Capítulo 3

14 de diciembre. 9:34 a.m.

Resulta increíble que haya estado tantos días tan atareada organizando una fiesta tan pequeña. Ni siquiera he podido ir al gimnasio.

Veintiocho años. Cada vez que pienso lo cerca que estoy de los treinta, me dan ganas de ponerme una mascarilla, pero no creo que pueda hacerlo hoy pues, aunque es sábado y tengo más tiempo, Grace vendrá a limpiar a las 12:00 p.m., hay que recoger la tarta a las 5:00 p.m. y los invitados llegarán a las 6:00 p.m.

Eso me deja poco tiempo para preparar canapés que parezcan canapés, no como los del año pasado, que me quedaron como pedazos de metralla de una empanada bomba. Por si acaso, conociendo mis dudosas dotes culinarias, compraré más aperitivos a la que voy a recoger la tarta.

5:58 p.m.

Sharon y su exquisita puntualidad. Suena el timbre del portero automático y le abro la puerta del portal. Tardará dos minutos justos en llegar hasta mi casa, justo al tiempo que mi reloj haga el pi – pi de las seis en punto.

Empiezo a tener sudores cuando la veo aparecer con un paquete más grande que yo, envuelto en brillante papel rojo. El flamante presente podría contener una nevera combi y aún le sobraría espacio para albergar una jauría de podencos. Sé que la pobre Sharon lo hace con la mejor intención, pero siempre se pasa cien pueblos con mis regalos de cumpleaños. No puedo olvidar que el año pasado se presentó con el caballo, creyendo que me encantaría aprender a montar y llegar a ser una gran amazona como ella. Al final, Otto acabó en una cuadra en las afueras. No veo al caballo desde el día de mi veintisiete cumpleaños, pero Sharon dice que se encuentra en perfecto estado y que ahora es un gran semental.

— ¡Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz, te deseamos todos, cumpleaños feliz! — canturrea en español antes de abrazarme.

— ¡Gracias, Sharon! Estás guapísima… ¿Pero qué traes? ¿Qué es este paquete?

— Es tu regalo, naturalmente.

— Dios mío, Sharon, dime que ahí dentro no hay una persona disfrazada a la que habéis pagado para que se quede en tanga.

— ¡Nada de eso! Sé que esas cosas no te gustan, sin embargo esto te encantará. Ábrelo.

A pesar de que temo abrir la caja y encontrar un oso pardo dentro, me arriesgo por no hacerle el feo a Sharon. Rompo el papel rojo hasta que la impresión del cartón, decorado con la foto de un fornido deportista nórdico abrigado hasta las orejas, pasándolo en grande en, lo que podría ser, la parcela de invierno del Yeti, me da una escalofriante pista de por dónde van los tiros.

Procuro que Sharon no se percate de la parálisis mandibular que me ha provocado deducir que su regalo es un equipo completo de sky que ocupa más que el armario empotrado de mi dormitorio. Intento que tampoco se dé cuenta de que mi mente está echando una partida de Tetris en nivel diez, para hallar un lugar donde meter todos estos bártulos.

— ¡Oh, Sharon…! Es… ¡Es un equipo de sky, qué original! —finjo emocionada.

— Así es. Una vez que aprendas a esquiar, no podrás dejarlo nunca. ¡Sé que te entusiasmará! —exclama convencida.

— Sí… sí… sí, sí, estoy sorprendida, vaya… ¡Qué grande es!

— Claro, es el set completo. También incluye el traje y los accesorios.

— ¡Oh, vaya, Sharon! Qué detalle tan bonito, gracias.

— Sí, pero tienes que usarlo. No hagas como con la equitación, ¿eh?

— ¿Eh?… Ah, sí, sí, claro. Aprenderé y seguro que le cojo el gusto.

En ese momento suena el timbre de la puerta de la calle. Por el interfono veo que se trata de Antonio y pulso el botón de apertura.

Sharon se mueve de un sitio para otro sacando copas de los muebles del salón, a sabiendas de que Antonio las va a necesitar.

— ¿Qué tal con tu obra social? Hace mucho que no me hablas de ella —pregunta.

— ¿Natalie? Va a venir a la fiesta y, por cierto, Sharon, quiero que os comportéis. Puede que Nat no comprenda vuestro peculiar sentido del humor. No quiero que Peck y tú le hagáis sentir incómoda, ¿me harás ese favor?

— Cariño, no sé qué te hace pensar eso —dice dejando las copas sobre la encimera de la cocina.— Ven aquí, mi pequeña. Va a ser una fiesta fantástica, ¿de acuerdo? —me asegura haciéndome  mimitos con ternura. Se despega de mí en cuanto oye el timbre de la puerta.

Antonio entra en casa y me dedica un fuerte abrazo, besos y un bailoteo breve y efusivo, en su línea habitual. Me ofrece un precioso ramo de rosas con una tarjeta dedicada.

Después de saludar a Sharon, se organiza a su gusto el mueble bar, las cocteleras y el hielo tal como lo haría en Mojito. Nadie se lo ha pedido pero todas sabíamos que lo haría así.

Yo me ocupo de hacer una lista de música de reproducción en orden aleatorio de canciones de U2, David Bowie, Moby, The cure, Kasabian, Queen, Placebo y cosas así. El ordenador reproduce la primera canción de la lista; “It´s a kind of magic”.

— Esto está casi listo para gozar, mi niña, sólo falta espacio para bailar. ¿Qué es eso que has puesto? ¿No tienes algo de salsa? —pregunta Antonio.

— Ni lo sueñes.

— ¿Una fiesta sin baile?… Bueno, bueno, está bien, vale, mi amor, esta es tu fiesta, aquí tú eres la que manda, tú sabes… ¿Adónde tienes los absorbentes, chica?

Le acerco a Antonio un paquete de pajitas de la cocina y, de paso, subo la música reivindicando mi elección. Él levanta las cejas un poco espantado.

— ¿Qué pasa, es que no te gusta Freddy? —pregunto en broma.

— ¿Qué Freddy? ¿El perropinga cara frita de la película?

— ¡Freddy Mercury, Antonio!

— Ah, sí ya sé, un piqui dulce con bigotito. ¿Es este que canta? suena bueno, pero no es lo mío.

— Desde luego, cualquiera que te oiga… Menos mal que yo ya te conozco.

— Gracias por elegir la música, Irish, y no dejar que Antonio se ocupe de ella —dice Sharon mirando divertida a Antonio.

— Vayan las dos al carajo. No tienen ni idea… ¿Te preparo un gin tonic, mi gata? — pregunta Antonio a Sharon al tiempo que exprime limones. 

— Gracias, Antonio. ¿Prepararías otro para la homenajeada?

— En eso estoy, mi rubia, en eso estoy —contesta él.

El pitido del telefonillo irrumpe de nuevo y Sharon, que se paseaba en ese momento cerca del interfono, pulsa despreocupada el botón de apertura del aparato sin ni siquiera mirar quién es. Abre también la puerta de casa, para que el inminente invitado pase sin llamar.

— Podrías haber abierto al hombre del saco, Sharon —le reprocho.

— Lo averiguaremos en seguida —contesta ella ofreciéndome el gin tonic que Antonio acaba de prepararme.

La voz inconfundible de Peck se escucha nada más llegar el ascensor a mi planta. Esperanzada, deseo que esté hablando por teléfono pero, cuando cruza la puerta de mi casa, esa esperanza se hace añicos chiquititos, chiquititos.

— ¡Hola mi mamirriqui! ¿Cómo va? —la saluda Antonio plantándole a Peck un beso en los morros.

Ella, ataviada con unos tacones a lo drag queen, un vestido de raso negro con una capa roja, una lata de cerveza envuelta en papel de estraza, un hombre colgando de un brazo y otro sujeto entre sus garras, le devuelve el beso a Antonio con la misma efusividad.

El hombre colgante, por supuesto, es Eric, y el otro, que está siendo arrastrado de la camiseta, es un desconocido con pinta de ratero, aunque podría ser que detrás del desaliñado aspecto del chico se encuentre una especie de Kurt Cobain después de una pelea de barro. Habría que lavarle y peinarle varias veces para cerciorarme de esta impresión.

Además, Peck está usando a sus acompañantes para que transporten su “equipaje”. El chico rubio le lleva el bolso con resignación y el loco de la moto porta un paquete enorme envuelto en papel de seda con un gran lazo naranja que, me temo, es mi regalo de cumpleaños.

— ¡¡Irish, mi amor!! ¡Ven, dale un beso a Peck! —exclama soltando de sopetón la camiseta del hombre desconocido, acercándose a mí, tomando con delicadeza mis hombros con la punta de sus dedos, pegando su mejilla contra la mía y haciendo sonar varios pequeños besos. Le da la cerveza al extraño, saca los morros, hace un ruido pegajoso, me roba el gin tonic de la mano y se lo bebe de un trago.

— Peck, creí que te lo había dejado bien claro la última vez. ¿A qué vienen estos dos intrusos? Nadie les ha dado vela en este entierro —la regaño en voz baja, pegada a su oído.

— El rubito se llama James, es el hermano de Eric. ¿No está bastante cañón también?

— ¿Es que mi hermano y yo molestamos en tu fiesta, Irish? —pregunta Eric con retintín. Él y su hermano nos miran desde la entrada con una sonrisa idiota en la cara. Antonio hace oídos sordos mientras adorna las copas que prepara con una rodaja de lima.

— ¡No molestáis! —miento sin posibilidad de ocultar mi furia. El miedo a las represalias que pueda tomar Eric si le echo de mi casa, es más fuerte que el deseo de despertar a mi dragón interior.

— ¡¡Peck, ni hablar!! Ese niñato es un mangante. ¡Llévate a esos tíos de aquí! — grita de pronto Sharon, colérica.

— ¡Hola! ¿Puedo pasar? —pregunta Natalie, que asoma discretamente detrás del loco de la moto y de su hermano andrajoso. Los dos se dan la vuelta y se quedan mirando extrañados, como si Nat fuera una oveja extraviada.

— ¡Pasa guapa, pasa, estás en tu casa! —exclama el hermano de Eric, prácticamente haciendo reverencias a Nat.

Ella se abre paso entre los dos hombres un poco turbada, como si la guardia pretoriana le hubiese concedido permiso de entrada.

— ¡¡Llévatelos ahora!! —repite Sharon arrancando la copa vacía de gin tonic de las manos a Peck.

— Felicidades, Irish —interrumpe Natalie consternada, sin poder parar de mirar a los dos tíos de la entrada.

— Hola, Nat, muchas gracias. Siento el espectáculo. Ya te dije que Peck y Sharon tenían sus cosillas.

— Vaya, vaya, esa cara me suena —murmura Peck maliciosamente.

— Peck, tengamos la fiesta en paz — le ordeno.

En ese instante, Sharon se acerca rápida y peligrosamente a los intrusos con la intención de echarles a patadas.

— ¡Sharon, olvídalo! —me interpongo justo a tiempo— Deja que se queden. Yo no tengo problema con que estén en mi casa, siempre que os comportéis todos como gente civilizada. Eso te incluye a ti, Peck. Nada de borracheras de quinceañera, drogas duras o sexo extremo, ¿vale?

No la miro, pero sé que Natalie está a punto de pisarse la mandíbula inferior.

— ¡Claro, cariño, nos vamos a comportar requetebién! —exclama Peck de una forma muy poco convincente— ¡Pasad chicos, pasad! —dice dirigiéndose a los dos hombres.

Eric se acerca a mí haciendo gala de su ya conocida invasión de espacio vital.

— ¡Muchas felicidades! Menos mal que Peck me ha dicho que era tu cumple, que si no me lo pierdo, ¿eh? —susurra sarcástico. Luego me pega un besazo en la mejilla y se retira con sonrisa burlona en su cara de idiota. Pese a ello, intento hacer caso omiso a su comentario. Soy una roca en una playa de Hawái. Un coco de una palmera en un paraíso.— Este es mi hermano James —suelta Eric de repente. El hermano peludo del cabronazo loco, se cambia de brazo el bolso de Peck y me estrecha la mano sacudiéndola con energía, tratándome como a un caballero. Después del terremoto, trato de recomponerme lo más rápido que puedo.

— ¡Hola guapa, feliz cumpleaños! No te he traído regalo ni nada porque no sabía que venía a un cumple. De haberlo sabido con tiempo y eso, hubiese traído una maceta o algo, sabes, ¿no?

La declaración de James me deja muda a mí y al resto de los presentes, momento que Nat aprovecha para hacerme entrega de una bolsita monísima adornada con cintas de papel.

— Irish, yo sí tengo algo para ti. Esto… yo sí sabía que venía y… —interviene Nat un poco cortada.

— ¡Eh! —interrumpe Peck. Achucha a Eric y da un par de golpes al regalo que transporta— ¡Yo también, Irish, ábrelo, verás qué pasada!

Eric levanta el paquete y lo sostiene con pretenciosa amabilidad para que lo abra.

— Perdona Nat, ahora abro tu regalo —me excuso haciéndole un gesto de paciencia.

Retiro el lazo naranja y el envoltorio del regalo de Peck con cuidado. James coge el lazo y se lo pone a Sharon en el cogote, dibujando en su rostro la sonrisa más encantadora de América. Sharon se quita de golpe el lazo de la cabeza y lo lanza enfurecida al suelo. Mira a James con ojos asesinos conteniendo toda su ira.

Eric, Natalie, Antonio y Peck contemplan impacientes cómo abro el misterioso regalo de Peck. Lentamente, retiro algunos lazos brillantes que sujetan el empaquetado y algo peludo asoma entre el papel de burbujas.

— Peck, qué es… —mascullo.

Una cabeza con ojos desafiantes y grandes colmillos surge de entre el envoltorio. Suelto el bulto ipso facto como resultado del subidón de adrenalina. Por poco no salto por la ventana.

— ¡¡Qué coño es eso!! —grito a la vez que Eric se retira un poco el regalo de la cara, mirándolo con total desconfianza, pero sosteniéndolo valientemente, al fin y al cabo…

— ¡¡Es un mono disecado!! —exclama Peck emocionada.

— ¡Uah! ¡Qué asco! —chillo horrorizada apartándome del simio.

A Eric y a James les entra una risa descomunal. Sharon observa el inerte animal con la mandíbula desencajada.

— ¡Pero si es precioso, Irish, y a ti te encantan los animalitos! Y mira, que aún no sabes lo mejor —explica Peck retirando el resto del envoltorio y descubriendo al animal completamente.— ¿Te has fijado? ¡Tiene el pene erecto!

James se tira al suelo muerto de la risa. Eric aguanta el mono como puede antes de troncharse del todo. Natalie observa la escena con los ojos más grandes que su cabeza.

— ¡Hermano, menudo mango tiene el mono! —bromea Antonio antes de unirse a la risotada al son de Eric y James.

— ¿Hola…? La puerta está abierta, ¿puedo pasar? —pregunta una voz de nuevo tras la puerta. Mark asoma la cabeza igual que lo hizo Natalie cuando llegó.

— Eh… Mark, sí, sí… pasa, por favor —le pido a mi compañero, que se acerca seguido de dos crías pequeñas a las que miro ojiplática.

— Encontré al portero abajo, me abrió la puerta y ahora veo que esta puerta también está… Ehm, te explico. He venido con las niñas, es que Skyler tenía una cita en el dentista y… ¿Está todo bien?

— ¡Mira papi, un osito! —advierte la más mayor de las niñas señalando al mono.

— Eso no es un oso, niña, es un mono, ¡un mono! —aclara Peck a la chiquilla.

— Felicidades, Irish —dice Mark mirando estupefacto al mono, protagonista indiscutible de la tarde.

Sharon le arrebata el mico de un tirón a Eric para ocultarlo en la habitación de invitados. Eric se va doblado de la risa a otra esquina de la casa.

— ¡Ponle unas bragas, Sharon! —grita Antonio.

— Puedes usarlo para colgar el abrigo —me propone Eric cuando le lanzo una mirada reprochadora.

— El mono dejaría de estar tan dispuesto si colgásemos tu mugriento abrigo en él — refunfuño en voz baja.

Lejos de sentirse molesto, Eric se ríe sin complejos. Después apunta con sus malditos ojazos hacia mí y se me acerca peligrosamente.

— Venga, deja de gruñir. Mete al mono en agua muy fría, a ver si se le pasa — sugiere agachando la cabeza para mirarme, como si se asomara desde un quinto piso.

Creo que no pasan más de un par de segundos, cuando me doy cuenta de que él y yo nos hallamos entre una nebulosa espesa de tonos rosas y celestes, rodeados de angelitos regordetes. ¡Mierda! Sólo espero que él no haya visto los angelitos.

Mark se aproxima con el mismo gesto trágico que pone un perro que se acaba de mear en la cocina. Mi compañero de trabajo será la excusa perfecta para huir de Eric en este momento.

— Lo siento, Irish, no ha sido buena idea venir con las niñas. He metido la pata. Me las llevaré a casa en seguida, no sé cómo se me ha ocurrido hacerlo… —se disculpa arrepentido.

— Vamos, vamos, no es para tanto. Veremos qué podemos hacer, ¿de acuerdo?. La verdad es que no contaba con la presencia del mono empalmado en la fiesta, pero tampoco creo que ver cómo Peck se emborracha y flirtea con cualquiera que se le cruce en su camino sea un espectáculo para toda la familia, así que lo mejor será que las niñas se vayan a jugar a mi dormitorio.

— No, no, me las llevo a casa. No quiero aguar la fiesta. Toma, esto es un detalle, una tontería, nada más —dice entregándome una pequeña cajita perfectamente adornada.— Si hubiese sabido que iba a arruinarte el cumpleaños hubiera traído una pistola para que me mataras.

— No exageres —le pido mientras abro el regalo.— Déjame ver, qué es esto, qué es esto… ¡Oh! ¡Vaya, una pulsera! Es preciosa, Mark, —y deliciosamente pequeña, pienso— muchísimas gracias. Pónmela, hazme el favor.

— Está bien, ¡Ya está! —exclama después de abrocharla.— Entonces, ¿podemos dejar a las niñas en tu habitación? No suelen armar jaleo y se han traído sus juguetes en la mochila.

— Claro, claro. Seguro que Antonio tiene gominolas de las que le echa a los cócteles. Le pediré unas cuantas. Ellas estarán bien, no te preocupes.

— Gracias, Irish. Cuando llegué el ambiente estaba muy tenso y pensé que…

— El mono era el que estaba tenso —oigo la voz de Eric surgir por detrás de mi cabeza.

— ¡Antonio! —grito huyendo de nuevo de Eric— ¿Tienes gominolas para las chicas?

— Claro, mozas, vengan acá que yo les doy —anuncia Antonio con entusiasmo, acaparando la atención de las crías.

— ¿Queréis ir a mi cuarto a jugar? —pregunto a las niñas.

— ¡Vale! —dice la pequeña— ¿Podemos llevarnos al mono para jugar con él?

— El monito está cansado y tiene que dormir, hija —le excusa Mark.

Entre él y yo sacamos media docena de Pequeños Pony de la mochila de las niñas y ellas se sientan en el suelo a jugar. No es que yo sea Súper Nanny, pero creo que así van a estar un rato distraídas. Salgo de la habitación con sensación de satisfacción tras una acción correcta, lo que me da fuerza para poner un poco de orden entre los invitados

— ¡Peck, aquí no se fuma! Hazlo en la ventana y procura no acabar encima de un autobús.

— Irish… toma —me intercepta Natalie ofreciéndome su regalo de nuevo.

— Nat, perdóname, esto es un caos… Muchísimas gracias.

— Ábrelo, venga, no te hagas más de rogar —insiste ella.

De la bolsita de Nat, saco una caja pequeña decorada con una carita sonriente con los ojos de corazón. Ella misma lo ha dibujado, detalle que valoro especialmente. Dentro de la cajita, colocados con mimo, hay un par de pendientes plateados con una piedrecita azul central, rodeada de pequeñas piedrecitas blancas.

— ¡Nat! Son preciosos, me encantan. ¡Cómo sabes que me vuelven loca los pendientes!

— ¡Cómo no iba a saberlo! —contesta ella.

Eric se acerca a mí para entregarme un mojito de parte de Antonio. Me lo pone frente a las narices un tanto suntuoso y sin quitarme ni un momento la mirada fija.

Natalie se apresura a tirar de mi brazo con descaro, claramente para cuchichear, en cuanto me hago con la bebida.

— Antonio se está encargando de las copas, ve y pídele lo que quieras —le comento para disimular un poco y desviar el tema que sé a ciencia cierta que quiere tocar.

— ¿¡Quién es ese tío!? —pregunta alucinada.— ¿Por qué no me habías hablado de él?

— ¿El moreno que me ha dado el mojito?

— El pedazo de tío bueno que te lo ha dado, sí.

— Es un amigo de Peck y Sharon…

— Sharon no parece ser su amiga, no hace más que llamarle ratero.

— A lo mejor lo es…

— ¡Preséntame a ese pibonazo!

— ¿En serio? No sé yo, no creo que te caiga bien, es muy pesado, muy cuentista…

— Yo te lo presentaré. No hagas caso a Irish, Eric es un chico muy simpático — propone Sharon entrometiéndose en nuestro cotilleo.

— ¡Sharon! —la reprendo en vano.

— Natalie, él es Eric. Eric, ella es Natalie. Estoy segura de que os llevaréis bien. Adiós —les presenta a toda velocidad y sin interés alguno. Tiro de ella y descubro la sonrisa maligna que decora su rostro.

— ¿No andabas diciendo hace un momento que era un mangante y que querías que se fuera de aquí? ¡No le encasquetes ese tío a mi amiga! —reprocho a Sharon indignada.

— Y así es. En una de sus visitas, ese desgraciado le ha guindado la cartera a Peck… y la muy estúpida le sigue viendo. No tiene dignidad.

— ¡¡Y tú vas y le presentas a Natalie para que le haga a ella alguna de las suyas!! ¡Eres lo peor, Sharon!

— Al menos así a lo mejor deja de tirarte a ti los tejos, que es lo que a mí me importa. Que ese parásito se aparte de tu santo lado —dice así, quedándose tan ancha.

Le lanzo a Sharon una mirada de furiosa decepción y me dispongo a rescatar a Natalie de las garras del loco de la moto. De entrada, Natalie se resiste a ser consciente de que alguien está tirando de su chaqueta. También hace caso omiso a la grúa humana que trata de desanclarle los pies de donde los ha aparcado. Insisto, esta vez también verbalmente:

— Nat, ven, vamos a ver qué hacen las niñas —ruego insistente. Nat por fin se despega de enfrente de Eric, pero la cara de tonta le dura hasta que entra en mi habitación.

Las niñas juegan ajenas al jaleo que hay en el salón. Natalie sigue metida en su malvavisco mental de mermelada de miel y yo hago un extenuante esfuerzo por resultarles simpáticas a las hijas de Mark.

— Mmm, ¿qué pony es el que huele a pastel? —pregunto.

— Ninguno huele a pastel, pero Luna tiene alas y cuerno.

— ¡Ah, mira qué completa! —admito.

En ese momento, Eric entra sin permiso. Se pone de cuclillas, coge un pony y se pone a jugar con las niñas con toda la soltura de la que yo carezco.

— ¡Ay, chicas! —exclama con voz de pito— De verdad, la niña de la pelu no me sabe dar las mechas. Me deja siempre encrespada y luego yo venga, dale que te dale en casa con el fu – fu, alisa que te alisa y me quedo súper depre, con unos pelos que parezco un burro. Mañana me voy a acercar y le voy a decir que arregle este estropicio y me devuelva mi sedosa crin azul y rosa o le voy a dar una coz que se le van a caer los corazoncitos del pompis.

Las niñas rompen a reír y Nat mira fascinada la obra de teatro. A ella también se le caen algunos corazoncitos del pompis. Yo oculto que, en verdad, también le encuentro divertido.

Eric continúa con la payasada, aunque esta vez coloca al pony delante de mi cara.

— Así que tú eres la homenajeada, ¿eh? Uy, uy, uy, qué chica tan fina y tan guapa, ¿cuántos añitos cumples, bonita?

— Veintiocho —contesto al pony.

— Uy, uy, uy, estás hecha toda una mujercita.

— Bueno, todavía soy joven, ¿no?

— Eres muy joven y bella, sí, sí, y además tu peluquera sí que sabe, no como la mía, que debe estar de prácticas.

— Hola, hola —saluda Peck asomándose por la puerta.

Me levanto del suelo sobresaltada y me adecento como si mis padres me hubieran sorprendido dándome el palo con mi profesor particular. Pese a lo absurdo de mi reacción, Peck sonríe como si tal cosa y me tiende una mano para que vaya con ella. Le lanza una mirada de soslayo a Natalie que me resulta bastante inquietante.

— Oye, Natalie, ten cuidado no vayas a perder el autobús de vuelta. Imagínate qué problema…

Natalie encaja a duras penas la repentina puñalada de Peck. Ahora que conozco bien sus gestos, creo que Nat le daría de buena gana una contestación si tuviera más fe en sí misma, pero se limita a callar, igual que hizo con aquel jefe que no paraba de faltarle al respeto.

