Capítulo 2

Miércoles, 8:35 a.m.

  • Llevar coche al taller.
  • Limpiar tapicería, aspirar, cubrir con cal viva.

Cierro la libreta y avanzo cinco centímetros hacia adelante en el atasco. Vuelvo a abrir la libreta:

  • Leche de soja.
  • aceite de coco.
  • barritas insípidas.

Agarro el teléfono móvil y escribo un mensaje de texto a Sharon:

Aún no he llegado a la consulta, sigo en el atasco. En cuanto salga del médico te aviso.

La contestación de Sharon no se hace esperar:

¿Cómo es que de repente te ha dado por hacerte análisis? No entiendo nada ¿tanto te aburres en la oficina?

Sabía que esquivar a Sharon no iba a ser tarea fácil, pero me mantengo firme y continúo con la mentirijilla. De ninguna manera se puede enterar de lo que pasó ayer por la tarde en mi coche.

Ya te lo he dicho, se me cae mucho el pelo. Si hubieras visto el desagüe de mi ducha esta mañana, no me harías esa pregunta. Llegaré a la oficina lo antes posible, te lo prometo.

De repente y como por obra divina, los coches se mueven por fin con fluidez, lo que me permite llegar a la clínica antes de que acabe el año.

Tras solicitar una analítica exprés completa y aguantar con buena cara el mismo comentario de siempre: “¡qué bien se ven tus venas!”, lo que viene a ser lo mismo que si te dicen que se te ve el relleno a través de tu piel de zombi añejo, vuelvo a la oficina con tres irónicos pinchazos de más en el brazo. Siempre tiene que tocarme la enfermera que ve la vena pero que le da estocadas como quien busca el regalo del roscón de reyes con un mondadientes.

Sharon entra en mi despacho en cuanto su oído de lobo escucha a Patricia darme los buenos días. Entra como Pedro por su casa, como siempre, y se apoya con las dos manos en mi mesa, meneando el trasero de un lado a otro.

—Me alegra ver que aún no pareces John Malkovick. ¿Qué te ha dicho el médico?

—Me han hecho análisis varios. Supongo que será falta de alguna vitamina, pero soy una hipocondríaca, tengo que comprobarlo, ya me conoces. No quiero que me salga una criatura peluda de las tuberías… ¿Has visto esas bolas que corren por el desierto? Mi salón pronto estará lleno de ellas como continúe así…

—Estepicursores.

—¿Estepi qué?

—¿Vas a decirme la verdad?— pregunta levantando una ceja.

—¡Esa es la verdad!

—Ya.

—Cambiando de tema, Sharon, tengo que contarte algo, pero siéntate. Es una noticia estupenda.

Sharon se sienta lentamente en una silla frente a mi escritorio. Hago como que no detecto su desconfianza y continúo con mi estrategia:

—Ha llegado a mis manos un contacto muy especial. Se trata de una joven que bien podría ser modelo, una maravilla, lo tiene todo, es inteligente, culta, elegante, trabajadora, guapa, es una mujer fantástica. Pues bien, esa joya está libre y dispuesta para trabajar en un puesto digno de alguien como ella. En algo que sepa explotar sus múltiples cualidades en su beneficio y el del lince que la contrate.

—Ya.

—Ya ¿qué? Me sorprende que no te des cuenta de la oportunidad que tienes frente a tus ojos. Ella sería, por ejemplo,  una promotora excelente de cualquier firma de cosméticos o moda.

—¿Sabes lo que veo yo delante de mis ojos? Una gran publicista que no sabe mentir. Ironías de la vida.

—¡Sharon, despierta! No te estoy mintiendo. No seas boba. Hazme caso, entrevístala, no te arrepentirás. Quizá te pueda hacer un hueco hoy…

—Lo siento cariño, hoy imposible, estoy muy liada. ¿Has preparado la reunión de las seis y media?— pregunta incorporándose como si quisiera salir disparada de mi despacho.

—Sí, claro, pero déjame que te dig…

—Bien, pues haz lo posible por terminarla cuanto antes. Hoy no te vas a librar…— Me interrumpe. Saca su bolígrafo y anota algo en un post-it que pega en mi calendario de mesa: “quedada con las chicas en el bar. No te escaqueas”.

—¿Esta noche, Sharon? Estoy cansada…ya sabes que los miércoles nunca estoy de humor y tengo que ir al gimnasio…

—No estás nunca de humor y nunca vas al gimnasio. Tomarte algo te sentará bien y además no hemos celebrado el éxito indiscutible de la presentación del Panther. Estuviste genial…

—No quiero ir, Sharon, me apetece quedarme a casa.

—¡¡Pero cómo puedes ser tan aburrida!! ¿No tienes sangre en las venas? ¡Sal, tómate algo, haz un poco el loco! Ven con nosotras, hace siglos que no sales ¡Por Dios! ¿Cuánto hace que no te tomas una copa? Desconecta, Irish. Peck nos espera en Cardigans.

—¿De verdad quieres convencerme usando a Peck de cebo?— contesto desencantada.

—Ella está deseando verte.

—Claro que sí— respondo sarcástica.

—¡Está bien, entonces hazlo por mí!— insiste ella.

—Si quieres que vaya a Cardigans tienes que entrevistar a Natalie.

—¿Qué? ¿Natalie?

—Se llama así. Natalie— recalco con cierta solemnidad.

Sharon se mete en la boca su bolígrafo Mont Blanc, mordisqueándolo ligeramente.

—¿Cómo puedes ser tan oportunista?

—¿Aceptas el trato o no?

—Muy bien, muy bien…— dice malhumorada, volviendo a tomar asiento —¿Qué es? ¿Una vagabunda, una puta, una desempleada desesperada, una madre soltera, una ex convicta, una inmigrante ilegal?

—Era camarera en una estación de servicio…— confieso con la cara más enternecedora que puedo poner.

—Vaya, tu última adquisición.

—No es una adquisición, Sharon, es una persona, una amiga. Y deberías haber visto cómo la trataba el gordo ese asqueroso que tenía como jefe. La chillaba, la infravaloraba, la…

—Irish, no utilices el chantaje emocional— Me corta —convénceme con más elegancia de por qué tengo que entrevistarme con esa tía.

Se levanta de la silla y se tumba en mi sofá como acostumbra a hacer.

—Vale, vale, mira, es guapísima, es educada, sabe tratar al cliente. Ehm…, habla bastante bien, es…graciosa…

—Apenas la conoces ¿verdad?— dice Sharon con gesto de aburrimiento supino.

—¡Sí que la conozco!

—Bien. ¿Y por qué la echaron de la prestigiosa estación de servicio?

—No la echaron, se fue ella.

—Empiezo a impacientarme…

—¡Vale, fue culpa mía!

—¡¡¡Jaaaaaaaaaaa!!! ¡vamos, Irish, tu nariz!

—Está bien. Me tiró un café encima y me achicharró las piernas…

—¡Guau, qué portento de chica! ¡Es verdad que tiene un gran trato con el cliente!

—Sharon, por favor. Iré esta noche con vosotras si le concedes a esa chica quince minutos de tu tiempo.

Me mira con sus ojos heladores. Hace su clásico gesto con la boca típico de cuando tiene una idea.

—¡Anda, pesada! Dile a esa tía que venga a las 8:30 de la tarde. Tiene quince minutos, ni uno más. Ya le estás dando instrucciones para que no me haga perder el tiempo.

—¿Pero le digo que venga aquí, a WTP?

—¡No, no, no, claro que no! Será, mmm, en el centro comercial.

—¿Allí, Sharon?— pregunto alucinada.

—Sí…allí estará bien, ¡ah y otra cosa! Tú tienes que ir con ella.

—Ya, y luego hacerte compañía mientras miras zapatos ¿no?

8:16 p.m.

Sharon se despide con la mano desde su precioso Lotus Evora. No puedo entender que diga que conducir un coche de su propia empresa le sea como tener una pareja de esas que se quieren meter contigo en el cuarto de baño. Nuestros coches son una joya y muchos de sus prodigios tecnológicos han sido diseñados por ella misma… Supongo que es otra más de las excentricidades de Sharon.

El Evora desaparece a la velocidad de la luz y yo me quedo como una boba mirando cómo se aleja.

Sé que las chicas se van a mosquear por no llegar a la hora prevista, pero tengo que llevar el coche a limpiar cuanto antes. Tengo que eliminar cualquier resto que demuestre que la tarde de ayer existió. Llegaré más tarde a Cardigans…¡Qué pena me da! Voy a perderme la mitad de las bromas pesadas de Peck y buena parte de sus monólogos eróticos. Con suerte volveré hasta con ganas de cenar.

8:43 p.m.

—¿Sólo media hora?

—¡Sólo!

—Si es por tiempo, no se preocupen, no me importa esperar. Quiero que quede impoluto.

— En media hora quedará perfecto, señora.

— Pues límpienlo dos o tres veces. No tengo prisa.

—Sí, señora, lo que usted diga…— contesta el chaval del lavado de coches mirándome como si estuviera ennortada.

—¿Con dos veces será suficiente para matar todas las bacterias?

—Señora, es vapor. Esto lo achicharra todo, con una vez que lo limpie será…

—Dos veces entonces— respondo convencida.

—Bien, pues vuelva dentro de una hora.

Abandono el lugar e invierto la bendita hora en revisar el correo electrónico tomando algo en un Starbucks, con la felicidad de saber que este rato es para hacer mis cosas y no para escuchar a Peck. Después vuelvo al taller a recoger el coche.

El mozo y tres de sus compañeros me esperan sonrientes de brazos cruzados, como si estuvieran deseando volver a ver a la maníaca de los ácaros. Me importa un bledo. Si estos idiotas supieran el pasajero que se subió ayer ahí dentro, nunca habrían entrado a limpiar sin una escafandra en la cabeza.

—¿Quiere factura?— pregunta el chico más feo de todos, con una postura chulesca que hace que su escuchimizado cuerpecillo parezca una interrogación.

—No, gracias. Y pagaré con tarjeta.

—Como desee, señora. Como ve ha quedado muy limpio… ¡Ah! Tenga. Esto estaba debajo de uno de los asientos— dice el feo entregándome una cadena plateada con colgante en forma de cruz.

—¿Está seguro se que eso estaba en mi coche? No es mío…

—Seguro. Si no es suyo, puede que fuera de alguno de los microbios que antes vivía en su coche, pero le aseguro que si es así, ahora esta muerto, así que no creo que le importe que se lo quede.

—Siendo así…— murmuro.

—Puede estar tranquila. La vaporeta le pasó por encima unas cuantas veces, fijo que no tiene gérmenes— añade el feo número dos.

—¡Démelo!— exclamo arrebatándole el colgante al feo número uno, cansada ya de tanto pitorreo.

Vuelvo al coche una vez recupero mi tarjeta y conduzco hasta Cardigans pensando qué debería hacer con el colgante. Lo más lógico sería tirarlo a la basura donde nadie jamás pueda encontrarle una relación con mi persona. Por otro lado y al tratarse de un símbolo religioso, algo en mí me impide deshacerme de la cruz de una forma tan poco ortodoxa. Mi madre se llevaría las manos a la cabeza sólo de pensar en desechar una cosa así como si fueran las mondas de una naranja. Con lo supersticiosa que era, me hubiese peinado entera con ramas variadas durante horas para alejar de mí el mal rollo que pudiera atraer tal pensamiento. Por desgracia, la superstición es una de las pocas cosas que aprendí de mi madre y esa, creo, es la razón por la cual la cruz no puede ir directa a un contenedor.

Ahora no hay tiempo para deliberar, casi he llegado a Cardigans. Esconderé el colgante debajo de la alfombrilla de mi asiento para que nadie la vea y después pensaré lo que hago con ella.

9:32 p.m.

Cardigans. Uno de esos café pubs con cuidadosa ambientación inglesa, especialmente pensado para gente de negocios con buena posición económica, pero donde la clientela se mezcla disimuladamente pudiendo encontrar dentro desde un experto en control de ventas desahogándose a base de pintas con otros tipos trajeados, hasta gente bonita no tan posicionada que espera ver una breva caer.

Desde luego, no es la gente lo que más le gusta a Sharon de este lugar, sino poder beber copas en un lugar limpio, donde saben bien quién es ella y ningún humano se acercará a dirigirle la palabra.

Desde luego, que el local esté justo delante del edificio donde vive, también es un gran aliciente.

La débil luz cálida de las lamparitas del pub se adivinan fácilmente desde el exterior. Nada más cruzar la puerta, detecto la inconfundible cabellera rubia de Sharon. Ella también me reconoce y hace un gesto discreto con los dedos con los que sujeta la copa del gin tonic que se está bebiendo. Al acercarme más, puedo ver a Peck sentada a su lado riendo como Cruella de Vil.

—¡Irish, querida, dichosos los ojos!— grita exagerada. Se levanta de su asiento y se acerca a mí con las manos colgando como si las hubiera desenchufado del resto de su cuerpo. Imposible no acordarse de los zombies del vídeo de Thriller al ver esa pose.

Da dos besos al aire a escasos centímetros de mis mejillas, que adorna con un “pus pus” de forzado acento sueco. Me pone los dedos sobre los hombros como si acabase de pintarse las uñas y saca morritos para decir alguna tontería.

—Mmm…¿Por qué has tardado tanto? ¿es que no quieres ver a tu amiga Peck?

—Lo siento, tenía que atender un asunto importante de trabajo— me excuso.

Me siento frente a Sharon, que me mira mosqueada por encima de su copa mientas remueve el líquido con la pajita.

—¡Por favor, tanto trabajar, pareces un huelguista japonés! No sé cómo lo aguantas…— exclama Peck entre estúpidas risitas. Se sienta junto a Sharon sin quitar la sonrisa maliciosa de su rostro.

—¿Trabajo?— pregunta Sharon —Lo tuyo no es normal…

—Fuiste tú la que me enseñaste a ser responsable y la que me dejó muy claro que si no me tomaba este trabajo en serio me echaría a la calle sin miramientos.

—Pero si ya habías salido del trabajo, ¿qué iba a reprocharte?— protesta Sharon.

—Dejemos de hablar de tonterías— dice Peck —tengo cotilleos muy jugosos recién llegados del salón de belleza. ¿Sabéis quién es Bob Salas?

—¿Quieres decir que has ido a trabajar a tu salón de belleza las últimas semanas? ¡Sorprendente!— respondo con sarcasmo.

—¡No! Me lo han dicho las niñas. ¿Sabéis quién es Bob Salas o no?— contesta ella sin sentirse lo más mínimamente ofendida por mi puya.

Pocos segundos pasan cuando me canso de escuchar a Peck y filtro su voz en mi cerebro. Sharon me escanea en silencio como hace con cualquiera que tenga a su vista, como si tratara de leer mis pensamientos.

Incómoda, giro la cabeza para no mirarla y entonces tengo una visión apocalíptica que no me quiero creer.—¡Seh!— exclama con cara de mala.

—Eres una lista…

—No alargues la reunión de hoy, no te servirá para librarte.

—De acuerdo— acepto resignada.

Un instante después, oigo el pom de la puerta de mi despacho al cerrarse y Sharon ha desaparecido de delante de mis narices.

Con un par de vasos en cada mano, una figura terriblemente familiar se detiene junto a nuestra mesa, donde deja los refrigerios. Me mira sorprendido, pero seguro que a él no se le ha helado la sangre como a mí. El loco de la moto arquea las cejas y entreabre la boca como si hubiese reconocido a una vendedora de la teletienda en mi ser. Yo me siento como si me hubiera atragantado con un balón de baloncesto, sin aire, sin potestad sobre mi mandíbula inferior.

—Querida,— resuena el eco de la voz de Peck en mi cráneo vacío —este bombón es Eric. Mi animalito de compañía.

