Entrega 67

— Oiga, me trae sin cuidado que esa mujer se haya volado la cabeza. Dígame dónde está Irish y cómo se encuentra.

— Tranquilícese, señora.

Encima me llama señora, el muy imbécil. Chusma incompetente… ¿Será capaz de contestar dos preguntas en una sola respuesta? No, no lo creo —pienso.

— Ella está estable. El hombre que la acompañaba llamó inmediatamente a emergencias y gracias a ello pudimos actuar a tiempo.

Sabía que no sería capaz de responder a las dos preguntas.

— Quiero verla. ¿Dónde está?

— En su habitación, pero la policía está haciéndole unas preguntas.

— ¡¿La policía?! ¡Lo que faltaba! Oiga, ¿y qué hay del bebé que esperaba Irish?

— El bebé está bien, aunque aún no he podido verle —contesta tras de mí una voz asquerosamente familiar.

— ¡Tú! ¡Tenías que estar precisamente tú con ella! ¡No podía ser de otra forma! ¡Y qué pasa, que a este no le interroga la policía?

— Ya le han interrogado, señora…

— ¡Oiga usted, deje de llamarme señora!, ¿vale?

— Ya que se conocen, creo que es mejor que les deje a solas para hablar. Buenos días —se despide el médico de urgencias rápidamente, previo a huir como un ratón, el muy…

— Dentro de lo horrible que ha sido todo esto, hemos tenido suerte. Irish podría haber abortado y además ella podría haber sufrido algún daño —se atreve a hablarme ese vándalo del tres al cuarto.

— ¡Ah! ¡Estarás contento entonces! Tu plan va sobre ruedas, tal y como tú querías, ¿eh, sucia sabandija callejera? Eres de esos imbéciles a los que les sonríe la suerte. Si por mí fuera, Irish estaría ahora tan tranquila en su nuevo trabajo, sin preocuparse de criar al hijo de un timador, pero se ha dejado llevar por un exceso de sensibilidad. Ten por seguro que esta vez no voy a permitir que te acerques a ella y le arruines la vida.

— Pe… ¿perdona?

— Te animo a que sigas los pasos de Natalie, insecto repulsivo, o te guarezcas en esa madriguera de mierda a la que llamas hogar porque de aquí no vas a sacar nada, ¿te enteras?

— Bueno, bueno, bueno… He aquí a la famosa Sharon en estado puro. Tienes fama de se una cabrona implacable. Yo en verdad, siempre pensé que eras más una zorra, pero ahora compruebo que eres aún peor.

— Ni te lo imaginas. Pero aun así, te estoy avisando. Vete por donde has venido y no vuelvas.

— ¿Crees que voy a obedecerte, más ahora que sé que además de todo lo que le has hecho a Irish, también tenías la intención de quitar del medio a mi hijo? No sé qué pasa en ese grupete de amigas tuyo. Peck se cree que la encuentro atractiva, Irish que soy un chiquillo y tú te has pensado que soy gilipollas…

— Y no creo que ande desencaminada… —le suelto antes de contestar al pesado que está continuamente llamando a mi teléfono móvil. Peck, por supuesto. Nadie suele insistirme tanto.— Peck, has leído mi mensaje, ¿verdad? Sí, estoy en el hospital, pero aún no he podido verla. Sí, el bebé parece estar bien también, ahora pediré permiso para entrar en la sala de incubadoras. ¡No! ¡No vengas!… ¡¿Para qué?!, ya la verás, ahora no es el mejor momento, además, ella no quiere verte ni en pintura. ¿Acaso quieres que te apalee con el porta sueros? Quédate en casita… ¡Pues dondequiera que estés, Peck, pero no vengas!… Sí, sí, se ha disparado en la cabeza. Te llamo luego, estoy ocupada.

— ¿Acaso temes que venga al hospital y la posea entre las bombonas de oxígeno?

— Piérdete Eric.

Juraría que ese bastardo ha dicho algo después de darle la espalda. Qué más da. Ahora es más importante hablar con la policía, averiguar de dónde leches sacó la pistola esa boba suicida y armar un poco este rompecabezas antes de hablar con Irish.