Pero a mí la sangre me hierve igual que a ella. Esto sí que no se lo paso a Peck.

Me aproximo a ella, la saco de mi dormitorio para que las niñas no presencien la hecatombe que se prepara y, cuando encuentro un campo de batalla apropiado, cerca de la ventana del salón, lleno mis pulmones de aire para soltarlo en forma de ametralladora verbal sobre la grosera de mi amiga.

— ¡¡Peck, cómo te atreves a hablar así a Natalie!! ¡Me prometiste que tendríamos la fiesta en paz! ¡Eres una…!

— ¿No te ha gustado el mono? —pregunta alargando la mano hasta una mesa cercana para coger un canapé. Le da un mordisco, pone mala cara y lo deja donde estaba, la muy cochina.

Tiempo me cuesta recuperar el habla, pero cuando me dispongo a contestar, ella me vuelve a interrumpir:

— Está bien. Me iré a una buena joyería y arreglaré este entuerto, ¿ok? Aunque el babuino me ha costado una fortuna, mucho más que una cola humana, te lo aseguro.

— ¡Peck! Haz el favor de…

— ¿Tu amigo Mark qué tal es?

— Es decente, Peck, ni se te ocurra acosarle.

— Es muy atractivo —dice con su habitual pose de zorrón.

— ¿Qué pasa aquí? —pregunta Sharon, que aparece de la nada.

— ¡Peck está siendo grosera con Natalie y quiere tirarse a Mark! —protesto enfadada.

— Pues mira, al menos te meterías en la cama a un hombre más honrado que el capullo del gitano —contesta ella a Peck directamente.

— ¿Es gitano? —pregunto.

— Es gitano —confirma Sharon.

— ¡Pues tú bien que te lo has beneficiado, rubiales listilla! —ataca Peck.

— ¡Por supuesto que me lo beneficié! ¡Todas las veces que hicieron falta! Es un puto, es para lo que es y ya. Pero no pienso repetir porque es un delincuente, un ladrón y una mala influencia. Tú le das la mano, él te coge el brazo, ¿no ves?

— Peor influencia soy yo —responde Peck mientras se coloca el pelo despreocupada.— Y eso de que no vas a repetir, no te lo crees ni tú.

De reojo, veo salir a Eric de la habitación. Se acerca hasta su hermano y ambos vienen directos a hablar con nosotras. Antes de que ninguno de los dos abra la boca, me adelanto a ellos:

— Oye, Eric, ¿te has dado cuenta de que hay hamburguesas? —anuncio apresuradamente.

— Mmm, voy a ver qué pillo —contesta él sin pensarlo demasiado. Sabía que funcionaría.

Natalie surge justo detrás, como si se hubiera convertido en la sombra de Eric. No muy convencida con la compañía que me rodea, se queda junto a mí calladita como un fantasma.

— ¡A ti lo que te pasa, Peck, es que te gusta más el fornicio que a Charlie Sheen! ¡Y, además, bebes tanto como él! Pero al menos no vas por ahí metiendo la mano en bolsillos ajenos —continúa Sharon.

— Bueno, depende de lo que haya en el bolsillo en cuestión, ¿eh? —contesta Peck entre risas.

— ¡Búscate otro gigoló que no te tome el pelo, idiota! —exclama Sharon alterada.

— ¿A qué viene tanta mala folla, Sharon? ¿No será que a ti también te ha choriceado algo? —pregunta Peck atusándole el pelo a Sharon.

— Pero, pero… ese chico es un… —titubea Nat con los ojos como platos.

— Un fulano, sí. Pero hay que pagarle con dinero, ¿eh, niña? No vale fregarle los platos —dice Peck, la hija de perra.

— ¡¡Peck, basta!! —chillo enfurecida en su oído.

— ¡Ah, me vas a dejar sorda, Irish! —se queja ella.

— Lo que te faltaba ya —masculla Sharon.

— Hola, chicas —dice Mark sumándose al corrillo de los renglones torcidos de Dios. — Mirad lo que está haciendo Antonio: ¡caipiriña de fresa!, ¿Queréis uno?

— ¡Mark! Hazme un favor, te lo suplico, —le ruego en voz baja— llévate a Natalie lejos de Peck un momento. Sólo un segundo, de verdad, lo juro, en seguida vuelvo.

Me escabullo hasta la cocina apresuradamente. Empezaba a sentir que si no lo hacía, iba a matar a alguien ahí fuera con la onda expansiva de mi autoexplosión espontánea…

Me apoyo con ambas manos en la encimera y respiro lenta y profundamente contando hasta diez, tal y cómo aconsejaba aquél artículo de la revista Women’s Heath. Cuento hasta veinte, hasta cuarenta. No puedo quedarme aquí contando hasta diez mil quinientos. Me busco un quehacer cualquiera que me distraiga de pensar: llenar la cubitera de hielo. Agarro sin cuidado la cubitera y acciono el botón de cubitos del refrigerador mientras me pregunto una y otra vez por qué se me ha ocurrido juntar a gente tan dispar en un espacio tan pequeño.

— ¿Tenemos ya suficiente hielo para devolver su hogar a los osos polares?

Me asusto al oír la voz de Eric, que aparece apoyado en el quicio de la puerta de la cocina, mordisqueando un canapé.

— ¿Qué haces ahí? —le pregunto con aspereza. Él me sonríe tras dar el último bocado al hojaldre, y se queda con gesto burlón mirando el cubo que he llenado de hielo sin darme cuenta hasta casi rebosar.— ¿Qué quieres? —insisto.

— Dos cosas: mi cruz y que seas más simpática conmigo, no sea que me dé por ponerme a cantar.

— ¡Canta y te quedas sin cruz! —le amenazo.

— ¡O me das mi cruz o canto!

— ¿Y cómo sé que no cantarás si te devuelvo tu maldita cruz? No querrás que haga un pacto de honor contigo…

— Claro que no. Soy muy bueno guardando secretos, pero eso no es gratis —suelta entre risas.

— ¡Qué asco das! A ver, ¿cuánto quieres?

— ¿Quién ha dicho que quiera dinero?

— ¡Entonces qué mierdas quieres! —respondo hastiada.

— Que sonrías un poquito, para variar.

— ¡Y a ti qué te importa si sonrío o no! Además, tú tienes buena parte de culpa de que no lo haga. Siempre fastidiando y amenazando, ¡déjame tranquila de una puñetera vez! —protesto enfadada.

— ¡No te cabrees! ¡Me das miedo cuando lo haces, eres muy feroz! —se burla en voz baja, poniendo voz y cara de ogro.

Me desespero. Por no lapidarle con cubos de hielo y tener luego que deshacerme de su enorme cadáver, me consuelo lanzando los cubitos a mala leche por el fregadero, maldiciendo a todo el mundo en mi lengua materna.

— Venga, no bufes tanto. Te estoy tomando el pelo, ¿es que no se nota?

Eric se sienta en un pequeño taburete que tengo en la cocina para alcanzar a la parte de arriba de los muebles. Me giro y le veo ahí sentado, todo lo grande que es, con los brazos hacia delante apoyados en sus rodillas, esperando a que yo le diga algo, supongo.

— Entre tú, con tu chantaje continuo, Peck con sus tonterías, Sharon con sus malas pulgas y las ideas de bombero de Mark, esto está siendo un desastre —me sincero tras suspirar profundamente.

— Te estás ahogando en un vaso de agua, no te preocupes tanto por todo. Pasa de Sharon, pasa de Peck, no te rayes tanto con las niñas, que están a su rollo jugando y, respecto a lo nuestro, ya has visto que no he soltado prenda…

— Claro, así de fácil —ironizo.

— Céntrate en disfrutar de las cosas buenas en vez de dar tantas vueltas a las malas.

— ¡Vaya, habló el pensador!

— Verás —dice levantándose del taburete, ignorando completamente mi comentario, y agarra uno de los dulces que aún esperan sobre la mesa de la cocina.— ¿A que de todos los dulces que hay hubieses cogido este? —pregunta meneando un cupcake rosa decorado con fideos de colores.

— ¡…Pues sí! ¿Cómo lo sabes? —confieso.

— ¡Porque es el más mono! —exclama poniendo de nuevo la misma voz de pito con la que dobló al Pequeño Pony.

— ¡Sí! Es el más bonito.

— Abre la boca.

— ¿No esperarás que me coma la magdalena de tu mano?

— Sí, abre la boca.

Sin negociación posible, cojo con la mano el bollo que me ofrece. Me quedo mirándole dubitativa. No sé qué pretende Eric con todo esto. Además, después de haber visto su faceta energúmena el día que le rompí el retrovisor de la moto, me cuesta creer que ahora vaya de hippie por la vida, que le faltan las margaritas y las chanclas… definitivamente no me trago esta pantomima.

— No voy a comérmelo —digo negando con la cabeza.— Luego habrá tarta y ya será demasiado dulce.

— ¿Pero no ibas al gimnasio? —pregunta él levantando una ceja.

— Pues claro que sí. Cuando puedo lo hago. Ahora vete con tu hermano a comer patatas fritas, que he traído para todo un regimiento —le ordeno un poco borde. Es mi desconfianza la que habla.

— Venga, si lo estas deseando —intenta convencerme. Toma mi mano y ayuda a mis dedos a sujetar el pastel, colocándolo frente a mí. El azúcar casi toca la punta de mi nariz.— Mira qué pintaza tiene. Vamos, dale un mordisco. Segugo que lo ha hecho un pastelego frangsés muy fino. Sólo unos pocos pueden degustag sus postrges. Al comégtelo te salen alitas y un agpa y te vas al sielo del plaseg! —dice poniendo un exagerado acento francés que acaba por hacerme reír. Eric empuja un poco más la magdalena hasta que me toca los labios. Entreabre un poco su boca esperando que imite su gesto y muerda el dulce. Le obedezco. Abro la boca lentamente, al mismo ritmo que se aproxima su rostro al mío. Estoy a punto de darle un bocado al dulce y dejarme caer en el mar de tentaciones del momento.

— Mastícalo muuuy despacio —susurra.— Saboréalo. Detén un momento el tiempo.

Muerdo un pequeño pedazo de cupcake, glaseado rosa y topping y sigo sus instrucciones. Inmediatamente la masa y el azúcar se deshacen dentro mi boca creando una combinación perfecta que enloquece mis sentidos.

— Mmm…

— Cierra los ojos, disfrútalo —sugiere él.

Doy otro pequeño mordisco, experimentando de nuevo el mismo éxtasis de antes. Dejo que el dulcísimo glaseado se deslice por la lengua y por el paladar dejando un rastro mágico que perdura hasta después de haberme tragado el pedacito de bollo.

— Qué razón tienes, es deliciosa… —admito.

— Déjame quedarme contigo cuando se vaya todo el mundo —suelta de repente.

Sorprendida, abro los ojos y le encuentro mirándome fijamente a menos de un palmo de mi cara. No soy capaz de reaccionar, ni siquiera para apartarle la vista, aunque capto un movimiento externo por el rabillo del ojo. Algo molesto que pronto advierto también de forma acústica.

— Perdón, perdón. No quiero molestar. Vosotros a lo vuestro, como si no estuviera. Yo no existo —se disculpa el hermano de Eric entrando en la cocina furtivamente, pisando como si el suelo estuviera mojado.

Eric se vuelve para mirarle con el mismo sosiego que un oso perezoso.

— Hola tío, ¿cómo tú por aquí? —pregunta con un gesto amigable en su rostro. Deja en mi mano el cupcake con cuidado y se apoya junto a mí en la encimera para evitar darle la espalda a James.

— Venía a por la tarta. La rubia me ha dicho que la lleve al salón y cualquiera desobedece una orden suya, ¿eh? —dice entre risas.— ¡Oye, menuda cocina tienes, Irish! Con todos los muebles iguales… ¡vaya pedazo de nevera! Toda llena de botones, parece del futuro, ¿eh? Qué lujo.

— Bueno, no es tan grande —contesto un poco cohibida.— El piso no es muy espacioso, pero para mí y para el gato, la verdad es que…

— ¡Tiene que costar una fortuna! —me interrumpe.— ¿Has visto, Eric? Cuántos cajones, si parece esto el Fuckingham Palace. ¡Anda! ¿Y esto qué es? ¿Para guardar las copas? —pregunta abriendo el lavavajillas con cautela, como si fuera la caja de Pandora.

— Eso… eso es el lavavajillas —titubeo.

— ¿Lavavajillas? ¿Cómo que lavavajillas? —pregunta como si le hablara en arameo, intercambiando sorprendidas miradas entre el aparato y yo.

— Pues, eso… para lavar la vajilla, claro —respondo medio en broma hasta aclararme si habla o no en serio.

— ¡Ay va, chaval, qué movida! ¿Qué metes los platos ahí dentro y se lavan? ¡Me dejas to loco! Vaya avances, tío. De aquí a na, nos vamos a vivir a la luna. ¿Te das cuenta, Eric? Eso lava los platos.

— Sí, ya lo había visto —contesta Eric.— Es la hostia.

— ¡Qué progreso…! ¿Y cómo harán esto? Ni que hubiera hombrecillos dentro frota que te frota… —masculla obnubilado.

— ¿Pero que va en serio? —me giro hacia Eric para preguntarle en voz baja.

— ¡Irish, me dijiste un segundo! —se queja Mark, entrando de pronto en la cocina.— ¡¡Peck ha venido y casi me quita el cinturón!!

— ¡Oh, lo siento, Mark! —me disculpo apurada.

— Pero bueno, Irish, ¿es que has hecho una reunión de hombretones buenorros en la cocina y no me has avisado? —dice Peck adentrándose en la estancia, que empieza a parecer el camarote de los hermanos Marx.

— James, ¿qué pasa con la tarta? —grita Sharon desde el salón.— Es que tengo que ir yo a por ella o qué.

— ¡No, no, rubia, voy ahora mismo! —exclama James llevándose la tarta al salón de inmediato.

— ¡Venir todos, hay que soplar las velas! —vocea Antonio dando golpes con una cuchara a una copa, consiguiendo con ello reunirnos en el salón.

Las niñas son las primeras en colocarse frente a la tarta. Antonio reparte copas de champán para todos, excepto para ellas. En su lugar les ofrece dos vasos de Fanta naranja decorados con un par de paragüitas de colores. Mark se prepara para grabar un vídeo con su smartphone y los demás juegan a buscar un sitio en la tarta para colocar todas las velas.

En seguida me doy cuenta de que Eric está justo detrás mía. Muestra una leve sonrisa cuando detecto su posición y eso hace que me ruborice un poco.

Sharon enciende las velas al tiempo que riñe a cualquiera que se acerque a la tarta para meterle mano, y justo cuando prende la última vela alguien apaga la luz. Todos cantan cumpleaños feliz al unísono y aplauden cuando acaba la canción. Noto las manos de Eric rodeando mi cintura y comienzo sentir el calor de su respiración en el cuello.

—Pide un deseo —susurra en mi oído tan cercanamente que puedo notar el roce de sus labios en mi oreja. Querría girarme y darle un beso, pero controlo el impulso. Pongo mis manos sobre las suyas y las retiro de mi cintura. A continuación, soplo las veintiocho velas.

— ¿Qué has pedido? —pregunta Eric.

— ¡Que te eches una novia pronto!

2:54 a.m.

Después de la tarta, vinieron las copas. Gracias al cielo, Mark se fue y se llevó con él a las niñas.

Busqué la forma de separar a Natalie de la crueldad de Peck y se me ocurrió jugar con ella a “probador y paseíllo”, juego consistente en sacar la ropa del armario, probarnos todo y hacer el tonto. La cosa ha desvariado un poco. Natalie está buscando algo para ponerse en la cabeza que parezca una peluca del siglo XVIII. Peck, Sharon y Antonio, se pusieron mano a mano con el vodka y acabaron en el sofá riéndose como hienas encocadas. Sin embargo, James y Eric llevan largo rato junto a la mesa de la comida como si estuvieran montando guardia ahí. Se han comido todas las sobras mientras charlan… Me pregunto cómo puede seguir teniendo tanta hambre esta gente.

Natalie se presenta ante mí con una toalla blanca enrollada en la cabeza, sujeta con varias pinzas de la ropa. Se abanica con un flyer publicitario que recogí del buzón y se sienta sobre mi cama colocando el cancán que se ha fabricado con un cojín atado con una bufanda en el trasero por debajo de la falda. Antonio la descubre y la señala dando brincos sin capacidad para mediar palabra, llamando sin remedio la atención de Peck y Sharon, que no pierden tiempo en acercarse a descubrir lo que sucede.

Contra todo pronóstico, el disfraz de época de Natalie causa sensación y pronto los curiosos se vuelven colaboradores en mejorar la indumentaria de la improvisada María Antonieta. Nat, termina posando como modelo para una sesión de fotos hechas con teléfonos móviles y Peck, muy motivada con el juego, se esmera buscando más atrezzo por toda la casa. Naturalmente, trae el mono empalmado para inmortalizarlo junto a Natalie, momento que aprovecho de forma sutil, para hallar una explicación al singular regalo.

— ¿Crees que el animal quedará bonito en la foto? —le pregunto.

— Pues claro. En esta época era muy exótico eso de retratarse con bichos. Ay, Irish, es que no sabes… —contesta ella.

— ¿Y qué hay del detalle del pene?

— ¿No te gusta su pene?

— Peck… ¿Por qué me has traído eso si sabías que no me iba a gustar?

— ¡Lo sé!  —afirma.

— ¿Lo sabes? —cuestiono extrañada.

— Os dije que os la guardaría cuando vosotras, malditas zorras arpías, me regalasteis una noche en el Hotel Plaza con mi marido. La venganza se sirve en plato frío, querida —contesta colocando al mono junto a Nat y posicionándose para sacarles una foto.— ¡Ahora decir “whisky”!

— Dime que te vas a llevar a esa bestia contigo, Sharon —le pido entre dientes.

— Ni hablar. Hasta a mí me parece una aberración disecar un mono con la picha dura.

— ¡Me refiero a Peck! —exclamo.

— ¿Pero qué le habéis hecho a esa chica? —pregunta James asomándose por la puerta, refiriéndose a Nat.— ¿La habéis rescatado del cesto de la ropa sucia?

— Es un disfraz de época, ignorante. Se ve perfectamente —refunfuña Sharon.

— Pues nada, seguir envolviendo a la chica en todas las toallas que queráis. Eric y yo nos piramos ya.

— ¿Ya? ¿Tan pronto, animalito mío? —pregunta Peck exaltada, soltando todo lo que tenía en las manos para salir disparada a abrazar a Eric.— No nos hemos despedido como Dios manda…

— Tengo que marcharme —se disculpa Eric con aire amigable.

— ¡No, no, querido mío! Quédate un rato más, te lo suplico. Te pagaré si te quedas. Te daré cuánto me pidas si vienes conmigo a casa.

— Ha dicho que se va, ya lo has oído. Y a ver si os vais dejando de tanto revolcón, ya está bien, hombre —protesta James, autoritario.

— ¡Uy! —exclama Peck sorprendida— ¡Tu hermano me está echando la bronca! No estés celoso, rubito, que también tengo para ti, no hay ningún problema.

— No le hagas caso, últimamente está en ese plan… —disculpa Eric a su hermano, pero James se dirige a mí para hablarme tan alto que Eric se ve obligado a callar. Le da la espalda a Peck en un descarado acto de desprecio.

— Lo hemos pasado muy bien, Irish. Ha sido un detalle dejar que nos quedáramos en tu casa, nos bebiéramos tus latas y nos comiéramos tu comida. Ven —dice James cogiendo mi mano y acercándose a mí como si tuviera la intención de decirme algo al oído. Tras un instante de intrigante misterio, al fin me pregunta:— ¿Te gustan las perlas?

— ¿Cómo? ¿Las perlas?

— Sí, mujer, las perlas, las perlas —me aclara él.

— Supongo que sí… —contesto insegura.

— Bien, pues mira, esto para ti —susurra entregándome un collar de perlas que se ha sacado del bolsillo interno de su abrigo. El collar, sin nada que lo envuelva, lo sujete o lo contenga, se escurre entre sus dedos y los míos como si quisiera huir tras un terrible calvario.

— Pero esto… ¿esto de dónde lo has sacado? —pregunto alucinada.

— Shh, eso es para ti. No se hable más, te lo has ganado y punto. Por maja que eres —recalca en voz baja.

— ¿Pero esto se lo has quitado a alguien? —le digo escandalizada en su mismo tono de voz.

— No, mujer, no. Eso es un regalo para ti. Que cumplas muchos más, bonita. Hala, nos vamos que tenemos cosas que hacer. ¡Adiós a todos! —se despide de los presentes con la mano y de mí con un par de golpecitos enérgicos en el hombro. Después se dirige tranquilamente hasta la puerta de la calle.

Eric me sonríe y levanta las cejas sin que yo pueda devolverle ningún gesto debido a mi estado de shock.

— Feliz cumpleaños —dice justo antes de seguir los pasos de su hermano. Ambos salen de mi casa cuando aún reina el silencio en mi dormitorio.

— Bueno, —rompe el silencio Nat— al menos no es un mal regalo… ¿no?

— Espero que no se lo haya quitado a un muerto —contesta Sharon echando rápidamente el humo del cigarrillo que no he podido impedir que encienda.

 

12:56 a.m.

Un rayo de luz me despierta. Siento mi lengua como si fuera de esparto. Sharon estaba durmiendo a mi lado, pero ha abierto los ojos en cuanto ha notado movimiento. Me levanto sujetándome la cabeza. Estoy mareada, hecha un asco, necesito agua, alguna droga que acabe rápido con este dolor de cabeza. Es ahora cuando toca rememorar la noche y hacer recuento de las tonterías que he hecho y las cosas surrealistas que han pasado. De camino a la cocina descubro la capa de Peck sobre el sofá y a Picky durmiendo sobre ella. Le ha puesto un toque personal de pelitos de tonos variados adheridos al tejido, seguro que a Peck le encanta. Supongo que finalmente ella se quedó a dormir en el cuarto de invitados. Le encanta flotar borracha en la cama de agua.

Recuerdo vagamente que Antonio se largó una hora después de la catarsis que experimentó tras escuchar los versos épicos espontáneos de Sharon. A nadie más le impresionaron tanto. Natalie me despertó esta mañana temprano para avisarme de que era hora de volver a casa con sus padres. Yo estaba tan en coma que ni la contesté.

Seguramente, Peck y Sharon empiecen a parecer personas mucho antes que yo, pues ellas tienen costumbre de pegarse este tipo de juergas cada dos por tres, pero yo arrastraré la modorra hasta la noche y el cuerpo jota también. Hoy será un domingo de paz y desintoxicación, de hecho, iría al gimnasio si no fuera porque no soy capaz de mover un músculo. Además, ayer no salí a correr con Natalie, así que de mañana no pasa.

Lunes 7:37 a.m.

Resulta increíble la capacidad de recuperación de algunas personas. Sobre todo la mía, que ni diez horas durmiendo, ni bebiendo incontables litros de agua, ni nada de nada, he logrado dejar atrás el mal cuerpo que me dejaron los excesos del sábado noche.

Avanzo de mal café algunos centímetros en el atasco matutino. No me da la gana de sacar la agenda de las tareas, ni de escuchar audio conferencias motivadoras, ni chino, ni leches. Sólo quiero mirar ese nubarrón negro que descarga con furia el agua sobre Manhattan como si fuera un antidisturbios de Dios disipando manifestantes. Encima, el termostato ha decidido que no es necesario poner la calefacción en el coche aunque la edad del hielo fuera la República Dominicana comparada con la temperatura del coche. Vaya asco de día. Ruego porque a nadie se le ocurra reunirse conmigo hoy. Todo lo que quiero es inyectarme en vena una pinta entera de café y largarme a casa.

Avanzo cinco centímetros más en el atasco. Suspiro. Me miro en el espejo y me arrepiento de haberlo hecho. El chico de Crepúsculo tiene un aspecto más lozano que yo esta mañana. Qué desastre.

Cuando por fin llego a la oficina, el ambiente no es mucho mejor.

Sharon tiene un comité de dirección y le tocará quedarse hasta tarde en la oficina… Pobrecita. Eso significa que hoy comeré una aburrida ensalada de plástico en la mesa de mi despacho. Me temo que hoy va a ser un día muy largo.

6:54 p.m.

No aguanto más. Me piro.

Cojo mis cosas sin hacer mucho ruido y no me despido de nadie. No quiero que alguien me coja por banda y me haga quedarme aquí ni un minuto más.

Conduzco por las congestionadas calles de Manhattan mientras me bebo una bebida isotónica. El día sigue lluvioso, como mi cabeza. Esta tarde no quiero saber nada del mundo. Me meteré debajo de una manta a hibernar. Me importa un pito todo. Suerte que ya casi estoy en casa.

Doy un giro al volante para meterme por fin en el garaje de mi casa. Aprieto el botón del mando a distancia del portón del parking, visualizando mi camita y la montaña que forma mi cuerpo cubierto por la ropa de cama, pero entonces algo golpea repetidamente la ventana del copiloto y me hace sobresaltar.

— ¡Ey, soy yo! —grita Eric al otro lado del cristal.

