— ¿Te apetece sushi para comer? —me pregunta. Su sugerencia me causa una especial repugnancia sólo al pensar en el pescado crudo, algo que nunca me había pasado.

— No mucho… ¿Qué tal italiano?

— Picadillo de penne con salsa Petrucci. Es algo que me viene apeteciendo desde hace un tiempo —bromea.— Un momento… ¿Italiano? ¿Hidratos? Qué raro, ¿qué mosca te ha picado?

— Sí, me lo he ganado… Hoy no he parado —me excuso ante mi metedura de pata. Sharon se rasca la cabeza mientras busca entre los folletos algo acorde a mi petición. Sé que está pensando. La he observado durante años y conozco esa pose de aparente indiferencia. Es el momento de hablar del asunto de la mudanza, o acabará descubriendo todo aquello que no quiero que descubra, tan sólo usando su instinto.

— Sharon, tengo que hablar contigo —pronuncio tímidamente. Inmediatamente deja los papeles sobre el sofá y me mira con el ceño ligeramente fruncido.

— Sabía que algo te pasaba. Soy todo oídos.

— He encontrado un apartamento que es ideal para mí. He hablado esta mañana con el propietario y me ha dicho que tenía varios interesados, cosa que no dudo porque, la casa es preciosa y…

— ¿Te vas? —me interrumpe sorprendida.

— He dejado una señal y…

— Irish, —me corta— entiendo que quieras tener tu propio espacio. De verdad, lo comprendo, pero este no es el mejor momento. No tienes trabajo, vivir aquí cuesta un riñón…

— Sabía que esto pasaría —protesto. Sharon, sabes que no soy una persona que derroche el dinero, soy como una hormiga, tengo mis ahorros. Puedo permitirme vivir sola —explico tratando de transmitir toda la seguridad que puedo.

— ¿El tiempo suficiente?

— Claro que sí, Sharon…

— ¿En Manhattan?

— En Queens.

— ¡Oh, Irish, por Dios! Ni si quiera tienes coche, ¿has pensado en eso? ¿Cómo demonios piensas desplazarte? ¿En el maldito metro?

— ¿Por qué eres incapaz de apoyarme en algo? Me haces sentir estúpida… —confieso.

— Sé perfectamente que no eres ninguna idiota, no tergiverses mis palabras. Sólo intento hacerte entrar en razón. Aquí vives gratis, en Manhattan, en un apartamento de lujo y no tienes gastos prácticamente. Puedes irte cuando tengas otro trabajo, mientras tanto, es una perdida inútil de dinero. ¿Qué ocurre? ¿Es por Peck? ¿No será por ella?

— No me hagas esto más difícil —le suplico, incapaz de soportar tanta presión.

— ¿Difícil? ¿Qué pasa contigo? ¡Sólo trato de ayudarte y arrojar un poco de sentido común a todo esto! —responde en un peligroso tono pre-discusión. A una parte de mí le gustaría poner los puntos sobre las íes, pero no quiero hacer sentir mal a Sharon.

— Tú me enseñaste a ser una mujer independiente, a arreglármelas sola y disfrutar de mi propia compañía…

— No me vengas con monsergas —masculla enfurruñada. Le da una calada a su cigarrillo y lo apaga con saña en el cenicero de la mesa del salón, sin quitarme la vista de encima, probablemente adivinando que, en esta ocasión, no cederé a su favor. Se levanta del sofá, pasando ante mis narices pisando fuerte y echando el humo de la última calada.

— ¿¡Sharon!? Me has dejado con la palabra en la boca, no me digas que te has enfadado por contarte mi decisión —digo haciéndome la moderna.

— Pide la comida que quieras, ahí tienes el teléfono. No tengo hambre, me voy al laboratorio. Espero que disfrutes mucho de tu almuerzo solitario —contesta al tiempo que se aleja del salón, colocándose el culotte y desapareciendo después en su laboratorio.

Martes. 9:05 p.m.

Estaba claro que una mudanza organizada por Sharon, iba a ser fugaz. Ahora que mis pertenencias ya están en “Villa Irish” y que a Sharon se le ha pasado el mosqueo del anuncio de mi partida, sólo me queda aguantar la mini-fiesta que Peck se ha emperrado en organizar para despedirme… No tiene sentido, pero viniendo de Peck, no me sorprende. Aún recuerdo la que montó aquél día en que el Real Madrid ganó la copa de Europa. Una borrachera apoteósica y dos strippers en tanga fluorescente que no venían a cuento. Espero que no le dé por hacer nada de eso esta vez.