— Buenos días, soy Charlotte Dubois, médico cirujano. Quiero solicitar permiso para ver a un paciente en neonatos.

— Señora Dubois, por supuesto, cómo no, pase, por favor. Permítame adelantarme para avisar de su presencia al personal.

— Señorita, si no le importa.

— Oh, sí, sí, claro, discúlpeme.

Irish debe estar cazando moscas… A ver ahora cómo hago para quitarle de la cabeza lo que esa imbécil ha hecho delante suya.

— Es un honor, doctora Dubois —dice una de las enfermeras, seguida del resto del personal de la sala.

— Gracias. Un par de guantes, por favor. ¿Cuál de estos es el bebé de Irish Grace Corner? —pregunto mientras presiono el dispensador de gel desinfectante de manos.

— Aquél de allí —indica una auxiliar, facilitándome a la vez unos guantes de látex.

— Mmm… Acérqueme el informe. Es un bebé bastante grande y tiene buen aspecto, ¿cuánto piensan dejarle en la incubadora?

— Sólo un par de horas más, doctora.

— Aha —respondo mientras leo el informe del hijo de Irish. Ayden. No está mal. Mírale… Sólo es un mocoso pero se intuye su herencia paterna. ¡La madre que lo parió! No cabe duda de que es hijo suyo, maldita sea.

— Este pequeñín ha tenido mucha suerte. A pesar de la aventura de esta mañana, él está muy sanito —comenta la auxiliar. Qué tía más cursi.

— En cuanto puedan, llévenselo a su madre. Buena falta le hace pensar en otra cosa.

Me quito los guantes y me dispongo a salir de la sala de neonatos, pero antes echo un vistazo a mi alrededor en busca de alguien que haya podido tener más contacto con Irish que el personal del nido. Todo el mundo parece inmerso en sus labores. Nadie se pondría a cotillear del tema delante mía, de modo que tendré que preguntar en voz alta.

— ¿La policía sigue interrogando a la madre?

— Así es, no creo que tarden mucho en salir, doctora Dubois —responde uno de los médicos.

— ¿Qué habitación es?

— La doscientos catorce, doctora.

Había olvidado estos pasillos abarrotados de gente. Ahora ya recuerdo por qué dejé la medicina: es demasiado humana y eso atrae humanos.
¡Vaya! Parece que los agentes están saliendo ahora de la habitación de Irish. Estupendo, justo a tiempo.

— ¡Agente! —intercepto al que me parece más espabilado de los dos.— Soy Charlotte Dubois, familiar de Irish, me he enterado vagamente de lo que ha pasado. Es terrible, Irish tiene que estar tan consternada… Díganme, ¿dejó Natalie alguna nota?, ¿dio algún tipo de explicación? Es todo tan impactante… —pregunto entre un creativo halo de empatía que los polis parecen tragarse.

— Sí, su amiga está turbada, naturalmente —contesta el tío tras comprobar en su libreta, que mi nombre figura en la lista de familiares de Irish. — Por el momento no sabemos de la existencia de ninguna nota de suicidio, pero todo apunta a que lo hizo por celos.

— Oh, sí, agente, es una observación muy acertada. Seguramente tenga usted razón. Lo que no logro entender es de dónde sacó Natalie ese arma. Ella era una chica muy… En fin, puede que estuviera enajenada y ello la arrastrara a comprar una pistola, aunque resulta difícil de creer.

— Probablemente fuera robada. Es un modelo de beretta un poco particular. Tenemos nuestra teoría, pero aún no puedo decirle nada.

Ya veo. Todo empieza a tener sentido —pienso.

— Entiendo, entiendo. Lo mejor será dejarles trabajar. Gracias por atender el caso, señores, ahora, si me disculpan, voy a ver a Irish.

— Desde luego, pase, por favor.

Los policías se quitan de en medio y me adentro en la habitación de Irish, cerrando a mi paso la puerta para evitar intrusiones.

— Irish, me llamaron por teléfono. Me han contado lo que ha pasado. Menos mal que estás bien.

Lo que me temía. La niña ni siquiera se mueve. Oh, Dios, dejará que la historia del agujero en la cabeza de esa pardilla la marque de por vida. Espero que al menos relacione a Eric con estos hechos y no quiera volverle a ver.