Hastiada, quito el seguro del cierre y él entra rápidamente en el coche.

— ¿Se puede saber qué haces aquí? ¡Oh Dios, estás empapado! ¡Mira como me estás poniendo el coche!

— Es agua, se secará —contesta con serenidad.

— Eric, no sé qué quieres pero tengo un día malísimo, he tomado muchos litros de café, quiero llegar a mi casa, darme un baño de agua caliente, descansar y… A ver, qué… ¿Te dejaste algo en mi casa?

De repente Eric se abalanza sobre mí y me besa en la boca sin que me dé tiempo a reaccionar. Sin saber muy bien por qué lo hacen, mis manos agarran su cara empapada para facilitarle la maniobra.

— ¡Subamos a mi casa! —le ordeno agarrando inmediatamente el volante del Pandora.

Conduzco hasta mi plaza de garaje todo lo rápido que puedo. No me importa lo más mínimo que haya quedado tan mal aparcado, todo lo que quiero es recuperar esos labios y seguir besándolos hasta hartarme. Y así hago.

Consigo, adherida a él, arrastrarnos a los dos hasta el ascensor con torpeza. Aprovecho la intimidad que nos regala la puerta automática al cerrarse, para liberar la poca represión que me quedaba. Sus manos calientes se cuelan por debajo de mi ropa sujetando mi cintura, usándola para acercarme un poco más a él cada vez que mordisquea mi cuello. Dejo que siga subiendo un poco por mi espalda, segándola deliciosamente, provocándome un escalofrío que hace que se me erice la piel. Su boca va a parar al discreto escote que deja ver mi vestido, primero besándolo, luego lamiéndolo suave y rápidamente, dejándose notar como pequeñas descargas eléctricas.

Le revuelvo el pelo mientras lo hace, tan concentrada en nosotros, que por poco no me doy cuenta de que el ascensor está a punto de llegar a su destino. Eric hace gesto de fastidio cuando escucha el “tin” al llegar a mi piso y eso me hace gracia. Al verme reír, cambia su semblante y una preciosa sonrisa se dibuja en su rostro. Inmediatamente después, me alza con facilidad y me encaramo a su cuello hasta que en pocos segundos llegamos a la entrada de mi apartamento. Allí, apoyados en la puerta, continuamos desfogándonos apasionadamente, besándonos como locos, buscándonos al tacto el punto más caliente del cuerpo bajo nuestra ropa, pero una alarma mental me advierte de que no deberíamos quedarnos aquí por más tiempo. Tenemos que entrar en casa o los vecinos van a empezar a preparar palomitas de maíz para ver cine en el descansillo.

En una pose un poco ortopédica, trato de abrir el bolso para coger las llaves de mi apartamento, sin renunciar a seguir metiéndole mano. Naturalmente, al estar distraída en otros menesteres más interesantes, por más que remuevo el contenido del interior del bolso buscando por todos los rincones las malditas llaves de casa, éstas no aparecen. El ruido de los distintos objetos al ser meneados recuerda a cuando uno le da vueltas a una sopa de marisco. Temo terminar con el glamour del momento por el maldito asunto de las llaves. Tras varios desesperantes intentos fallidos por encontrarlas, Eric, que supongo que ya se había percatado de lo que trataba de hacer en segundo plano, mete su mano en mi bolso y al segundo saca las llaves colgando del dedo meñique, volviendo a besarme como si esta pausa nunca hubiera existido. Olvido al instante para qué necesitábamos las llaves, que se quedan unos instantes bailoteando en el dedo de Eric y golpeando la puerta cada vez que nos movemos. Pronto se le acaba la paciencia y se toma la libertad de abrir la puerta de mi apartamento sin tan siquiera mirar la cerradura.

Me empuja gentilmente sin quitarme la vista de encima y cierra de una moderada patada.

Antes de que me dé cuenta, sobre el suelo yacen las llaves, mi bolso, mi abrigo y cualquier otra cosa que nos estorbara. Eric apoya mi espalda en la pared del recibidor, invadiéndome completamente por su cuerpo. Me besa llenando mi boca, deleitándome con su sabor, permitiendo que me deje llevar por su lengua como si fuera el primer viaje de una droga nueva. Noto como si algo hubiera cambiado desde que Eric cerró esa puerta y nos aisló en nuestra intimidad. De pronto, es como si el ansia por volver a tenerle entre mis brazos como el primer día, hubiese dejado de ser un secreto para mí misma. Como si todo este tiempo hubiera censurado mis ganas de poseerle y ahora éstas salieran por cada rendija de mi cuerpo. Casi no puedo resistir el morbo que siento al ver a Eric tan fuera de sí, tan loco por volver a tocarme, tan nublado por la impaciencia de volver a probarme. Esta vez, sin embargo y pese a que estamos tan excitados que dudo que aguantemos mucho más así, se toma su tiempo para acariciar la piel de mis hombros. Sus labios recorren todos mis rincones accesibles, saboreándome meticulosamente, haciendo que me encienda por dentro como nunca. Mientras padezco la insoportable necesidad de tenerle dentro, mis muslos abrazan su cintura y me contoneo como sólo me había atrevido a hacer en mis sueños, permitiéndome sentir la magnitud de su diligente sexo entre mis piernas. Eric al notarme contra él, emite un gruñido ahogado e insiste en continuar con tan placentero movimiento, intentando a la vez quitarme el vestido, palpando por doquier en busca de botones, cremalleras o algo que le permita desprenderme de él cuanto antes. Trato de quitarle el pantalón y la ropa interior, lográndolo más rápido de lo que él esperaba, sorprendiéndose cuando rodeo entre mis dedos su grueso y duro miembro. Siento cómo Eric se estremece al percibir el calor de mis manos. Su respiración se acelera y se me queda mirando algunos segundos con cierta perplejidad. Lejos de sentirme confusa le sonrío y beso sus labios, acariciando con mi mano libre cada rasgo de su cara, que tan perfectamente descubro que tenía grabados en mi mente. Él, con sus preciosos ojos verdes clavados en mi cara, resoplando intermitentemente, fracasando en la batalla contra mi vestido y desbordado por su instinto, pierde definitivamente la compostura y mete la mano por debajo de la prenda para apartar a un lado mi ropa interior y entrar dentro de mí de una sola embestida. Mi espalda se arquea y doy un alarido de impresión. Eric me abraza mientras hacemos el amor a la desesperada. Sé que los vecinos oirán sin duda mis gemidos, pero no puedo acallarlos. Cada vez que él se mueve dentro de mí, el placer es demasiado intenso como para guardar silencio. Una de sus manos se posa sobre mi pecho. Puedo sentir su frustración por no haber podido quitar la ropa que los cubre. Sé, por cómo los mira, que se muere por tocarlos desnudos, pero se me ocurre una buena forma de compensar esa pequeña pérdida. Me aventuro a deslizarme entre ambos cuerpos hasta alcanzar su punto más vulnerable. Los acaricio con los dedos con la certeza de saber de qué modo le gusta que se lo hagan. Algunos hoscos ronquidos se escapan de su boca, como si estuviera deshaciéndose cada vez que se desliza dentro de mí. Esto parece agradarle demasiado. El vaivén de sus caderas se acelera, le siento más duro y más profundo, como miles de centellas a punto de abrasarme desde dentro, robándome el aire, hasta hacerme estallar en un orgasmo sofocante que remueve todo mi cuerpo y me deja latiendo durante un tiempo en el que ni siquiera puedo abrir los ojos, pero sé que él me observa mientras jadea y me hace saber con los cinco sentidos que también está a punto de correrse, entre besos y salvajes caricias. Entonces le oigo llegar. Mueve todo mi cuerpo a su antojo hasta que termina y aún palpitante, nos abrazamos en silencio descansando para recuperar el aliento.

Mi pulso comienza a normalizarse poco a poco. Abro lentamente los ojos y sonriendo, mirándome fijamente, con una leve sonrisa en la cara.

Me retira el sudor de la frente con el dorso de la mano y luego me carga entre sus brazos para tumbarme sobre el sofá del salón.

Aunque exhausta, le sonrío también. Empiezo a pensar que mi estado es más propio de un colocón de heroína, pero me da igual. Parece como si tuviera el poder de detener el tiempo y lo hubiera hecho ahora únicamente para recrearme, mirando su rostro mientras le aparto cuidadosamente el cabello de la frente.

Me besa, esta vez no tan impaciente como hace unos minutos, y al hacerlo se me escapa una carcajada.

— ¿De qué te ríes? —pregunta con curiosidad.

— De ti.

— Ah, muy bonito. ¿Puede saberse qué es lo que te hace tanta gracia de mí? —dice antes de comenzar a mordisquearme sensualmente una oreja.

Pero no le contesto, sólo muevo la cabeza para que continúe con lo que hace. No le voy a decir que sé que desde que se fue de mi casa lleva aguantándose con el calentón. De alguna manera me siento triunfante.

— No me lo dices ¿eh? —murmura agarrándome del trasero, frotando mi cuerpo contra el suyo… otra vez.

— Espera, Casanova, espera —le freno de inmediato.— ¿Crees que no me he dado cuenta de que no te has puesto preservativo?

— Es verdad. Es que ha sido un impulso —contesta volviéndome a empujar con su pelvis. Estoy empezando a notar su erección de nuevo. Me intenta subir el vestido un poco a lo bruto.— ¿Cómo se quita esto? Parece que lo llevas pegado al cuerpo —refunfuña.

— Espera, Eric, espera, para un momento. Qué energía tienes, por Dios. ¿Qué desayunas por la mañana? ¡Cómo se nota que eres más joven que yo! —exclamo medio en broma.

Eric ignora mi comentario e investiga mi vestido. Tira de la tela examinando cuan elástica es y cómo podría deshacerse de ella. Mete la mano por debajo comprobando que el tejido cede a su paso. Me descubre los hombros y baja aún más el vestido hasta bien entrado el escote y su mirada torna un poco más lasciva. Le cojo la cara entre carcajadas, en parte halagada, en parte sorprendida.

— Pero bueno ¿cómo es posible? ¿No vas a esperar ni cinco minutos? Veamos, ¿cuántos años tienes? Ni que hubieras tomado algo…

— No he tomado nada, eres tú que me vuelves loco… —contesta al tiempo que tira despacio del vestido hasta dejarme por fin en ropa interior.

— No has contestado a mi pregunta —le recuerdo en voz baja.

— ¿Qué pregunta?

Eric acaricia uno de mis pechos tan suavemente que me provoca un escalofrío. Su mano baja más y uno de sus dedos entra en mí con facilidad. Dejo que la mezcla de sensaciones de brillante frío y calor sedoso, corra por todo mi cuerpo como diminutas burbujas de gaseosa.

— Que cuántos años tienes —le repito empezando a perder de nuevo la razón.

— ¿Qué importa eso ahora?

Algo en mi interior hace que pare en seco el juego. Siento un pinchazo en la nuca, como si me hubiesen clavado en ella una banderilla con una gran verdad incómoda. Agarro de un impulso su enorme cabezón obligándole a que me mire a la cara. Él, por supuesto, lo hace, aunque un poco descolocado.

— ¿Cuántos? —pregunto seria y tajante como un poli malo.

Eric se queda un par de segundos inmóvil, con la boca entreabierta y sin decir palabra.

— ¡¿Cuántos, Eric?! —grito zarandeándole. Al menos logro que cierre la boca.

— Diecisiete —dice sin cambiar de expresión. Siento los latidos de mi corazón en las sienes.

— ¡¡Qué!! —chillo zarandearle de nuevo, todavía con más energía

— ¡Diecisiete! —repite él marcando ese acento tan barriobajero que tiene, como si encima empezara a sentirse molesto por mi histeria.

— ¡Ya te he oído, joder! —exclamo estupefacta levantándome del sofá apresuradamente y recuperando mi ropa.— ¡Levántate de ahí ahora mismo y guárdatela en su sitio…! ¡Dios mío, joder, esto no está pasando!

— ¿Pero qué te pasa ahora, chica? —pregunta desconcertado.

— ¿Que qué me pasa? ¿Que qué me pasa? ¡¡Que eres un crío, eso pasa!! Tenías que habérmelo dicho, ¡Eric, eres menor! —vocifero dando furiosos golpes en el respaldo del sofá. Después me levanto acelerada, doy vueltas por todo el salón a punto de arrancarme las cejas. Me acerco a él y señalo con el dedo índice justo en el chakra del tercer ojo, ese que no está en el culo, sino en la frente.— ¡Conozco gente, Eric, que les empieza a salir pelo en la cara a tu edad!

— Sí, bueno, a muchos hombres les pasa también —bromea.

— ¡¡No tiene gracia!! ¿Te parece que estoy de coña? ¡Pues no! — grito— ¡Quiero que te vayas de aquí, no quiero volverte a ver más o yo misma te cortaré los huevos y te los haré comer!

Le azoto con un cojín del sofá a modo de látigo castigador, haciendo que se levante rápidamente mientras se abrocha todo lo rápido que puede el pantalón.

— ¿Pero qué mosca te ha picado? ¿Acaso te parezco un crío, Irish? No soy ningún niño.

— Tienes razón, desde luego no lo pareces, —admito agarrando el resto de su ropa y tirando de él para arrastrarlo hasta la puerta de entrada, aunque él apenas se mueve, como si pesara veinte toneladas— ¡¡por eso tenías que haberlo dicho antes de hacerme cometer un delito y conseguir que me sienta como una pervertida!!

Eric frunce el ceño como si de verdad no entendiera por qué estoy a punto del telele. Por más que le empujo no consigo moverle demasiado, pero entonces él se da la vuelta y camina hasta la puerta para salir. No desaprovecho la oportunidad y corro a abrirla para que se vaya cuanto antes. Él cruza la puerta mirándome con despecho por encima del hombro y yo le contesto con una mirada asesina y un montón de insultos contenidos en mi interior, para evitar deleitar a los vecinos con tan delicada prosa.

— ¡¡Fuera!! ¡Y ni se te ocurra hablar de esto con nadie…! ¡Guarrindongo! —grito cerrando de un portazo, quedándome apoyada contra la puerta, procurando calmarme. Pero me echo a llorar y cuanto más trato de parar, más lágrimas caen.

Observó el escenario; mi bolso, las llaves en el suelo…Dios mío, qué desastre.

Reúno fuerzas para levantarme del suelo y recoger todo lo que en él hay tirado. Afortunadamente parece que Eric no se ha dejado nada. Estoy tan cabreada con él que le sacaría los ojos. Estoy tan cabreada conmigo que metería la cabeza en el horno.

 

8:46 a.m.

No creo que tomar café sea la decisión más acertada por mucho que lleve horas pensando en ello.
El largo rato que pasé esta madrugada sentada en el sillón del salón acariciando al gato me están pasando factura, pero quiero mantenerme serena. De algo servirán la valeriana, la tila, la melisa y la mejorana que he tomado esta mañana.
Voy a hacer el esfuerzo de concentrarme en la feria del automóvil que empieza mañana. No pienso torturarme más pensando en ese… guarrindongo.

¡Guarrindongo! Esa fue la palabra que salió de mi boca para espantar al hombre, al niñato mierda que me ha ultrajado con sus armas de seducción y me ha hecho quebrantar la ley. No estoy en absoluto satisfecha con el apelativo que usé en su contra. En frío, se me ocurren mil cosas más que llamarle y cien mil más que hacerle que, si pudiera llevarlas a cabo, las burradas de Vlad Tepes, el empalador, serían sólo travesuras al lado de mis fechorías. Mi único consuelo es que sigo conservando mi cartera dentro del bolso. Me siento tan humillada y tan estúpida…no puedo creer que ese tocomocho del tres al cuarto me la haya jugado, que haya sido capaz de tocarme las narices a mí, a Peck y también a Sharon… mira que ella me lo advirtió. Me pregunto si ellas sabrán la edad que tiene Eric, aunque probablemente les importe un pimiento que sea tan joven.

Mark vuelve a escribirme al chat, otra vez por el tema de la documentación de la feria y de paso pregunta si todo está bien. Es la segunda vez que lo hace. Para rematar, me envía un dibujito que ha hecho su hija mayor. Sería un detalle muy tierno si no fuera porque la niña se lo ha dedicado a Eric. Un rugido estilo tigre de Bengala sale de las profundidades de mi alma. Procuro ser amable con Mark, escribiéndole un “jaja, qué mona” hipócrita, que no delate que pienso que su mocosa es una lela y que su dibujo es una mierda como una catedral.
Segundos después me avergüenzo de haber pensado eso de una cría de cinco años. Qué miserable. Voy a hacer el esfuerzo de olvidarme de lo demás y concentrarme en la feria del automóvil de mañana, otra vez.

Abro uno de los PDF que Mark me envía y leo una frase al azar: “…desbloqueo del seguro automático de las puertas, gracias al dispositivo de reconocimiento electrónico, lo que permite prescindir de llaves…”. De llaves. La imagen de mis llaves balanceándose en su dedo meñique… Dios, qué asco más grande de mundo, ¿por qué me tienen que pasar estas cosas a mí?… pues por pava. Y pensar que además tendré que tomar la píldora del día después y voy a perder la tarde entera con el planazo del médico haciéndome reconocimiento de sótanos, dejándome pinchar otra vez por alguien que no acierta con mi vena… No me dará tiempo ni a ir al gimnasio. Esta ha sido la segunda estupidez más grande que he hecho en mi vida y a Dios pongo por testigo de que nunca más volveré a cometer un error como este.

2 de enero. 10:39 p.m.

Nunca me ha importado demasiado trabajar en casa hasta tarde, aunque veintidós días después de la Feria del automóvil, todavía seguir recibiendo emails con el mismo puñetero asunto: ”RV: Re: Re: Re: Re: Re: RV: Re: Feria Nacional del Automóvil”, ya cansa.

Estoy deseando que Mark vuelva de Hawái para devolverle la responsabilidad del Departamento de Marketing.
La pobre Sharon debe seguir tan liada como yo. Echo de menos eso de salir a comer juntas y pasar algo de tiempo fuera de la oficina. Últimamente tengo menos vida social que el abuelo de Heidi.
Parece como si después de recibir aquella notificación con los resultados de las pruebas y comprobar que eran buenas nuevas, todo se hubiera restaurado a un punto anterior de mi vida en el que todo está ordenado como debiera.

Creo que ya basta por hoy. Me siento como si acabara de subir al Everest. Todo lo que quiero es lavarme los dientes y meterme en la cama. Activo mientras tanto la reproducción de los mensajes del buzón de voz del móvil:
“Tiene tres mensajes de voz. Remitente: Natalie.

Mensaje uno:
Hola, Irish ¿estás viva?

Mensaje número dos:
¿Qué pasa? ¿Te han abducido los de WTP?

Mensaje número tres:
¿Podemos quedar para hablar?

Pobre Nat. No hago más de decirle que no tengo tiempo para vernos. Espero que no se mosquee conmigo. Mañana intentaré hacerle un hueco aunque no me dé tiempo a ir al gimnasio.
Tomo un disco de algodón y loción desmaquilladora para quitarme la pintura de los ojos. De forma mecánica realizo los mismos movimientos de todos los días hasta que ya no queda ni rastro del maquillaje que antes cubría mi cara. Rememoro mientras tanto la videoconferencia que tuve esta mañana con Petrucci. Hank, hablando en su perfecto inglés, dando pautas de actuación, escuchando y devorando procesos de los que jamás había oído hablar… Menudo finolis pretencioso, pijo listillo, el Don Perfecto este resabiado.
Me divierte mi propio pensamiento y me echo a reír, y es que, hay que reconocer que por muy popular que sea Hank, en realidad me parece un gafotas… pero me gusta que lo sea y me gusta la cara de tonto que pone cuando se las da de marisabidillo. ¿Y esa última frase de la videoconferencia?  “Aún tenemos pendiente un viaje en mi coche”. Italiano tunante… Mmm, puede que un día le haga un hueco en mi agenda. Un día que no este Peck cerca.

Picky se enrosca a los pies de mi cama, preparado para echarse un sueñecito, pero la vibración de mi teléfono le sobresalta. Es Sharon escribiendo un mensaje de chat:

Charlotte Dubois:
¿Puedes creer que la zorra pelirroja queda conmigo y me deja con la cerveza a medias? Se ha largado a chiscar por ahí otra vez.

Irish Corner:
Ya sabes cómo es. La verdad es que es raro que te haya dejado plantada.

Charlotte Dubois:
Ya, últimamente está en un plan…

Irish Corner:
¿Por? ¿A quién se ha trincado? ¿Conocido o desconocido?

Charlotte Dubois:
Al de siempre, tía, a este paso ese cerdo se va a comprar un chalet a su costa.

Irish Corner:
A mí me da que ese chico es demasiado joven, ¿no te parece?

Charlotte Dubois:
El joven se está forrando el muy cabrón. Y ella me hace venir aquí como si me sobrara el tiempo.

Irish Corner:
…Voy a la cama, Sharon. No te enfades demasiado con Peck. Besos.

Charlotte Dubois:
Hala venga, con Dios…

Apago el teléfono. No quiero saber qué hace Peck con ese indeseable ni me importa mucho que Sharon este en un bar con media cerveza. No es un gran problema, se las apañará.

 

8:35 a.m.

Activo la alarma de la nueva agenda multiuso que he descargado en mi teléfono móvil, con lista de notas, alarma para tareas, calendario con varias vistas, lista de la compra, calculadora de calorías, podómetro, calendario de menstruación, en fin, una pequeña maravilla que me ayudará a organizarme mejor. Por fin empieza mi nueva y ordenada vida de persona ejemplar. Ayer dije que hoy quedaría con Nat y hoy quedaré con Nat. Será lo primero que apunte en mi nueva agenda. No puedo darle más largas o se cabreará conmigo, además la echo de menos y me vendrá bien distraerme un poco al salir de la oficina. Es más, tanta insistencia con llamadas y mensajes me hace pensar que quiere contarme algo. Esto despierta la maruja que hay en mí. Quizá tenga algún cotilleo jugoso o una súper noticia bomba que me va a dejar boquiabierta.

Aprovecho un momento en que Mark se va a lamerle el culo a un cliente y me quedo sola en el despacho para comerme una galleta de salvado de trigo y llamar fugazmente a Nat para vernos esta noche.
Nat coge el teléfono como si hubiese salido corriendo a por el móvil desde Filipinas. Está tan eufórica, dice tantas cosas a la vez que apenas puedo seguirle el ritmo de la conversación y acaba contagiándome su estado anímico.
La veré a las nueve de la noche en Mei y hasta entonces me quedo con la intriga de saber qué le pasa. Qué será, será, canturreo mentalmente.

Para mi sorpresa, el móvil se vuelve a iluminar avisándome de una nueva llamada entrante. ¡Ops! Es Petrucci… y yo que me acabo de meter otra galleta de salvado en el gaznate. ¿Y qué querrá este ahora?… ¡A ver si va a querer una cita conmigo! Si no, ¿para qué iba a llamar a mi móvil personal? ¡Oh, no, lo he atraído con mis pensamientos absurdos! ¡Me arrepiento, ley de la atracción, me arrepiento! ¡Mejor no quiero tíos! Rápido, piensa, Irish ¡dile que estás mala! No…no, no, este es capaz de preguntar por mi estado a alguien del trabajo. Yo que sé, a ver qué se me ocurre:

— ¿Diga? —contesto en tono profesional sin que se note que aún tengo galleta por masticar.

— ¡Hola Irish! ¿Cómo estás? Soy Hank —dice él con su habitual cortesía. Por el ruido de fondo diría que me llama desde el manos libres del coche.

— ¡Hola Hank! Muy bien ¿y tú? —hablo con especial cuidado en la pronunciación de mi frase para ganar tiempo con el fin de pensar en una excusa para evitar una cita, por si hiciera falta.

— Todo bien, gracias. Verás, te llamaba para preguntarte si te apetecería dar esa vuelta que teníamos pendiente. Luego podría invitarte a cenar, si no tienes otros planes, claro…

Directo al grano, para qué rodeos.

— Pues lo cierto es que he quedado con una amiga al salir del trabajo.

Muy bien, Irish.
Irish 1 – Hank 0

— ¿Y qué tal mañana? —insiste.

— ¿Mañana? —¡rápido, Irish, rápido, mañana, qué!— Sí, mañana perfecto —vale, chica, regatear no es lo tuyo, Pienso.

— Bien, te recogeré en tu casa a las 9.30, ¿te parece buena hora?

— Lo es —contesto intentando que no note mi sentimiento de derrota.

— De acuerdo, no te robo más tiempo. Mañana te veo.

— De acuerdo, hasta mañana —le digo justo antes de colgar el teléfono.

Muy bien Irish, eres un fenómeno. Entonces mañana, gimnasio tampoco.

8:56 p.m.

Me dispongo a dar el giro para entrar en el parking de mi casa cuando encuentro a Nat caminando por la calle, casi llegando a la cafetería. Toco el claxon del coche y ella —y buena parte de los viandantes— se vuelve hacía mí, total, sólo para saludarla enérgicamente con la mano. Ella sonríe y después entra en Mei.
Aparco todo lo rápido que puedo para no hacerla esperar y camino apresuradamente hasta el establecimiento donde ella está esperándome sentada en nuestra mesa favorita observando mi llegada con la cara iluminada. Se levanta y se me abraza como una niña pequeña.