— ¡Irish! —grita Sharon desde algún lugar de la casa al escuchar el timbre de la puerta.— ¡Abre por favor, es Peck!

— ¡En seguida!

Tomo aire, pienso en un punto negro sobre un fondo blanco y me repito a mi misma: “hoy todo va a salir a pedir de boca”.

— ¡Hola, hola, bandida! —me saluda una frondosa planta tamaño Vladimir Tkachenko.

— ¿Peck? —contesto confusa.

— Un detallito para tu nuevo hogar. ¡De nada! —dice entregándome la gigantesca maceta, que pesa como una pila de muertos y casi me hace perder el equilibrio.

— ¿Una palmera datilera, Peck? ¿Su nueva compañera de piso? —pregunta Sharon al descubrir el presente.

— ¡¡Pesa mucho!! —exclamo tambaleándome de un lado a otro.

— ¡Oys! ¡Mira que eres blandengue! Y eso que vas al gimnasio… —bromea Peck entre risas.

— La abuela de Irish no irá con ella al nuevo apartamento, Peck, y esa cosa necesita cuidados —explica Sharon, mirando espantada la palmera.

— ¿Estás de coña? Semejante planta debería colaborar con el alquiler del apartamento —refunfuño cuando consigo dejar la palmera en el suelo.

— ¡¡A por las copichuelas!! —canturrea Peck, adentrándose en la casa de Sharon.

— Ahora ya tengo donde colgar al mono… —mascullo.

11:30 a.m.

Sharon se pimpla un cubata entero trago a trago, ovacionada por una Peck desatada, descalza y dando brincos. Observo la datilera tras el vaso de tubo que Sharon sostiene cada vez más vacío y me pregunto si Picky querrá usarla para purgarse, hacerse las uñas, o las dos cosas. Echo otra ojeada a mis dos amigas borrachas… ¿Cuántas copas más tienen que tomarse antes de caer inconscientes al suelo del salón? Muchas —me contesto a mí misma. Veré si soy capaz de largarme sin tener que llevarme esa palmera conmigo esta misma noche.

— Chicas, creo que me voy a marchar ya… —anuncio sin mucha energía.

— ¿Ya? Pero si es una fiesta en tu honor y no ha hecho más que empezar —vocifera Peck, divertida. Luego se me echa encima y me abraza, cumpliendo con las normas de la buena borrachera.

— Venga, Peck, no seas pesada. Bastante ha aguantado ya la pobre —dice Sharon, al rescate. Respiro aliviada y le doy las gracias en mi corazón.— Espera, cariño, deja que te acerque en el coche.

— ¡De eso nada! No puedes conducir. Cogeré un taxi, no te preocupes.

— ¿Qué no puedo…? ¿Qué no puedo, has dicho? —pregunta a carcajada limpia. Peck se echa a reír aún más fuertemente.

— Pasadlo bien, par de piezas —me despido al tiempo que me abrocho el abrigo y recupero mi bolso. Celebro que la dueña de la casa ni siquiera se haya acordado de la dichosa datilera.

— ¡Te echaré de menos! —exclama Sharon poniendo morritos graciosamente.

— Y yo a ti, gracias por todo. Eres una amiga fantástica —reconozco orgullosa. Digo adiós a ambas con la mano y tomo consciencia del giro del pomo de la puerta del apartamento de Sharon, como si ello supusiera el comienzo de una nueva etapa.

— ¡Espera, espera un momento, Irish! —grita de repente Peck, obligándome a detenerme.— ¿Es que no vamos a brindar por este cambio? Además, olvidas mi regalo…

¡Joder! —pienso. Pero controlo el gesto facial y sonrío haciéndome la despistada.

— ¡Ah, sí, claro! ¡…La datilera, sí…! Está bien, chicas, un brindis y me voy, ¿vale?

— ¡¡¡¡Sí!!!! —responde en plan ñoña aplaudiendo y dando botecitos en el sofá.

Ni siquiera me quito el abrigo. No quiero dar a entender que dejaré que el brindis dure más de la cuenta. Peck llena una copa de champán para cada una, las reparte solemnemente y alza la suya acompañando el gesto de una sonrisa de cine.

— Queridas amigas: quiero hacer un brindis porque nuestra pequeña y dulce Irish, ya es oficialmente una de las nuestras —anuncia.

Sharon y yo nos miramos un poco extrañadas, pero no la interrumpimos.

— Lo ha demostrado con creces —continúa.

— ¿A dónde quieres llegar, Peck? —pregunta Sharon, sin ocultar una sonrisa dubitativa en sus labios.