Mi cabeza se vuelve hacia Peck. Ella me mira con cara de zorra insatisfecha.

—Cierra la boquita, chéri. Van a entrarte las moscas— añade Sharon, la diablesa.

Parte del riego me llega al cerebro y cierro la boca, pero entonces son los dedos de mis pies los que se quedan agarrotados dentro de mis zapatos. Siento que van a salirse por la puntera y se van a clavar en el suelo.

Me encomiendo mentalmente a todos los dioses, santos y beatos que conozco, para rogarles que el loco de la moto no me delate. También formulo innumerables tratos obsesivo compulsivos con las fuerzas superiores, con el karma, con el altísimo, con cualquier cosa que pueda hacer que ese tío mantenga la boca cerrada, y con ello, mi reputación y mi honor intactos.

El chico sonríe y me saluda con un “Hola” discretito. Se sienta frente a Peck y Sharon, o sea, junto a mí. La tensión hace que me estire como un cirio en mi asiento, que coloque mi bolso sobre mi regazo y lo agarre con fuerza con las dos manos y que comience a tener sofocos.

—Veo que te ha gustado tanto como a mí. ¿No es maravilloso? Le conocí hace prácticamente un mes y desde entonces no le he dejado respirar.

—¿Qué? ¿Y qué hay de tu marido, Peck?— pregunto.

—Por ahí andará, peinándose la barriga…— contesta aburrida —menos mal que Eric me entretiene mucho, mucho, mucho…

—Pero…¿sois amantes o qué?— vuelvo a preguntar exaltada.

—No, Irish. Eric es un puto— responde Sharon tranquilamente.

— ¿¿Qué??— grito.

—¡Un puto!— repite Peck. —¡Hija, ni que fuera el primero!

—Ya sé lo que estas pensando— dice Sharon convencida. —¿Por qué un portento como este no se ha metido a actor porno o algo por el estilo? ¿Mmm? No sé la razón, pero me alegro de que haya tomado la decisión de estar al alcance de las amateurs. ¿Tú no? Está buenísimo…Ahora ya sabes por qué Peck llevaba tanto tiempo sin quedar con nosotras.

—¡Ah!, ¿pero que tú también?— suelto anonadada.

—Pues claro, no soy estúpida… ¡Ni ciega! Voy a aprovechar esta oportunidad. Además, dice ser un chico discreto, así que si tú quieres también…

—¡Sharon, no!…o sea, Eric, no es por ti…es que no es mi rollo ¿me explico?— aclaro nerviosa.

—Ya, vale, no me ofendo— contesta sonriente el loco de la moto. Su respuesta genera un silencio incómodo que parece durar cien años.

—Y…¿a qué te dedicas? ¡No, no! Eso ya lo sé. Mmm…¿eres de aquí? — corrijo con rapidez.

—¿Yo…? Sí, sí… De Nueva York.

—Bueno qué— interrumpe Sharon, —¿es que no vas a contarle a Peck tu nuevo proyecto social?

—Sharon, no te cuesta nada buscarle un trabajo a Natalie. Es sólo un momento y le habrás arreglado la vida— protesto.

—Oh, no. ¿No me digas que has recogido algún despojito por ahí?— dice Peck escandalizada.

Decido ignorar el estúpido comentario de Peck. Le quito la vista y agarro violentamente la carta de picoteo.

—¡Comamos algo!— grito como si le hablara a una tropa de mil hombres. —¡Esto! ¡bocaditos de queso de cabra con salmón ahumado!.

—¿Algo ligerito, cariño?— pregunta irónica Sharon. Luego hace un gesto al camarero, que viene de inmediato, y pide mi calórico caprichito. Al menos he logrado desviar el tema de Natalie. Ya tengo bastante con que el loco de la moto esté sentado en la misma mesa que yo.

—Te noto un poco nerviosilla, Irish.— dice Peck caracabrona. —Intenta relajarte un poco y vete acostumbrando a la gente guapa. Ya sabes que dentro de nada es mi cumpleaños y quiero que lo pasemos en grande…nosotros cuatro.

—¿¿Cómo?? ¿Este…chico también viene?— vocifero alucinada .

—Naturalmente— responde haciendo sitio en la mesa para la enorme bandeja de queso con salmón que pretende aterrizar. —Yo, sin mi salvaje animalito, no voy a ningún lado ¿verdad que no, mi león?

—A ninguno, Peck— contesta el loco de la moto con una mirada lasciva en su rostro. Peck entorna los parpados y enseña los dientes. Le pasa la uña de su dedo índice por los labios al chaval y gruñe. Gruñe mucho.

La vergüenza que me produce la visión me obliga a buscar una manera de terminar con ella cuanto antes. Cojo la bandeja de queso con salmón y se la pongo al loco de la moto justo delante de la cara.

—Toma, coge.— digo rápidamente.

—Mira lo que tenemos aquí, qué cosa más mona— dice él mirando el queso y desviando después la vista hacia mí, lenta y descaradamente. Siento la tentación de subir la bandeja y pringarle la nariz de queso de cabra, pero me contengo. No quiero despertar a la bestia.

Claramente ese gesto ha sido amenazante por su parte. Él tiene la información y por tanto tiene el poder.

El loco de la moto se zampa un par de bocaditos de queso, uno tras de otro. Come como un puerco y luego se chupa los dedos el muy tío marrano. Peck disfruta de cómo su fulano se alimenta y aprovecha para darle de comer otro bocadito directamente en la boca.

Procuro no vomitar y quito la vista de ambos. Entonces me cruzo con los ojos de hielo de Sharon que me estaban haciendo un meticuloso escáner sin que yo me diera cuenta. De un sobresalto vuelvo a meterme en el papel de “¿yo? Yo a ese tío no le conozco de nada”, esperando que no sea demasiado tarde como para que ella se haya percatado de algo.

—¿Qué miras?— Pregunto de una forma más tosca de lo que pretendía.

—Yo no miro nada, cariño. Yo veo— contesta Sharon haciéndose la intensa, dándole un sorbo a su gin tonic.

—Pues no hay mucho que ver ¿no crees?— respondo zampándome de una tacada un bocadito de queso.

—No estés tan enfadada, Irish. Trata de disfrutar— dice con segundas.

—Ya sabes que no disfruto, Sharon. A mí esto no me va. Tengo cosas que hacer en casa, me estoy saltando el régimen, debería haber ido al gimnasio, el gato no ha comido y le dará por morder las plantas.

Recojo mi abrigo apresuradamente con la firme intención de marcharme.

—¡Venga Irish! ¿ya te vas? Ni siquiera te has bebido una copa…— protesta Peck.

—Pues no y no me la pienso beber. He venido en coche y si tú también lo has hecho, no deberías conducir.

—¡No! A mí me lleva mi animalito en su moto ¿a que sí, Eric? Así le puedo ir metiendo mano por el camino.

Me pongo el abrigo y me cuelgo el bolso del hombro, pero justo cuando me dispongo a despedirme, el loco de la moto se atreve a dirigirme la palabra:

—No creo que te pase nada por tomar una copa. Seguro que conduces fenomenal.

Me lamento de no ir armada con un espadón como en la antigüedad, hacer rodar su cabeza hasta la alcantarilla más próxima y que ésta fuera devorada por los cocodrilos de las cloacas de Manhattan. Trocearía su cuerpo en picadillo y se lo daría de comer a Peck en un ceviche. Me encantaría satisfacer la enfervorizada tentación de llevar a cabo mi plan  pero, dada la carencia de medios, me consolaría con quitarle la sonrisita de la boca de un puntapié.

—¿Has aparcado cerca, cariño?— pregunta Sharon a sabiendas de que estoy a punto de estrangular a alguno justo antes de largarme de Cardigans.

—¡¡Muy cerca!! ¡¡Adiós!!— grito enfadada.

—Uff, voy a mover la moto por si acaso— masculla Eric poniéndose la cazadora de Matusalén.

—¿¿Cómo??— chillo con indignación— ¡para qué vas a mover la mierda de la moto!

—Sí, Eric, ¿para qué vas a mover la moto?— pregunta Sharon extrañada.

—Por si su sitio es mejor que el mío, claro…— dice él hecho un chulo mierda.

Para cuando termina de hablar, yo ya estoy saliendo de Cardigans como un basilisco.

El loco de la moto me sigue hasta el coche y me alcanza. Mis insultos a gritos para que se aleje, sirven más bien de nada.

—¡¡Qué haces aquí, imbécil!! Vuelve ahí dentro, tú no conoces a Sharon, se da cuenta de todo ¿entiendes? Va a sospechar algo.

—¿Qué pasa? Es que acaso no quieres que tus amigas sepan que tú y yo hemos follado en el asiento trasero de tu coche de pija?

—¡¡Yo soy una persona decente!!

—Muy decente. Eres una monja.

—¡¡Si cuentas algo de lo que ocurrió a alguien, nadie te creerá, eso para empezar!!

—¿Por qué? A mí no me pareciste tan casta y pura ¿es que tienes a todo el mundo engañado?

Agarro la pechera de la cazadora del loco de la moto con todas mis fuerzas y acerco su miserable cara de cabrón imbécil a la mía. Le hablo poniendo tanta fe y tanta fuerza en mis palabras que siento que mi propia sombra podría asesinarle por la espalda.

—Juro por mi vida que como digas algo a alguien te mataré de la manera más lenta y dolorosa que jamás se haya hecho, ¿comprendes maldito bastardo asqueroso? Haz como si nada hubiera ocurrido. Esa tarde no existió, tú y yo no nos conocemos de nada. Yo arañé la aleta de mi coche contra la columna del garaje y tú rompiste tu retrovisor al caer en una canaleta mientras mirabas las piernas a una choni de tu barrio ¿entendido, loco endemoniado?

El desgraciado me mira impasible para desesperación mía. Frunce el ceño y sonríe.

—No te enfades tanto, nena. Te van a salir arrugas.

—¡¡Ahhh!! ¡¡Hijo de perra!!— grito llena de ira —¡desaparece, desaparece, desaparece de mi vista, de mi vida, del planeta!

Abro el coche y me meto dentro deseando pisar el acelerador y pasarle por encima al loco de la moto de camino a casa.

—Si te portas bien, tu secreto estará a salvo conmigo— suelta el muy hipócrita.

En ese momento recuerdo el colgante que se dejó en mi coche y pienso en lanzarlo lejos para que el loco vaya a por él como un perro y yo poder huir a otra galaxia lejos de él.

—¡¡Ahh!! ¿ves esto?— le digo meneando el colgante entre mis dedos como si le fuera a hipnotizar con él.

El loco de la moto cambia sorpresivamente su semblante. Los ojos se le iluminan como a mi gato cuando abro una lata de atún y se le dibuja una estúpida sonrisita en los labios.

—¡Mi cruz, ahí estaba!— exclama victorioso, momento que yo aprovecho para cerrar la ventanilla y dedicarle una maquiavélica mirada.

—¡¡Ahh!! ¿te gusta la crucecita, eh, cabronazo? ¡¡¡Pues si quieres volver a verla, más te vale mantener tu bocaza cerrada!!!

Piso el pedal del acelerador sin que me dé tiempo siquiera a escuchar la respuesta, probablemente energúmena, de Eric el bárbaro.

Llego a casa triunfante y de buen humor. Tanto, que le abro una lata de pescado al gato y yo le acompaño con una copa de vino para celebrar cómo cambian las tornas a veces en la vida.

Escondí después el colgante de la cruz en la caja de la persiana del salón, donde ni un sabueso podría encontrarlo y dormí sonriente entre mis sábanas de algodón egipcio.

Me encanta que los planes salgan bien.

Jueves, 8:15 p.m.

Muchos lo llaman suerte. Es una mujer con un intelecto prodigioso, gran relevancia en varios campos y por si fuera poco es rabiosamente bella. Cualquiera querría estar cerca de ella aunque fuera por conveniencia. Soy de esas poquísimas personas a las que Sharon no sólo aprecia sino que además me quiere mucho y no lo oculta. Su predilección por mí me halaga, para qué negarlo, pero que conste que eso de acompañarla a mirar zapatos durante horas no lo hago por beneficiarme de todas sus famosas bondades, sino por ayudar a la pobrecilla de Natalie, que necesita desesperadamente trabajar para ayudar a sus ancianos padres.

Sharon sabe que la quiero demasiado como para sacar tajada de su talento, al fin y al cabo ¿cómo iba a importarme algo así de una persona que ha cuidado de mí desde que era una cría y que me ha sacado tantísimas veces las castañas del fuego? Supongo que por eso, desde que me emancipé acostumbra a cobrarme este tipo de tarifas cada vez que le pido un favor. Me gusta pensar que lo que pretende es tratarme de igual a igual, aunque eso, en el caso de Sharon, con pocos seres humanos podría darse el caso.

Decido sentarme en la cafetería What’s up muffin! donde hemos quedado, hasta que las señoritas se dignen en aparecer.

Probablemente Sharon quiera darse importancia, como camino del altar, y llegar cinco minutos tarde.

Pido un té de frutos rojos y jengibre, lo más cool que he encontrado en la carta, pero cuando mi pedido llega a la mesa, los frutos rojos de la infusión son tan ácidos que se me pone cara de limón sólo con oler el caldo. Así me encuentra Natalie cuando se acerca a la mesa y me saluda emocionada. Se ha alisado el pelo, se lo ha recogido en una coleta y se ha pintado y vestido fenomenal. No parece la misma chica encrespada que encontré en la estación de servicio.

Le ofrezco mi té de frutos rojos pero discretamente lo rechaza al olerlo, tratando de ocultar la cara de mordida cítrica. De esa guisa nos encuentra Sharon a las dos pero, dentro de rol de perro de la Gestapo, se sienta en el sillón más grande y confortable que rodea la mesa sin gesto alguno en la cara, como si le aburriese cantidad el plan de las 8:30 y estuviera deseando pasar a la segunda parte.

—Hola— saluda sin más. Se cruza de piernas y me mira esperando a que haga las pertinentes presentaciones.

—Hola, Sharon. Ella es Natalie, Natalie, ella es la señorita Dubois, la persona de la que te he hablado.

—Buenas tardes, Natalie— contesta Sharon con cierta aspereza.

—Sharon, ¿prefieres que vuelva cuando acabéis la entrevista?— pregunto.

—¡No, no, Irish! Natalie es tu amiga, así que deberías hacer tú la entrevista.

Me quedo mirando a Sharon perpleja. Parece ser que está más aburrida de lo que pensaba y ha decidido que observar la escena es mucho más entretenido que hacer las preguntas a Natalie. No sé de qué me sorprendo…Le devuelvo una mirada cuestionadora de “¿Se puede saber a qué juegas?” Ella pone ojos de bruja y sonrisa camuflada. No tengo alternativa.

Natalie trata de entender algo de nuestra conversación de mímica. Sonrío como si no sucediera nada para tranquilizarla. Que no sospeche que Sharon estudia cada uno de sus movimientos como un velociraptor antes de darle caza. En venganza, acerco el té de frutas rojas al lado de Sharon para que su aroma apalee su pituitaria.

—¡Bien! pues vamos allá,— me coloco en la silla con naturalidad como si hiciera esto todos los días. Me vuelvo a Sharon una vez más y la llamo hija de puta con la mirada. Ella sonríe adulada.

—De acuerdo— contesta Natalie dulcemente.

—Natalie, ¿has traído tu curriculum actualizado?

—Ehm…sí. Lo tienes tú…eh…me lo imprimiste desde tu oficina esta mañana.— Dice un poco cortada.

— Ah…sí, claro. Aquí está, en mi bolso— confieso. Sharon me mira de reojo sufriendo vergüenza ajena.

Me hago la campechana sacando alegremente el curriculum del bolso y me detengo unos instantes a ojear los datos del documento.