— Irish, mírame —le pido sujetando su barbilla.— Ya sé que todo esto ha sido un asco para ti, ¡de veras lo entiendo!, pero no puedes dejar que tu vida se paralice por ello, ¿de acuerdo?

Nada. Está en modo lobotomía. Paciencia, Charlotte, vuelve a intentarlo.

— He ido a ver al niño, le sacarán de la incubadora en breve. Está perfectamente, supongo que ya le habrás visto. Es una pena que no haya podido estar presente durante el parto. ¡Ah!, me gusta el nombre que le has puesto. He pedido que en cuanto puedan le traigan aquí contigo. Dadas las circunstancias, lo mejor es que te centres en él ahora. No te preocupes, ya le he dicho a su papito que se vaya por donde ha venido. Sólo falta que ese ratero se pasee por aquí cada dos por tres para darte la paliza. Por cierto, estabas con él cuando pasó todo esto, ¿verdad? Ya me explicarás qué es lo que estás haciendo con él, porque si te ha vuelto a molestar, yo…

— ¡¡Crees que estoy pensando en todo eso ahora, Sharon!! —grita con una energía inusitada, propia de una resurrección repentina.— ¡Me importa un bledo todo eso! ¡Mi amiga Natalie ha muerto!

Me incorporo y reviso los medicamentos que se le están administrando por vía intravenosa, pero ninguno de esos medicamentos se caracteriza por proporcionar tanto vigor.

— Ya. Te he dicho que de veras entiendo que no estés bien. Estarás un tiempo en shock, pero cuanto antes hagas por superarlo, mejor te sentirás. Ah, no te preocupes tampoco por Peck, ni siquiera le he dicho en qué hospital estás.

— ¡¡Sharon, que le den por culo a Peck!! ¡Que os den por culo a todos, dejadme en paz!

— …Está bien, está bien. No estás de humor. Estaré ahí fuera por si necesitas algo.

— ¡Cierra la puerta!

Salgo de la habitación y cierro la puerta, tal y como me ha pedido, antes de que su cama levite y ella comience a vomitar como una boca de riego.

En el pasillo sigue habiendo demasiada gente… Tres, seis, ¡doce personas, nada menos! Oh, putain ! Creo que mejor salgo a fumar. Sí, ahora hay trece personas y están todas vivas, esto es un exceso, me voy.

Debo vigilar de cerca a esa sabandija desaliñada o podría colarse en la habitación de Irish y convencerla de que se haga de la iglesia de los adoradores de Rambo. No puedo alejarme demasia… Merde ! ¡El otro vándalo! ¡¡James!! Viene directito hacia mí, ¡y lleva un ramo de flores! ¡Eric le ha debido contar todo y el muy payaso se ha presentado aquí! Ce connard ! Tengo que detenerle.

— ¡Eh, tú, imbécil! ¿A dónde te crees que vas?

— ¡Hola, dulzura! —saluda con cara de gilipollas.— Sabía que te alegrarías mucho de verme. Mi hermano me ha contado lo que ha pasado, ¡qué putada!… Así es la vida, el muerto al hoyo y el vivo… ¡dónde está mi sobrinito! Cuando hablé con Eric me dijo que aún no le había visto, pero que estaba todo bien. No me he cruzado con mi hermano, ¿sabes dónde está? A lo mejor ha ido a verle.

Tomo rápida conciencia de que no puedo romper el cuello de este sujeto delante de toda esta chusma o acabaré en la trena, de modo que agarro su pechera con fuerza suficiente como para acallarle por carencia de oxígeno.

— Escúchame atentamente, bacteria inmunda: me trae sin cuidado si le devuelves las flores a la Señora Gladys o si vas a aprovecharlas para cenártelas esta noche, pero si continúas merodeando por aquí, te vas a arrepentir. Vas a darte la vuelta y a largarte por donde has venido, o te juro que lamentarás haber nacido. Sé listo y hazme caso.

Lamentablemente me veo obligada a soltar a James y dejar que recupere el aliento. Se frota la garganta sin dejar de mostrar esa sonrisa estúpida en su rostro.