— Creí que nunca ibas a preguntarlo, Sharon. Irish ha hecho grandes esfuerzos para conseguir pertenecer a nuestra hermandad, ¿a qué sí, pequeña?

Sostengo la copa de champán sin saber qué hacer. Tengo el impulso de interrumpir a Peck, pero ella no me lo permite.

— De hecho, creo que se ha convertido en la más lista de todas. Eres todo un orgullo, cariño. Nadie habría igualado tu estrategia y la hubiera llevado a cabo de forma tan concienzuda. ¡Qué maestría! Y yo que siempre pensé que eras boba… Bueno, ya se sabe que las de tu tipo son siempre las peores.

— ¡¡Bueno, ya está bien, déjala en paz, Peck, estás borracha, estás desvariando y sólo dices memeces!! —grita Sharon enfadada.

— Shh, shh… Déjame terminar, Sharon, no te arrepentirás.

— Peck… —mascullo.

— ¡No fastidies!… —exclama Sharon haciendo amago de levantarse del sofá, pero Peck la agarra con fuerza y vuelve a sentarla.

— ¡He dicho que escuches! —vocifera logrando un silencio absoluto.— Esta niñita buena vio el cielo abierto cuando se dio cuenta de que estabas absurdamente preocupada por mis continuas quedadas con Eric. Te mintió y aprovechó que estabas ocupada reteniéndome en tu casa, para agenciarse a mi puto favorito y pasar una semanita entera de lujuria desenfrenada con él en su apartamento. Irónico, ¿no es cierto? Se lo tira día y noche para que no me lo tire yo.

— Pardon ? —susurra Sharon.

— Espera, espera, aún hay más. No contenta con todo eso, le convence para que no vuelva a verme más. El resultado es que Eric ya no quiere venir conmigo porque esta furcia le ha comido la cabeza. Ella, sin embargo, sí que puede verle cuando le apetezca, ¿verdad que sí?

— ¡Hija de perra! —pienso, incapaz de pronunciar palabra por culpa de ese fortísimo nudo que me ha salido en la garganta.

— ¿Qué te pasa, Irish? Creí haberte dicho aquél día cuando paseamos por Wall street y confirmaste el chisme que me contó Natalie, que ya hablaríamos del tema de Eric en otro momento, ¿no? Ahora es un buen momento. ¡Ah! Y, si no mal recuerdo, ese mismo día tú y yo quedamos en que te encargarías de Hank y yo me encargaría de Sharon. Bien, pues aquí me tienes, haciendo mi parte. Desde luego tú te has ocupado muy mal de hacer bien la tuya, como siempre. Por eso Hank se acabó enterando de que le pusiste los cuernos mientras él estaba de viaje y se lo tomó muy, muy mal. ¿Eso tampoco lo sabías, Sharon?

Sharon se gira lentamente para mirarme, boquiabierta y ojiplática, pero tampoco parece poder decir ni media palabra.

— Teóricamente, que conste que digo teóricamente, esa es la razón por la cual tu culo y el de Irish está aquí y no en WTP. Estás fuera porque Hank sabía que a Irish le serías mucho más engorrosa fuera de WTP que dentro, y que si siguieras en la directiva de la empresa, la readmitirías en seguida. Está claro, ¿no?

— ¡¡Mentira!! —grito en un doloroso llanto.— ¡¡Hank hizo eso porque sabía que me dolería mucho más cualquier mal que haga a Sharon que el que me haga a mí!! ¡Se sentía humillado y quería venganza, quería hacerme todo el daño que pudiera!!

— Lo que sea, niña —me interrumpe Peck.— No es que seas muy de fiar, así que deja que cada una montemos nuestra propia realidad. No sé tú, Sharon, pero a mí me cuesta creer una sola de sus palabras. Sobre todo sabiendo que, aún habiéndome arrebatado mi mayor fuente de endorfinas, habiéndonos engañado a ti y a mí como a estúpidas, a Hank, e incluso a esa piltrafilla de amiga que tiene, hasta haberla hecho enloquecer, aún oculta más sorpresas.

— ¿Qué?… ¿Cómo? —tartamudeo.

— Y ahí es cuando la teoría se choca con la práctica. Me refiero, por supuesto, al bombo. Un bombo que le ha hecho Eric, naturalmente. Una razón mucho más pesada para vengarse, incluso si eso se traduce en comprar WTP y darle la patada a ella y a su salvavidas de carne y hueso, tú, Sharon —explica como si se hubiera aprendido el monólogo de memoria. Sharon se gira de nuevo para mirarme con los ojos hundidos.