—Vives en Brooklyn. ¿Tendrías algún problema a la hora de moverte por otros barrios?

—No tengo coche, pero me muevo muy bien en transporte público, nunca llego tarde.

Sharon sujeta su cabeza con una mano y tapa con un par de dedos parte de sus labios.

—Perfecto. Veo que tienes 23 años y llevas trabajando desde los 18. Háblame de tu experiencia laboral.

—Primero estuve en una hamburguesería de Brooklyn. Una de esas cadenas de comida rápida, muy cerca de donde vivo, estuve casi un año.

—¿Y por qué lo dejaste?

—Era un trabajo para ganar dinero para mis gastos, pero a los pocos meses mi padre enfermó y tuve que buscar un empleo donde me pagaran más para ayudar en casa.

— Aha, ¿y dónde fuiste después?

—Como no encontré nada y la hamburguesería no quiso volverme a contratar, repartí propaganda durante algunos meses.

—Aha. ¿Y después?

—Trabajé como azafata en una agencia.

—¡Ah, vaya! Háblame de eso— exclamo con la esperanza de que eso tenga una pinta más atractiva para Sharon.

— Trabajé en un supermercado. Repartí trocitos de queso fresco en salmuera en una ocasión.

— Ah…¿y nada más?

—¡Sí! Trabajé con otra agencia, también para un supermercado.

—¡Vaya!— suspiro aliviada —¿Y qué fue?

—Tenía que ir informando a los clientes acerca de un nuevo producto. Era un insecticida para cucarachas y yo iba disfrazada de aerosol.

Mi corazón se para.

—¿Y después del aerosol?

—Entré como aprendiz en una cadena de peluquerías muy importante aquí en Manhattan, pero…

Mi corazón late de nuevo.

—Sí, ¿qué pasó?

—No sé por qué, a la dueña no le gusté demasiado y me despidió sin darme el motivo.

—Y ¿cómo se llamaba esa cadena de peluquerías?— pregunta de pronto Sharon como una voz en off.

Lo que faltaba. Tomo aire. Esa pregunta no ha salido de la boca de Sharon gratuitamente. Sé por qué lo dice. Sé lo que quiere oír ¡Irish, tranquila, no es. No lo va a decir. No puede ser, Manhattan es enorme y…

—Se llamaba Peck’s.

Sharon me mira con cara de arpía antes de sonreír con satisfacción abierta y sinceramente. Mi cara debe ser un cuadro. Algunas carcajadas irónicas retumban en mis oídos y se clavan como monigotes en mi espalda el día de los inocentes.

Natalie nos mira sorprendida sin comprender lo que sucede.

—Natalie, tranquila. Verás, es que conocemos ese salón… y también conocemos a Peck, claro.

Ella pone cara entre decepción y tristeza.

—Pero eso no tiene porque interferir,— le explico con seguridad en mis palabras— continúa con tu experiencia laboral.

—Mi último empleo en una cafetería de carretera donde… bueno…

—¿Cuánto estuviste en Peck’s?— pregunta fríamente Sharon, incorporándose hacia delante en su sillón.

—Tres meses…— confirma Natalie temblorosa.

—Bien. Contratada— dice Sharon.

—¿Cómo?— pregunta Natalie tan anonadada como yo.

—Si ha sido capaz de aguantar tres meses a Peck, a mí me vale. Si te interesa vender maquillaje en un stand de un centro comercial, el puesto es tuyo.

—¡¡Claro, señorita Dubois, eso sería estupendo!

—De acuerdo. Recibirás una llamada del encargado con los detalles. Gracias por venir, Natalie. Irish, te veo luego. Ya sabes dónde encontrarme. Adiós.

Sharon desaparece rápidamente en su línea habitual. Natalie me mira con ojos pletóricos y se acerca a mí dando pequeños saltitos de emoción.

—¡¡Irish!! ¿cómo voy agradecértelo?

Contengo el impulso de dar saltitos con ella. Mantengo la compostura y sonrío formalmente.

—No tienes que agradecerme nada, hazlo lo mejor que puedas.

Sonríe de oreja a oreja, realmente parece estar muy ilusionada.

—¡Nadie me había hecho nunca un favor así, jamás lo olvidaré!— Natalie duda un segundo pero después me abraza con fuerza. —Llámame Nat— añade después.

—De acuerdo, Nat. No olvides contarme todos los detalles de tu nuevo trabajo ¿vale? Estaré encantada de saber de ti.

—Sí, claro, por supuesto. Te lo contaré todo.

—Ahora me tendrás que disculpar porque…bueno, Sharon me está esperando.

—¡Oh, sí, sí, claro! Estamos en contacto. ¡Me voy pitando!— exclama muy feliz. Se levanta y camina hacia la puerta de la cafetería sin parar de mirarme como si fuera la Virgen del Pilar.

—Nat, cuidado con la puer…

Seguramente el golpe contra la puerta seguido de otro contra el suelo se haya escuchado en todo el centro comercial. Nat se ha caído de culo pero se levanta de un brinco como si el suelo fuera magma. Inmediatamente después, me sonríe de nuevo, pero esta vez su cabeza es roja y tiene unos cuantos pelos fuera del recogido. Se ríe como si no se hubiese caído ella.

—¡¡Ayyyy!! Je, je, qué tonta. Bueno, no pasa nada, estoy bien, je, je— Natalie se rasca nerviosa la cabeza, se coloca la falda y se pone el zapato.

—¿Te has hecho daño?— pregunto con preocupación a la vez que la ayudo a adecentarse.

—¡¡No, tranquila, soy muy dura, ja, ja! Espero no haberle hecho daño a la puerta, ja ja. Bueno, adiós.

—¡Adiós!— me despido mientras la puerta se cierra lentamente al paso de Natalie. Entonces me quedo unos segundos haciendo balance de los últimos minutos. Después de pensarlo me arrepiento de hacer balances.

Me armo de valor para afrontar la búsqueda de stilettos dignos de Sharon Dubois. Al menos todo ha salido bien y ahora Natalie tiene un empleo. Sharon se ha ganado su recompensa.

Martes, 7:23 p.m.

Sharon conduce su Lotus a toda velocidad sin importarle cuántos coches se encuentren en su camino. Los sortea bruscamente, sin que le cambie el gesto de la cara ni el cigarrillo pegado a sus labios tiemble lo más mínimo.

Por suerte estoy acostumbrada a su temeraria forma de conducir, lo que me permite ir pensando en mis cosas mientras avanzamos entre pitidos e insultos.

—¿Estás cien por cien segura de que Peck estará en su salón de belleza y no por ahí de pingo? Mira que veo que aparecemos allí para darle la sorpresa y nos quedamos con un palmo de narices.

—Claro que sí, Irish, parece mentira que no la conozcas. Es su cumpleaños, habrá ido allí con el traje más estrafalario que tenga, ofreciendo champán a sus clientes, gritando y dando la nota, para sufrimiento de sus empleadas.

—Sí. Tienes razón— reconozco.

Sharon derrapa y los neumáticos chirrían. Un segundo después sale de su coche, le da una última calada a su finísimo cigarrillo y me mete prisa para que salga yo también del Evora. Así hago, admirando el estacionamiento perfecto que ha realizado.

Cruzamos la puerta de Peck’s y me invade la misma sensación de siempre, la de estar entrando en el mundo de Barbie Mega Guay, donde la música enlatada de secuenciador viciado y oh yeahs cercanos al orgasmo, vibra en cada esquina del moderno súper cool local de la pelirroja más pija de Manhattan.

Mi cara cambia drásticamente cuando encuentro a la mismísima Peck trabajando. Una de esas cosas que se ven pocas veces en la vida y no sin una buena razón detrás. Mi querida amiga le está le está haciendo un corte de pelo a un hombre que, por supuesto, tenía que ser el loco de la moto. Media melena a capas, la verdad es que está muy mono aunque se ponga un zurullo en la cabeza. Supongo que así lo piensan todas las mujeres del salón, que le miran con la misma lujuria que una jauría de perros frente a un lacón.

—¡¡¡Chicas!!!— grita escandalosamente Peck cuando nos reconoce. —¡Qué alegría!

—¡¡Felicidades!!— canturreamos Sharon y yo al unísono.

Pese a mis diferencias con Peck, me acerco a ella y le doy un cariñoso abrazo. Después canto el cumpleaños feliz. De reojo veo cómo Eric me mira con sonrisa maliciosa a través del espejo.

—Joyeux anniversaire !— exclama Sharon, que camina hacia ella con elegancia y abraza delicadamente a Peck dándole dos besos, uno en cada mejilla, costumbre francesa que no ha perdido.

—Merci beaucoup, chéri— contesta Peck con complicidad.

—¿Ahora resulta que hablan en clave?— pregunta Eric como para sí mismo.

—Sharon es parisina y Peck se crió en Quebec. Cuando eran pequeñas coincidieron en un colegio interno de París y desde entonces siempre han estado juntas— le aclaro por educación, un poco a regañadientes.

—Oh. ¿Entonces tú entiendes lo que dicen?

—Ellas me enseñaron francés y español cuando era pequeña.

Eric guarda silencio y observa la escena desde la silla de corte a través del espejo.

Luego posa su mirada en mi persona fijamente, sin hacer el más mínimo esfuerzo por disimular. Cuando se cansa de mi gesto condenatorio, me muestra una enorme sonrisa que me hace reír en contra de mi voluntad.

—¿Se puede saber qué miras?

—Me preguntaba si podría ver a través de esos ojazos— contesta tranquilamente.

—¿Ver qué?— respondo consciente de que el rubor en mis mejillas se acentúa cada segundo que sus preciosos ojos verdes se clavan en mi rostro.

—Lo que escondes como una ardilla por los rincones de tu madriguera— dice con gesto sosegado.

Me giro sin contestarle, dándole la espalda pero sintiendo su mirada todavía encima de mí, haciéndome sentir la chica más afortunada del establecimiento de reinas de la cirugía plástica. Me hago la sueca mirando cómo Sharon cuchichea con Peck mientras me recreo recordando el rostro del quinqui de Eric diciendo “ojazos”. ” Ojazos”, dice… ¡Ay! Eso se lo dirá a todas…

Sharon se da la vuelta y se acerca discretamente a Eric para susurrarle algo al oído. Inmediatamente salgo del trance en el que había entrado y no vuelvo a repetirme más a mí misma la pasada de boca que tiene el loco de la moto.

Intuyo, por la pinta que tienen los dos implicados, que Sharon le está proponiendo un trabajito a Eric, tal y como dijo que haría hace unos días. Tras un par de segundos que tardo en situarme, vuelvo en mí.

¿Pero qué hago? ¿Estoy poniéndome tontorrona con el loco de la moto? ¿Es que quiero acabar otra vez en el asiento trasero de mi coche con el compañero sexual a sueldo de Peck? Debo haber perdido la cabeza.

Sharon hace el amago de alejarse de Eric y me guiña un ojo que pone la guinda a su cara de satisfacción.

—¿Me dejarías tu móvil, rubia?— Pregunta Eric.

—Sí…claro— contesta Sharon sorprendida.

—Si me marcas este número, ya me haces el favor completo…— añade él, entregándole a Sharon un papelillo hecho un asco que llevaba metido en el bolsillo de sus pantalones. No me gustaría estar en la situación de Sharon y tener que tocar ese trozo de papel sin unos guantes de látex que me cubran hasta el codo.

—¿Qué pasa, es que vives en el pleistoceno?— pregunta Sharon medio en broma. Por lo visto ella no cree que la ropa de Eric sea un nido de bacterias aún sin catalogar.

Para mi tranquilidad, Eric, más amable que de costumbre, le recita de memoria el número apuntado en el papel y cuando Sharon le devuelve el móvil, ya dando señal de llamada, el chico se resguarda en una esquina del salón de belleza pensando que no vamos a escuchar la conversación con su misterioso interlocutor.

— ¡Hey! Soy yo. ¿Qué tal lleváis el viaje? Sí, desde el móvil de la amiga de Peck. Sí. No, de la rubia. Iré el viernes con ella. La rubia. Vale, sí, no grites tanto. De la amiga de Peck. Sí, el viernes. El viernes. Oye ¿arreglasteis la furgoneta entonces? ¿Eh? No te oigo. El viernes. Sí, ya te lo contaré, te llamaba para decirte que cuando vuelvas no estaré en casa. No lo sé. ¿Qué…? ah, no sé, cuando termine voy. En la moto. ¿Hola? En la moto. Es mucha pas…¿Eh? ¿Oye? Es mucha pasta, te digo. Sí. Venga, no seas plasta… Sí. El viernes, coño, el viernes ¿me oyes? Vale. Oye, no te oigo…

Reina silencio en el corrillo de cotillas que formamos Sharon, Peck y yo, no sea que se nos escape una onda de las orejas.

—Espero que la sorda no sea su madre y que no le esté pidiendo permiso para salir…— piensa Sharon en voz alta.

—¿Y si es su novia?— pregunto.

—Le ha dicho que se iba con la rubia, sería una novia muy liberal ¿no?— replica Sharon.

—¿Su…primo?— sugiero.

—Creo que es su hermano. Algunas veces habla con él. Yo me lo imagino como la madre de Carrie, pero en tío— confiesa Peck.

—¿Por qué tanta gente te recuerda a la madre de Carrie, Peck?— se cuestiona Sharon volviéndose hacia ella.

—¡No es cierto, sólo el hermano de Eric, mi hermano y el tuyo, Sharon!

—Bien, ¿por qué los hermanos te recuerdan todos a la madre de Carrie?

—Tampoco es verdad, el hermano de Irish no me recuerda a la madre de Carrie. Ese me recuerda más a Chucky.

—¡Pero si tú ni siquiera conoces al hermano de Irish!

—Tampoco conozco al de Eric y algo me dice que es huraño y fanático como la madre de Carrie…

—Menuda estupidez. Lo más seguro es que esté hablando con algún representante o algo así…—refunfuña Sharon.

—¡Es un puto, no Humphrey Bogart!

—¡¡Pues será su especie de chulo, Peck!!

—Claro que sí, esa masa musculosa de casi metro noventa, con pinta de atracador de cajeros, seguramente necesite a alguien que le proteja de sus clientes!

—Desde luego, yo me haría proteger si diera con alguien como tú…

—Daaah, chorradas. Es su hermano, seguro. Además siempre que habla con él se lía a dar gritos. Tiene que estar como una tapia— contesta Peck.

—¿Entonces has quedado con él el viernes?— pregunto saliéndome de contexto, pero en ese momento Eric termina la llamada y vuelve con nosotras.

—¿Todo sigue en pie?— pregunta Sharon al tiempo que recupera su teléfono móvil. Eric asiente con la cabeza.

—De acuerdo— dice Sharon volviendo a su habitual pose altiva. —Sé puntual y discreto. No quiero que le digas a nadie más lo que vas a hacer ni quien soy. Si lo haces me enteraré y no creo que sea bueno para ti enemistarte conmigo.

Tras la advertencia estilo Chuck Norris, Sharon le escribe su dirección en un papel, pues ese parece ser el método de organización preferido por el chaval. Lo dobla, se lo entrega y él se lo guarda en el bolsillo trasero de sus vaqueros.

Por la cara que se le ha quedado a Eric después de su breve conversación con Sharon, diría que se siente incómodo. Confirmo esa impresión cuando se dirige al perchero a recoger su cazadora para largarse.

—¿Ya te vas?— pregunta Peck.

—Sí, tengo cosas que hacer.

—Adiós bombón— se despide ella rozando su nariz contra el pómulo de Eric, a falta de lamerle con una lengua viperina.

—El viernes veremos si de verdad vale lo que cuesta— dice Sharon en cuanto cree que Peck y el loco de la moto no la oyen. —Irish, es el momento del regalo. Vamos a movernos antes de que Eric se vaya por si  Peck quiere llevárselo al Plaza.