— ¡Cuántos días sin verte, se me ha hecho eterno! —exclama ilusionada. Abre su bolso y me da una bolsita con montones de muestras de maquillaje, como de costumbre.

— ¡Perdóname, Nat! Estoy hasta arriba de trabajo.

— Entiendo. Tienes una vida muy atareada y mucha responsabilidad.

A veces, Nat me hace sentir como si fuera el abogado de Sacha Barón Cohen.
Nos acomodamos en nuestro sitio y Nat comienza a hablar frenéticamente de mil temas dispares como si acabara de romper diez años de voto de silencio: de su trabajo, de sus padres, del tráfico de Manhattan… Me pregunta por todo lo habido y por haber: por el nuevo contrato con Petrucci, por la nueva campaña de WTP, pregunta si he ido al gimnasio… Hasta que en un momento dado, se queda mirando su batido de fresa y yo centro toda mi atención en lo que va a decir después.

— Verás, Irish… Por dónde empiezo… mira yo… tú… —titubea.

— Arranca, ¿qué pasa?

Natalie me mira, no como si hubiese roto un plato, más bien como si hubiese roto la vajilla entera, lo que hace que me inquiete un poco.

— ¿Estás metida en algún lío? ¿Necesitas dinero? —pregunto.
Otras cuestiones rondan por mi cabeza, tales como: ¿está embarazada? ¿Van a desahuciarla? ¿Ha perdido el empleo? Pero por prudencia, obviamente, no digo nada más.

— ¡No, no! —niega ella.— En absoluto se trata de nada de eso. Mira, no voy a andarme con más rodeos. Verás, desde que conocí a Eric en el día de tu cumpleaños… Bueno, es que me gustaría volver a verle y me preguntaba si podrías darme su teléfono —confiesa sonrojándose un poco.

— Ah… era eso.

— Sí, vaya cara de chasco has puesto… ¿No me lo quieres dar? Oh… ¿No estarás con él, verdad? ¡Qué vergüenza!

— ¡No, para nada, no estoy con él! ¿Estás loca? Es prostituto, un barriobajero y… demasiado inmaduro.

— Nadie es completamente perfecto —bromea.

— Verás Nat, yo no puedo ayudarte, no tengo relación con él —respondo dignamente mientras mareo mi rooibos de arándano.

— ¿Seguro que no estabas enrollada con ese chico?

— En absoluto, sólo es un conocido, un amigo de Peck. ¡Qué me voy a enrollar yo con un chico así! No me pega nada, ¿no crees? —suelto medio en broma intentando ignorar la mirada incrédula de Nat. Inmediatamente después, su gesto cambia y se acerca más a mí.

— Oye, ¿y no puedes conseguir su número? —propone bajando la voz como si fuera un secreto.

Por alguna razón, me retraso un poco en responder. Hago un esfuerzo por relajar los labios prietos y tomo aire para contestarla:

— Él no tiene móvil. Usa el de su hermano James, el chico que estaba con él en la fiesta. Y no creo que esté bien que yo te dé el número de teléfono de nadie sin su consentimiento, Natalie, lo siento.

— Claro… —acepta ella decepcionada.

Lo entiende, dice, pero aun así insiste entre conversación y conversación, en convencerme para que de alguna manera consiga el contacto de Eric. Que si Eric no tiene por qué saber que yo le he dado su teléfono, que si marca y hace como que se ha confundido, que si se lo pido a Peck, que si sé por dónde para o dónde vive, hasta que, en medio de una conversación sobre cremas reafirmantes, suelta un “y si fuera una clienta ¿cómo haría para localizarle?“. Cierro los ojos y me masajeo las sienes. Pienso en una playa desierta, brisa marina, tiburones asesinos y maremotos. Nat se percata de que esto empieza a molestarme y por suerte deja el tema durante los quince minutos que aguanto antes de irme a casa, darme una ducha e irme a la cama a pensar que podría haber ido al gimnasio en vez de pasarme la tarde esquivando la faceta depredadora de Nat.

11:56 p.m.

Me meto en la cama después de cuadrar la agenda, dejar en la repisa del cuarto de baño las galletas insípidas para el desayuno de mañana y la ropa que me pondré sobre la silla de mi dormitorio. Creo que ese vestido verde botella es ideal para una cita como la de mañana, fue lo primero que pensé cuando lo compré. Por eso está sin estrenar. Me quedo mirando el vestido mientras analizo mis sentimientos encontrados. Hank no está mal, sin embargo no tengo muchas ganas de quedar con él… pero voy a estrenar el vestido verde el día de nuestra primera cita. A veces no me entiendo ni yo. ¿Será que mi estado anímico profundo está jugando conmigo? Decido no darle más vueltas a mis sensaciones internas y centrarme en otras cuestiones que también debo meditar. Creo que no debería contarle lo de mi cita a nadie, ni siquiera a Sharon. Seguro que se emociona, le ve como mi apuesto príncipe azul y si luego no me gusta tendré chicharra para meses. Este será mi secretito por ahora.

11:53 a.m.

Día anodino. Todo el mundo atareado con lo mismo del día anterior.
Ni siquiera le he visto el pelo a Sharon, pues anda reunida con unos franceses desconocidos para mí y va a comer con ellos. Además se la ve bastante encantada de la vida rondando por los pasillos hablando su lengua materna con esa gente.
Pensé que podría volver a casa a una hora normal pero, por supuesto, una llamada telefónica me ha entretenido hasta el punto de tener que salir literalmente corriendo de la oficina para llegar a tiempo a la cita con Hank.
Entré en mi apartamento derrapando y sin zapatos. Jamás me había arreglado tan deprisa. Casi me como la mesita del salón intentando meterme las medias. Espero que sea puntual porque si no es así le estrangularé con ellas.

En el preciso momento en el que visualizo cómo sería un asesinato por estrangulamiento por medias, suena el vídeo-portero anunciando la llegada de Hank.

— ¡Estás preciosa! —exclama cuando salgo del portal, dedicándome la mejor de sus sonrisas. Luego abre la puerta del coche y me invita a entrar dentro.— ¿Tienes frío? —pregunta después cortésmente.

— Un poco…

Inmediatamente Hank enciende la calefacción del coche.

— Estos son los controles del climatizador. Ponlo a tu gusto.

— Muchas gracias —le digo. Tras ello se hace un silencio que sólo parece incomodarme a mí.

— Espero que te guste el restaurante que he elegido —comenta como quien piensa en voz alta.— Es un español. Me dijiste que te gustaba España y que la echabas de menos, así que al menos te traerá buenos recuerdos.

— Seguro que sí.

Me siento como una infanta al lado de este hombre tan halagador. Me pregunto si tendrá un lado oscuro que empañe tanta brillantez

Al llegar al restaurante, Hank le deja las llaves de su deportivo al aparcacoches. Un hombre perfectamente trajeado se lleva nuestros abrigos al guardarropa y otro tío tan bien vestido como el primero nos acompaña a nuestra mesa.

Me alegro al ver que la decoración del restaurante no consiste en guirnaldas, banderillas, toros y folklóricas, sino que se compone de diversos arreglos florales y de una serie de fotos en blanco y negro enmarcadas y colgadas en una sobria pared; La Catedral de Santiago de Compostela, La Sagrada Familia, La Giralda, la playa de La Concha, entre otras.

Todo es maravilloso. El ambiente, la comida y Hank, charlando relajado sobre cómo descubrió este restaurante y pensó de inmediato en que quería que yo le diera el visto bueno. Me relaja verle hablar con tanta seguridad mientras menea con cuidado su copa de vino… Honestamente, no estoy prestando mucha atención al traje que se está cortando ahora sobre los viñedos de La Toscana, porque me parece mucho más interesante fijarme en su espalda tamaño estantería, sus brazos firmes y esos ojos pardos que me dejan muy claro que le gusto y que disfruta de mi compañía.
Hank me pregunta sobre mis gustos culinarios y le doy una contestación corrientucha que no desvíe la idea de que cuanto más le miro, más sexy me parece. Esa notable inteligencia, esa sonrisa mesurada, esa forma tan gentil de halagarme… Sin duda, hay mucho más en él que lo que había notado a primera vista. ¡Pelillos a la mar! Voy a disfrutar de esta primera cita y dejar que Hank se curre el cliché de galán de Hollywood.

Hank se enrolla como las persianas sobre lo mucho que añora a su familia. Me cuenta cómo fue su infancia, que es el mayor de seis hermanos, todos ellos varones. Que se crió en Sicilia, donde viven sus padres, sus tíos y sus hermanos, excepto el pequeño, Giacomo, que también vive en New York. Petrucci adora su país natal y viaja allí siempre que puede.

— Sabes que estás invitada a Sicilia cuando quieras, ¿verdad? La finca es bastante grande, hay suficiente espacio como para alojar a treinta personas. Mi padre tiene cultivos en los alrededores y hay un patio muy amplio en la parte de atrás. El olor, la luz, el aire… no sabría explicarte lo que es, pero todo te hechiza.

— Sería bonito verlo. Un día tienes que enseñarme una foto.

— Tengo fotos en casa, aunque son fotos de cuando mis hermanos y yo éramos críos, aunque la finca no ha cambiado mucho.

Tomo mi copa y me acomodo en la silla, prestándole la atención que no puse antes en sus palabras.

— ¿Cuándo vas a ir a Sicilia? —le pregunto.

— Cuanto antes. ¿Vendrías? —contesta con media sonrisa. Yo me echo a reír.

— Ya lo veremos.

Hank brinda conmigo sin quitarme la vista de encima, tratando de adivinar lo que estoy pensando.

— Sé cómo te sientes. A mí me pasa lo mismo con España —añado.— Echo de menos mi casa, mis amigas, los lugares por donde me gustaba salir…

— ¿Cuándo vas a ir a Madrid?

— Cuanto antes. ¿Vendrías? —digo con sonrisa traviesa.

— Por supuesto —contesta él sin dudar.

Le devuelvo la sonrisa y nos quedamos mirando unos segundos. Esto es un coqueteo en toda regla. Irish, cuidado con el vino.

— ¿Tu familia vive en España? Les echarás de menos…

— ¡Oh, mi familia! —exclamo antes de contarle a Hank la misma milonga que siempre le suelto a cualquiera que me pregunte por ellos; Mi madre y mi padre, un matrimonio ejemplar que trabajaba día y noche para darnos todo lo mejor a mi querido hermano y a mí, siguen viviendo Irlanda —de donde espero que nunca salgan— y a veces no como, ni duermo, ni respiro de lo muchísimo que les añoro.
Hank escucha la versión sin sarcasmo del cuento de mi vida perfecta. Evidentemente no le voy a hablar de mi familia de mierda.

— Y dime, ¿de quién has sacado esos ojos?

— De mi padre —le contesto con una forzada pose de orgullo.

— Son muy, pero muy bonitos.

— Muchas gracias. Los tuyos son castaños ¿verdad? —me hago la curiosa para acercarme a su rostro un poco más de lo permitido.

— Algo así —contesta él claramente descentrado. Casi podríamos besarnos, pero decido darle un poco más de emoción al asunto.

— ¿Te gustan los animales, Hank? —pregunto devolviendo la vista a mi plato, tomando un nuevo bocado.

Hank se queda sorprendido y luego se ríe ligeramente.

— ¿Qué pasa, de qué te ríes?

— Nada, no es nada. Claro que sí, me gustan mucho los animales, de hecho tengo cuatro perros.

— ¡Cuatro! ¡Qué locura! Yo vivo con mi gatito, Picky. Con él ya tengo suficiente.
Supongo que a estas alturas Hank ya se ha dado cuenta de que estoy abierta al juego del tonteo, aun así, él se comporta con la misma elegancia de siempre. Nos pasamos la velada flirteando hasta que nos quedamos solos en el restaurante.

— Lo estoy pasando muy bien, pero supongo que esta gente querrá irse a su casa —advierto refiriéndome al personal del restaurante, con una media sonrisa escondida. Intento ocultar que el vino empezó a cocerme hace un buen rato.

Hank pide educadamente la cuenta, la paga y me ayuda a ponerme el abrigo a la salida del restaurante.

— Ha sido una cena maravillosa, Hank —confieso mientras caminamos hasta el coche.— Muchas gracias por la invitación.

— Me alegra oírte decir eso. ¿Significa que repetirías?

— Por supuesto que sí.

Desde hace rato, todo lo que digo viene acompañado de una risilla tonta inevitable. Me siento alegremente pavita, pero lo estoy pasando tan bien que no me importa.

Seguimos charlando hasta entrar dentro del coche, pero una vez dentro, nos quedamos en blanco. Es imposible estar en una situación como esta y no pensar en sexo. Ambos lo sabemos, ambos lo estamos pensando y ambos lo haríamos ahora, pero tanto su posición como la mía nos lo impide en una primera cita. Hank no es un cualquiera, es una de las personas más renombradas de Nueva York, discreto y con una reputación intachable. Yo tengo un cargo en una empresa importante, debo tener una presencia impecable, un saber estar, una educación y no ir por ahí tirándome a los peces gordos con los que hace negocios la empresa para la que trabajo, ni a jovencitos en el asiento trasero del coche que me prestan. Oh, Dios.
Conclusión: No podemos andar chingando como quinceañeros, de modo que busco cualquier excusa para intentar romper la tensión.

— ¿Llevas algo de música para escuchar?

— ¿Te gusta la música? —contesta él.

— ¡Adoro la música! ¿Puedo poner algo? —pregunto observando la radio del coche.

Hank aprieta el play del reproductor y comienza a sonar música clásica; Vilvaldi.

A ver, matizando. Yo sé apreciar la música clásica, sé reconocer una buena obra, respeto a los grandes maestros, ¡me crié con Sharon Dubois! Pero esta banda sonora me hace sentir como si estuviera en la sala de espera para hacerme los pies.

— Ehm… ¿Qué más tienes por ahí?

— ¿Te gusta Richard Clayderman?

— ¿Richard Clayderman? —repito sin poder evitar reírme.— Recuérdame que la próxima vez te traiga algo de música.

— No se me olvidará —responde él divertido.

Hank aparca el coche justo delante de mi casa y luego me acompaña hasta la puerta del portal.

— Muchas gracias por todo. Lo he pasado fenomenal.

— Por favor, no me des las gracias. Yo también he disfrutado mucho. ¿Sigue en pie lo de repetir?

— Claro que sí.

— ¿Quizá el sábado por la tarde?

— Por supuesto —le confirmo. Acto seguido le doy un suave beso en la cara para despedirme.

Hank se queda esperando a que me monte en el ascensor. Este hombre es un caballero de los que ya no abundan. Me sorprendo de estar tan entusiasmada, ¡qué suerte tengo! ¡Qué maravilla! Tiene que haber sido la balanza de energías, la ley del karma. La forma terrible en que acabé el año, se ha equilibrado con lo bien que parece estar empezando.

Entro en casa con síndrome de quinceañera, imaginándome cómo sería si Hank y yo tuviéramos algo más. Él es serio pero cariñoso. Detallista, de eso no cabe duda, de los que regalan flores los sábados por la mañana. Y un hombre ocupado, muy ocupado. Inteligente, seguro, independiente, eso me permitiría hacer mi vida tranquilamente sin tener que estar dando explicaciones continuas y pasar suficiente rato conmigo misma. ¡Es perfecto, joder!

Además es guapo, vale que no es como un modelo de Calvin Klein, pero está bastante buenorro. Quizá algún día vayamos juntos al gimnasio, quién sabe.

Viernes 4:41 p.m.

La semana pasa como si llevará en el cuerpo seis copas de bourbon.
Si vuelvo a pensar en qué conversación voy a tener con Hank el sábado, qué va a suceder o qué me voy a poner, me va a dar un ataque. ¡Y qué!

Miro otra vez a ver si me ha enviado uno de sus comedidos mensajes, pero no. Este hombre sabe hacer todo en su justa medida, aunque por muy puntuales que hayan sido sus mensajes, han dejado que se le vea el plumero de aquí a Valparaíso. Está tan tontito como yo, estoy segura.

Por otro lado, está la gente que vive debajo de la nube en la que llevo viviendo estos últimos seis días. Esquivar a Sharon cada dos por tres, es más difícil de lo que había pensado. En cuanto se sienta en el sofá de mi despacho con su café por las mañanas y me echa esa mirada radiográfica, sé que está tratando de descifrar el código de mis pensamientos como si fuera una Enigma. De momento no ha dicho nada pero seguramente intuya que algo sucede… Con Peck no existe ese problema, no obstante, a la pobre Natalie me es más difícil omitirle toda esta historia. Por lo menos parece estar distraída con el ciclomotor ese viejo que se ha comprado, no sé ni cómo. Aún estoy sorprendida de verla conducir ese trasto de cuarta o quinta mano, pero también entiendo que esté hasta el moño de coger el autobús. No debería haberme reído cuando me enseñó ese truño de cacharro con ruedas de carretilla, pero es que está tan destartalado que parece que lo haya desenterrado de algún yacimiento. No sé si será porque aún se siente ofendida por esa carcajada inoportuna mía o por no haberle dado el teléfono del niñato promiscuo, que Nat está un poco distante últimamente.

Pero no voy a pensar más en ella, ya lo arreglaré. Tengo que organizar mi agenda bien para no pensar en nada más que en Hank.

La última media hora de trabajo me la paso haciendo el bobo con Sharon a través de correo electrónico. Qué maravilloso es eso que algunos llaman procrastinar, aunque sea sólo de vez en cuando.

De: Sharon Du bois S.dubois@WTP.com
para: Irish Corner I.Corner@WTP.com

¿Qué tienes pensado hacer hoy? Viernes, ya sabes. La gente sale. 

De: Irish Corner I.Corner@WTP.com
para: Sharon Du bois S.dubois@WTP.com

Pues nada del otro mundo, la verdad. Gimnasio, algunas compras, cena tranquila, tal vez peli y a la cama.

De: Sharon Du bois S.dubois@WTP.com
para: Irish Corner I.Corner@WTP.com

Está bien, está bien. Lo respeto, quieres tranquilidad, es normal un viernes. Hoy no pienso intentar convencerte…

De: Irish Corner I.Corner@WTP.com
para: Sharon Du bois S.dubois@WTP.com

¡Bien! ¡Gracias!

De: Sharon Du bois S.dubois@WTP.com
para: Irish Corner I.Corner@WTP.com

Vamos Irish, no me jodas. ¡Es Viernes!

¿En serio vas al gimnasio o es sólo producto de tu intención?

Sharon intenta convencerme para que me vaya con ellas esta noche, a lo que le doy una rotunda negativa. No sé qué le pasa los viernes que se pone eufórica. Debe aburrirse mucho entre semana.
Le mando un email a modo de cierre de conversación en el que le adjunto un gif animado de un gato muy cursi mandando un besito; “¡Pasadlo muy bien!”. Me contesta al correo y manda para casa a las 6:42 p.m. con un “fous – le – camp** !!” un poco frustrado. Pero no hay dolor. Tengo un propósito. VOY AL GIMNASIO.

6:54 p.m.

Rebusco en las primeras hojas de la libreta la dirección del gimnasio, ignorando al gnomo sentado en mi hombro derecho que dice que ya debería saberla. Creo recordar la calle pero no el número… ¡aquí está!. Recupero la bolsa de deporte guardé en el maletero del coche, con todo lo necesario para el gimnasio y me pongo en marcha.

Una mujer sonriente, brillante, de un extraño color curry tostado, me acompaña por las instalaciones mostrándome los distintos aparatos. Luego me muestra un horario con distintas clases y las salas donde se imparten.
Es imposible pasear por ahí sin fijarse en esos cuerpos envasados al vacío, esos gladiadores mirándose en el espejo y esas cabronas de culo prieto y abdomen adoquinado. El gnomo de mi hombro me llama envidiosa, pero yo me hago la sorda fingiendo haber sido hipnotizada por el bamboleo de la coleta de mi guía.

La mujer, fosforita toda ella, me presenta a un fornido joven de apariencia espídica y dentadura prominente que me mira de arriba a abajo, me gira dos veces sobre mi eje y se queda rascándose la barbilla pensativo.

— A ver, es un caso fofi. Vamos a empezar por calentar un poco.

El individuo se pone a correr in situ esperando que le imite. Sin escapatoria, accedo y tras un minuto en el que no parece tener la más mínima lástima de mí, señala uno de los artilugios de tortura, como un nazi sediento de dolor ajeno.

— ¡A remar! —ordena.

— ¿Remar? —pregunto asustada tras comprobar el sufrimiento de los otros condenados a galeras.— Quizá debería empezar por algo que me resulte más conocido ¿Qué le parece la bicicleta estática?

— Está bien. Hoy por ser el primer día, tú eliges, ¡pero no esperes más favores de mi parte o jamás podré hacer de ti una diva de acero! —exclama con sonrisa de advertencia antes de alejarse haciendo footing.

Me acerco con cautela a la bicicleta estática. Me pregunto cuántas posaderas se habrán apoyado en ese sillín. Al momento me lamento de hacerme siempre tantas preguntas.
Me coloco un poco antes de sentarme pero, de pronto, pienso en Hank y en cuánto me consolaría escuchar su voz ahora. Se me ocurre que podría sorprenderle y llamarle antes de empezar a hacer ejercicio, claro, así no me notará fatigada.
Marco su número de teléfono en mi móvil, espero algunos segundos y Hank descuelga. Una rana se pone a bailar dentro de mi estómago.

— ¡Vaya, vaya, qué sorpresa! —contesta. Oigo a la perfección el tráfico a su alrededor, como tantas otras veces, debe estar en el coche.

— ¿Estás ocupado? No te llamo por nada en particular… simplemente quería decirte hola.

— No estoy ocupado y me encanta que me hayas llamado sólo para eso. Yo también estaba pensando en ti, ¿sabes?

— ¿Ah sí? ¿Y en qué pensabas exactamente? —flirteo abiertamente.

— Pues, en que quería oír tu voz, en que quería verte…

— Mañana nos veremos —me hago de rogar.

— Creo que no voy a ser capaz de aguantar tanto tiempo. ¿Te cuento un secreto? Estaba conduciendo hasta tu casa en este preciso momento.

— ¿¡Lo dices en serio!? —pregunto alucinada.

— Muy en serio, aunque no sé si te he pillado en… ¿una discoteca?

— ¿Una discoteca? ¡Ah, no, no! Estoy en el gimnasio —pronuncio orgullosa— pero me iba ahora mismo. Ahora te veo —miento mientras abandono de un salto la bicicleta estática y salgo disparada a los vestuarios del gimnasio para cambiarme de ropa.

— Vaya, siento importunarte…

— ¡No, no, no, en absoluto, Hank! —exclamo fingiendo serenidad, para que no note la carrera de obstáculos que estoy superando.

— ¡Estupendo entonces! Hasta dentro de un momento.

7:38 p.m.

Nunca me había vestido tan rápido. Ojalá tuviera tanta vitalidad por la mañana temprano.
No era mi intención hacer esperar a Hank, pero cuando llego a mi destino, él está esperando en la puerta del edificio.
No contaba con recibir visitas, espero haber dejado la casa más o menos decente. Suerte que anoche recogí del tendedero toda la colección de bragas que había lavado de emergencia y que se estaban secando en el radiador del salón.

Tomo aire y abro la puerta al escuchar el timbre y ahí está él, con su traje impecable y su pose elegante. El gesto de su rostro me despista un poco cuando me fijo en sus cejas arqueadas y la mirada insegura. Antes de que me dé tiempo a montarme una película, Hank rompe su silencio.

— Mientras subía, estaba pensando que a lo mejor he sido demasiado impulsivo presentándome en tu casa tan de repente. ¿Seguro que no he trastocado los planes de tu tarde?

— Venga, pasa y deja de decir tonterías —le ordeno. Hank entra en mi apartamento con la cabeza ligeramente gacha y después me mira con una bonita sonrisa en su rostro.

— Te he traído una botella de vino. Es de la bodega de mi hermano, en la Toscana.

¡Qué sutil! —pienso— pero me hago la despistada como si no me percatara de las connotaciones de ese regalito.

— ¡Ah, vaya! Qué detallista. Pues no se hable más, vamos a probarlo. Siéntate, voy a por un par de copas.

Hank se acomoda en el sofá del salón mientras yo me hago la natural buscando copas adecuadas en la cocina. Días atrás, hasta hace menos de un minuto, la idea de volver a tener a Hank delante me parecía excitante, pero ahora que ha llegado el momento me siento un poco cohibida. No he decidido de qué voy a hablar con él, ni me he imaginado cómo sería estar a solas por primera vez y lo peor, es que creo que él ha tenido la misma sensación que yo cuando se disponía a cruzar la entrada de mi casa.

Dejo sobre la mesita del salón dos grandes copas de vino de vidrio transparente. Si estuviera en Madrid habría sacado algo de queso, jamón o almendras tostadas para acompañar, pero no he visto que en América tengan costumbre de hacerlo. Además, si no comemos nada, el vino hará mejor su trabajo y nos ayudará a combatir la timidez.