— ¿Estás…? —me pregunta Sharon en voz tenue, como si en realidad no quisiera saber la respuesta.

— ¡¡Sharon, lo siento, por favor, déjame explicártelo!! —le pido al borde del desmayo.

— ¡¡¡Ja!!! ¡¡Lo sabía!! —exclama Peck triunfante.— Tenía mis dudas al respecto por cómo mirabas todos los cigarrillos que nos fumábamos y por ese cambio de dieta tan raro. Es por eso por lo que te querías largar cuanto antes de este apartamento, ¿verdad? ¡¡Echa cuentas, Sharon!! Uno, dos, ¡casi tres meses! No puedes esperar porque se te empieza a notar, ¿me equivoco? ¡Tú misma acabas de delatarte, idiota!… Mmm… Aún te queda mucho que aprender, sigues siendo una lechona. Me equivoqué al pensar que podrías formar parte de la hermandad de las cabronas ejemplares, ¡¡no eres mas que una mentirosa vulgar y una cateta pretenciosa!! —grita enfurecida.

— ¡Basta ya, Peck! —ordena Sharon, autoritaria. Peck cierra de inmediato la boca dejando que únicamente se me escuche llorar. Nunca me he sentido tan vulnerable, tan incapaz de reaccionar ante un ataque. El miedo a perder a Sharon me ha paralizado. Ni siquiera soy capaz de pensar en atacar a Peck.

Sharon piensa cabizbaja durante largos segundos. Me mira con la boca entreabierta y el ceño arrugado, lo que desata un mar de lágrimas por mi parte que, hasta a mí misma me da lástima.

— O sea, —dice por fin— que nos engañas a todos, metes a un vándalo cochambroso en tu casa una semana, te lo follas, dejas que te preñe, tu novio se entera, nos dejan sin trabajo y vas… ¿¿y se lo cuentas a Peck?? —pregunta mirándome con los ojos muy, muy abiertos.— ¿Pero tú te drogas, Irish?

— Ha sido todo una estupidez, Sharon, por favor, perdóname —le suplico.

Peck suelta una hiriente carcajada, pero ello no hace que desista de implorar el perdón de Sharon. Ella, pensativa, me quita la vista y deja la copa sobre la mesa frente al sofá.

— Peck, creo que será mejor que te vayas, necesito hablar con Irish a solas.

— Por supuesto, cariño. ¡Irish, no olvides llevarte la palmera! —replica sarcástica.

— ¡Métete la palmera por el culo! —estallo.

— ¡Métetela tú! Después de todo, Eric te habrá dejado como la bandera de Japón —contesta tranquilamente.

— ¡¡Cómo!! ¿Cómo he podido confiar en ti? ¡No quiero volverte a ver jamás, zorra!

— ¡Zorra tú!, que te apropiaste de lo que era mío para tu propio beneficio. ¡Mosquita muerta! ¡Siempre intentando destacar con tus buenas intenciones de mierda y no consigues más que joder a la gente!

— Peck, vete ya —le pide Sharon hablando en serio.

— Claro que sí. No creas que no tengo ganas de quitármela de la vista yo también. He estado mucho tiempo aguantándome para decirle cuatro cosas bien dichas a esa niña tonta, pero al fin me he quedado a gusto. Se ha hecho justicia. No sé en qué pensabas, Irish, cuando creíste que todo esto te podría salir bien —dice saliendo del apartamento.— Cuando tú vas, yo vuelvo, bebé.

Peck cierra la puerta dando lugar a otro largo silencio. Sharon me observa y me invita a sentarme junto a ella dando palmaditas en el cojín del sofá.

— Dime… —murmura controlando la respiración.— ¿Todo lo que ha dicho Peck es cierto, o parte es producto de su intoxicación etílica?

— Es cierto, Sharon, —admito sollozando— salvo que no hubo mala intención en ninguna de las cosas que hice, al contrario. Todo salió como no debía salir. ¡¡Por favor, no me odies!! —le ruego— ¡¡Perdóname!!

— Irish, deja de llorar, ¿quieres? Tranquilízate.

— ¡¡Te prometo no volver a cagarla!! ¡¡Tendré mucho cuidado!! Me siento tan estúpida…

— Para, Irish… —me abraza pese a todo— Ven aquí. Quiero tener una conversación contigo.

2 opiniones en “Entrega 62”

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

* Copy This Password *

* Type Or Paste Password Here *

3 Spam Comments Blocked so far by Spam Free Wordpress