—¡Tienes razón!— exclamo.

Saco mi lado artístico—payaso—presentadora de tv show:

—¡Bueno, bueno, Peck! Es el momento de ir a por tu regalo de cumpleaños…pero para eso, primero tenemos que ponerte esta venda en los ojos.

Hago aparecer como por arte de magia un pañuelo de mi bolso y lo agito para darle protagonismo. En realidad no sé si Peck se merece tanto esfuerzo escénico por mi parte, puesto que no lo sabe apreciar. No obstante, continuo con la chorrada pese a tener de espectador al loco de la moto, que no ha dudado ni un momento en darse la vuelta para ver qué tramamos, mientras se abrocha lentamente esa cazadora suya del año del plátano.

Le hago un gesto discreto para que nos siga. Seguidamente vendo los ojos con cuidado a Peck para no estropear su maquillaje y la acompañamos después hasta el coche de Sharon en medio de un espectáculo propio de un reality de los profundos. Aunque Peck muchas veces me dé cien patadas en la boca, reconozco que me lo estoy pasando en grande y estoy deseando darle su regalo.

—¿Qué es, chicas, qué es? Me tenéis en vilo.

—Ahora lo verás, no podemos decírtelo, es una sorpresa— canturreo.

—¡Madre mía, Irish! — grita Sharon de repente.

—¿Qué pasa?— pregunta Peck desconcertada.

—Mira quien viene por allí— susurra Sharon en mi oído señalando al frente con un gesto de su barbilla. Toda ella comienza a ponerse como un tomate. Aprieta los labios intentando disimular el estallido de su risa. Al descubrir lo que Sharon trata de decirme, no puedo evitar soltar una carcajada un poco modo aspersor. Por suerte no he regado a nadie. Peck, por descontado, se empieza a mosquear.

—¿Chicas, qué pasa?

Sharon aparta a Eric disimuladamente y él retrocede sin rechistar.

—¡Felicidades bomboncito!— chilla el marido de Peck nada más reconocerla desde lejos. Le planta un beso fuerte y baboso en los morros a su esposa.

Una mueca de desconcierto y decepción se adivina perfectamente en el trocito de rostro que se puede ver de Peck.

—¿Charlie?— pregunta ella al aire, con la nariz arrugada.

—¡Pues claro, soy yo, pichurrina mía!

Tras unos segundo de asimilación, Peck torna en algo parecido a un orco y grita con un chorro de voz grave y distorsionada que sale directa de lo más hondo de sus entrañas:

—¡¡¡Hijas de la gran puta!!!

—¡Oh, qué romántico Charlie, si le has traído rosas!— añado al guiso provocando la furia descontrolada de Peck. Ya iba siendo hora de que me cobrará todas las bromitas pesadas que me gasta ella cada dos por tres.

—¿Y dónde coño está mi regalo, chicas? ¿Es esto? ¿Esto me vais a regalar?— pregunta histérica Peck sujetando las rosas del marido como si llevara un kilo de peras en la bolsa de la compra, tratando de quitarse sin conseguirlo el pañuelo que le tapa los ojos.

—¿Que dónde está?— dice Sharon. ¡En una maravillosa Suite presidencial del Hotel Plaza, donde tú y…Charlie, claro, podréis disfrutar de un fantástico fin de semana romántico y desatar vuestra fogosa pasión!

Peck se queda muda y con la boca abierta. Si fuera una llama, escupiría. Pero la ley del karma ha hecho hoy su trabajo. Sé que Peck está en este instante visualizando nuestra muerte y descuartizamiento. Puedo notar el odio y la rabia que emana su cuerpo como un humo negro maléfico, pero tiene que disimular delante de su marido, si no quiere que el muy cretino acabe dándose cuenta de que más que su esposo, es su línea de crédito abierta. La muy hipócrita pone la más falsa de sus sonrisas que sólo Charlie es capaz de creerse. Se vengará de nosotras, pero ha merecido la pena.

—¡Muchas gracias por el regalo chicas, esto es mucho mejor que la fiesta que tenía pensada! ¡Lo tendré en cuenta para vuestro cumpleaños!— vocea Peck girándose hacia donde cree que está Sharon. Susurra un “zorras” que, por supuesto, cae justo sobre la oreja de Charlie.

—¿Por qué las llamas zorras?— pregunta él.

—…Porque estas chicas siempre están pensando en lo mismo. Qué regalo más lujurioso, no sé por quién me toman… ¡Venga sube al coche, rápido!

—¡Ay, voy, voy!— protesta el tipo.

Peck empuja a su marido para que se mueva. Éste abre la puerta del Lotus Evora de Sharon, mete a Peck a trompicones dentro del coche y luego se mete él con torpeza.

Sharon está disfrutando como una niña pequeña. Se gira para mirarme con una sonrisa perfecta en el rostro y antes de meterse en el coche para llevar a los tortolitos a su carísimo nidito de amor, se acerca hasta Eric asegurándose de apartarle una vez más del campo de visión de Charlie.

—Al parecer los planes han cambiado, chico. Peck va a pasar la noche con eso que ella llama marido y por lo tanto tú quedas libre. Te propongo adelantar la cita del viernes, ¿quieres venir hoy a casa?— le sugiere Sharon tan dispuesta como una gata en celo.

—Por mí está bien— contesta Eric sin más.

—Te espero en mi casa a las diez. No olvides todas las instrucciones que te he dado.

Sharon se aleja de él, me guiña un ojo y vuelve a su coche para sentarse frente al volante, pisar el acelerador y desaparecer a una velocidad obscena.

De pronto me doy cuenta de que estoy sola de nuevo con el loco de la moto y me da por pensar, a pesar de los calores, que al tío quizá le dé por abalanzarse sobre mí y hacer alguna barbaridad propia de un vándalo como él, con el objeto de recuperar la baratija a la que tanto aprecio parecía tener y que yo secuestré para mantener su bocaza cerrada. Pero por el momento, Eric no tiene otra ocupación más que observar alucinado cómo se aleja el coche de Sharon, así que siento la necesidad de disculparla por su comportamiento.

—Sharon corre demasiado a veces…

Inmediatamente, Eric olvida el coche de Sharon. Disculparla no me ha servido más que para acaparar la atención del chico, que me dedica una amplia sonrisa de boca y ojos.

—Bueno, ¿y tú a dónde vas?— pregunta mirándome demasiado fijamente.

—¿Yo? a mi casa, estoy cansada. Tú tenías cosas que hacer ¿verdad?

—Sí, necesito gasolina para la moto— anuncia sin cambiar de expresión.

Mi cabeza visualiza instantáneamente al chaval tirado por los suelos, agujereando el depósito de un coche estacionado y sorbiendo por un tubo gasolina como si fuera piña colada.

—Bien. Pues adiós— digo dispuesta a largarme, pero él se interpone en mi camino. Le quitaría del medio, pero de pronto y como quien no quiere la cosa, me repasa lenta y descaradamente, desde la cabeza hasta el pecho. Hace una parada de segundos eternos en las tetas y luego continúa hacia abajo, luego hacia arriba, como si estuviera mirando a la Victoria de Samotracia, ignorando la existencia de mi cabeza y mis brazos.

Sin dar crédito a lo que estoy presenciando, boquiabierta y recriminándole con la mirada su desfachatez, espero a que se digne a parar, pero el muy fresco no parece darse por aludido, ni tener vergüenza alguna.

Cuando al fin, mi cabeza vuelve a ser visible para él, me mira a la cara y parpadea lentamente como si nada.

—¿Me estás repasando, Eric?

— ¿Te molesta que lo haga?

—Ya va siendo hora de que dejar atrás la pubertad ¿no crees?— contesto dignamente.

Le dejo atrás, inmóvil y callado. Este niñato inmaduro no debe tener costumbre de que le manden a por uvas.

No tengo tiempo de pensar en sus tonterías. Ya he perdido suficiente tiempo hoy. Es demasiado tarde para ir al gimnasio. Me pasaré por el supermercado y, en compensación por la falta de ejercicio, compraré algo macrobiótico para cenar y una lata de salmón y gambas especial pelaje para Picky.

Miércoles, 6:54 p.m.

Mark llama a la puerta de mi despacho. Puedo oír las risitas de las jóvenes administrativas incluso cuando cierra la puerta tras de sí.

A pesar del tiempo que llevo trabajando con él, me es imposible no fijarme una vez más en su fantástico porte y ese inconfundible aire a lo George Clooney que tan locas vuelve a todas…excepto a mí. Y es que, a fuerza de verle todos los días, de escucharle hablar de su familia ejemplar, de esperar a que coloque con cuidado su chaqueta en el perchero antes de sentarse en la silla, de darme cuenta de que ningún pelillo se escapa de su peinadito frondoso y perfecto, de observar los múltiples dibujos que sus hijas le han regalado y él ha colocado por todo su despacho, de fijarme en cómo agarra la tacita de café minúscula que se ha traído de casa para no usar los vasos desechables de la cafetera, que seguramente eso sea un regalo de su siempre preocupada esposa, tiendo a pensar en él como si fuera un personaje estándar de comedia romántica. Seductor por fuera, tierno por dentro. Aún así, Mark es un buen hombre, incluso cuando se repite una y otra vez sobre un mismo tema, como ahora. Haber aprendido a sintonizar otra emisora mental mientras otra persona me habla, ha sido un gran skill añadido a mí lista de destacados.

—¿Me explico?— pregunta como final de su discurso como hace siempre.

—Clarísimamente, Mark, pero relájate. Está todo controlado y estoy segura de que no nos va a faltar dinero para nada. Te enviaré el email con los presupuestos antes de irme, así te quedarás tranquilo.

Mark sonríe sólo con la mitad de los labios, un gesto muy propio de él y que sé que levanta pasiones por ahí por los pasillos.

—Está bien, confiaré en ti. ¿Vas a quedarte mucho más tiempo en la oficina?

—No, de hecho tengo que irme. Esta mañana me escribió una amiga e iré a tomar algo con ella después del trabajo. Enviarte ese email será lo último que haga hoy por WTP.

—De acuerdo. Yo también tengo que irme pronto, tengo que recoger a las niñas, que están en ballet. ¿No vas hoy al gimnasio?

—¡Oh! No creo que me dé tiempo, de mañana no pasa. ¡Ah, ya está! Acabo de enviarte el email. Soy libre.

—Gracias, mañana nos vemos. Pasa una buena tarde.

Mark cierra con cuidado la puerta después de salir de mi despacho.

Me pongo el abrigo y me cuelgo el bolso del hombro, escribiendo desde el móvil un mensaje a Natalie, avisando de que salgo de la oficina y que, lo que tarde en llegar a Mei, depende del tráfico y sólo lo saben los dioses.

7:34 p.m.

Mei.

Veo a lo lejos a Natalie sentada en una de las mesas de la cafetería tomándose una infusión, creo. En mi cabeza surge traidora una imagen de una tostada francesa, la especialidad de esta casa, que me hace entrar en una silenciosa crisis interna. Me enfado con mi propio cerebro: esto no es normal ¿en qué habíamos quedado? En que había que deshacerse de los dos kilos pegados al culo ¿no? Y bien, entonces ¿a qué ha venido la imagen de la tostada? ¿De qué vas? Se supone que eres mi cerebro, ¿estás contigo o estás contra ti? ¿Te parece gracioso? No, tío, en serio ¿te parece gracioso ponerte los dientes largos?

—¡Hola Irish, qué alegría verte!

—¡Hola Natalie! ¿Qué tal va todo?

—Estoy muy contenta, hoy he empezado a trabajar y me ha parecido un sitio estupendo. Te lo agradeceré eternamente.

—Deja de darme las gracias, no ha sido nada. Me alegro mucho de que vaya todo bien.

El camarero viene a tomar nota de mi consumición. Le pido una mezcla de té rojo y blanco, no porque me guste, sino porque me ha recordado al escudo del Atleti y me ha entrado la nostalgia de España.

—¿Y tú a qué te dedicas exactamente, Irish?

—Soy publicista en una empresa de coches. Se llama WTP.

—¡Guau! Nada menos que en WTP. Tienes que ser muy buena para haber acabado trabajando en esa empresa.

—Gracias, Nat. No es por echarme flores, pero la verdad es que no se me da nada mal. Y además mi sudor me ha costado estar a la altura de los requerimientos. Es muy duro, pero a mí me gustan los retos.

—Claro, naturalmente. Además, tú no eres de aquí ¿verdad? Lo deduzco por tu acento… No hablas como un americano ¿me equivoco?

—Pues, no. Nací en Irlanda pero he pasado gran parte de mi vida en España. Cosas de la vida. Allí conocí a Sharon, la que te entrevistó, y también a Peck, la que te echó de su salón de belleza.

—¡Ah! ¿entonces fue Sharon la que te consiguió trabajo, como a mí?

—Ehm…bueno— hago una pausa mental para recomponer un poco mi orgullo. —Es cierto que Sharon se vino a Nueva York antes de que yo acabara la carrera…y que en realidad ayudó mucho a que yo entrase en la empresa porque ella tenía un buen puesto en WTP, pero en mi defensa, debo decir que nunca me hubiesen contratado en esa empresa si yo no hubiese cumplido el perfil que se pedía para el puesto.

—Comprendo— dice Nat. Guarda unos segundos de silencio. —Mi familia tampoco es americana. Mis padres son serbios y vinieron aquí tras la segunda guerra mundial. Abrieron una tienda de ultramarinos que funcionaba relativamente bien. Yo hubiese podido quedarme con la tienda pero para cuando fui mayor, la zona ya estaba plagada de negocios con los que no podíamos competir. Así que mi padre malvendió la tienda y con el dinero se operó de la cadera. Cuánto glamour ¿verdad?— dice riendo.

—Yo también vengo de una familia muy humilde— confieso.

—En verdad cuesta creerlo. Me gustaría haber llegado tan lejos como tú.

—¿Haber llegado? Eres muy joven, tienes la oportunidad de hacer lo que quieras en la vida.

—Apuesto a que a mi edad ya habías hecho mil cosas más que yo. ¿Cuántos años tienes…? si te lo puedo preguntar…

—Veintisiete. Todavía soy joven ¿no? Verás, Nat, yo soy de las que piensa que no importa si parece tarde para conseguir lo que quieres, si de verdad te lo propones, sin duda lo conseguirás. Y, desde luego, soy ambiciosa y no pienso parar de tratar de ser cada día un poco mejor.

—¿Mejor que quién?

—Mejor que yo ahora.

—¿Mejor aún? ¿En qué sentido?

—Más competente.

—¿Más competente que tú ahora?

—Sí, Nat, no me conformo con ser sólo buena, yo quiero ser la mejor. Para mí, mi desarrollo profesional e intelectual es mi principal motivación.

—¿Y qué hay de la vida personal? ¿Tienes hijos? ¿Estás casada?

—No, por Dios. No tengo mucha paciencia con los niños y además requieren mucho tiempo que ahora necesito. Y tampoco estoy casada. Tendría que encontrar un tío independiente y con una filosofía de vida parecida a la mía y aún así, los hombres me dan mucha pereza, creo que estaré mejor sola. ¿Y tú, tienes pareja?

—No. No he encontrado al hombre que me robe el corazón. Soy de esas tontas que creen en el amor, en las historias perfectas y verdaderas. El día que conozca a mi media naranja me daré cuenta. Entonces me casaré con él, tendré decenas de niños y dos perros enormes.

—Eres una romántica, Nat.

—Seguro que en el fondo tú también lo eres— contesta sonriendo. Da un último sorbo a su bebida y se ríe —La próxima vez que te vea te traeré un montón de muestras de maquillaje. Puedo coger cuantas quiera.

—Menuda granujilla estás hecha. ¿No te llamarán la atención?

—No creo.

—Por si acaso trae sólo una, ¿vale?