— ¿Vas al gimnasio habitualmente? —pregunta Hank tomando la botella de vino y haciendo girar el tapón de rosca para abrirlo.

— Sí, siempre que puedo. ¿A ti te gusta hacer ejercicio?

— Sí, todas las mañanas bajo al gimnasio, hago pesas o nado un rato en la piscina. No es que me encante hacerlo pero sí me hace sentir mejor.

— Sí, sí. A mí me pasa igual —contesto convencida asintiendo con la cabeza.

Permanezco en silencio mientras sirve el vino en las copas. Me coloco el pelo detrás de las orejas y me rasco una mejilla con el dedo meñique, haciendo un falso alarde de espontaneidad. En cuanto la bebida ha llenado la mitad del recipiente, me lanzo a ella dispuesta a hacer un brindis rápido y pimplármela cuanto antes. Estar tan cortada me hace sentir estúpida y seguro que él se siente igual, de modo que…

— Espera un momento —interrumpe él de repente.— Hay que dejarlo respirar un poco.

— Ah, claro, ya, ya lo sé. Iba a coger la copa para menearlo y eso, para ver qué cuerpo tiene.

Hank me mira unos segundos y luego se echa a reír.

— ¡Tú sólo espera un poco! Yo te aviso, ¿de acuerdo?

— Sí, será mejor —admito divertida.

— Esta zona de Manhattan es una de mis favoritas. No podría vivir en el centro de la ciudad, pero reconozco que tiene mucho encanto. —dice mirando hacia la ventana.

— Desde luego, no me puedo quejar. Está muy cerca de Central Park y no es de las zonas más ajetreadas. El apartamento me lo deja WTP. ¿Tu casa está lejos de aquí?

— Un poco, sí. Está en las afueras. Me gustan los espacios amplios, los jardines, la intimidad  y el silencio. La próxima vez podemos ir allí para que la conozcas.

— Me encantaría. Oye, ¿no has venido hoy con ese chófer tuyo tan callado?

— ¡No! Hoy he venido conduciendo yo en uno de mis coches. No siempre voy con conductor, a mí me encanta conducir. De hecho colecciono coches.

— Vaya. ¿La flota de Panther que has comprado son para tu colección?

— No, esos son para las personas que trabajan en uno de mis negocios. ¿Conoces Apollonia? Es relativamente reciente, venden y alquilan joyas únicas de lujo.

— Pensé que ya tenías una firma de joyas…

— Esta es de súper lujo. La otra joyería, Roccia, es eso. Una joyería. No tan exclusiva como Apollonia.

— Apollonia es… ¿tu madre?

— Mi esposa. Murió hace tres años tras una larga enfermedad.

— Oh… vaya, lo siento.

— Gracias. Cambiando de tema; —dice rápidamente desviando la conversación descaradamente— creo que este vino ya ha respirado bastante.

— ¡Tú eres el experto!

— Bueno, el experto es mi hermano. Yo sólo soy un simple aficionado.

Hank coge las copas, me ofrece una de ellas y levanta la suya cortésmente para brindar.

— ¡Por las nuevas amistades! —exclamo.

— Por las nuevas amistades —repite él sin quitarme la vista de encima.

Bebemos y a medida que el nivel de vino baja, nuestra desinhibición crece.
Tres copas de vino fueron suficientes para contarle a Hank las trastadas —eso sí, las más descafeinadas— de mi adolescencia, lo mucho que me costó acostumbrarme a la vida en Nueva York y las cosas que más me impactan cada vez que voy a comprar a un supermercado americano.
Él tampoco se queda atrás con sus anécdotas de trabajo e historias de extravagantes personajes con los que trata habitualmente. Él también es extravagante, pero no se da cuenta, lo cual me parece muy divertido.
Después de varios ataques de risa, Hank se recoloca un poco en el asiento y se pone muy serio:

— Irish, voy a serte sincero —anuncia robándome la copa medio vacía y dejándola sobre la mesita. De pronto me pongo muy tensa y no sé a qué parte de la cara mirarle, pero en ese momento, Picky da un salto a su regazo, maúlla escandalosamente y le pasa el rabo a Hank por los morros.
No puedo evitar echarme a reír de nuevo, robándole toda la seriedad que había conseguido acumular con su reclamo, aunque él también rompe a reír. Luego baja a Picky al suelo con cuidado, susurrando un “espera tu turno, amigo, estaba hablando yo”. Le acaricia la cabecita con el reverso del dedo índice consiguiendo que el gato ronronee y se restriegue contra sus pantalones dejando una estela de pelitos a su paso que a Hank, por lo menos ahora, no parece importarle demasiado. A mí tampoco me importa que se haya distraído con mi mascota ni me importa dejar a Picky sin su nuevo acariciador humano.
Me acerco un poco a Hank y le cojo de la cara con suavidad para que se vuelva a mirarme. Él lo hace, primero a los ojos y luego a los labios, hasta que lentamente nos fundimos en un beso. Uno corto pero verdadero que precede a otros besos más largos y más profundos. Rozo su mentón con la yema de los dedos sintiendo los minúsculos pelos de su barba. Cuando noto que sus manos sujetan sin miedo mi cintura, me aventuro a desabrochar los dos primeros botones de su camisa. Sus labios me pellizcan el cuello y sus manos se encargan de apartar mi cabello. Pronto tengo a Hank encima, cubriéndome entera con su cuerpo semidesnudo, desabrochándome por fuera y por dentro, dejando libres las ganas que tenía de tener este momento.
Se mueve despacio, pero intensamente. Mucho más cuando me quita el sujetador y me succiona los pezones, más rosados que de costumbre, y juguetea con ellos con su lengua.
Su aura cambia a cada suspiro. Ha entrado en ese estado de concentración en el que entran los tíos cuando no hay nada más que sexo dentro de su cabeza. Hay pocas cosas que consigan distraerles de esa idea. Las caricias, los besos, todo se empieza a acercar cada vez más a un punto de mira. Mis piernas rodean con suavidad su cuello mientras manosea mis nalgas, chupa mi vientre, luego el pubis y aprieta con fuerza mi sexo aunque sea por encima de mi ropa interior. No aguanta más y se levanta, quitándose el cinturón y desabrochándose el pantalón dejando que disfrute de la fenomenal secuencia. También ha sacado de una manera muy discreta, un preservativo del bolsillo. Antes de que vuelva conmigo, me levanto y le cojo de la mano para que me acompañe al dormitorio, donde estaremos mucho más cómodos. Él obedece, aunque hace una parada previa para llevarse una de las copas de vino a mi habitación. Le invito a sentarse en la cama y le quito la copa que dejo sobre la mesilla de noche. Dejo que me observe mientras me quito las bragas y luego me siento encima de él. Me agarra de la cintura y me empuja en un vaivén de toques casuales contra su miembro, ya más que preparado para la batalla. El roce de nuestros cuerpos nos calienta hasta arder, como última interrupción antes de estallar, Hank se pone el preservativo con bastante habilidad. Me repasa haciendo alguna que otra parada en ciertos puntos clave de mi cuerpo y entonces comienzo a sentir sus ansias por adentrarse de una vez en mi interior, hasta que el contoneo de mis caderas ayuda a que su durísimo juguete se resbale en mis profundidades.
Así lo hacemos un rato, luego probamos un par de posturas más hasta que Hank me tumba sobre la cama y me amasa las tetas con lujuria. Desliza su glande por mi clítoris haciéndome gemir, retorcerme, desear que vuelva a metérmela. Me concede el placer penetrándome de nuevo, guiándose por el sonido de mi respiración, aumentando la velocidad de su movimiento a medida que ésta se acelera. Le obligo a que siga moviéndose a base de tirar de su cuerpo, atrayéndolo hacia mí hasta que noto ese cosquilleo delicioso que uno quiere siempre llevar a más. Me estremezco de pies a cabeza y mis músculos se tensan mientras Hank baila dentro de mí hasta hacerme llegar al orgasmo. Se queda mirando cómo me corro, hasta que a los pocos segundos, él lo hace también. Empapados en nuestros jugos, me recuesto sobre su pecho sintiendo cómo su taquicardia de disipa poco a poco, pero nuestros cuerpos, aún uno dentro del otro, siguen sudando y ardiendo enfermizamente.
Hank me sonríe y me besa con cariño. Yo le devuelvo la sonrisa, aun tratando de secar con la mano mi cuello y mi pecho, asfixiada por la excitación y el clímax.
Ahora que lo pienso, ha sido una gran idea traer esa copa de vino a la cama. La tomo de mi mesilla de noche y le doy un trago que me sabe a gloria, pese a no estar fresco. Hank bebe también, pero directamente de mi boca. Las gotas de vino se deslizan por mi barbilla, por mi escote, por el vientre y Hank aprovecha para cazarlas con la lengua allá por donde pasen, aunque deja que algunas gotas corran hasta mucho más abajo. Finalmente ha encontrado algo delicioso con lo que acompañar el vino. Creo que vamos a repetir alguna que otra vez más de los manjares que se nos han propuesto esta noche.

Domingo 6:25 p.m.

— ¿Romántico? —pregunta Nat en plan marujilla.

— En su justa medida. Estuvo muy bien, lo pasamos genial —confieso.— Yo misma estoy sorprendida de que me haga tanto tilín, ya sabes que soy especialita… pero es tan… Ay, no sé.

— ¡Cómo me gustaría estar en tu lugar!

— Ya tendrás tus momentos, Nat, ¡y espero que me lo cuentes!

— ¡Claro que sí! Eres mi mejor amiga, te lo contaré la primera. A propósito, ¿Sharon sabe que tú y Hank…?

— Todavía no. De momento no se lo diré y le he pedido a Hank que tampoco le diga nada. Prefiero decírselo si la cosa cuaja. Si no, me echará la charla por acostarme con un cliente del trabajo.

— Hablando de trabajo… tengo que decirte algo —anuncia Natalie poniendo carita de mártir.— El viernes pasado, la encargada del stand me dijo que no volviera nunca más.

— ¿Cómo? ¿Vuelves a estar sin trabajo?

— No me lo dijo así, pero me lanzó algunos botes y brochas para que me fuera, luego intuyo que sí.

— ¡Pero por qué!

— Confundí el quitaesmalte con el desmaquillador. Le quitaron a una señora la pintura de los ojos con acetona. Desde luego se borró muy bien… Soy tan torpe, Irish. No sabes cuánto lo siento…

— Nat, y ahora que vas a…

— ¡No lo sé! —solloza.— Soy un desastre, Irish, no sirvo para nada.

— Oh, no, no, no digas eso. Encontraremos otra cosa, ya lo verás.

— ¡Pero dónde! Sharon no querrá ayudarme otra vez después de lo que ha pasado.

— Eso es cierto, pero hallaremos la forma, no te desesperes.

— Eres tan buena conmigo…

— ¡Seguro que tú harías lo mismo por mí! Anda, deja de llorar, todo se va a solucionar.

— Si no fuera por ti, no sé lo que haría. Mi vida es un desastre, siempre pierdo los trabajos, no tengo talento, no tengo dinero, no tengo más familia que mis ancianos y enfermos padres, el hombre que me gusta no me corresponde…

— ¿A qué hombre te refieres, Nat?

Natalie me mira con ojos de chiquillo perdido un hipermercado e inmediatamente adivino que se trata del alacrán con quien me acosté.

— ¡Venga ya, Nat! Ese tío no te llega a la suela del zapato, te lo digo de buena tinta.

— Desde que le vi, supe que era esa media naranja que sabía que aparecería, Irish. Es tan guapo, tan…

— Medio idiota, es lo que es. No te fíes de ese chico, no es trigo limpio.

— Me gustan los chicos revoltosos, no lo puedo evitar.

— Por eso te pasan las cosas que te pasan. Tienes que hacer caso a las señales que percibes. Por ejemplo, el jefe que tenías en la cafetería era un abusón, pero lo parecía. Eric parece un capullo, pero lo es.

— No, no lo entiendes. ¿Recuerdas que te dije que cuando me cruzara con mi hombre ideal sabría que era él mi media naranja? Pues lo sé. Es él, sin duda.

— ¡Ese no, Nat!

— Sí, sí, sí, ese sí.

Pienso en silencio unos instantes. Natalie no se va a quitar así como así la idea de la cabeza, así que creo que es mejor no insistir más con el tema de Eric. Ya se le pasará.

— Natalie, mira, lo que importa ahora es el tema laboral, eso es lo urgente. Creo que voy a hablar con Hank. Seguro que él puede hacer algo al respecto.

— Sin duda eres mi ángel de la guarda —afirma con un gesto tierno en su rostro.

— ¡Qué tontería! Ah, eso sí, tienes que hacer lo posible para que no te vuelvan a despedir ¿de acuerdo? No creo que Sharon se tome bien lo de tu trabajo. Me echará la charla. No es que importe mucho, pero con Hank no tengo tanta confianza como con ella.

— Te prometo que no volverá a suceder.

9:34 p.m.

— Natalie bien podría ser modelo, es una maravilla, lo tiene todo; es inteligente, culta, elegante, trabajadora, guapa, es una mujer fantástica. Lo que pasa es que ha dado con una encargada estúpida que tiene que estar muerta de envidia. Así que mi querida Nat, vuelve a estar libre y dispuesta para trabajar para hacer de oro al lince que la contrate.

— … Aha —contesta Hank. Simulo no haber notado incredulidad en su respuesta.

— Tengo su currículum aquí mismo, ¿te lo envío por email?

— Claro, claro. No te preocupes por tu amiga, Irish, algo habrá para ella.

— ¡Oh, gracias! No te arrepentirás, te lo aseguro. Natalie dará el cien por cien de sí misma.

— De acuerdo, Irish, no tiene importancia. Hablando de otra cosa, ¿cuándo crees que podré volver a ver esos ojazos en persona?

Me derrito poco a poco mientras charlo por teléfono con él. Hank, mi querido Hank, tan dulce como él sólo. Puedo conversar con él horas sin cansarme, escuchando su voz vibrante diciéndome esas cosas tan bonitas… ¡Ay! No sé cuánto tiempo voy a ser capaz de guardarle el secreto a Sharon.
Cuelgo el teléfono segundos antes de apagar la luz de mi dormitorio y cerrar los ojos para recordar, con esa emoción interna tan boba, la colección de palabras y acciones de Hank, todas dedicadas a hacerme sentir única. Hay que ver lo que se lo curran algunos hombres para llevar al huerto a las tías como yo. Sea como sea, Hank se lo ha merecido. Si sigue conquistándome de esta forma tan fantástica, no podré salir del maravilloso bote en el que me está metiendo.

Miércoles 7:35 a.m.

Por muchas facilidades que Hank me ponga para ir al trabajo desde su casa en las afueras, no acabo de acostumbrarme. Es cierto que puedo ir haciendo mis cosas mientras Richard conduce el coche, pero eso no logra terminar con el estrés de saber que estoy a tomar por saco del trabajo. Además, me da vergüenza poner el audio del chino y cada vez que me dispongo a organizar la Moleskine, tengo la tentación de mirar por dónde vamos, cuánto queda para llegar, si voy justa de tiempo, si no… Yo me apaño mejor con mis planes de ahorro de tiempo, aunque tenga que desayunar dentro de la ducha. Si en un mes y medio no me he hecho todavía a este plan, es que no voy a conseguirlo nunca. Pero con lo bien que Hank se porta conmigo, no puedo decirle que no me convence su pedazo de mansión, ni el servicio rondando por todos lados, ni el agente de compras que me ha “prestado”. Mi pobre calvito lo hace todo por agradarme y yo no soy ninguna desagradecida. Trazaré un plan de habituación a mi nueva vida. Lo apuntaré todo en la agenda y dentro de veintiún días comprobaré si ha servido de algo… aunque luego nos iremos de vacaciones y tendré que reacostumbrarme de nuevo. Quizá lo mejor es que no haga nada y esperar a que volvamos de Roma… No sé a quién quiero engañar. No soy capaz de quedarme mirando sin hacer nada hasta entonces.

Richard detiene el coche frente a la puerta de entrada de WTP. Sale del coche y me abre la puerta a pesar de la pequeña lucha de todos los días para que no lo haga. Me apeo del vehículo sofocada, con la sensación de que me mira todo Manhattan y corro hasta el interior del edificio como si me persiguiera una manada de búfalos. Qué vergüenza. Yo no he nacido para esto.
Hago como que no veo a algunos compañeros observar lo que acaba de suceder y me meto en el ascensor sonriendo a los ocupantes como si la cosa no fuera conmigo.

7:22 p.m.

— Nat, no llores más —intento consolarla a la vez que le ofrezco un paquete de pañuelos de papel.

— Me pongo nerviosa, no sirvo para nada. Le pasé el africano a la madre de Hank, le puse a él la música de espera para atender al televendedor de ADSL y encima ni me enteré de la oferta que me hizo…

Natalie rompe a llorar más escandalosamente que antes, llamando la atención de todos los clientes de Mei, sus empleados y buena parte de Rusia occidental.

— Seguro que Hank no se enfadó tanto. Él es muy comprensivo y entenderá que manejar la centralita de su empresa no es tan fácil como parece.

— No, si él no me ha dicho nada, pero la señorita Cortinni me dijo… me dijo “¿parra essssto despidimmos a Alesssssandrra?”. Así, de muy malos modos, y yo me sentí como un chicle pegado en una suela.

— ¿Alessandra? —pregunto con extrañeza.

— Es la chica a la que echaron para contratarme a mí en su puesto.

— No sabía que eso había sucedido…

— Pues es así. Y me meten a mí, que no doy pie con bola… —se lamenta.

— Puede que lo que necesites sea sólo organizarte un poco. ¿Has probado a anotarte las cosas en una libreta de estas? —le propongo agitando la Moleskine, con aire misterioso.

— Tenía una agenda, pero la perdí…

— Pero te regalaré una y esa no la perderás. Yo la uso para todo, ¿ves? Así mi vida está mucho más organizada.

Hojeo la agenda frente a Natalie para que vea mis anotaciones. Ella detiene su llanto y se fija más detenidamente en mis recordatorios.

— Pero tienes puesto en todas las hojas “ir al gimnasio” y nunca vas… —dice decepcionada.

— ¡Sí que voy! —protesto arrebatándole la libreta. En ese momento mi teléfono móvil comienza a sonar. Lo saco del bolso y miro a Natalie de reojo, aún dolida por su comentario.

— ¡Móvil nuevo! —exclama ignorando mi gesto.

— Regalo de Hank. Decía que no soportaba ver la pantalla destrozada y que no entendía cómo podía no haber tenido tiempo de arreglarla. Disculpa un momento, es Sharon.

Sin darme tiempo a saludarla siquiera, Sharon da un berrido que fulmina con sus ondas mi cerebro, como una bomba atómica.

— ¡¡Es que no me lo puedo creer!! —me parece entender.

— ¡Se puede saber qué te pasa? ¡Me has dejado sorda!

— Oye, ya sé que estarás muy feliz retozando con tu novio maravilloso y, de verdad, no quiero molestarte, ¡¡pero tengo que desahogarme o voy a protagonizar la segunda parte de Doce monos!!

— ¿¡Qué te pasa, Sharon!?

— Peck lo ha vuelto a hacer. Se ha largado a buscar al puto a su puñetero barrio. Se ha perdido, le han robado el bolso y los zapatos ¡¡y he tenido que ir a buscarla a ese maldito lugar porque ni los taxis quieren entrar ahí!! Un niñato me ha roto el cristal trasero del Evora con una piedra… ¡¡De mi Evora, Irish!! Salí del coche para matarle con mis propias manos pero de pronto empezaron a salir clones suyos por doquier y tuve que achantarme… ¡¡Estoy tan herida en mi orgullo por no haberme deshecho de ese asqueroso y por no haber tirado a Peck al Hudson!!

— ¿Pero al final encontró al… a Eric?

— ¡Claro que no, a saber en qué madriguera de mierda estaba metido!

— ¿Es que él ya no quiere saber nada de Peck? No creo que haya sido capaz de asustar a ese chico.

— Claro que no. Peck está a su merced. Sabe que en cuanto quiera pasta la tendrá ahí, lamiéndole los pies. Va a acabar arruinada.

— Sharon, ¿podemos seguir hablando luego? Estoy con Natalie y está esperando…

— ¡Que no venga, que no venga! —suplica Nat en voz baja.

— Esa niña tonta… —masculla Sharon.— ¡Estamos rodeadas de lerdas!

— Sí, sí, Sharon, esta noche te llamo.

— ¿Va a venir? —pregunta Natalie aterrorizada.

— No, tranquila, no va a…

— ¿Qué pasa con Eric? —me corta de repente.

— ¿Ya estamos con el temita? Cuando te da por algo, te da fuerte, ¿eh?

— Cuéntamelo, ¿qué pasa? —pide ansiosa.

— Nada, que ayer Peck no le localizó y se puso como loca a buscarle por su barrio.

— ¡Ja! Como si fuera tan fácil.

— ¿Qué quieres decir, es que tú sabes dónde vive?

— No —miente.

— ¿¡Cómo que no!? ¿No le habrás seguido en la motoburra esa tuya?

Nat niega con la cabeza rápidamente como si se le hubiera tostado el piticloide del cuellamen y no supiera detenerlo.

— ¡Pero tú te has vuelto loca!

— ¡Sólo lo hice una vez!

— ¡Pero por qué tienes tan poco aprecio por tu vida! ¡Podría haberte pasado cualquier cosa…! ¿Y para qué? ¿Para ver dónde vive ese gamberro? Natalie, parece que no te das cuenta de la situación. Céntrate en las cosas importantes; tu trabajo, tu vida, en tus padres, que dependen de ti ¡Olvida a ese tío, que ya aparecerá uno más decente que sea mejor para ti!

Nat juguetea en silencio con el azúcar que ha caído en el platito de su té.

— Nos vamos a por tu agenda ahora mismo, vamos —insisto. Ella levanta la cabeza sorprendida y me sigue apresuradamente. Le compraré la agenda más completa que encuentre, la más fosforita, la que te arree un hachazo cuando olvides consultarla. De esta forma conseguiremos que Natalie ordene su cabeza y aprenda a establecer prioridades. ¡Esta vez, todo va a salir bien!

10:32 p.m.

— No había por qué echar a esa chica ¿no? Seguramente se hubiese podido buscar otra cosa para Nat en otro sitio o esperar un poco. Ahora me siento fatal por ella y Natalie también. Además, sus compañeros se lo están echando en cara, pero no voy a decir nada más, no quiero que acaben todos en la calle…

— Irish, ya te he dicho que eso no es cosa mía. Yo sólo dije que quería un puesto para Natalie en la empresa y recursos humanos hizo lo que creyó que era mejor, eso es todo. Siento que tengas lástima de la otra chica pero seguro que se las apaña, deja de preocuparte y de dar vueltas por toda la habitación.

— No doy vueltas, estoy ordenando tu revistero. ¡Hay revistas de hace dos años! Decir que “seguro que se las apaña” es desentenderse de tus acciones. ¿No serás de esos empresarios tiburones que ven a las personas como números!

— No, cariño. Ven, siéntate a mi lado.

— Cuando acabe lo de las revistas.

— Irish, no puedes salvar a todo el mundo. Es muy bonito, pura filantropía, pero es imposible y sobre todo contraproducente e innecesario. Debes dejar que la gente aprenda a encontrar su camino por sí sola o de lo contrario acabarán siendo inútiles.

— ¿Ahora crees que Natalie es una inútil porque la ayudamos a encontrar un empleo?

— Claro que no. Olvídalo.

— Hank, estar en una posición más favorable que otra persona no te hace mejor que ella.

— Mi posición es la que es, precisamente por haber aprendido a sacarme yo mismo las castañas del fuego.

— Sí, eso es lo que decís todos los ricos, los que no habéis tenido problemas en casa que os hayan apartado de vuestros estudios, los que habéis tenido la oportunidad de formaros en escuelas de clases que no están atestadas de chavales desorientados y profesores desmotivados, los que habéis podido aprender a trabajar en el próspero negocio de un amigo de la familia, en vez de en un restaurante de comida rápida para ayudar a pagar las facturas. “Nadie me ha regalado nada”. Un gran clásico.

Hank me mira seriamente pero después sonríe.

— ¿Y no es ese tu caso también, palomita?

— Pues no, listillo.

— Venga, no te enfades, siento haberte dicho eso.

— A mí me han regalado muchas cosas y también me he esforzado mucho para conseguir lo que tengo.

— Lo sé, lo sé. Vamos, toma una copa de coñac conmigo, descansa un poco.

— No, eso no me emociona, engorda y con las bayas de goji me va a dar ardor de estómago.

Hank deja su copa sobre la mesita auxiliar junto al sofá, se levanta y camina lentamente hasta toparse conmigo impidiéndome el paso.

— Tienes que aprender a descansar… —susurra con voz suave al tiempo que acaricia mi mejilla. Intento esquivarle pero él vuelve a interponerse en mi camino tan sólo dando un paso atrás.

— Claro y me imagino que tú tienes mucho interés en participar en la consecución de ese objetivo ¿verdad? Pues ahora no quiero sexo, quiero ordenar revistas.

— Hoy no tienes un buen día ¿eh, palomita? —suelta entre risas.