— Joder, tía. ¡Cómo te las gastas! Cof, cof… ¡Qué bruta! ¡Oye!, ¿Y cómo sabías que había tomado prestadas las flores?

— Porque aún tienen la tarjeta, subnormal. Ahora largo.

— Vale, vale… Vendré un día en el que no haya luna llena, vaya carácter…

El sucio bastardo levanta las manos y se aleja parsimoniosamente. Si tuviera un arma…
No es momento de dejar este pasillo sin vigilancia. Podría aparecer de nuevo esa mutación de la basura, o lo que es peor, su hermano Eric. Me sentaré aquí y haré guardia hasta ver cómo avanza el día.

6:40 p.m.

Está muy claro. No sé qué parte no entiende Jiang de todo esto. Podemos encargar el distribuidor de energía a los mismos fabricantes del conmutador. Nadie se tiene por qué enterar de que es para el mismo proyecto y ni se imaginan qué es lo que vamos a hacer con eso. Además, ya sabemos que son gente seria trabajando y evitaremos incompatibilidades a la hora de ensamblar… ¡El niño! ¡Por fin! Creía que tendría que quedarme aquí compartiendo el oxígeno con otros durante mil años más. Ha sido terrible. Putain, qué berridos. Seguro que el hijo de ese necio es el que más llora… Aprovecharé que Irish estará distraída con su bebé para quedarme con ella en la habitación.

— Aquí está tu mamá, pequeño. La echabas de menos, ¿verdad? —comenta la auxiliar cursi. Dan ganas de liarla en una sábana y echarla por la ventana.
Irish se vuelve para tomar a su bebé en brazos. Es curiosa la expresión de su cara. Me recuerda al momento en que le dije que podía quedarse con Picky, cuando le encontró en aquella cañería, hecho un canijo y lleno de mierda.

Tras varios minutos de abstracción por su parte, me doy cuenta de que ha sido enteramente poseída por el instinto maternal y que he pasado a un segundo plano… a un tercer… He pasado a ser invisible para ella. No importa, es mejor así. Mientras esté centrada en el niño, no estará dándole vueltas a los sesos de Natalie volando por doquier.

— ¿Puedo pasar? —pregunta Eric, asomando su estúpida cabeza por la puerta. Tenía que haberle atado al cuello una maldita piedra y lanzado al Hudson.

— Eres precioso, ¡precioso! ¡No hay nada más bonito que tú! —oigo parlotear a Irish. Afortunadamente se lo dice al niño y no a Eric.

— Irish, ¿estás bien? ¡Estoy loco por ver al bebé! Me dijeron que no querías recibir visitas, ¿te encuentras mejor? —pregunta el inseminador, como si no hubiera roto un plato en su puñetera vida.

— ¿Has visto qué bonito, Eric? Es un bombón… ¡Qué grande es! Así ocupaba tanto, ¿verdad que sí, grandullón? ¡Te pareces a tu papá, eres como un caramelo de café!

— ¡Basta ya de tanta baba! —exploto.— ¡Tú! ¡Creí haberte dejado claro que…!

— ¡Que qué! ¡Eres tú la que sobra aquí!, cierra la boca y lárgate —osa interrumpirme Eric.

— ¿¿Cómo dices, saco de mierda??

— Quiero estar tranquila, ¿podéis dejarme a solas con Ayden, por favor? —anuncia Irish.

— ¿Sola, cariño? —pregunto.— ¿Cómo vas a quedarte sola?, acabas de parir

— Es verdad, Irish, alguien se tendrá que quedar contigo —añade el timador profesional.

— Sí, quiero estar sola. ¿Os importaría? Ha sido un día muy largo y…

— Pero Irish, entiende que…

— ¡¡Maldita sea, Sharon!! ¡Largaos de mi habitación y dejarme en paz!

Eric y yo nos miramos de soslayo y nos resignamos a irnos en silencio, cada uno por su lado. Mañana será otro día, y él puede esperar cuantas noches quiera en el asiento de la sala de familiares, pero jamás podrá entrar con Irish. Tengo suficiente mano en este hospital como para dar orden de restricción de visitas al paciente y eso es exactamente lo que voy a hacer.

No te vas a salir con la tuya otra vez, mamón.