—¡Está bien! Dime, ¿qué vas a hacer luego?

—Bueno, debería ir al gimnasio. Hace algún tiempo…unos meses…un par de años, cogí dos kilos de más con los que estoy un poco incómoda, así que me apunté a spinning, a aeróbic, esas cosas.

—¡Vaya! Yo también debería ir al gimnasio, pero además de que cuesta caro, temo ir y romper alguna de esas máquinas que tienen.

—¿Cómo vas a romperlas? Son máquinas muy fuertes.

—No subestimes mi torpeza. ¡Oye! ¿Qué te parecería si fuéramos a correr a Central Park de vez en cuando?

Siento la misma sensación en el cuerpo que cuando la profesora de matemáticas me llamaba a la pizarra.

—Correr es duro. Yo salgo de noche de trabajar ahora, en invierno. No sé si es buena idea.

—¡Vamos! Será genial, nos animaremos la una a la otra. Podemos ir los fines de semana.

Dios mío. No tengo escapatoria. Un fin de semana no tengo excusa,  ¡tendré que hacer deporte!…. Pero bueno, es lo que quería para quitarme los dos kilos de más ¿no? Es esto lo que se supone que querías, ¿no, Irish?

—De acuerdo— suelto con la misma energía que cuando uno se levanta al oír el despertador. Soy fuerte, soy dura.

—¡Eso es! Lo pasaremos genial, ya lo verás.

—Sí… Lo necesito, tengo que hacerlo. Esos dos kilos pegados al trasero tienen que desaparecer— contestó más para mí que para ella.

—¡Venga, no exageres! Seguro que tu culo es magro todo él, pero te sentirás mejor contigo misma. Además, sólo es hacer un poquito de ejercicio para quemar calorías, no se trata de ponernos como esas moles de músculos que están hasta arriba de hemorroides.

—Esteroides— corrijo sin poder evitarlo.

—Eso, como los de las galaxias.

Medito en silencio unos segundos la respuesta de Nat. Definitivamente creo que no me aburriré si me voy a correr con ella.

Viernes 10:12 p.m.

La casa de Peck es como un museo modernista de obras pictóricas y escultóricas que ni siquiera ella entiende, que sirven para camuflar parcialmente a su marido la descarada oda al Marqués de Sade que son en realidad algunos de los rincones de su hogar. Tampoco cabe duda, a juzgar por la cantidad de muebles bar que hay, cual es el segundo dios que preside su templo. Tiene suerte de que su marido se pase la vida de viaje dando conferencias sobre su millonario negocio de personal shopper para mascotas.

No parece que Peck se haya tomado tan mal nuestro regalo de cumpleaños, pero veo que ha preferido celebrarlo con nosotras prescindiendo de lo típico de estas fiestas. Por lo menos así no tendrá que soplar las velas de la tarta, que con lo que le da a la botella, el efecto soplete podría tener consecuencias catastróficas. Las tres, en petit comité. No me cabe duda de que este fin de semana montará una fiesta gigante de esas que acaban con varios desconocidos flotando en la piscina.

—¡Poneros cómodas! Voy a preparar unos combinados que he visto en YouTube— Anuncia Peck.

—Dios nos ampare— susurra Sharon.

—¡Yo prefiero un gin tonic, Peck! No me fío ni un pelo de lo que lleve ese cóctel— le confieso a Sharon en voz baja, pero ella está rebuscando algo dentro de su bolso y no me presta demasiada atención.

Espero intrigada a ver lo que va a sacar de ahí dentro.

—Aquí están, liados y todo. He hecho bastantes para que no nos falten esta noche— grita alzando una bolsita hermética transparente llena hasta reventar de porros perfectamente preparados.

—Estupendo, yo tengo de todo en el cajón de mi mesita de noche, por si nos entran ganas de algo más— añade Peck.

—¿Algo más? No, no, yo paso de porros y todo eso, por supuesto. Ya sabéis que yo no…

—¡Pues no tomes nada, relájate de una vez! Inspira, espira, inspira, espira…—me interrumpe Sharon.

Abrazo un cojín cercano y espero de mal café a que Peck me traiga mi maldita copa. Sharon, ignorando mi gesto, se enciende un porro que parece una corneta y le da una larga calada. Retiene unos segundos el humo en sus pulmones y luego lo expulsa lentamente. Repite la operación unas cuantas veces hasta que lo deja reposar en un cenicero cuando Peck vuelve al salón con una copa hermosamente decorada con frutas y una sombrillita. Aplaudo mentalmente lo que en este momento me parece una obra maestra comparable a la Catedral de Colonia y felicito a Peck por el hermoso presente. Es entonces cuando empiezo a darme cuenta de que probablemente el humo de la marihuana que Sharon está fumando está afectando a mi cerebro y, aunque me parece harto gracioso el hecho en sí, recuerdo que aún tengo que beberme la copa que tan concienzudamente Peck ha preparado para mí y que eso tendrá sus consecuencias.

11:57 p.m.

Creo.

Recojo con la yema del dedo los minúsculos cristalitos de azúcar que quedan esparcidos por la caja. Es trágico pensar que ya no hay más rosquillas. Ni pastas. Eso me da en parte pena y en parte ansiedad…¿y ahora qué como? ¿Y cómo es posible que Sharon y Peck, después de todos los porros que han compartido, no tengan la necesidad de ponerse hasta el culo de comida como yo?

—Reventarás— me dice Sharon, digna y recta como si estuviera sobria.

—¿Por qué yo así y tú así?— pregunto. Por fortuna ella comprende.

—Por costumbre— contesta.

Me levanto del sofá para ir en busca de más víveres, pero tropiezo con los zapatos que me quité hace no sé cuánto tiempo y me caigo al suelo. Tengo a impresión de haber rodado por la alfombra como un armadillo y me da otro ataque de risa que disfrutó en soledad, ajena la conversación que están teniendo Sharon y Peck.

Entonces suena el timbre de la puerta, sumiéndome en un ataque de histeria mudo como el que sufren los gatos cuando oyen un petardo. Peck abre la puerta y charla animada con alguien.

—¡Sharon, hay personas en la puerta!— exclamo asustada zarandeando su rodilla.

—Tranquila, Irish, es Eric. A Peck se le ha antojado tenerle de fin de fiesta.

—¿Qué? ¡Oh, no, no puede ser! ¡No dejes que ese tío entre en la casa!

—¿Por qué? ¿Qué pasa? ¿Es que temes acabar ensartada en él, como nos pasa a todas?— pregunta riéndose como una brujaza. —No tienes por qué resistirte, Irish, es precisamente para lo que es, por eso le llamamos. Es un profesional, no encontrarás nada igual, hasta Peck lo dice y ella sí que es una experta. Viene, te hace lo que quieras y adiós. No hay nada más, sólo es sexo.

—¡Noooooo!— chillo exagerada —¡que se vaya ahora mismo!

Pero Peck aparece en el salón enganchada del brazo del loco de la moto, sonriente como una comadreja mutante, relamiéndose como una mantis a punto de cenar.

—Vaya, qué sorpresa— dice al verme. No contesto porque de pronto estoy muy concentrada pensando en cómo se llamaba el perro del abuelo de Heidi. A priori, no creo necesaria una corrección postural a pesar de estar espatarrada y descalza en la alfombra, pero tras una revisión de ésta, tras algunos segundos, doy un respingo espantado y me siento en el sofá como una persona normal. Qué vergüenza.

Sharon saluda al individuo con la esperada lujuria. No me extrañaría que esto acabara en un ménage à trois en el jacuzzi de Peck. Debería marcharme a casa pero he bebido bastante como para no poder conducir, eso sin mencionar el pasaje del humo de los porros.

Hago un gesto a Sharon para que se siente a mi derecha dando un par de palmaditas en el sofá, Sharon obedece pero Eric nos empuja a las dos y se sienta a mí izquierda. Giro lentamente la cabeza hasta encontrarme con el rostro de Eric tan cerca de mi nariz, que no me doy cuenta de que estoy bizca mirándole el entrecejo. En un acto reflejo le empujo para echarle de mi espacio vital, pero no parece que se lo haya tomado mal.

—No quieres copa ¿verdad, animalito?— pregunta Peck en plan vampiresa.

—¡Podría emborracharme sólo con besarte!— contesta Eric en tono chulesco luciendo una encantadora sonrisa llena de dientes.

—Entonces ¿Coca Cola, como siempre?

—Eso sí.

—¿No te tomas una copa? — Le pregunto mirando alucinada su rostro. De repente me doy cuenta de que vuelve a estar demasiado cerca y le vuelvo a rehuir.

—No, no bebo alcohol. ¿Por qué? ¿Es que quieres que lo haga?— pregunta tras detectar mi cara de sorpresa, mirándome como si fuera un extraterrestre. Me siento como una especie nueva que está siendo estudiada por primera vez en la historia.

—Supongo que es lo que suele hacer la gente de tu edad.

—Pero tú no debes de ser mucho más mayor que yo.

—¿Qué edad me echas?

— Mmm, pues no sé…¿23?

De pronto, me apetecería espachurrarle los mofletes, espero mantener el control y no hacérselo.

—No, 27— confieso.

—Estás muy buena— Suelta de sopetón. Si fuera un dibujo animado japonés, en este momento tendría una gota enorme cayendo de mi cabeza. Siento la sangre subiéndome de golpe, debo estar como un tomate. Me levanto del sofá huyendo de la situación. Afortunadamente Eric sólo me sigue con la mirada.

—¿Necesitas ayuda?— Le pregunto a Peck al entrar en la cocina. Está muy entretenida cortando rajas de limón.

— No me digas que te vas tomar otra.—contesta ella ilusionada.

—Ni hablar. No tenía que haber bebido tanto. No estoy acostumbrada…

—Pero si ni siquiera has rematado la segunda copa, no exageres ¿Qué te pasa, no lo estás pasando bien? pareces nerviosa…

— No, no es eso, es que…bueno, Eric se ha sentado a mi lado y…

— Aprovecha. Esta noche invito yo.

—¿Cómo que invitas tú? ¿De qué va esto? Ni se os ocurra, Peck, esto no es lo mío. Respeto que estés un salida y que Sharon haga lo que quiera, pero yo no pienso…

—Lástima. Yo creo que a Eric le gustas. Si ya es una máquina en la cama de por sí, no quiero ni imaginar si además se siente atraído por la que se está tirando. Cabrona, qué suerte tienes…

—Puede que tengas razón, pero yo creo que me está tomando el pelo porque sabe que incomoda.

—Está bien Irish, si quieres me lo llevo a mi habitación en cuanto termine con esto. ¡Ay! Mira que eres boba. Si yo fuera tú, le dejaría seco.

—Lo sé, pero yo soy una persona formal, no me voy a la cama con gente que no conozco, Peck, eso es una barbaridad, ni siquiera sabes si es, yo qué sé… Un loco, un ladrón, un traficante, sólo sabes su nombre, seguro que no sabes ni su edad.

— Es un puto, no mi sobrino. No sé qué edad tiene, yo sólo sé que ese pedazo de tío le cambia la distribución del salón a mí vecino cada vez que me echa un polvo.

—¡Peck, no seas burra!— protesto. —¡Eres la mujer más ordinaria de la tierra!

—Pues eso que no te he hablado del rabo que tiene. Es un caballete humano ¡y me lo he tenido que encontrar yo, qué suerte! Me lo ha puesto dios en el camino para que le saque todo el partido que pueda…—reflexiona para sí misma.

—¡Oh, Dios!— exclamo. Creo que pese a que el loco está en el salón, estaré más cómoda allí con él que aquí con Peck.

Encuentro a Sharon sentada al lado de Eric. Le lanza aceitunas y él tiene que cogerlas al vuelo con la boca. Cada vez que falla, Sharon le desabrocha un botón del pantalón. Por suerte he llegado a tiempo para encontrarle con los pantalones puestos.

Puede que sea por culpa del humo de los porros aún flotando en mi cabeza, pero toda esta situación me parece cada vez más surrealista.

—¿Qué música ponemos?— dice Peck buscando en la interminable torre de cds que tiene al lado de su mini cadena — ¿Os gusta George Michael?

Sharon tuerce el gesto y se levanta como si tuviera un muelle en el trasero.

—Otra cosa, seguro que tienes algo que pegue más.

—¿Justin Bieber?

—¿Por qué tienes un cd de ese tío?

—¿Has visto sus pectorales?

—Sus pectorales no cantan. Si quieres verlas, cómprate un póster.

—¡Joder, elige tú la maldita música!

Mientras Sharon y Peck discuten sobre el audio, Eric acerca un poco su cabeza a la mía y susurra en mi oído.

—¿Cuándo piensas devolverme mi…?

— Y a ti ¿qué música te gusta?— le interrumpo hábilmente antes de que meta la pata. Él me ofrece una sonrisa satisfecha y maligna. Le devuelvo un mal de ojo estilo céltico acompañado de un gesto de gárgola. Luego agradezco que la ley del karma esté lógicamente de mi parte y por ello nadie haya escuchado al tonto este decir esa frase inconclusa y que el aliento del divino me haya dado la lucidez que tanto necesitaba para cortarle en el preciso instante.

—Te notó así, tensa— dice en un exceso de elocuencia.

—Que qué. Música. Te gusta— repito con voz de criatura de ultratumba.

Eric se queda quieto un par de segundos mirándome como si estuviera traduciendo mis palabras a su idioma en su cabeza.

— Mmmm…me gusta esa canción dice “Make his fight on the hill in the early day, constant chill deep inside…” — contesta finalmente tarareando la melodía de For whom the bell tolls. Una de las canciones que escuchaba en mis años mozos cuando vivía en España.

— Sí, la conozco, es de Metallica.

El cabronazo de la moto se viene arriba y tararea más canciones, todas muy variopintas, cada una de su padre y de su madre. Canciones que ha escuchado por ahí, en sitios muy dispares, en radios latinas, en bares se copas, en hilos musicales de hoteles, así que inevitablemente acabamos hablando de música. De lo que me gustaba antes y de lo que escucho ahora. De los musicales que vi en Broadway cuando llegue a Nueva York y de los conciertos a los que he asistido por toda Europa. Aunque es sorprendente, Eric dice no ver la televisión, pese a ser el target perfecto para ellos, pero se excusa diciendo que en su casa carecen de dicho electrodoméstico, no obstante, parece haber disfrutado viendo Terminator I y II en casa de un vecino. Y nada más. Bueno, me cuenta algo más pero como estoy un poco piripi se me olvida al instante y me pongo a recordar las rosquillas de antes. Tengo hambre. Me comería un muerto.

En este momento me percato de que Sharon y Peck nos están mirando con mala cara. Me temo que les estoy entreteniendo al chaval y mientras tanto ellas se han puesto tibias a copas.

Peck aprovecha la ocasión para acercarse y tirar al chico del brazo. Él me lanza una fugaz mirada sin expresión y se levanta a las ordenes de su más fiel clienta. Tengo la impresión que de parece estar esperando a que le diga algo pero yo no digo ni hago nada, salvo fijarme en una bolita de pelusa que se le ha formado en el tejido del jersey como si acabara de descubrir un nuevo planeta.

Antes de que me dé cuenta, Sharon se va del salón para unirse al plan de Peck y me encuentro a mí misma riéndome sola de una cosa que ya no recuerdo.

Las tantas de la madrugada a.m. ¿no?