— ¡Tú me has puesto de mal humor! Déjame pasar —le ordenó— y deja de llamarme palomita o yo te llamaré buitrito, ¿te gusta?

Hank se echa a reír aún más, no entiendo muy bien qué le hace tanta gracia. Luego me abraza y tal cual me sienta en el sofá justo donde antes estaba sentado él.

— Para. Para, ¿de acuerdo? Si no lo haces por ti, hazlo por mí. ¿Quieres más bayas de goji? —pregunta sin perder la paciencia.

— … Vale.

— ¿Te relajarán?

— ¡Digo que vale, que pararé, no que quiero más bayas de goji!

— Cariño, mírame. Sé que tienes muchas cosa que quieres hacer y que tienes muy poco tiempo libre para hacerlas, pero tienes que soltar la agenda y vivir un poco el presente. Piensa que nos iremos dentro de muy poco de vacaciones y deberías olvidar tus responsabilidades un poco…

— Lo sé, estoy deseando que llegue el día, pero Hank, desde que paso tanto tiempo aquí en tu casa… es decir, me encanta pero está demasiado lejos de la ciudad. Ya sé que a ti te encanta pero a mí me está costando adaptarme a esto. Echo de menos a mis amigas, el barullo, aunque te parezca mentira.

— No me parece mentira, es sólo que es difícil comprenderlo —declara visiblemente decepcionado. Mueve un poco su copa de coñac mirándolo fijamente.

— No te preocupes, me acostumbraré. Lo haré por ti.
Le quito a Hank la copa de la mano y la dejo sobre la mesita auxiliar. Le beso despacio el cuello. El olor de su inconfundible perfume me embriaga por completo dejándome con la sensación de tenerle dentro antes siquiera de que me toque un pelo. Le beso la boca, sólo un par besos cortos y le miro a los ojos. Sé que quiere sexo y no sexo cualquiera. Quiere sexo sucio. No soy una experta en la materia, pero quiero jugar a este juego.
Le aparto un poco de mí, lo bastante para que entienda que quiero que se esté quieto. Me desabrocho la falda y dejo que caiga al suelo contoneándome con picardía. Luego me suelto el pelo permitiendo que se descoloque, que quede loco de cualquier forma. Me acerco un poquito sólo a él, para reírme de su cara de pervertido y para desabotonar su camisa al tiempo que le lamo la mejilla con la punta de la lengua, dando un paso atrás para recuperar mi posición y seguir con la tontería. Hank hace el amago de quitarse la camisa, pero no se lo permito. Le niego con el dedo y un gesto severo en el rostro. Después, cuando comienzo a deshacerme del top de seda blanca que me cubre, comprende que yo voy primero y debe guardar su turno. Me quito lentamente del top, dejando que se deslice caprichosamente por mi vientre, por mis pechos, por mis brazos y dejo a Hank abusar de la visión de mi cuerpo en ropa interior, pero aún no le dejo acercarse. Me tumbo en el sofá y, con cuidado, me retiro las medias con la delicadeza que se requiere, sin apartar un instante los ojos de encima de mi novio, que está empezando a ser controlado por el bulto de su entrepierna. Haciendo alarde de su saber estar, Hank espera soportando mi sonrisa de diablesa. Decido pasar a la siguiente fase; estiro la pierna y le masajeo el paquete con el pie. Él sólo abre la boca y empuja contra mi pie su cuerpo para frotarse más fuerte. Me abro un poco más de piernas para ofrecerle una visión que le resulte interesante y me deleito acariciando el suavísimo tejido de mi ropa interior sobre la piel de mis dedos. Cuando estos rozan zonas más sensibles, de pronto me apetece mucho más insistir sobre ellas hasta que las bragas empiezan a resultarme un poco molestas y me pregunto cuán delicioso sería acariciarme sin la prenda de por medio. Me meto la mano por debajo de mi ropa interior y gentilmente cosquilleo el exterior de mi sexo hasta que mi cuerpo me pide más, pero entonces Hank pierde la paciencia. Toma el pie que antes le magreaba y se lo lleva a la boca, introduce y succiona maravillosamente los dedos y lo deja apoyado sobre su hombro mientras apresurado se quita el cinturón, los pantalones y libera su exagerada erección. No se anda con sutilezas a la hora de quitar de en medio la poca ropa que me queda encima y tampoco le cuesta nada penetrarme a la primera, pues la cosa estaba ya más que dispuesta, tanto por mi parte como por la suya.
Hank me echa un polvo en el sofá de esos que te dejan un poco dolorida, pero satisfecha. De los que dejan a un tío postrado después de correrse.
Me levanto y me bebo lo que quedaba de coñac en su copa mientas él retoza en el sofá. Me paseo desnuda por la habitación, hojeo las revistas que estaba ordenando y después las amontono todas juntas. Podría seguir con la tarea que tenía hace un rato, pero decido respetar el descanso de Hank y continuar mi organización mental en silencio. De todas maneras, siempre tengo muchas cosas en las que puedo pensar.

Jueves, 8:23 a.m.

— ¿A qué viene esa cara? ¿No te alegras por mí?

— Claro que sí, cariño. Es que te echaré de menos.

— Venga ya, Sharon. Sólo son unos días y no me trago que ahora te dé pena que me vaya con la tabarra que me has dado siempre con que tengo que conocer Roma. A mí no me la das. ¿Qué te pasa?

— No me pasa nada, plasta. No he dormido mucho, eso es todo.

— Se te pone cara de lechuza cuando no duermes. Deja de mentirme.

— ¿De lechuza? —pregunta en otro intento de cansarme para que deje de insistir.

— ¡Sharon, basta! No me trates como si fuera imbécil.

— ¡No es nada, no te pongas histérica, sólo tengo la cabeza en otro sitio! También soy un ser humano, muy a mi pesar.

— ¿El problema empieza por “Pe” y termina por “eck”?

— ¿Es que quieres llevarte a Roma los asuntos ajenos? —pregunta molesta.

— Resérvame un rato está tarde y me lo cuentas tranquilamente —le pido prácticamente comprometiéndola.

— ¿Y qué pasa con tu rutina de ejercicio? —cuestiona con sorna.

— Mañana iré al gimnasio, no pasa nada.

— ¡Dah! Déjalo, cariño. No es nada en lo que puedas ayudar, además, te estás olvidando de que hoy tienes una cita con ese amigo de Hank que quería que conocieras.

— ¡Oh, no! No me acordaba. El agente de compras ese… qué perra tiene con que me va a encantar ir al centro comercial con ese señor. ¡Lo que hay que hacer por amor!

— Él lo hace porque quiere hacerte feliz, Irish.

— Lo sé. Dime qué demonios ha hecho Peck está vez.

— Está bien. Sigue con el vicio del ladronzuelo ese, todo el día folleteando por aquí y por allá, está todo el santo día con él, cuando no, no habla de otra cosa y ni siquiera va a trabajar.

— Nada de eso es una novedad, Sharon.

— ¡No! Ahora es mucho peor.

— No creo que pueda ser peor de lo que era. Pienso que se te ha atravesado el asunto y…

— ¡Está muchísimo más zumbada! Hasta el hermano ese zarrapastroso del fulano se ha metido por medio y, Irish, ese tío es muy raro, no me gusta nada, ¡¡tiene pinta de secuestrador, de matón, de adicto a olisquear culos de rata!!

— Exagerada.

— Oye, no quiero que Peck se meta en un lío con esa gentuza y tener que pagar un rescate por una caja con los restos de ella que no hayan podido vender.

— Aha, ¿y has hablado con Peck al respecto?

— Oh, sí, claro, lo he intentado, pero ese cerebro de larva no le da para más.

— Se ha reído de ti, ¿no?

— Descojonada viva.

— ¿Quieres que lo intente yo?
Sharon me mira de soslayo con incredulidad y se levanta del sofá rápidamente.

— Lo que quiero es que lo pases bien en Italia durante tus vacaciones, así que olvídalo. Y ahora te dejo, hoy tengo varias reuniones y muchas cosas que hacer.

— Sí, lo sé. Voy a mandar un mensaje a Natalie a ver si puede comer conmigo.

— Bien. Ten cuidado a ver si se viene acompañada de una manada de búfalos cabreados que te roben la ensalada.

— Estás paranoica con el tema de la delincuencia ¿eh?

— Tu amiga es gafe —dice antes de salir de mi despacho.— Fíate de la Virgen y no corras.

1:07 p.m.

Natalie se aproxima a mí brincando como un cabrito entre las diez mil almas que invaden la acera. En cuanto me tiene a tiro, se me abraza de un salto, rebosando felicidad por todos sus poros.

— ¡Tenía ganas de verte! ¡Me he puesto tan contenta cuando me has mandado el mensaje para comer…!

— ¡Te he echado de menos! No me acostumbro a vivir tan lejos. ¡Añoro tantas cosas!

— ¿No piensas decirme nada de mi pelo? Me lo he alisado ¿te gusta? —pregunta dando vueltas meneando la melena.

— ¡Oh, sí, sí, sí, estás guapísima, espectacular! Te favorece muchísimo.

— ¡Muchas gracias! A mí también me encanta. También estreno bolso nuevo ¿ves? ¡Y la libreta que me regalaste está dentro!

— ¡Espero que la estés usando! Yo no podría vivir sin ella. El bolso es una monada, me gusta mucho.

— Es una imitación y de segunda mano, pero es justo lo que estaba buscando. ¿No te parezco toda una mujer de mundo? —pregunta colocándose graciosamente el cabello.

— Sí, estás muy guapa Nat, muy interesante, señorita —le doy la razón casi con la misma emoción que se le habla a un niño pequeño.
Nat, complacida, abre el envase de plástico que contiene la ensalada que le he comprado para almorzar. La misma ensalada para las dos, la de pavo con quínoa y pepino.

— Cuando vuelvas de Roma tienes que contarme todo con pelos y señales ¿vale? Lo que has visto, lo que has comido, lo que más te ha gustado, lo que menos. Y si tienes fotos me las mandas. Seguro que Hank te lleva a los mejores sitios, va a ser un sueño.

— Sí, estoy ansiosa. Quiero desconectar. El único que me preocupa es Picky.

— Seguro que Sharon cuida bien de él.

— Eso espero. No sé por qué tiene la manía de probar sus experimentos culinarios con mi gato. Le he hecho prometerme que no lo hará, pero con ella nunca se sabe.

— Yo podría haberme quedado con Picky…

— De ninguna manera, Nat. Se habría tenido que quedar en tu casa y le hubiese dado mucho trabajo a tus padres.

— Bueno, así se acostumbran. Me encantaría tener un gatito también. Seguro que a mis padres también, les haría mucha compañía.

— Sí, son adorables, aunque te aconsejo que lo pienses bien. Es una responsabilidad, su mantenimiento cuesta dinero, la comida, el veterinario, todas esas cosas…

— No creo que sea para tanto. Hay gente que tiene decenas en su casa.

— Por lo general esa gente come en el mismo cuenco que los gatos, Nat.

— … Voy a echarte de menos tanto como Picky. Llámame en cuanto vuelvas a Manhattan —me pide en lastimosa suplica.

— Te lo prometo. Nos veremos pronto, cuando vuelva de Italia.

Nat me abraza. Creo que sin duda, ella es la persona más cariñosa que hay en todo Manhattan.

Sábado 12:43 a.m. Diez días después, sobrevolando el Mediterraneo.

Haciendo balance de mis vacaciones:

Ahora comprendo por qué Sharon insistía tanto en que conociera este país. Cada nueva ciudad me sorprendía más que la anterior. Florencia, con sus sorprendentes rincones y su maravillosa arquitectura. Roma, con sus alucinantes tesoros y Sicilia, la isla natal de Hank, llena de encantadores parajes cargados de historias de su infancia y adolescencia. Esa casa de ensueño en mitad del campo, ese olor inconfundible impregnándolo todo. Es como pasar unos días en la casa de un anuncio de fuet donde un viejete te corta embutido a escondidas de tu madre, con la diferencia de que en Italia el viejete probablemente no te quite la vista del culo mientras correteas entre los sembrados.

La madre de Hank y su longeva abuela me han dado una grata y contundente muestra de la dieta mediterránea que, aunque es tan sana como recordaba, engorda igualmente, sobre todo si se consumen cantidades industriales de aceitunas, fiambres y quesos acompañados de montañas de pan.

Aunque las señoras parecían sentirse orgullosas de que cebarme no resultara tan difícil tras unos días de insistencia y aleccionamiento estomacal, antes de pocos días antes de marcharme de su casa, elogiaron triunfantes y con cierta maldad, la nueva lorza que pretende asomar en mi espalda a la altura de las costillas. Aquello me sumió en una silenciosa depresión para el resto de las vacaciones.
Tal ha sido mi obsesión por hacer desaparecer la odiosa lorza, que hasta el mismísimo Hank se aburrió de recorrer su pueblo decenas de veces a paso ligero, pero lo que me ha sorprendido es que yo haya conseguido hacer que un hombre me diga que no puede seguir haciendo el amor a semejante ritmo o sufrirá un paro cardíaco.

En parte orgullosa por la hazaña, en parte frustrada por volver con el pretencioso Michelin, aún en la espalda, decido no pensar en ella hasta llegar a Manhattan y recordar por ahora sólo los momentos mágicos de Italia, de este modo el viaje de vuelta no será tan tortuoso.

Esta luz se parece mucho a la luz de España. Esa luz amarilla que se cuela por todas las rendijas, caliente, enérgica. Esa que te obliga a instalar persianas en todas las ventanas y toldos en las terrazas. Voy a necesitar unos cuantos días para dejar de pensar en ella cuando llegue a Nueva York.

 

No puedo creer que se haya dormido mientras le hablaba. Creo que lo ha hecho aposta para no escucharme. Empiezo a pensar que Hank se agobia fácilmente. Tiene el cuerpo y la cabeza hechos a que alguien siempre se ocupe de buena parte de sus asuntos y en cuanto oye hablar de deberes y responsabilidades, ¡buh! Se aturulla. Es eso o es que está cansado. Aunque no sé cómo alguien puede estar cansado de ir a un aeropuerto con cuatro gatos, subir a un avión de lujo y tumbarse a la bartola a beber champán, comer como en un aniversario y vaguear. Comprendo que estamos de vacaciones pero me temo que no tengo esa capacidad de desconexión que tienen otros seres humanos. Necesito estar ocupada. Durante el viaje de ida acabé con toda las hoja limpias de la Moleskine. En el de vuelta he creado tres hojas de cálculo con los presupuestos de WTP hasta noviembre y he organizado veintitrés carpetas en mi tablet con contenido variado. A Hank le agradará mucho ver cómo he ordenado las fotos de Roma y Florencia, todas por días y por visitas. Y la de Sicilia, por fecha o niveles de bajón emocional post-lorza, según se mire. Tengo que reconocer que ha sido un trabajo arduo pero brillante. Me siento tan orgullosa que le despertaría para enseñárselo, pero no quiero que me vuelva a pedir que me relaje. ¿Cómo voy a relajarme y menos ahora que ya se han acabado las vacaciones? Vuelta a la rutina, a las prisas, a la oficina, al gimnasio… y comienzo de la nueva dieta de la pera. Esta vez sí que no voy a fracasar y me quitaré esos dos kilos y los que haya traído puestos de Italia, incluido el amenazante michelin. Cada vez que me entren ganas de saltarme la dieta, recordaré esas diabólicas palabras de la abuela de Hank: ¡Hay que ver, da gusto ver comer a tu novia, Hank, come como un carro de hombres, se está poniendo robusta! Debería haber asesinado a la vieja impertinente que, por su culpa, desde aquél día la comida italiana ya no me sabe igual de bien. Y es que la culpa no es mía, la tentación de la comida rústica era demasiado poderosa y admito que me venció. No es que no vaya a añorarla, pero prefiero volver a mis ensaladas de goma y no volver a picar el anzuelo con un menú delicioso a la par que calórico que se vaya a quedar a vivir pegado a mi cachete hasta el fin de mis días.
Lo cierto es que han sido unas vacaciones memorables, para lo bueno y para lo no tan bueno, pero ya tengo ganas de volver a casa, ver a las chicas y rescatar a Picky. Espero no encontrarle con dos cabezas.

— Irish, recuerdas que la semana que viene tengo que viajar a Miami, ¿verdad? —dice de pronto Hank logrando sobresaltarme.

— ¡Ah, te hacía profundamente dormido!… Sí, sí, lo recuerdo.

— ¿Te gustaría venir conmigo?

— Pero Hank, tengo que trabajar, ya no me quedan más vacaciones…

— ¿No puedes hacer algo al respecto? ¿Podrían hacer una excepción?

— Oh, qué mal acostumbrado estás, cariño —contesto entre risas— ¿Te han sabido a poco nuestras vacaciones?

— Contigo nunca hay tiempo suficiente. Uno siempre quiere más. Oye, prométeme una cosa.

— Lo que quieras.

— A mi llegada, ¿me concederás un poco de tu tiempo para que estemos tú y yo a solas sin que nada más pueda distraernos?

— Todo el tiempo del mundo, Hank.

— ¿Y aprovecharemos nuestro último fin de semana de vacaciones retozando y disfrutando de la vida?

— Te lo prometo. No tocaré la agenda hasta que vuelva el lunes a WTP.

— Perfecto.

— ¿A qué viene todo este misterio?

— ¿Tan misterioso te parece?

Respondo con una sonrisa comprometida y guardo silencio hasta que vuelvo a ver a Picky y me saca del cuerpo la sensación de que me han metido un palo por la retaguardia. Algo me ha dejado mosqueada. Algo que no sé si quiero pensar.

 

8:27 a.m.

— Tenía apuntados en la agenda todos los sitios que quería visitar, todos ordenados según cercanía, así que en cuanto aterrizamos, quise dejar las maletas e ir a ver el foro romano, pero Hank me puso esa cara de entre terror y agotamiento que se le queda a veces cuando le propongo algo y me dijo aquello de…

— “¿Relájate, Irish?” —adivina Sharon.

— Exacto. Y así todo el viaje…

— ¿Consiguió Petrucci que te relajaras?

— Bueno, lo cierto es que hemos estado en sitios increíbles, por supuesto… y todo precioso, aunque creo que si me hubiera dejado organizar el viaje, nos habría dado tiempo a ver más cosas. Cada vez que íbamos a comer, a cenar, al campo o dormir la siesta, yo estaba pensando en todo el tiempo maravilloso que estábamos perdiendo y que podríamos invertir en ver alguna cosa más ¿me explico?

— … Alguna forma habrá encontrado Petrucci para conseguir que te calles un rato, ¿no?

— Muy graciosa.

— Te noto tan tensa como siempre. No parece que hayas estado de vacaciones. ¿Ha pasado algo?

— … Puede. Estoy preocupada.

— ¡No te viene la regla! —exclama Sharon con los ojos como platillos volantes.

— ¡No, no es eso!

— Ah, ¿entonces qué?

— Creo que Hank quiere pedirme matrimonio.

— ¡¿Qué?! ¡Pues dile que sí!

— Sharon, tampoco llevamos tanto tiempo saliendo, aunque Hank me encante y le quiera, lo del tema del matrimonio nunca fue conmigo. Tengo miedo de que me mande al carajo si le digo que no quiero boda.

— ¡Pero si ese hombre es maravilloso! Además, estás loca por él, ¿qué tripa se te ha roto? ¡Dile que sí!

— No me líes. A ti te encanta porque es rico, tiene buena prensa y buena pinta. Este tipo de cosas no deben hacerse por una cuestión práctica, Sharon. Yo le quiero pero no me gusta la palabra “matrimonio”, ni “compromiso”, ni “forever and ever”. No llevamos tanto tiempo saliendo ni nos conocemos lo suficiente como para saber que queremos estar juntos para siempre. Yo tendría que pensar, hacerme a la idea, organizarme…

— ¿Hacer un esquema?

— Así no me ayudas, Sharon. No tendría que habértelo dicho. Lo meditaré a solas la semana que viene cuando Hank se vaya a Miami y punto.

— Si el problema soy yo, pregúntale a otra persona su opinión al respecto.

— ¿A Nat?

— Si se lo cuentas a Nat, querrá asistir a tu boda y la convertirá en un asador de cisnes.

— ¿A quién quieres que se lo cuente? ¿A esa en cuyo cerebro hay más semen que materia gris?

— Va a ser que no. Peck sigue desaparecida. Está enganchada al jincho ese como si fuera de velcro.

— ¡Todavía está con eso!

— Oh sí, ya lo creo. Ni mis broncas continuas, ni el acoso del andrajoso de James, han conseguido gran cosa.

— Déjala, Sharon. Ella sabrá lo que hace, ya es mayorcita.

— No, Irish. No he sido todo lo sincera que debía ser contigo. Esto es mucho más serio de lo que parece. Peck se ha ido a viciar con un tío que sabe perfectamente lo adictivo que es. ¡Es un psicópata, además de un chorizo y un gamberro! Escúchame; pagué a unos niñatos del Bronx para que le siguieran hasta su casa, pero no hizo falta porque los mocosos sabían quienes eran él y la montaña de basura viviente de su hermano. Son trapicheadores. James podría vender fajos de drogas, podrían hacerlo los dos o podrían ser dos yonkis. Podrían ser cualquier cosa, ¡imagínate! Gentuza de esa que vende bragas usadas o falsificaciones de bolsos. De esos que ocultan cámaras en el W.C. para colgar vídeos en Pornotube. Podrían ser ajustadores de cuentas, esconder armas en el doble suelo de su casa. A lo mejor engañan a mujeres como Peck para secuestrarlas o tienen una red de trata de blancas, venden órganos, son asesinos a sueldo o por gusto… ¡Sin ánimo de lucro!

— Emmm… —mascullo con gesto de incredulidad.

— Está bien, podría ser que no, pero ¿y si ese Eric del demonio está drogando a Peck para sacarle la pasta hasta que se quede en la ruina ella y el bobo de su marido?

— Sí, eso sí podría ser.

— Pero es imposible interceptar a Peck y hacerle análisis porque ya ni siquiera me abre la puerta cuando la aporreo.

— ¿Has aporreado la puerta de Peck?

— Ya no sé qué más hacer, estoy preocupada por esa zorra idiota.

— Sigo pensando que estás sacando las cosas de quicio, Sharon.

— Y yo sigo pensando que si Hank te pide matrimonio, deberías aceptar.

Guardo un momento de silencio.

— ¿Otro café?

— Bendita seas.

 

7:42 p.m.

Natalie llega tarde. No es muy propio de ella, pero desde que se mueve en ese ciclomotor del año I a. C. depende del tráfico del Manhattan, que hasta a las motos afecta.
Le doy vueltas a mi batido de menestra cuando por fin la veo aparecer en la cafetería, tambaleándose sobre unos zapatos de tacón exagerado y apretando contra ella su amado bolso como si algún bandido se lo fuera a arrebatar.

— ¡¡Hola, hola!! —me saluda. Esta vez, sin colgarse de mi cuello como hacía habitualmente.

— ¡Vaya, Natalie! ¡Qué elegante! Veo que te has decidido por el pelo liso definitivamente, estás muy guapa.

— Muchas gracias, Irish. ¿Qué tal ha ido el viaje?

— De ensueño —contesto. Invierto una buena cantidad de tiempo en darle a Nat una serie de detalles sobre el viaje hasta que llego a ese punto, al de mi sospecha sobre Hank. Dudo un instante si contarle a Nat o no lo el tema del matrimonio, al acordarme de las palabras de Sharon, pero finalmente me arriesgo a hacerlo.

— ¿Qué opinas al respecto, Natalie?

— ¡Que si estás en lo cierto, le digas que sí, claro está!

— Pero y qué hay de…

— ¡Nada de nada, Irish! Hank es perfecto para ti, hacéis una pareja fabulosa y los dos sois maravillosos. Nunca ha habido una pareja mejor avenida. Si le dices que no, estarás haciendo el idiota.

— … Nunca tuve intención de casarme y no estoy acostumbrada a tener pareja. Me da la impresión de que desde fuera os parece que me falta alguien para completar mi vida…

— Chorradas. Si no es con este será con otro, pero acabarás emparejada…

— ¡Por qué! —interrumpo un poco ofendida.

— … Lo malo es, que si no lo haces con Hank, acabarás con uno que no sería tan bueno como él y te arrepentirás toda tu vida de no haber aceptado su proposición —contesta ella ignorando mis quejas.

— ¡Yo no soy una de esas tías que tienen la imperiosa necesidad de casarse, Natalie!

— Tonterías europeas —responde implacable. Inmediatamente después, saca de su bolso la libreta Moleskine que le regalé y anota algo en ella ante mi paciente y silenciosa espera.

— Me alegro de que la uses —suelto en un intento por desviar la conversación, cuando por fin guarda la libreta. Natalie me mira y sonríe.

— Fue una gran recomendación —dice en un tonillo pomposo. Luego rebusca en el bolso el monedero y se pone unas enormes gafas de sol.— Deja que te invite, tengo que irme ya.

— ¿Ya te vas? Qué pronto…

— Sí, voy al gimnasio. Como ya no vienes conmigo a correr, me he apuntado a uno cerca del trabajo. ¡Fíjate! Ya he conseguido que me valga la ropa del año pasado.