Me gustaría irme a casa, pero no puedo. Los exagerados gemidos de Peck me hacen sentir como si estuviera en un burdel. Las cosas que le oigo decir a Sharon, tan fuera de sí, me adentran en un pensamiento en remolino que lanza ideas como bombas de racimo. Me pregunto qué pensará ese hombre de ellas, de mí y de él. Si estará encantado de ser un imán sexual o si está aburrido de no sorprenderse de nada. Se me vuelve a olvidar lo que estaba pensando. Será mejor que me ponga bailar de nuevo a solas imitando a Roxette, que viene a ser el equivalente a diez días de gimnasio. Me siento reconciliada conmigo misma al pensar que a lo mejor he logrado quemar dos o tres pastas de las que me zampé al principio de la noche. No tendría que haber encendido esas dos chustas que quedaban en el cenicero. Ni siquiera soy capaz de calcular el tiempo que llevo aquí metida. Me quiero ir a casa y dormir, dormir y dormir. Quizá podría dejar el coche donde está y volver a casa a pie, aunque sea tarde, me dará el fresco…no, no…no es buena idea. ¡Maldita sea! No volveré a quedar con las chicas para esto nunca más. Siempre pasa lo mismo. Me quedo como un pasmarote mientras ellas se montan su fiesta particular. En definitiva, no he nacido para esto y me empeño en seguir dando una oportunidad a este tipo de planes. No te engañes, Irish, no te gusta perder el control ni perder el tiempo. Debería estar durmiendo para levantarme fresca para ir a correr con Natalie y no pensando en comer muffins mientras bailo subida en el sofá de un hogar ajeno.

Me bajo del sofá y me adecentó un poco. Paseo por las habitaciones vacías de la casa de Peck caminando sin hacer ruido, como si jugara a ser un ladrón nocturno. Me adentro en una de las habitaciones, poniendo atención en las paredes cubiertas de posters y fotos de gente un poco pasada de moda. Sin duda, la habitación es de una de las hijas de Peck, quizá la mayor de todas, la que se emancipó hace algún tiempo para perder de vista a su madre. Me pregunto  dónde estarán las demás niñas…puede que cada una con su padre.

Me desplomo en el gigantesco colchón y huelo el aroma fresco a ropa recién lavada de la colcha. Me restriego alegremente como un perro en un prado hasta que noto que la colcha se va y yo me voy encima de ella surfeando velozmente sobre las sábanas para aterrizar, por fortuna, en una alfombra muy mullida. Retozo sobre el esponjoso y grueso campo de pelo de alpaca, creo, imaginando que viajo en una nube que me protege del frío y que desde aquí puedo ver todo lo que la gente hace sin ser vista. Descubro que si esta visión fuera real, mi primer impulso sería escupir a los viandantes.

El sonido de una puerta abriéndose me expulsa bruscamente de mi fantasía. Oigo después la puerta cerrarse con sumó cuidado. Pasos, ruiditos, pasos, ruiditos, pasos, un grifo y el agua caer fuertemente contra el lavabo en el cuarto de baño. Alguien se ha levantado.

Me quedo pensando en qué es mejor, si abandonar mi nube celestial y tomarme algo junto a alguien que me va a contar su interminable experiencia con un prostituto o quedarme aquí quieta como un ratón de campo sin que nadie note mi presencia.

El continuo ruido del agua golpeando con fuerza el lavabo vence a mí curiosidad. Espero no encontrarme a Peck desnuda y drogada tomando un relajante baño de burbujas. Sería demasiado similar a aquella escena del El Resplandor, y yo ahora no me veo capaz de afrontar semejante visión. Tanto es así, que de pronto esta habitación oscura y solitaria empieza a parecerme en exceso misteriosa. La paranoia y la sugestión se apoderan de mí. De un triple salto mortal salgo de la estancia con la seguridad de que dejé a mis espaldas el fantasma de una niña peluda en camisón. Sólo pensarlo me da tal repelús que ahora la idea de encontrar un mortal acicalándose en el baño tras una buena ración de sexo sucio, me parece fantástica.

Empujo con prudencia la puerta entornada del cuarto de baño. Encuentro a Eric empapándose el cuello con abundante agua, tan concentrado en su tarea que ni siquiera se da cuenta de mi presencia. Me acerco un poco más a él, muerta de la curiosidad.

—¿Qué… qué haces?— pregunto desconcertada.

—¡Qué susto me has dado!— contesta él a mí reflejo en el espejo.

Me acerco con excesiva cautela a Eric, le aparto con cuidado la mano mojada que tapa el lateral de su cuello y descubro una herida ovalada, con el borde intercalado, un perfecto mordisco que sangra a borbotones.

—¡Dios mío! ¡qué ha pasado! ¿dónde están Sharon y Peck, qué les has hecho!

Antes de terminar la frase, me lanzo a la habitación de Peck para comprobar el estado de las chicas. Los peores pensamientos cruzan mi cerebro a doscientos kilómetros por hora. De pronto, al pasar por la cocina me da por pensar que quizá yo sea la única superviviente de una carnicería en la habitación de al lado, de modo que agarro lo primero que encuentro para defenderme; un cucharón, y me estampo contra la puerta de la escena del crimen con angustiosa ansia viva. Sharon se levanta sobresaltada y Peck se da la vuelta rápidamente.

— ¿¡Estáis bien!?— pregunto acelerada después de suspirar de alivio al verlas vivas

—¡¡Irish, por Dios, qué susto!! ¡estamos bien, qué mierda pasa!— grita Sharon.

— Eric está sangrado.

—¿Mucho?— pregunta medio drogada.

Peck se reboza entre las sábanas, sin el menor interés en participar en ninguna aclaración.

—¡Pero qué habéis hecho!— pregunto histérica.

—Ten piedad de mi borrachera, guapa, cierra la puerta— dice Peck casi entre sueños.

Desconcertada, obedezco y vuelvo junto a Eric, que asoma la cabeza desde el cuarto de baño.

—¡Dime qué coño ha pasado!— grito nerviosa amenazándole con el cucharón.

—Venga, relájate un poco, mujer. No pasa nada, sólo es un poco de sangre…

—¡¡Dímelo ahora!!— chillo levantando nuevamente el cucharón.

—Tranquilízate, nena — contesta arqueando las cejas. Me encaro a él llena de indignación y le doy un sonoro coscorrón con mi arma en su enorme cabeza.

—¡Deja de joderme!— le ordeno y repito el mismo ataque con el cucharón— ¡Dime qué ha sucedido ahí dentro!— le exijo y le ataco otra vez con el cubierto— ¡Y a mí no me llames “nena”, niñato imbécil!.

Consigo volver a atizarle pese a sus intentos por esquivarme.

—¡Vale, vale, para de pegarme con esa mierda, me vas a hacer un agujero en la cabeza!

—¡¡No parece que haya nada dentro así que la usaré de sopera!!

—Bueno, mira…el cucharón ya lo tienes.

Me quedo mirando hipnotizada la sonrisa que ha puesto al decir eso. Le vuelvo a arrear con el cucharón.

—¡Eres tonto! ¡Por qué has dejado que te muerdan! Te han dejado hecho un ecce homo!

—¿¿Un qué??

—Mucho colgante con crucecita pero luego no sabes lo que es Ecce homo…Madre mía, vaya bocado te han dado. ¿Quién ha sido? Seguro que ha sido Peck. Ya decía yo que era imposible que no tuvieran hambre después de tantos porros— refunfuño mientras abro todos los armarios del baño buscando algo con lo que limpiar la herida.

—No seas cascarrabias. Estaba cachonda. Además, me ha mordido a mí y no a ti. Debería estar yo enfadado y no tú. ¿No será que estás celosa?— pregunta con retintín. Lanzo por los aires otro bote que me impedía adentrarme más en el mueble de debajo del lavabo. Si aparto otra fila de cosméticos, tengo la seguridad de que apareceré en Narnia.

—Tú estás tonto—  contesto —y Peck es una caníbal.

Tras un paquete de rollos de papel higiénico, encuentro una botella de yodo. La capturo como si fuera a escaparse y salgo a gatas del estómago del mueble, sorteando los miles de botes y demás trastos que he sacado de ahí dentro y que ahora cubren el suelo del baño por completo.

—La que estás liando…— murmura Eric.

—Siéntate ahí y estate quieto— le ordeno recuperando a la vez el cucharón y señalando con él el retrete.

Eric se sienta en silencio y se lleva un trozo de galleta a la boca.

—¡De dónde has sacado eso!— le pregunto efusiva.

—Del cajón que está al lado del horno.

—Cómo se nota que te conoces muy bien esta casa…

—¿Quieres un poco?— pregunta colocando el trozo restante de galleta a escasos milímetros de mi boca.

—¡No!

—¡Qué orgullosa!— exclama.

—Calla. Voy a curarte el mordisco. Si te duele, aguántate. Así aprendes a diferenciarte de un pedazo de jamón asado.

Tengo la impresión de que no se fía mucho pero al final ladea ligeramente la cabeza. Aparto algunos mechones de pelo castaño que caen sobre la herida y le limpio la sangre con un disco de algodón de los que Peck usa, seguramente, para desmaquillarse.

Mientras Eric me mira a través del espejo como si estuviera viendo la televisión, me cuelo dentro de mi sobrecargada mente empalmando la visión real con la imaginaria. No he sido capaz de quitar la vista de su torso desnudo, de la línea caprichosamente dibujada que forma el perfil de su cara ni de la textura de los músculos de su espalda, cubiertos por esa piel dorada que también ha sufrido numerosos ataques esta noche. Las secuelas me dicen que han sido uñas y no dientes las que han dañado esa piel y, por las múltiples antiguas cicatrices que se aprecian con tremenda claridad, no es la primera vez que unas garras se enganchan de esta espalda. A pesar de que me avergüenzo de lo que Peck le ha hecho en el cuello y siento lástima del dolor frío que esas uñas han causado, intento ser Peck por un momento para darle una explicación este desastre. Todo lo que se me ocurre que Peck pudiera estar pensando cuando arrancó un trozo del cuello del chico, es preguntarse si éste sabría a tiramisú.

Eric no se queja pero cada vez que le toco con el algodón, él se estremece de forma casi imperceptible. Entonces pienso que en realidad está disfrutando con esto y que después de todo, el rarito va a ser él. A lo mejor es de esos a los que les va que les cuelguen de las bolas mientras se meriendan una mierda como el sombrero de un picador con cuchillo y tenedor. De pronto, aprovecha que estoy distraída para tirar de mí y dejarme sentada en su regazo, modo Papa Noel. No reacciono. Sólo le miro petrificada.

—¿Por qué no nos vamos tú y yo a pasarlo bien lo que queda de noche?— pregunta adornando su rostro con gesto de galán de culebrón, situándose a una distancia incómodamente cercana de mi cara, que me permite fijarme con detalle en las bolsitas que le salen en los ojos cuando sonríe y sin querer me descubro a mí misma preguntándome si Eric sabrá a tiramisú, pero vuelvo en mí al segundo y me alejo de él, recupero el cucharón, le doy tres golpazos donde puedo y salgo corriendo hasta el salón, gritando algo ininteligible. Luego voy a la cocina y desde allí le ataco con un chorizo de palabras malsonantes que utilizo como un látigo imparable al tiempo que descubro las galletas que Peck guarda en el cajón junto al horno. Secuestro el paquete de galletas y devoro algunos rehenes. Es en este instante cuando me percato de que aún padezco los efectos de las sustancias en mi pobre cuerpo. Me enfado conmigo misma por estar en este lugar y pago el pato con la encimera de la cocina de Peck, que sufre una golpiza masiva de cucharón. Para colmo, el loco de la moto se presenta ante mi encolerizada persona como si mirara un cavernícola. Se apoya contra la puerta de la cocina y me habla con una calma impropia para el momento.

— ¿No quieres quedar conmigo?

—¡¡No!!— grito.

—Pues lo pasaríamos bien, podríamos ir a comer, ir al parque, al cine, a dar una vuelta con mi moto recién reparada…

—¡¡Odio las motos!! ¡y a ti también te odio!

—¿Qué es este escándalo, Irish?— se escucha la voz de Sharon. Se asoma a la cocina tapándose ligeramente los ojos molestos por la luz de los halógenos.

—¿Qué queríais, comeros a este tío? ¡Está sangrando como un cerdo, míralo!— grito disgustada.

—Déjame ver…Parece que necesitará un par de puntos.

Eric se rasca lentamente una mejilla sin apartar la vista de mi paquete de galletas.

—No lo mires así, que no te voy a dar. No te las mereces y además te van a coser— me burlo de él.

—¿Y qué tendrán que ver que me cosan con que me coma una galleta?— contesta él enrabietado.

—No puedo creer que aún te dure el moco del porro— me dice Sharon.

—¡¡No me dura!!— chillo.

—Sí, sí que te dura, y mucho. Venga, vamos a vestirnos— ordena ella volviendo a la habitación de Peck, sin más explicaciones.

—¿Y tú qué miras?— pregunto a Eric enfadada —como si tú no hubieras fumado también, mírate, tienes más hambre que un coyote.

—¡Yo no he fumado nada!

—Claro que no, ahora resulta que la irresponsable borracha y drogata voy a ser yo. Tiene narices el asunto. Seguro que además de ser el amiguito de Peck eres su camello.

A Eric le entra la risa. Se cruza de brazos mientras me escucha, como si estuviera siguiendo un monólogo, hasta que Sharon reaparece en la cocina, ataviada con su abrigo largo, suave y negro, que dan ganas de abrazar.

—¿A qué estáis esperando?— pregunta sorprendida al vernos aún en la cocina —nos vamos y tú te vienes conmigo, Irish, es para hoy.

— ¿Te duele, chico?— pregunta Sharon.

—Se llama Eric, Sharon y sí, claro que le duele. ¿Vas a coserle en tu casa?

—¿Qué remedio? No llevo el equipo en el bolso, como comprenderás…— responde Sharon un poco borde.

—Un momento. ¿Ella va a coserme?— dice Eric alterado.

—Tranquilo, no voy a hacerte petit point en el gaznate— aclara Sharon.

—Hay que darte puntos, Eric, ella sabe hacerlo. Sharon es médico— le explico.

Eric me mira desconcertado.

—No sé ¿eh? no me gusta nada la idea…Creo que me voy a ir a mi casa ya.

—Hay que coserla. Si no lo hago yo, tendrás que ir al hospital y pagar por ello. Tú mismo— sentencia Sharon.

—…Está bien— dice él en absoluto convencido.

—Bien, entonces vestiros de una vez.

Sharon vuelve a largarse de la cocina como si su presencia hubiera sido parte de nuestra imaginación.

Eric y yo nos miramos en silencio unos segundos y luego nos vamos a buscar cada uno sus pertenencias. Nadie más cruza una palabra hasta que nos subimos en el Evora de Sharon.

5:45 a.m.

Eric baja del coche de Sharon apresuradamente. Tengo la impresión de que va a besar el suelo del garaje.

—¿¿Oye rubia, es que te has vuelto loca?? ¡¡No puedes conducir así, eres un peligro!! ¡Un día vas a matar a alguien, un día te vas a matar tú!— vocifera Eric. A sus nervios de punta se le suma la nefasta pronunciación del idioma, tan barriobajera que podría ser el vecino de abajo del Maestro Astilla. Casi no logro entender nada de lo que está diciendo. Sharon ignora por completo sus críticas y camina hasta el ascensor sujetando su bolso Michael Kors debajo del brazo.

—Ya te dije que conducía muy rápido, pero lo hace muy bien, no hay por qué ponerse tan nervioso— explico justificando el silencio de Sharon. Eric se apoya en el fondo del ascensor y nos mira a Sharon y a mí con la boca entreabierta, como si pensara que estamos las dos locas.

Sharon desbloquea el sistema de seguridad del acceso a su apartamento de lujo. Introduce un código pin y luego digitaliza las huellas dactilares de dos de los dedos de su mano derecha, los que el aparato le ha solicitado. Este sistema lo inventó ella misma hace años, antes de llegar a Manhattan, cuando apenas acababa de empezar su primera carrera y aún tenía tiempo para aburrirse.

Sharon entra en su apartamento y se dirige a una de las estancias más grandes, yo la llamo “El dormitorio del Doctor Gero”. Una especie de laboratorio casero con una encimera larga llena de bártulos cuyo uso desconozco, otros como microscopios, morteros, embudos, probetas, una camilla no muy grande detrás de la encimera y al fondo una gran mesa blanca con otro tipo de herramientas, cables, cuchillas, pequeñas sierras de calar…El sueño de un psicópata. Es probable que Sharon haya creado en este lugar híbridos de hámster y batidora de mano.

Eric observa el panorama desde la entrada al laboratorio mientras Sharon enciende una luz muy potente situada sobre la camilla, se lava las manos, se pone unos guantes de látex, prepara una aguja y le indica a Eric con un gesto que se siente bajo la luz. Él se queda quieto. Pone un gesto de desconfianza imposible de disimular. Me mira a mí, mira a Sharon, mira los escalpelos, levanta una ceja a la vez que se mulle el labio inferior con el índice y el pulgar.

—¿A qué esperas?— Le digo impaciente al recordar que la herida necesita sutura.

Eric, no muy decidido, se acerca lentamente y se sienta en la camilla junto a Sharon. Mientras ella le cose la herida, él examina con ojos inquietos el instrumental quirúrgico perfectamente esterilizado y metido en sobres de plástico. Creo que, si no fuera por la que he armado en casa de Peck, Eric no hubiera conocido nunca el laboratorio. Ni Sharon le habría traído para curarle, ni él hubiese entrado en la habitación de los horrores ni loco.

Sharon remienda la herida en silencio como si estuviera cerrando el pavo del día de acción de gracias. A mí tampoco se me ocurre decir nada pese a que la situación me parece un poco incómoda.

Quizá Sharon podría hacer alguna broma o decir algo alentador sobre la costura, pero ella es tan fría con los demás…no me extraña que la gente se sorprenda del trato exclusivo que recibo por su parte. Sharon, capaz de almacenar tantos conocimientos, de hacer tantas cosas bien, alguien con un margen de error mínimo en todo lo que hace…eso la ha deshumanizado y parece ser que Peck y yo, somos las únicas con las que puede conectar…más o menos.

—Levanta, está listo— le dice Sharon a Eric. Se da la media vuelta y se quita los guantes. —Déjala al aire, mantenla limpia, mañana lávala con suero fisiológico. Hoy deja que actúe el yodo. Sobra decir que no la toques.

Eric asiente seriamente y se levanta de la camilla. Deshace la bola en la que convirtió su camiseta cuando se la quitó para que Sharon le curara y se la pone rápidamente.

—¡Vamos!— exclama Sharon apagando la luz y saliendo de su laboratorio. Desaparece y al minuto escucho el grifo de la ducha del baño de su habitación. Ella es así.

Sábado 10:35 a.m.

Duerme un poco, dijo ella, y yo caí inconsciente en cuanto mi oreja rozó la almohada.

Agua caliente por la espalda, esto es justo lo que necesito después de esta larga noche.

En el cuarto de baño de Sharon puedo encontrar todo tipo de lociones y jabón de todos los colores y aromas. Un dispositivo que gradúa el color de la luz ,el tono y la intensidad, me mantiene cautivada durante más de diez minutos. Una verdadera delicia para los sentidos. Ahora sé lo que siente Picky cuando se sienta a mirar la lavadora.

“Gel douche fleur de nashi & pamplemousse rose”.  Cierro el grifo y me embadurno entera con el fantástico producto dejándolo sobre mi piel hasta sentirme como una fresa en una copa de nata , pero mi teléfono interrumpe mi fantasía. Suena y vibra histérico sin parar, para mi desesperación. Me asomo con cuidado de no manchar la mampara de jabón, compruebo que he dejado el móvil sobre el mueble del lavabo y que la vibración del mismo le esta haciendo reptar peligrosamente hacia el suicidio. ¡Mierda! Abro la mampara pero el frasco de fleur de nashi & pamplemousse rose se me cae dentro de la bañera y se desparrama la mitad. El tapón me cae en la uña del dedo gordo del pie. Acto reflejo, me agacho para darle amor y de paso evitar que el resto de fleur de nashi & pamplemousse rose se vaya por el desagüe. Salvo el frasco, recupero el tapón, me incorporo rápidamente y abro accidentalmente con la cabeza el monomando del grifo de agua fría, que cae como mil cuchillas sobre todo el cuerpo. Lo cierro apresuradamente y lo maldigo duramente en gaélico. Afortunadamente, Sharon no me oye insultar a su grifo porque mi móvil sigue sonando hasta justo antes de estrellarse contra el mármol del suelo. Adiós mundo cruel.

Recupero lo que queda de mi teléfono y compruebo que funciona, a pesar de que se ha destrozado el cristal de la pantalla. “Llamada perdida Natalie”…

¡Natalie!, me digo a mí misma.

—Espero que sea importante— refunfuño al tiempo que pulso el botón de rellamada.

—¡Hola Irish! ¿te he pillado mal?

—¡Para nada!— contesto todo lo amable que puedo mientras me miro un brazo y me doy cuenta de que, pese al inesperado chorro de agua fría que me ha caído, sigo teniendo jabón por todos lados.

—Bueno…¿nos vamos a correr a Central Park?— pregunta con energía.

Correr. Me apetecería incluso más pasarme la mañana ordenando los canales de la televisión, pero entonces me miro a mí misma y evalúo los daños que han causado los ataques de hambre de esta noche.

—¡Sí! Correremos hasta Chile si hace falta— contesto convencida.

—¡Estupendo! ¡Qué motivada! Te veo entonces en una hora en la puerta de los pises.

—¿Te refieres a la de los caballos?

—¡Esa!

—Bien, hasta dentro de un rato entonces.

—¡Vale! — Dice animadamente justo antes de colgar.

Me enjuago y recojo el baño lo mejor que puedo para que Sharon no se mosquee. Intento no pensar en el estado de mi móvil y centrarme solamente en reunir la fuerza suficiente para acabar con las diez mil galletas que se han adherido a mi barriga entre ayer y hoy.

Lunes, 11:03 a.m.

Hago memoria concienzudamente para recordar en qué momento de la tarde del sábado caí rendida sobre el sofá y ya no me pude volver a mover hasta ayer por la noche. Natalie ha conseguido que, por primera vez en mi vida, no haga absolutamente nada durante casi un día entero.

Mientras el chino habla de lo maravilloso que es el Panther y lo mucho que se va a vender, me imagino un fornido masajista trabajando las contracturas que ese maldito sofá ha dejado de recuerdo en mi cuello y espalda. Zeus tiene poderosos brazos y ágiles dedos que relajan mis músculos y hacen desaparecer la tensión. Además me ofrece smoothies de frutas exóticas. Mi teléfono móvil rompe a sonar sacándome violentamente de mi visión.

Me sorprende descubrir que es Grace quien me llama tan insistentemente. Le he dicho que no llame a no ser que sea realmente urgente y en todo el tiempo que lleva encargándose del mantenimiento de mi hogar, nunca me había llamado. Me veo obligada a sacar mi pobre teléfono delante de toda la comitiva para atender a Grace. Se hace el silencio absoluto pese a mis ruegos porque continúen sin mí la reunión, pero ellos están absortos viendo cómo a mi teléfono se le cae algún que otro pedacito de vez en cuando durante la conversación con Grace.

—Ay, señora, el gato mordió el cable del aspirador, le dio calambre, se le quedó el pelo de punta. Luego corrió a la cocina, se subió al mueble grande y ahora no quiere bajar— declara apurada. Grace aprovecha para contarme una anécdota más larga de lo deseado sobre un gato que tenía su madre que se quedó debajo de la cama para siempre.

¡Maldita sea Picky, lo has vuelto a hacer! Tendré que usar la hora de la comida para ir a casa y bajar al gato del mueble o para cuando llegue a casa se habrá convertido en Tarzán. En fin…siempre puedo comer otra galleta de paja de las del desayuno…

2:09 p.m.

Salgo del ascensor y corro por el pasillo hasta mi despacho. Recupero el informe de los chinos y se lo dejo en la mesa al Señor Evans. Mark suspira aliviado al ver que, aunque diez minutos tarde, el informe está por fin listo para la firma del director.

—Pensé que no llegabas— masculla cerca de mi hombro.

—Ya sé que es tarde, pero no podía hacer nada. Ha vuelto a pillarme un atasco. Por desgracia no puedo volar— le contesto tan educada como puedo sin poder dejar de pensar que a nadie le importa que haya batido un récord mundial en conseguir ir a casa, rescatar al gato a base de saltar sobre la encimera de mi cocina y volver a la oficina conservando el bazo intacto.

Patricia me saluda al entrar en el despacho y cuando pretendo desplomarme en la silla, mi móvil gime como víctima de un desconsolado lamento propio del lecho de muerte. Adivino que es un mensaje del chat.

Natalie

¿Quieres hacer algo esta tarde?

Sé que debería ir al gimnasio. También debería hacer la compra. No se me puede olvidar pensar en las propuestas para las guías de los concesionarios… Bueno, puede que a Nat no le importe acompañarme al supermercado. Lo de las guías de los concesionarios puedo hacerlo cuando vuelva y lo del gimnasio…bueno, iré mañana sin falta.

Irish

¡Vale! Aunque no tengo la menor idea de cuándo saldré de la oficina. Te aviso según avance la tarde y decidimos dónde nos vemos ¿de acuerdo?

Natalie contesta con un emoji sonriente que acompaña un “ok”.

Gracias a la improvisada cita con Nat, lo que queda de día cambia de color.

7:25 p.m.

Irish

Salgo en seguida, ¿dónde vamos? ¿Quieres ir a Mei?

Nat

Estoy en la puerta de tu trabajo ¿me vienes a buscar? Mei me encanta, ¡tostadas francesas!

Me pongo el abrigo y me dirijo a la puerta principal de WTP, donde Natalie está esperándome sonriente. Le devuelvo la sonrisa a la vez que le hago un gesto con la cabeza para que entre dentro y vayamos al garaje donde se encuentra mi coche.

—¿Te ha gustado la sorpresa?— pregunta entusiasmada.

—¡Claro! Sólo espero que no lleves mucho tiempo esperando.

—Bueno, un poco, pero ha sido cosa mía lo de presentarme aquí. He salido pronto del trabajo porque…bueno…

—¿Qué ha pasado?

—Es que la encargada se ha enfadado conmigo porque guardé los pintalabios debajo de un mueble iluminado. El calor de la luz los ha derretido y claro, se ha puesto todo perdido. La mujer se ha puesto como una loca, chica, ha gritado, ha dicho tacos y me ha ordenado limpiar todo, pero como yo estoy acostumbrada a limpiar desastres, he terminado rápido y me he venido a verte.

—Pero Nat, ¿no crees que tu jefa se enfadará más si ve que te has largado sin cumplir el horario?

—En verdad, creo que se enfadaría más si me vuelve a ver allí.

—Vaya, lo siento. Tendrás que trabajar muy bien para compensar ese error— la aconsejo.

El ascensor nos avisa acústicamente de que ya estamos en la planta del garaje. Natalie y yo caminamos charlando hasta mi coche pero una voz familiar nos distrae y nos hace callar repentinamente. Es Mark. Se encuentra en el garaje ultimando los detalles de algún asunto de trabajo con un cliente de esos con mucha pasta, a juzgar por su aspecto, por su chófer y sus dos escoltas.

—¿Y esos quienes son?— murmura Natalie discretamente.

—El del pelo negro es Mark, el responsable de Marketing de WTP, trabajo con él, es amigo mío. El otro es un pez gordo. Uno de esos con los que siempre tienes que tener buenos detalles. No le conozco, pero tenemos clientes con mucho dinero y este es uno de ellos.

Natalie observa la escena de reojo. El hombre con el que habla Mark nos detecta desde la lejanía. Debería ir a saludarle pero Mark parece hablar distendidamente con él y yo francamente no tengo ni puñetera gana de sonrisas gratuitas.

Nat y yo nos subimos a mi coche. Está claro que no puede esconder que está sorprendida con lo que esconden las tripas de cristal de WTP, en especial, este tipo de personas que casi exigen una alfombra roja para no pisar el suelo que pisan los demás mortales.

Salgo del garaje apurando los pocos centímetros libres que el chófer del misterioso personaje ha dejado para que los demás podamos maniobrar con el coche. Pongo a prueba mis sentidos, también el sensor de proximidad del Pandora, que me dejan en un muy buen lugar ante la cuadrilla de yuppies.

Nat sonríe tímidamente, abre su pequeño bolso y, después de rebuscar un poco, saca una horquillita con la que se recoge el pelo. Veo en sus ojos el deseo de saber más acerca de lo que acaba de presenciar.

—Creo que sé quién es.

—¿El tipo alto de pelo corto?— pregunta ella.

—Sí. Puede que se trate de un cliente italiano que quiere hacerse con una flota de coches último modelo. Es mucho dinero y hay que hacerle mucho la pelota. Además los quiere blindados.

—¿Y los demás? Esos tíos grandes y el que estaba dentro del coche.

—Pues serán sus guardaespaldas y su chófer.

—Madre mía, qué miedo. Imagínate ver a uno de esos cabreado.

—No me gustaría, aunque seguro que si Sharon se las viera con uno de esos le vencería con una llave de taekwondo o un golpe de karate.

—¿En serio? ¿Sharon sabe hacer esas cosas?

—Ya lo creo. Y cuando yo era más joven se empeñó en que aprendiera a hacerlas también.

—¿Quieres decir que tú también sabes dar mamporros?

—Bueno, son artes marciales. Yo no soy tan buena como ella, pero me defiendo. Me enseñó algo de judo, defensa personal y krav magá. He perdido mucha agilidad y fuerza, pero en un par de semanas yendo al gimnasio lo recuperaré todo.

—¡Vaya! ¿Y serías capaz de atizarle a alguien?

—Creo que no. Verás, mi padre era un salvaje y cuando yo era pequeña no nos dejaba en paz ni a mí ni a mí madre. Cuando mi madre me mandó a España y conocí a Sharon, le conté la historia y ella se puso furiosa. Dijo que si aprendía a defenderme como es debido, nunca más me volvería a pasar algo así, de modo que me enseñó a defenderme tanto con los puños como con las palabras. Pero yo no me veo dándole una paliza a alguien. Para eso hace falta sangre fría y no creo que yo tenga tanta, por mucho que Sharon se empeñe.

—¡Dios mío, Irish, no tenía ni idea! Lo siento mucho…

—No lo sientas. Como ves no he salido mal parada ¿verdad?— le explico a Natalie con una sonrisa satisfecha en el rostro para quitarle un poco de peso al asunto.

Un silencio espeso se adueña del ambiente.

—¿Y ya no sabes nada de él?

—No, ya no sé nada de ninguno de ellos.

—¿Ni siquiera de tu madre?

—No, ni siquiera.

—Y no piensas…

—No. Eso quedó atrás. Yo tenía diez años cuando mi madre me sacó de Irlanda. Ha pasado mucho tiempo.

—¿Sólo diez? Eras una cría.

—Debería haber sido más joven aún.

Nat entiende por fin que no quiero seguir hablando de este tema. Vuelve a quedarse callada mientras observa la concurrida avenida a través de las ventanas del Pandora.

—Tienes un coche precioso— dice cuando apenas estamos a cinco metros de Mei.

—¿Y sabes qué es lo mejor de todo? ¡Que es gratis porque me lo deja WTP!— exclamo bromista. Nat se echa a reír. —¡Venga, vamos a por esas tostadas francesas!

Viernes, 7:17 p.m.

Ojalá el tiempo pasara siempre tan deprisa como cuando estoy con Nat, y eso que esta semana no he tenido tiempo de respirar en el trabajo. La sobrecarga laboral siempre me ha parecido amena aunque requiera esfuerzo.