— Vaya, qué rápido…

— Así es. Bueno, Irish, me alegro de verte. Cuando puedas volver por Manhattan, dame un toque si tienes tiempo —dice levantándose apresuradamente, despidiéndose con la mano.

Me quedo mustia en la mesa con el batido verdoso mirándome como si se riera de mí. No es que sienta envidia de Natalie, si no que, de alguna manera, algo en mí me dice que ha surgido una versión paralela de mí misma, que continúa mi vida en algún punto donde yo la abandoné.

1:17 a.m.

Me levanto de la cama harta de darle vueltas al día de hoy. Si tan sólo pudiera pensar en las cosas que tengo apuntadas en la agenda, me dormiría de repente, pero no. El asunto de Hank, la boba de Peck, la rara preocupación de Sharon y esa extraña sensación que me ha quedado en el cuerpo tras la quedada con Natalie, me impiden conciliar el sueño.
Por lo menos, Hank, no se ha despertado cuando me he levantado. No querría desvelarle después de lo cansado que debe estar y el viaje de negocios que le espera… Mi pobre Hank. No se merece que alguien se plantee siquiera una negativa a casarse con él. Le amo, es cierto y, por supuesto, sé que sería un compañero ideal. La pregunta es si yo lo sería para él…

Me siento en el sofá de una de las salas; la más cercana a la habitación donde Hank y yo dormimos. No es la habitación que más me gusta pero sí es la más acogedora, quizá por ser una de las más pequeñas. Picky, que salió del dormitorio detrás de mí en cuanto se dio cuenta de que iba a levantarme, se sienta junto a mí en busca de arrumacos, pese a que seguramente intuya que no tengo ganas de jugar con él. Aun así, le acaricio la cabecita y él se queda quieto como si por moverse fuera a parar de tocarle.
Quisiera poder contentar a todos, ayudar a Peck, tranquilizar a Sharon, aceptar sin miedo la petición de Hank y satisfacerme a mí misma consiguiendo mis metas fácilmente, como Nat. Supongo que las cosas están cambiando y todo parece ir por un camino que no esperaba. Es cierto eso que dicen: Uno no sabe lo que le depara el destino.
Sólo necesito meditar las cosas un poco y hacerme a la idea. En cuanto a lo de Sharon y Peck… la solución surgirá frente a nuestras narices como por arte de magia cuando menos lo esperemos.

 

9:45 a.m.

Yo que pensé que iba a pasarme la mañana intentando no visualizar el momento en el que Hank me diga eso tan misterioso que parece querer decirme, Sharon ha hecho que me olvide de mi novio sólo con ver su cara al entrar en mi despacho.
Ya sé que ella no es el Santo Job, pero nunca la había visto tan fuera de sus casillas. Ese James sabe cómo sacarla de quicio mejor que nadie, y eso que no parecía muy avispado. A lo mejor es precisamente por eso por lo que ella no puede soportarle y ha jurado matarle si vuelve a verle.
Irish de Calcuta siente cierta lástima por James, cuya desesperación por apartar a Eric de Peck, le ha llevado a perseguir a la mismísima Sharon para que le ayude. Pero sé que no me debo meter en ese berenjenal. Me limitaré a compadecer a Sharon, a consolarla y a tratar de ayudarla a encontrar una solución al problema desde la distancia. Le vendrá bien desahogarse a su manera esta tarde en Cardigans. Eso es lo que quiere y necesita. No creo que a Hank le importe que celebremos su despedida de Nueva York unas horas más tarde, de todas maneras, es probable que él no llegué pronto a casa.

Saco la libreta del bolso y anoto el plan de esta tarde. No creo que la quedada con Sharon sea corta, así que, no me dará tiempo a ir al gimnasio. Es cierto que podría usar el que tiene Hank en su casa, pero no me gusta eso de que mi novio me mire mientras me destrozo el bazo y lo expulsó en forma de sudor por todos los poros del cuerpo.

— Disculpa, Irish —dice Patricia entrando en mi despacho después de darle dos o tres discretos toquecitos.— Enzo Lupi se acaba de reunir con el Señor Evans. Los señores de Petrucci van a recoger la segunda flota de coches. Supuse que quizá querría estar presente.

— Ah, sí, claro. Gracias Patricia, voy en seguida.

Patricia asiente y cierra con cuidado la puerta. Parece que ni siquiera podré almorzar con Sharon, así que esta noche me caerá de lleno el chaparrón. Más vale que coma bien y llegue esta noche con energía.

8:12 p.m.

— Baja la voz, Sharon, la gente nos mira… —susurro dulcemente intentando causar el menos impacto posible en su amor propio.

— ¡Pues que me oigan! ¡No he venido aquí a rezar el rosario, he venido a explotar! ¡¡Quien quiera silencio que se vaya a Los Andes, esto es Nueva York y Nueva York significa ruido!!

— Vale —contesto cortada colocándome un mechón de pelo detrás de la oreja.

— ¿Pues no descuelga el teléfono después de días sin que nadie sepa de ella y me dice que no moleste, que está ocupada comiéndose un mango?

La histeria de Sharon empieza a provocarme sofocos. Los clientes de Cardigans empiezan a estar más interesados en su monólogo a gritos que en sus propias conversaciones. Ojalá pudiera conseguir que baje un poco el volumen de su voz.

— ¡Ni en su propio negocio sabían dónde estaba metida, ya ni aparece por allí! ¡Le importa todo un bledo! Y todo porque ese imbécil saca cuartos, ¡ese puto del demonio! Le ha comido la cabeza y ha conseguido que la muy idiota deje de pensar definitivamente.

— Le habrá comido algo más que la cabeza —grita algún cliente del bar, haciendo que el resto de los presentes rompa a reír al unísono.

— ¡Tú te callas, gilipollas! —chilla Sharon enfadada.

— Sharon, no puedes seguir así. Te va a dar algo, cálmate.

— ¡Ja! Aquí miss zen dando lecciones de calma ¡¡Vivir para ver!!

— ¡Sharon, sólo trato de ayudarte!

— ¡¡Para ayudarme tendrías que cometer un delito muy gordo… o varios!!

 

Sharon se bebe de golpe otro chupito de tequila y rellena con cierta dificultad el pequeño vaso de nuevo.

— Sé que no te va a gustar lo que te voy a decir, pero creo que estás exagerando. Estás borracha y fuera de tus casillas, así no vamos a encontrar una solución coherente. Es tan sencillo como hablar con Peck o quizá invitarla a hacer un viaje lejos durante un tiempo para que se olvide de Eric.

— ¡Claro que sí, pequeña, es una idea estupenda! —chilla poniendo ojos de loca.— Se lo diremos al calzonazos de Charlie, seguro que pierde el culo por ir con él —Ironiza. Inmediatamente después le entra hipo.

— ¡Sharon, respira!

— Está claro que no te he contado el pasaje del otro día, el de el tontito del ricachón bobo al que Peck lleva engañando desde el primer día en que le conoció… Ese Charlie idiota, hay que ser capullo… —murmura antes de beberse otro chupito más y dar un golpe con el vaso en la mesa.— Debe ser el karma lo que la ha castigado convirtiéndola en una adicta a un puto chupa-sangre. ¡¡Que bajen los dioses y me digan qué hecho yo para cargar con este peso!! —exclama agitando los brazos y mirando al techo.

— Deja ya el tequila —ordeno retirando la botella de su lado.

Ne me fais pas chier*—musita ella recuperándola de nuevo.

— No he venido aquí para verte beber. Te voy a llevar a casa y después me iré con Hank. Mañana se va diez días a Miami y no quiero irme sin despedirme de él —declaro un poco molesta por la situación.

— Bien, chéri, me parece muy bien. Al menos por ti no tengo que preocuparme. Tú eres lista, responsable y te depara un futuro brillante. Ve y disfruta como Dios manda —dice sinceramente llenando su vaso de tequila una vez más.

— Aun no comprendo esa manía tuya por ocuparte de todo el mundo.

— Oh, no, no, mon dieu. Yo sólo me ocupo de ti y de esa puta loca… ¡¡que no se da cuenta de lo estúpida que es!! —grita de nuevo.

— No me has contado el pasaje de Charlie.

— Ah, sí. Peck se encerró en su casa con el fulano dentro. Charlie volvió a casa y al comprobar que su mujer había cerrado por dentro y que no tenía intención de abrirle, se marchó a un hotel suponiendo que querría estar sola. Ni cerrajero, ni bomberos, ni nada… ¿Qué te parece?

— Pobre Charlie…

— ¿Pobre? ¡Menudo payaso! ¡Yo tenía la esperanza, de que al menos, Peck, dejara de ver a Eric al darse cuenta de que su fuente principal de ingresos peligraba…

— Sharon, por favor, no tienes sentimientos…

— Claro que sí, si no, no estaría aquí bebiendo tequila.

— ¡¡Tú, rubia!! —vocea alguien cerca de la entrada de Cardigans. Es una voz masculina que no reconozco, pero al volverme para mirar a Sharon y observar el círculo perfecto de su iris azul, como una isla diminuta en mitad de sus ojos, comprendo que ella sabe de sobra de quién se trata.

Sharon se levanta tambaleándose levemente, enfurecida como un Dios griego buscando una zapatilla, casi echando humo por la nariz y las orejas. Se pone roja como la sangre y cuando pienso que sólo puede salir fuego de su boca, un sonido gutural demoníaco surge a raudales de su garganta como si acabase de expulsar de su cuerpo a Satanás y a toda su familia.

— ¡¡¡Tú!!! ¿¡Pero se puede saber qué coño haces aquí!? ¡¡Mierda de rata acosadora!! ¡¡No puedo creer que seas tú otra vez!!

— ¡Hola, qué pasa! —contesta James aproximándose a nosotras tranquilamente como si la cosa no fuera con él.

— ¡Tu puta madre, ya no te aguanto más!

Sharon estira patosamente su pierna en un intento de darle a James una patada de karate pero, como era de esperar, la maniobra no sale bien. Su zapato sale volando como una estrella ninja y aterriza en el vaso gigante de cerveza del gordo más grande de Cardigans. Sharon resbala y hubiera caído al suelo si no fuera porque he sido lo suficientemente rápida como para cogerla. James, con los brazos en jarra, observa la escena sonriente con las cejas arqueadas y los párpados entreabiertos, lo que enfurece aún más a Sharon. Por lo menos, gracias al alcohol que ha bebido, no me resulta difícil controlar sus intentos de ataque hacia James.

— ¡Basta Sharon, basta! —le ruego sentándola de nuevo en el asiento.

— ¡Ya no aguanto este sindiós! ¡Voy a hacer polvo a ese bastardo! —grita ella.

— Deja que yo me encargue, vamos. Estás bajo mucha presión, Sharon, y así no vas a solucionar nada. En este estado sólo puedes empeorar las cosas.

James se sienta en el asiento de en frente con aire despreocupado. Me da la sensación de que él tiene muy claro a qué ha venido y no tiene la más mínima intención de rendirse en su consecución.

Sharon se levanta y descalza el pie que le quedaba calzado. Agarra de un tirón su bolso, gruñe algo ininteligible y se acerca al gordo que aún mira atónito el zapato metido en su cerveza. Le observa unos segundos con cara de pocos amigos, gruñe otra vez y le arrebata la jarra de cerveza con el zapato dentro. Nadie tiene los santos de decir ni pío.

— Ya hablaremos, Irish. Acaba con él —dice antes de salir de Cardigans.

— ¡Espera Sharon, deja que te acompañe a casa! —exclamo demasiado tarde.

— Es usted muy valiente —comenta un cliente del bar.

— Parece que hoy está más enfadada de lo habitual, ¿no? —pregunta James con suma tranquilidad, adornando su cara con una sonrisa pícara.

— Esto que estás haciendo no está bien, James. Sé que quieres alejar a tu hermano de Peck, pero insistiendo a Sharon no conseguirás nada. Ella está frustrada y preocupada porque también quiere lo mismo que tú.

— ¿Entonces por qué no acepta una alianza conmigo? Entre ambos, ella controlando a esa zorra y yo controlando a mi hermano, seguro que lo conseguiríamos.

— Ella no aceptará hacer nada contigo, Sharon es así. No hará una alianza contigo aunque ésta sea efímera.

— ¿El qué?

— Qué te quites esa idea absurda de la cabeza. Si quieres que Peck deje de ver a Eric, tendrás que atarle a él. Peck no va a dejar de llamarle.

— ¡Maldita bruja! No hace más que comprarle.

— ¿Comprarle? Ella no le está comprando, ella paga honradamente por los servicios que tu hermano ofrece.

— ¿Acaso eso no es comprar?

— ¡Pero es que tu hermano se vende!

— Ya sé, ya sé. Tú te pones de parte de la zorra de tu amiga porque al fin y al cabo es tu amiga aunque sea zorra, eso lo entiendo.

— ¡Deja de llamarla zorra!

— Vale, vale… —contesta gesticulando con las manos.— Ahora ponte en mi lugar, ¿de acuerdo? Eric es mi hermano pequeño. Esa zo… perra le da tanto dinero a Eric, le persuade con tantos caprichos ¡que al chico se le va de las manos! Piénsalo, es muy joven, muy fácil de manipular… ve un billete y se le salen los ojos.

— Tienes un concepto de tu hermano un poco distorsionado, James. Es todo lo contrario; tu hermanito tiene a mi amiga comiendo de su mano porque sabe que Peck es ninfómana y él es muy bueno en la cama.

— ¡Ah, pero que tú también…!

— ¡No, claro que no, me lo ha dicho Peck! De todas maneras no entiendo a qué viene tanto escándalo ahora. Tú sabías que tu hermano se prostituía antes de que lo de Peck se os fuera de las manos y no te importó tanto.

— ¡Por supuesto que me importa!

— ¿Entonces por qué permites que lo haga?

— Esas son las cabezonerías de Eric, es una historia muy larga… ¿ves cómo no piensa con la cabeza?

— Si es que piensa, desde luego no lo hace con la cabeza. Y tú tampoco piensas, eres un irresponsable.

— ¡Oye, nunca me gustó que lo hiciera, en serio! Y es verdad que he hecho poco por evitarlo pero esto ya es demasiado. Está cansado, más delgado. El otro día le pesé y ha perdido casi dos kilos…

— ¿Que le pesaste?

— Sí, ha perdido casi dos kilos, te digo.

— ¿Pero que pesas a tu hermano?

— ¿Es que tú no te pesas?

— Sí, pero…

— Pues yo también me peso y peso a Eric. Me lo llevo a la farmacia, echo una moneda al trasto y listo. Casi dos kilos.

— …Mmm, ¡ah!

— Y eso de que le ate para impedir que vea a Peck tampoco puedo hacerlo. Mi hermano es más fuerte que yo, aunque haya perdido peso.

— ¡No me refería a que le ataras de verdad! Quiero decir que no le permitas salir de casa.

— ¿Acaso crees que no lo he intentado? Le he sobornado con brochetas y kebab, le he conseguido una consola portátil… pero nada.

— ¿Conseguido? ¿A qué llamas tú “conseguir”?

— Tengo una idea, mira. A él le gustas, yo conozco a mi hermano y lo sé. A lo mejor si le decimos que si deja de ver a Peck, aunque sea una temporada, lo suficiente como para que tu amiga se desenganche de mi hermano y a cambio… mmm, no sé… te echa un polvo a ti…

— ¿¿Cómo dices?? —grito anonadada.

— Cenáis, cenáis una noche…

— ¡Pero tú estás loco o qué!

— ¿A comer? ¿Una hamburguesa? ¿A Burger King…?

— ¡Ni lo sueñes!

— Vamos Irish, a ti no te cuesta nada, sólo es un día, a mediodía, no te llevará ni una hora y habrás ayudado a arreglar un gran conflicto que tiene sonada a la rubia francesa esa que tan bien te cae.

— ¡He dicho que no, no, no y mil veces no! ¡No quiero ver a tu hermano ni en pintura!

— Sí tú le pides que deje de ver a Peck, lo hará sólo por resultarte simpático.

— No sabes hasta qué punto te equivocas, James. Tu hermano es un cabrón sin domar y le encanta fastidiarme. Además, por mucho que yo o cualquiera le diga que lo que está haciendo con Peck está mal, él no lo comprenderá.

— ¡Claro que sí! Es un chaval pero no es estúpido. Sólo necesita una motivación.

— ¡Por supuesto que es estúpido! Podría explicárselo cien veces pero no puedo entenderlo por él.

— Oye, morena, me da a mí que conoces al terco de Eric mejor de lo que dices conocerle…

— ¡Pues no! Basta con observar a ese niñato media hora para presumir que es más simple que una patata.

— Entonces tendré que volver mañana a ver a tu amiga histérica para convencerla de que lo mejor que puede hacer es encerrar un año a la pelirroja en un zulo con un dildo y diez paquetes de pilas.

— ¡Deja a Sharon en paz de una vez! ¡La estás asustando con tus tonterías y ella no puede hacer nada!

— ¡Y ella me asusta a mí, qué te crees! ¡Me tiene to acojonao! Está tan buena como loca, la pobre… psss, espero que no le suba la bilis del disgusto y le dé un patatús, qué desgracia, imagínate…

— ¡Deja de amenazar!

— ¡Ya está bien, hombre ya! ¡O me ayudas con esto o echo a la pelirroja al río!

— ¡¡Sí echas al río a la pelirroja, Sharon y yo secuestraremos a tu hermanito, le desnudaremos, le ataremos y le alquilaremos en todas las despedidas de soltera de Manhattan!!

— No te hace falta desnudarle para arrendarle, ¿no?

— ¿Cómo?

— ¡Tú te lo has tirado!

— ¡¡Qué!!

— He podido verlo en tu mirada. Te lo has imaginado en pelotas y untado en aceite.

— ¿Pero tú estás mal de la cabeza?

— ¡No, no, no! Yo ya me conozco esta canción. Tú te has cepillado a mi hermano y no lo quieres reconocer, listilla. Mientes fatal.

— Esto es absurdo, me voy a mi casa.

— ¿Por qué no lo admites? No tengo más que preguntárselo a Eric para que me lo confirme. ¿Por qué huyes? ¿Es que eres de esas finolis que no quiere que nadie sepa que ha pagado por tener sexo con un hombre?

— ¡Qué dices, insensato! Yo jamás he pagado por tal cosa.

— ¡O sea, que te lo ha hecho gratis! Mira qué afortunada…

— ¡Deja de decir sandeces y vete al infierno! —exclamo agarrando rabiosa mi bolso para irme de inmediato.

— ¡Si no hablas con Eric, le diré a todo el mundo que te lo has tirado mil veces, pagando y sin pagar. Vamos, lo que viene a ser sexo sucio. Se lo diré a tus vecinos, a tus compañeros de trabajo, a tu novio ese ricachón y a tu madre si hace falta!

— ¡¡No vas a hacer nada de eso, además nadie te creerá!!

— Basta con que vean a Eric y entonces a nadie le cabrá duda de que es cierto. No te estoy pidiendo nada importante, chica, es que estoy desesperado, pero soy un buen tío. ¿Hablarás con Eric?

— ¿Y cómo sabes tú quien es mi novio?

— Peck se lo dijo a Eric y Eric me lo dijo a mí, no es tan difícil. Anda, queda con mi hermano, habla con él y todos contentos, ¿vale?

No doy crédito. James me está chantajeando también, igual que su hermano.
Suspiro de pronto para tomar oxígeno, ya que había olvidado respirar.
Esto no puede estar pasando. ¿Cómo es que me quedo en Cardigans con James para ayudar a Sharon a arreglar sus asuntos y de pronto me veo envuelta en otro lío? Es completamente injusto, siempre me pasa lo mismo… ¿Dónde está la maldita ley del karma y por qué nunca actúa si se trata de mí? ¿Soy la excepción que confirma la norma? ¿Me ignora acaso la ley del karma y me acosa en cambio la ley de Encarna? ¿Es un fallo de traducción en el código penal/moral de mi registro existencial? No puede ser que cada vez que Irish de Calcuta, con la mejor de sus intenciones trata de ayudar a alguien, algo sale mal en la vida de Irish de Manhattan.

— Chata, te has quedado flotando con las musarañas. A ver si he dicho la palabra mágica que te deja frita… ¡contentos, contentos, contentos…! —repite haciendo gestos extraños con los brazos.

— ¡Cállate, idiota!

— ¡Oh, ya te llegó el regao al cerebro! ¡Qué susto, guapa!

— Comeré un día con el bobo de Eric y le pediré que deje en paz a Peck y si no lo hace, esto es la guerra ¿entendido?

— ¡Pero qué chunga eres con to lo pequeñaja que te has quedado!

— ¡Estoy hablando en serio, payaso!

— Vale, vale, no te alteres, corazón, está clarísimo como un riachuelo. ¿Cuándo será el gran evento?

— ¡Mañana! ¡A la una de la tarde en Salad&go! Frente a Chase bank, cerca de WTP, y que no se le ocurra retrasarse ni acercarse a mi oficina.

Cojo mi bolso y me dispongo a salir enfurecida, pero antes de irme, añado una despedida:

— Y no me llames “corazón”. ¡Gilipollas!

Me largo de Cardigans cabreada como Godzilla. Oigo rechinar mis dientes dentro de mi boca, cuando me percato de que James ha salido también del establecimiento, relajado como un gato en una estufa y le ha pedido un cigarrillo a todos los que ha encontrado fumando en la puerta del pub.

Las tantas de la noche.

Abro la puerta de mi apartamento. Podría haberla abierto sin tocarla, usando sólo la onda expansiva de mi ira. Abro la nevera maldiciendo en irlandés todo cuanto veo, y acabo mi visita a la cocina lanzando una promesa de odio al aire, mientras zarandeo un puerro viejo al que luego doy un rabioso mordisco de punto y final. Justo cuando acabo mi sentido discurso, recibo una llamada de Hank en el teléfono móvil. Tomo aire y carraspeo varias veces para disimular mi voz de criatura inframundana y atiendo a Hank fingiendo que nada perturba mi rutina…

— Hola, cariño —dice Hank en cuanto descuelgo.

— Hola, amor. Qué gusto me da hablar con alguien que esté en sus cabales…

— Gracias. Para mí es un gusto sencillamente hablar con alguien que seas tú.

— Oh, qué cosas más bonitas dices, Hank. Eres un encanto.

— Te echo de menos.

— Oh, yo a ti también. Muchísimo.

— ¿Crees que podemos solucionarlo si vienes conmigo a casa… como todos los días? Así podemos pasar juntos la noche antes de irme a Miami, como habíamos hablado, ¿qué te parece?

Me quedo un instante clavada en la cocina con la mente en blanco. Miro a mi alrededor y luego observo el puerro chuchurrío que acabo de morder. ¡Pero bueno, qué estoy haciendo aquí! ¡Cómo es posible que haya olvidado que vivo en casa de Hank y que mañana se va de viaje! Pero si me había comprado un salto de cama especialmente para esta noche…

— ¡Hank, lo siento! He olvidado donde vivo… o sea, no sé qué me ha pasado, se me ha ido la cabeza —me disculpo muerta de vergüenza. Hank se echa a reír.

— No tiene importancia. Irish, tendrías que tomarte en serio lo de relajarte. Todo esto te sucede porque tienes demasiado estrés.

La culpabilidad me envuelve como una manta pesada y caliente, pero gracias a que Hank ha soltado ese puñetero “relájate”, la pena se rebaja un poco.

— ¿Podré verte mañana, aunque sea un rato? —pregunto.

— Tengo una reunión a las 8:30. Después cogeré el vuelo a Miami. Me temo que no hay tiempo.

— ¡Mierda!

— Tranquila, no pasa nada.

— ¡Deja de decirme que me tranquilice! Iré ahora mismo a tu casa.

— Irish, déjalo. Si vienes aquí vas a llegar muy tarde, apenas tendrás tiempo para dormir… y yo tampoco. Creo que es mejor que duermas en tu casa esta noche. Nos despediremos por teléfono, no hay problema.

— ¡Ni hablar! ¡Había comprado algo especial para esta noche!

— ¿Qué cosa?

— …Una cosa. Creo que te gustaría.

— ¿Y por qué no lo guardas una semana hasta mi regreso y lo celebramos como Dios manda?

— Está bien… lo siento mucho Hank. He tenido una tarde complicada y se me ha olvidado completamente que…

— Deja de darle vueltas. Tu mala memoria no hará que te quiera menos…

Las dulces palabras de Hank consiguen serenarme. Me excuso dándole una versión de lo ocurrido un tanto infantil, pero algo debía decirle. Para Hank, el ex novio de Peck insiste en volver con ella pese a su negativa. Así de sencillo. Ojala fuera tan simple el asunto. Probablemente Hank crea que es una tontería y que no hay razón para estar tan nerviosa. Debe pensar que me falta un tornillo y que acabaré por aflojarle los suyos también. Y puede que tenga razón. A veces creo que volveré loco a mi pobre calvito, pero gracias a él y a sus siempre sabios consejos puedo conciliar el sueño está noche, algo muy importante si tengo en cuenta la tarde de mierda que me espera mañana.

 

7:21 a.m.

Mastico la galleta sabor polímero intentando concentrarme sólo en la textura de la misma, dejando a un lado el sentido del gusto. Cuando pienso en que la comida de Picky me resulta más suculenta que esta galleta, un chorro de sangre fría me riega el estómago y tomó la firme decisión de cambiar de desayuno. A partir de ahora comeré tortitas de arroz.

 

9:18 a.m.

Ese absurdo pensamiento aparta por un rato de mi cabeza la cita de este mediodía. He pensado en muchas cosas con las que podría distraer a mis neuronas está mañana, pero ellas insisten en aferrarse al puñetero recordatorio.

Por lo menos he tenido suerte de que hoy Sharon no ha venido a tomarse el café a mi despacho. Quiero pensar que tiene alguna tarea a primera hora y que no ha sido la cogorza de ayer lo que la ha dejado clavada en la cama. Es raro que no venga, es cierto, pero es mejor para mí. De este modo no tendré que inventar una mentira para ocultar el acuerdo entre James y yo, y así evitarle el síncope a Sharon.

Tengo claro, nítido, cristalino, que si Eric no cede, no pienso insistir. Almorzaremos tranquilamente, le pediré que deje de ver a Peck por las buenas y si se niega, me levantaré y me iré. Ni siquiera pienso despedirme. Sólo cogeré mi bolso y desapareceré del restaurante sin más. No atenderé a nada que pueda decir, ni siquiera si me amenaza con contar que le… Bueno, lo del coche… y lo de mi apartamento… Ya no me importa que se lo diga a la gente, me da igual. Si se lo quiere contar a Peck, ella se mofará de mí durante años, pero me da lo mismo. Luego se enterará Sharon, bueno… ella también se acostó con él y además pagó por ello, así que pensará que hice bien en aprovechar la oportunidad y que tengo la mismas debilidades y perversiones que el resto de los mortales, vamos, que ella y que Peck, o peor, porque yo tiré de él hasta meterle en mi coche y prácticamente le obligué a que me lo hiciera allí mismo, como si la conservación de mi especie extraterrestre dependiera de ello. Luego se acabará enterando toda la oficina, porque así es la vida y siempre se acaba sabiendo todo y Hank, claro, al que le cambiará por completo el concepto que tiene de mí como persona formal y… ¡¡Ay Dios mío, no se puede enterar nadie!! ¡Por favor, que no se le ocurra amenazarme con el tema!

 

12:50 p.m.

La alarma que programé en mi móvil comienza a sonar y un témpano de hielo me atraviesa de sien a sien. El estómago se me hace pequeñito y se sube hasta mi garganta. Me hago la valiente mientras intento convencerme a mí misma de que todo va a salir bien y que nada hará que me altere. Abuso de la programación mental con afirmaciones utópicas tipo: “Eric será tan benevolente que incluso se ofrecerá a pagar el almuerzo”. De esperanzas se vive.

Me pongo las gafas de sol, las más grandes que tengo y bajo en el ascensor hasta el lobby de WTP, con un gesto de cartón en la cara. Sólo espero no cruzarme con Sharon y tener que improvisar un cuento en este momento tan tenso.

Camino por la calle directa a Salad&Co. La boca del lobo.
Me gustaría romper a gritar como un bebé y agarrarme de los pelos de goma del felpudo de la entrada del establecimiento con los dientes, si es necesario, con tal de evitar entrar en este lugar y sentarme frente a ese mamón.
Espero que Peck, Sharon y, por qué no, también James, algún día reconozcan el sacrificio que estoy haciendo por ellos. Deberían darme el premio Nobel de la paz.

Ahí está, plantado como una tomatera, tan tranquilo, con medio tronco encima de la mesa, haciendo papelillos con las servilletas. Qué vergüenza. Encima no se le ha ocurrido pedir nada, ni una triste botella de agua. Es horrible lo mucho que se la pela todo.

— Hola —saludo sin energía.— Para sentarse en las mesas de un restaurante hay que consumir algo, Eric.

— ¡Hola, guapa! Pues siéntate y comamos, no se hable más —contesta con una molesta sonrisa en su rostro.

— Sí. Deja de hacer bolas de papel y escoge algo de la carta —le digo fríamente entregándole la hoja plastificada del menú.

— Verde, verde, verde… Todas las fotos son de cosas verdes. ¡Cómo te gusta lo verde! ¡Qué feliz serías si fueras una babosa!

— Pues no sé, dímelo tú, que tienes experiencia.

— Ojalá fueras tan verde para todo.

— Para eso ya estás tú —contesto mientras miro los ingredientes de las ensaladas.

— Pensé que me habías llamado para hablar conmigo o eso me dijo mi hermano. Seguro que para pedirme alguna cosa. Si es así, ¿no tendrías que ser un poco más amable? —pregunta en tono burlón.

— ¿No aguantas una broma? Con lo guasón que eres tú, Eric. Eres la monda.

— ¡Qué hostil!

— Elige algo, tengo poco tiempo.

— ¿No te vas a quitar esas gafotas que llevas?

— ¡Elige!

— Mmm, me da igual, comeré del mismo tiesto que te traigan a ti.

— Ni hablar, no vamos a comer del mismo plato.

— Oye, Irish, ¿no te enseñaron en tu colegio de pago aquello de “si al hablar no has de agradar, te será mejor callar”? Yo lo oí cuando vi la película de Bambi y me quedó claro.

— Si lo que quieres es quedarte sin comer, por mí no hay problema.

— No. A ti lo único que se te quedó de Bambi fue eso de comerte la hierba —murmura enojado.— Pide para mí lo mismo que vayas a comer tú. Ya me encargaré de echarle salsa hasta convertirlo en algo apto para el consumo humano.

Hago que ignoro su comentario estúpido llamando al camarero con un gesto discreto, pero al mirar a mí alrededor, me doy cuenta de que todo el establecimiento nos está mirando y siento la imperiosa necesidad de esconderme bajo la mesa. Obviamente, me tengo que privar de hacerlo. Eric, al percatarse de mi gesto, mira a todos lados como si no notara nada extraño.

— ¡Baja la voz! —le exijo.

— ¡¡Pero si yo no he dicho na!!

— ¡¿Por qué nos mira todo el mundo?!

— Seguro que es porque la carta de este restaurante es una broma y esto es una cámara oculta.

Le fulmino con la mirada y justo en ese momento el camarero viene a tomar nota.

— Tomaremos los dos la número catorce, —le indico— con agua natural, por favor.

El camarero asiente y se gira para volver a la cocina.

— Se te ha olvidado decirle que nos traiga un poco de abono para acompañar.

— Eric, no estoy aquí para hacer el tonto. Verás, quiero hablar contigo de un asunto muy serio.

— Yo no te he guindado nada, que conste.

— No… no es eso, se trata de Peck.

— Verás, no sé si tú sabrás, ya sea porque te lo haya podido contar ella o bien porque te hayas dado cuenta tú solo, que Peck sufre una grave adicción al sexo que le lleva a cometer verdaderas locuras, algunas bastante serias.

— Ahamm… Algo había notado, sí —me contesta él mirándome la boca como si no le importara una mierda lo que le estoy contando.

— Peck es ninfómana. Las personas que la queremos estamos muy, muy preocupadas por ella —le subo la barbilla con la mano para que me mire a la cara de una vez.— ¿Me quieres prestar atención a lo que te estoy diciendo?

— ¡Si te estoy prestando atención! Entenderás que lo que me dices no me pille de sorpresa, ¿no? —contesta gesticulando como un futbolista justificándose.

— Querría pedirte que te alejes de ella, que no la vuelvas a ver.

— ¡Ja!

— Por favor, su problema se está agravando y, además, se va a buscar un problema económico. Sharon y yo ya no sabemos lo que hacer.

Eric arranca otra servilleta y la hace una bola mientras me mira con incredulidad.

— ¿Estás de coña? ¡Ni hablar! Esa mujer es mi mayor fuente de ingresos, reina.

— ¡Eric, Peck está enferma! Esa obsesión que tiene contigo le está haciendo perder la cabeza.

— Y encima me vienes a pedir esas cosas dándome de comer plantas —contesta frunciendo el ceño.— Vaya una forma de intentar convencerme, como se nota que no estás acostumbrada a ir lampando por ahí, ¿eh?

— ¡Eric, deja de hacer el idiota! Tu hermano también te lo está pidiendo, todos los que tenemos cabeza vemos lo que está pasando menos vosotros.

 

— Mi hermano me ha conseguido una consola portátil de esas y ni así ha conseguido que deje de lado a la gallina de los huevos de oro. Vienes tú, me lees la cartilla, me pones a comer vegetales, ¿y todavía quieres que te haga caso a ti?

— ¡Yo ya he hecho mucho quedando contigo! Tu hermano dijo que a ti te gustaría y para mí es un suplicio. ¿Te parece ese poco sacrificio?

— Mmm… —dice después de unos instantes.— Una mujer que me paga más que ninguna, que repite diariamente, que esta buena, que… En fin, mil ventajas, dime, ¿qué gano yo dejando de lado a Peck? Nada. Sólo salgo perdiendo… y ella también.

— ¡¡Ella no sale perdiendo!! ¡Se acostumbraría a no verte! Recuperaría su dinero, su vida, sus amigas y estaría mejor, ¡al menos como estaba antes de que tú aparecieras para joderla!

Empiezo a perder los papeles.

— Joderla es lo que ha apañado nuestra economía doméstica estos últimos meses, por mucho que le fastidie a James reconocerlo. Ahora que ya no tenemos que cenar siempre patatas, ¿esperas que deje a la mujer que paga buena parte de nuestros gastos, sólo porque sí? ¿Por hacerte un favor a ti y a Sharon, la amable? —pregunta echándose a reír.— No, mira, mira, nena, es absurdo, no le des más vueltas.

— Si lo haces quizá ganes dormir por la noche con la conciencia tranquila ¿Te parece poco? A lo mejor te acaba gustando ese dulce sabor.

— Hablando de sabores, ahí viene nuestro manjar —dice refiriéndose a las ensaladas que el camarero se dispone a dejar en la mesa.— ¡Mmm, qué rico! —exclama sarcástico.

— Pensé que ya no te sorprendía comer otra cosa que no fueran patatas, como ahora crees que eres un burgués…

— ¿Un qué?

— ¡Olvídalo! Tú lo que eres es un egoísta. Si pensaras un poco en cómo se sienten los demás, cederías. ¡A veces hay que hacer cosas por la gente que te rodea, Eric, como yo, que he accedido a comer contigo!

— No está siendo precisamente una velada romántica…

— ¡Tú tampoco estás siendo amable! Sé que no quieres dejar de ver a Peck, pero al menos podrías inventarte una excusa, un cuento, ¡algo para que no me vuelva a la oficina con la sensación de haber sido humillada por un adolescente!

Eric mira al cielo y abre la boca como si se estuviera colmando su paciencia. Me observa con mirada hastiada de párpados entreabiertos.

— Dormir con la conciencia tranquila me parece más que poco —contesta como si fuera Al Capone.

Su gesto me provoca tanta rabia que me levanto de golpe y agarro mi bolso para largarme de allí, conteniéndome las ganas de cruzarle la cara de una bofetada.

— ¡Que te den! ¿Me has oído? ¡Ya no te aguanto más!

Me dispongo a irme, pero Eric agarra mi bolso cuando paso por su lado, obligándome a detenerme.

— Suelta el bolso, ¿qué pasa, ves uno y vas a por él?

— No te enteras, Irish.

— ¿Cómo? —pregunto atónita.

— Si lo hago, ¿qué me das a cambio?

— ¿Qué dices? ¿Que qué te doy a cambio yo? Debes de estar de coña.

— Tendremos que negociar, ¿no? Voy a perder un buen pico por esto…

Tiro de mi bolso logrando que Eric lo suelte y lo dejo de malas maneras sobre la mesa.

— Está bien, hijo de perra, ¿cuánto quieres? Te lo daré y desaparecerás para siempre.

— No quiero dinero —contesta él.

— Entonces, ¿qué es lo que quieres, maldito cabrón?

— Déjame pensar, mmm… ¿Qué te parece si me mudo a tu apartamento?

— ¿Perdón? Hablo en serio. Dime cuánto dinero quieres, qué demonios le vas pedir a Papá Noel, ¿quieres un coche? ¿Una moto de esas que te gustan a ti?

— No intentes convencerme ni con dinero ni con objetos, lo que te he dicho es lo que quiero. Piénsalo detenidamente y ya me darás una respuesta. No tienes por qué contestarme ahora.

Justo en este momento es cuando me doy cuenta de que habla totalmente en serio. Le miro con ojos amenazantes y le señalo con el dedo índice.

— No vas a meterte en mi casa. Tú debes estar loco, chaval. Antes quemaría mi apartamento y me iría debajo de un puente.

— Está bien, ¿qué te parecen seis meses?

— ¿Pero tú estás loco o qué? Ni hablar del asunto. Piensa una cantidad, si la quieres te extenderé un cheque, si no, olvídame. Eso sí, si te vuelvo a ver, llamaré a la policía y voy a hacer lo posible para…

— Tres meses —me interrumpe él.

— ¡¡¡NO!!! —grito.

— ¡Un mes!

— ¡¡Pero qué estupideces estás diciendo!!

— Entonces no hay trato, no bajo más —dice él con gesto indiferente terminando su botella de agua.

— ¡Eric, piensa otra cosa, tiene que haber algo!

— No, eso es lo que deseo. Sería muy feliz así. Es muy simple, pero tú no quieres.

— ¡Claro que no! ¡Aunque quisiera no podría hacerlo, estoy saliendo con otra persona!

— Ah, ¿eres de esas que hacen sólo lo que su novio les permite?

— Deja de decir tonterías, ¿quieres? No intentes ir por ahí.

— Me vienes con el cuento de que tengo que ceder por los demás y resulta que tú, con un simple almuerzo, te crees que vas a arreglar el mundo. Pero cuando hay que hincar el codo, nada, ¿eh? Si quieres que deje de ver a Peck, eso es lo que pido a cambio. Deja que me quede a vivir contigo un mes y no volveré a acostarme con tu amiga nunca más. Se acabaron los problemas.

— ¡Pero…! —interrumpo.

— Tienes la oportunidad de solucionarlo todo, Irish. La heroína de la historia: Sharon feliz, James feliz, Peck… como queréis que esté… Un mes y asunto zanjado.

— ¡¡Un mes es mucho, Eric!! No puedo tenerte un mes en casa, qué va a decir mi novio…

— No bajo más de eso.

— ¡Venga por favor, acepta dinero!

Eric mira su ensalada con desconfianza, removiéndola lentamente.

— Un mes —repite finalmente.

— Una semana —regateo.

— Tres.

— Dos.

— Dos semanas y tienes que estar en casa, nada de escaquearse por ahí.

— ¡¡Pero tengo que trabajar!!

— Pilla vacaciones.

— ¡¡No tengo más días de vacaciones, acabo de volver de Italia!!

— ¡Ich…! Dos semanas, nada de escaquearse excepto para ir al trabajo y no vale quedarse en el curro para no ir a casa, porque entonces, subiré a tu oficina y haré algo inolvidable.

— Esto es injusto.

— Estoy siendo muy suave, no hagas que me arrepienta —suelta mientras mordisquea sonriente una hoja de lechuga.

— Sharon no puede enterarse de esto y Hank tampoco… de ninguna manera nadie debe… Dios mío… ¿Qué voy a decirle a Hank?

— Invéntate algo, trabajas en publicidad, ¿no? Tu trabajo consiste en adornar mentiras.

— ¡Cállate, imbécil!

— Entonces trato hecho. No puedes romper el trato, queda dicho. Sé fiel a tu palabra. ¡¡Ah, otra cosita!! Quiero mi cruz de vuelta.

Eric se escupe en una mano y la extiende frente a mí, absurdamente convencido de que voy a estrechársela. Se me eriza el vello de la nuca y de pronto me da repelús el aliño de la ensalada.

— No pienso tocar eso. Considera el maldito trato hecho y punto.

— ¡Genial! ¡Vamos a celebrar nuestro acuerdo, royendo este trozo de cosa vegetal dura que han echado en nuestra ensalada!

Eric mordisquea de forma asquerosa un trozo de rábano. No soy capaz de articular palabra. A medida que me voy dando cuenta de lo que acaba de pasar, me voy hundiendo más y más en mi silla.
El enorme y maquiavélico adolescente se pasa el resto de la comida diciendo tonterías, mientras yo, intento no ponerme a berrear como una niña pequeña. Mi tolerancia a la humillación llega pronto a su límite.

— Me voy. Ten la decencia de pagar la comida al menos —susurro antes de levantarme e irme, sujetando mi bolso bajo el hombro.

— ¡Oye, tú! ¡Vaya morro tienes! —le oigo protestar tras de mí.

Al cruzar la puerta del establecimiento, diviso aparcada donde más moleste, su motocicleta… la culpable de que haya tenido que conocer a ese problemático sujeto. La rabia se apodera de mi cuerpo, especialmente de mis piernas y, me ensaño a patadas con la rueda del vehículo. Eric no me ve hacerlo, pero sí buena parte de los transeúntes, que me observan como si se me hubiera ido la pinza completamente. La escenita no dura mucho pero me ayuda a sobrellevar internamente mi drama.

 

2:16 p.m.

Miro a un punto fijo sobre mi mesa; un taco de folios escritos, incapaces de sacarme del extraño estado en el que el loco de la moto me ha dejado. Es como si una gruesa capa de crudo, no me dejara ver la que se me viene encima. Debe ser la materia gris desparramada sobre mi cordura. Definitivamente, algo ha reventado dentro de mi cabeza. No sé lo que está pasando ni cómo he llegado a este punto exactamente.

— ¡Hola! —saluda Sharon entrando por sorpresa en mi despacho. Mi silla parece haberse convertido en hielo.

— Sha… Sharon, ¿qué tal? Cuánto tiempo sin verte… —pronuncio haciendo un gran esfuerzo.

Ella cierra la puerta y se coloca en mi sofá de las visitas, aunque no se tumba como siempre, si no que se sienta en el borde del cojín con gesto de interés hacia mí. Esto sólo puede significar que va a someterme a un interrogatorio y que es tiempo de salir del estado de shock como sea.

— No me fue posible venir a verte esta mañana —se excusa.

— Ayer bebiste demasiado. ¿Te levantaste como un muerto viviente?

— No, en absoluto. Es que no podía pegar ojo y me fui al laboratorio. El problema es que con la borrachera que llevaba, no debí tapar bien una de las cápsulas del nuevo experimento en el que estoy trabajando, y se ha derramado una gota. Ha sido un descuido muy estúpido.

— ¡Oh no! ¿¿Y qué ha pasado??

— Pues que se ha hecho un agujero del tamaño de un plato de postre en el suelo del laboratorio, y ahora yo, y mis cuarenta y dos vecinos de abajo, podemos ver pasar el metro a través de él. El asunto es que llevo dando explicaciones a mucha gente toda la mañana y he tenido que sobornar a otros tantos. Vaya lío. Bueno, cuéntame qué pasó al final con esa rata acosadora de James. ¿Tuviste muchos problemas para deshacerte de él?

— Oh, no, no. Se marchó en seguida. Hablé con él y aceptó un acuerdo.

— ¡¿Lo dices en serio?!

— Así es —miento con el aire victorioso que me gustaría tener en la realidad.

— ¡¡Cómo lo has hecho!!

— Inteligencia emocional, Sharon. Se lo expliqué y lo entendió. Ya no volverá a darte la plasta.

— ¿Y qué pasa con Eric? —pregunta sorprendida.

— E… Eric, pues no sé… Mmm, no sé qué hará… ¡pero dijo James que él se encargaría de todo y que no volverá a ver a Peck nunca!

— ¡Dios mío, no puedo creerlo! —exclama levantándose del sofá, sujetándose la cara entre las manos. No puedo creer que Sharon se haya tragado semejante embuste. Deben ser las ganas que tiene de que todo esto termine.

— Créetelo. Lo único que queda es explicarle a Peck que no volverá a ver a Eric. Ya veremos cómo se lo toma.

— ¡Me importa un carajo cómo se lo tome! ¡Cómo si quiere consolarse con las tenacillas de su salón de belleza! Lo importante es que esté fuera de las garras de ese delincuente juvenil. Oh, Irish, estoy tan agradecida como orgullosa. No sé qué habría hecho sin ti.

— Cometer un asesinato, probablemente.

— Exacto. Menudo marrón me has quitado de encima. ¡Qué lista eres!

En mi interior, una parte de mí, se siente ridículamente honrada por las palabras de Sharon.

— Bueno, bueno, Sharon, no exageres. Espero que para la próxima, sepas que yo también sé resolver problemas —le explico sonriente.

— Desde luego, confío en ti. ¡Qué chica tan avispada!

Señorita Dubois, —suena la voz de Patricia a través del intercomunicador— tiene una llamada del Señor Evans.

— En seguida voy, Patricia. Me has alegrado el día, Irish —susurra emocionada.

Cuando pensé que todo había acabado y podía por fin respirar, Mark le da el relevo a Sharon. Se asoma por la puerta aprovechando que está abierta y da dos golpecitos sobre su superficie.

— Toc, toc, ¿se puede? Será sólo un momento.

— Mark…

— Necesito que me des tu opinión sobre el resultado del anuncio del Pandora. Los creativos lo acaban de subir a su servidor, te he mandado el enlace a tu email.

— Gracias, en cuanto lo vea te diré algo… Oye ¿te encuentras bien? Pareces constipado.

— Sí, así es. Todos estamos igual en mi casa, ya sabes; ¡uno lo pilla y lo comparte con el resto de la familia! —dice secándose la nariz con un pañuelito perfectamente doblado que ha sacado de su bolsillo.

— Ah, vaya… mejórate.

— Sí, sí, tengo una cesta de mandarinas en mi despacho. Son de agricultura biológica, Skyler dice que tienen más vitamina C, ¿quieres una?

— No, gracias.

— No sabes lo que te pierdes, son deliciosas. ¡Tienen un olor!, —exclama oliéndose las yemas de sus dedos— ¡Mira, fíjate qué olor! —dice acercándose peligrosamente a mi cara.

— ¡Te creo, te creo…! No quiero mandarinas, Mark, acabo de volver de Sicilia y aún estoy saturada de cítricos.

— Tú te lo pierdes. ¡Ah, casi se me olvida! Skyler me ha pedido que te invite a su fiesta de cumpleaños. Haremos una barbacoa en el jardín de mis suegros. Será divertido. Vendrán hasta mis cuñados con mis sobrinos desde Baltimore. ¿Te apetece?

— Eh… Ah… ¿Qué día es?

— Este domingo ¡Desde las doce de la mañana hasta que el cuerpo aguante!

Por un momento me alegro de tener una excusa para librarme del cumpleaños de la mujer de Mark. Me alegraría mucho más si pudiera usarla. Mierda.

— No, no puedo ir, Mark, discúlpame. El domingo tengo planes.

— ¿Ir al gimnasio? —pregunta escondiendo una sonrisa tonta en sus labios.

— No, no, tengo que… tengo que hacer de canguro. El hijo de una amiga mía.

— Vaya… ¡Si quieres tráetelo a la fiesta, estará llena de niños!

— Déjalo, es un niño un poco mal educado. Gracias por la invitación.

— ¡Qué pena, lo hubiéramos pasado genial!

Me apetecería más hacerle la pedicura a un troll con los dientes —pienso.

 

8:50 p.m.

Ya es demasiado tarde, pero pienso que podría haber ido al gimnasio y de esa forma despejar un poco mi mente, aunque quizá, si hubiese ido, no me hubiera dado tiempo a esconder los objetos más frágiles y más valiosos de mi casa. Es lamentable que no pueda meter a Picky en un maletero también y no sacarlo hasta dentro de dos semanas. Quizá debería poner un candado en la puerta de mi cuarto de baño… y otro en mi dormitorio. Y en la cocina, y… mejor debería encerrarle y ponerle un candado a él.

Me siento en el sofá del salón con los codos apoyados en las rodillas. Espero que esta buena obra que voy a hacer, acabe de raíz con el problema de Peck. Mañana el loco de la moto se instalará en mi casa. Ese niñato imbécil, el causante de todos mis problemas… Bueno, son sólo unos días en los que la mitad del tiempo estaré en WTP. Si consigo que Hank no se entere de que he metido eso en casa, si logro ocultarle a Sharon la verdad de cómo he conseguido un trato con Eric, si vuelvo del trabajo y no me han desaparecido los muebles, la ropa, los zapatos, los bolsos… creo que tendría que poner también un candado en el armario.
Tengo que enfocar esto desde un punto positivo, ¡ahora mismo soy una heroína! Aunque sólo lo sepa Sharon. Y bueno, no es que Peck se lo merezca, pero he hecho algo muy valeroso. También he hecho lo que pensaba que era mejor, sin pensar demasiado en lo qué dirán los demás. Ha sido decisión mía. Sólo mía. De mi cabeza, de mi criterio. Desde mi corazón, por compañerismo, por amor al prójimo, por… ¡¡¡Dios mío, pero qué he hecho!!!


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