Hago recapitulación de tragedias de los últimos días mientras me unto mascarilla capilar por toda la cabeza hasta terminar pringosa como un alien recién nacido: lunes y martes de reuniones fuera de Manhattan, miércoles y jueves hasta las diez de la noche en la oficina y hoy, volver a WTP después de trabajar. Siento el impulso de flagelarme con el cable de la ducha para rematarme. Al menos ya hemos cerrado la negociación de la grabación de los dos spots en Nevada y, gracias a los ángeles gloriosos, Mark se desplazará por mí hasta allí, aunque yo tengo que empezar la coordinación de la campaña de Centroamérica. Bueno, al menos ellos no hablan chino. Es un alivio.

Volver al trabajo a estas horas, vestida de gala y para una fiesta, es lo que menos me apetece en el mundo. Preferiría escuchar historias verdes de Peck. Bueno, no, pero podría haber invertido mi tiempo en otras cosas más urgentes. Tengo que cambiarle la arena al gato y debería haber ido al gimnasio.

Sin embargo, todo el mundo estará encantado de estar en esa fiesta menos yo. Tendré que maquillarme hasta que no quede ni un ápice de Irish y vestirme como si fueran a darme un Grammy. Pero lo peor de todo no es disfrazarme de Gilda y mantener el glamour entre gente que me ha visto alguna que otra mañana sin haber tomado aún el café, o tener que estar haciéndoles la rosca a los italianos mientras bebemos champán del caro como si nos crecieran las botellas en el bancal del porche y no sé si seré capaz de aguantar lo que dure la fiesta subida en los tacones que he elegido para la ocasión. Sé que no debería estrenarlos una noche como esta, pero si no ¿cuándo lo hago? Además, llevan esperándome dos meses en el armario.

No me apetece ir de fiesta. No me apetece nada todo este rollo, pero ya que hay que hacerlo, lo haré bien.

Me seco rápidamente el cuerpo y el cabello, preparo los zapatos y rescato del guardatrajes el maravilloso vestido negro que compré hace más de un año después de verle esperándome en un escaparate de la Sexta avenida.

—Sí, cariño, ya sé que tú no estás hecho para los ordinarios lunes o para los vulgares miércoles. Eres la única razón para ser feliz esta noche. Merece la pena este coñazo de cóctel sólo por poder llevarte encima.

9:16 p.m.

Dentro de la sala de eventos, la gente se mueve de un lado a otro luciendo sus mejores galas. Demasiado satén para mi gusto. Es como una convención de cortinistas de funeraria.

Intento buscar alguna cara conocida pero no consigo ver a ningún compañero habitual entre la multitud. Al fin veo a Patricia. Me acerco hasta ella esquivando con toda la educación que puedo a una decena de personas. No me imaginaba que fuese a venir tanta gente.

—¡Patricia, qué elegante!…Lo que me ha costado llegar hasta ti. Hay mucho ambiente, ¿eh?

—Hola Irish, acércate, aquí hay sitio. Se lo estaba guardando a Vivian pero creo que la hemos perdido entre la multitud. Cuídalo bien porque hay muy poco asiento para tantos tacones.

—Gracias, lo tendré en cuenta. ¿No habrás visto a Sharon? No consigo encontrarla ¿sabes si ha llegado ya?

—Sí, sí que ha venido, la vi hará diez minutos. Creo que hablaba con el Señor Petrucci. No le había visto nunca, supongo que tú ya le conocerás.

—No, no en persona, pero he oído hablar muchísimo de él.

—Es un hombre muy agradable…en todos los sentidos.

—¿Guapo?— sonrío a Patricia con picardía.

—Bueno…es atractivo, sí— confiesa tímidamente. —Creo que hasta la Señorita Dubois se ha fijado en ese detalle

—¿Sharon? Me sorprendería.

Patricia da un sorbo a su champagne y me mira con cierto rubor, como si se estuviese metiendo en un terreno de fango.

—Oh, sólo era una observación personal. Yo, por supuesto, no me entrometo en esos asuntos.

—Vamos Patricia, un poco de cotilleo no le hace daño a nadie, cuéntame qué has visto ¿tontean?— bromeo.

Patricia sonríe aún más colorada que antes. La pobre no sabe dónde meterse así que decido no torturarla más.

—Está bien. Tendré que ver con mis propios ojos qué es lo que se cuece. ¡Cuando vuelva, intentaré traer conmigo al de la bandeja de los canapés!

Me levanto y sorteo pacientemente a los comensales en busca de Sharon. Por fin la localizo cerca del grupete de jefes, sosteniendo una copa de champán en la mano.

Sharon está tan centrada en su conversación que no se da cuenta de mi presencia hasta que secretamente toco con la punta de mis dedos un poco de piel de la espalda que su vestido rojo deja desnuda.

—“Buh”— susurro de forma que sólo ella pueda oírme. Se da la vuelta y me dedica una amplia sonrisa.

—¡Por fin! ¿Dónde te habías metido?— pregunta en voz baja.

—Con Patricia, allí al fondo.

—Por fin estrenaste ese vestido. Estás radiante. Ven, te quiero presentar a alguien.— Murmura acompañándome de la mano por el camino abarrotado de gente.

Alrededor de una mesita de metacrilato, se sientan varios ejecutivos y ejecutivas que charlan animadamente. Sharon se acerca a uno de ellos en concreto, que de inmediato centra su atención en nosotras.

—Disculpa, Hank, quiero presentarte a alguien: ella es Irish Corner, nuestra Directora de Publicidad. Irish, el Señor Petrucci.

—Es un placer, Señor Petrucci, tenía muchas ganas de conocerle— le digo al tiempo que nos estrechamos las manos.

—Lo mismo digo. Por favor, llámeme Hank— contesta él sosteniendo con firmeza mi mano, sonriendo con cortesía.

—De acuerdo, Hank.

Entonces Sharon se pone a charlar, blablablablablabla. Faceta psico-Dubois de relaciones públicas inquietante-encantadora de Sharon, capaz de ponerle los pelos de punta a quien verdaderamente la conoce y presencia este teatro, pero yo ya estoy acostumbrada.

Ella me pone por las nubes ante Hank, como suele hacer cuando hace presentaciones formales en el entorno laboral. Hank asiente con educación mientras la escucha. Yo le observo y me confirmo a mí misma que sin duda alguna, este es el hombre con el que Mark estaba hablando en el parking el otro día. Me pregunto qué edad tendrá. Con el pelo tan corto y ese traje tan clásico, podría tener entre treinta y cincuenta años, aunque yo apostaría porque tiene unos cuarenta o cuarenta y pico. No me extraña que Sharon se haya fijado en él. Es mono, educado, millonario y por lo que he leído sobre él debe ser un tío bastante listo.

—He oído hablar mucho de usted,— se dirige a mí el Señor Petrucci— sé que su labor es de gran importancia para la empresa. Tiene usted muy buena prensa, su trabajo no pasa desapercibido.

—Gracias. Supongo que está de más decir que yo también conozco su trayectoria, es usted toda una referencia.

Cuelga tú. No, cuelga tú. No, no, no, cuelga tú. Oh…cielos. Sonríe, Irish y que no se note lo que te cuesta dar jabón a un tío que ni siquiera conoces.

—Muchas gracias, me siento halagado.

Se hace un silencio muy corto en el que yo enseño los dientes en una amplia sonrisa y Hank hace lo mismo mostrando su blanca dentadura. Parecemos lelos. A ver si Sharon se traga de una vez ese champán y vuelve a su blablabla corpo-protocolario.

—Ya hemos agotado buena parte de nuestra energía los últimos meses hablando del trabajo, ¿no les parece? Disfrutemos de la noche— rompe Hank el incómodo parón finalmente. Sharon brinda con pose de artista.

—Por su acento, diría que es usted Europea, ¿me equivoco?— me pregunta él.

—En efecto, soy irlandesa. Tiene usted buen oído.

—Nada de eso. Yo también soy europeo, italiano, de Sicilia. He viajado por todo el mundo y conozco a mucha gente. Eso ha hecho que sepa ubicar a las personas por su pronunciación, no tiene tanto mérito.

Sharon me sonríe levantando una ceja antes de dar otro sorbo a su champán.

—Odio tener que dejaros,— dice ella— pero le dije al Señor Evans hace más de veinte minutos que volvería para brindar y yo le he abandonado. No está bien que el director de la empresa se sienta traicionado por mí. Os veré mas tarde. Disfrutad.

Sharon se aleja como un ente fugaz levitante, dejándome sola con el Señor Petrucci. De pronto entiendo la estrategia. Esta tía me quiere colocar al italiano y me lo ha plantado en frente como un buen trofeo de caza para tiradores mediocres.

—¿Echa de menos Irlanda?— pregunta él, ajeno a la conspiración.

—Irlanda es un país precioso, aunque en realidad echo más de menos España. Me trasladé a Madrid cuando era pequeña, viví allí muchos años. Me acostumbré a esa ciudad y he dejado grandes amigos.

—¿No piensa volver allí?

—Nunca se sabe las vueltas que da la vida, pero hoy por hoy no entra en mis planes. Mi vida ahora está aquí, en Estados Unidos.

Hank me escucha con atención como si tuviera hablando de algo interesante. Pongo en funcionamiento de nuevo ese automático que tenemos todas las mujeres. Ese que permite hacer varias cosas a la vez, en este caso, tener una conversación formal a la vez que le hago un repaso mental exhaustivo al siciliano. No puedo negar que tiene un aire de lo más cautivador. Tan enseñado, tan atento… Si no fuera porque siento que media fiesta está pendiente de lo que estamos haciendo, seguiría con el examen silencioso, pero esta situación comienza a ponerme nerviosa. Espero no tropezar y meterme la leche del siglo delante de todo el mundo. Control. Control. Llegó el momento de arrepentirme de haberme puesto esta mierda de tacones tan altos. Como me caiga va a ser como lanzarme desde un quinto piso hasta el núcleo terrestre. Decido hacer algo al respecto para eliminar ese riesgo.

—¿Le apetece que nos sentemos?— pregunto con estupenda sonrisa de cóctel.

—Por supuesto, vayamos a aquellos asientos.

Nos sentamos en una zona de sillones con mesitas auxiliares, zona más pija que las demás, descaradamente reservada para peces gordos. Hank se toma otra copa de champán que le ofrece un camarero que pasaba por allí y continuamos nuestra distendida charla hasta que una voz ronca en off pronuncia mi nombre. La dueña de ese desagradable sonido es una mujer tambaleante que se acerca aventurada a mí. Ni en mi peor pesadilla he sentido semejantes palpitaciones y gélidos sudores. Dios mío, dime que esa histérica no es Peck. Intento hacerme la sueca en vano. Me agacho ante la confusa mirada de Hank y con disimulo le saco brillo a un zapato.

—¡Irish, cariño, por qué no me contestas!— grita ella, cercana y amenazante como una avispa rondando una Coca cola. Troya ardiendo a cámara lenta se proyecta en el cine de mi cerebro.— …¡Vaya, vaya, vaya! ¿pero quién es tu apuesto acompañante?— continúa ella poniendo voz de guarrilla .

—Hank, ¿me disculpa un momento?— me excuso.

Él, un poco desubicado, mira a todos lados como un camaleón, pero no tengo tiempo de darle más explicaciones.

Aún abrumada por el estupor me acerco y agarro a Peck bruscamente del brazo, imaginando con absoluta nitidez que es su pescuezo. Tiro de ella hasta que consigo llevarla hasta el cuarto de baño y allí nos encerramos.

—¿¡Se puede saber qué coño haces aquí!?

—¡Auu! Suéltame bruta, ¡me haces daño! Vas a hacerme un cardenal.

—¡Mierda, Peck! Ese hombre… pero tú…¿Sabes quién es ese tío? ¡Sharon te va a matar y yo pienso ayudarla!

— … ¡Está cañón!

—¡Es el cliente más importante que tiene WTP en este momento y tú te presentas aquí borracha perdida!

—Vamos, no seas aguafiestas, Irish, preséntamelo.

Peck camina como un pato hasta la puerta dispuesta a salir del aseo, directa a zorrear con Hank. Tengo que encontrar a Sharon como sea.

Engancho a Peck una vez más, todavía más fuerte que antes, y meneo su brazo hasta hacerlo parecer una mano loca para que suelte el picaporte al que se ha aferrado como un pit bull al culo de un cartero.

—¡¡Ven aquí, maldita!!— ordeno con voz de bestia cavernaria gerente de la trena del averno.

Cuando me dispongo a acabar con el problema de raíz, usando la misma técnica que Saturno usó con sus vástagos, alguien llama a la puerta. La siciliana voz pregunta por el estado de la situación desde el otro lado del aseo de mujeres, sin duda, alarmado por los golpes y los aullidos. ¡Mierda, mierda, mierda!

Salgo del baño de inmediato sujetando con fuerza la puerta para evitar que Peck se escape. Ella empuja continuamente con la fuerza de un miura a ritmo de blanca, blanca, blanca en un compás de tres por cuatro y yo apenas puedo evitar que Hank note el forcejeo, pero por suerte, a él parece divertirle todo esto.

—Lo siento Señor Petrucci, Ella está… en fin, parece que ha bebido de más, discúlpenos, por favor, lamento mucho este incidente.

Peck comienza entonces a dar feroces coces a la puerta y a desgañitarse como un cabrero en mitad de la montaña.

—¡¡Irish ábreme la puerta, coño!!

Siento en este instante un sudor efervescente cayéndome por la espalda y la sangre convirtiéndose en melaza hirviendo mientras este hombre me mira divertido, sosteniendo su copa como esperando otra excusa absurda. Peck me va a tirar al suelo en una de sus patadas a la pobre puerta del aseo. Tengo la tentación de abrir de repente y dejar que Peck salga volando para que se estampe contra la primera columna que se encuentre, pero me contengo, como siempre.

La única solución es buscar auxilio y voy a tener que pedírselo al invitado de honor. Sharon nos va a convertir a Peck y a mí en comida para perros. Trago saliva tratando en vano de deshacerme de la sensación de tener un kilo de alfajores en la garganta y le pongo al italiano un gesto pomposo para pedirle el favor:

—Hank, ¿le importaría decirle a Sharon que venga aquí, por favor?

—Naturalmente, espero no tardar— contesta él con un sospechoso tonillo mordaz. Se da la vuelta y camina con estilo entre la gente, momento en el que yo me vuelvo meter en el aseo para estrangular a Peck. Me aferro a sus hombros, la empujo contra la pared, la zarandeo hasta que su cabeza parece un nido de cigüeña y le mordería un ojo si no fuera porque Sharon se merece darse ese gusto más que yo.

—¿Se puede saber cómo has entrado en la fiesta? Se supone que es privada y hay seguridad ahí fuera. Verás cuando te vea Sharon.

—¡Sharon, qué! Niña, ningún guardia de seguridad me dice si entro o no entro a un sitio. Yo hago lo que me da la gana.

—¿Le has pagado?

—No.

—¿Le has mentido?

—No.

—Le has dicho que eres amiga de Sharon.

—Frío, frío…

—Dios mío, no se la habrás…

Peck rompe a reír como la Bruja del Este.

—No, por Dios, no… Bueno, podría haberlo hecho, pero no ha sido necesario. Mira, reinona, yo soy la dueña de Peck’s y aunque este bebida todos me conocen. Soy amiga de toda la farándula del corazón …¡Soy una estrella!

Contemplo cómo Peck rompe en mil pedazos un tisú de los de secarse la manos y se lo lanza a ella misma como si fuera confeti entre exageradas auto ovaciones. Me temo que no sabe la que se le viene encima. El alcohol le ha nublado el cerebro y no es capaz de darse cuenta de que no va a salir de este baño con vida.

Mientras ella habla sola, aprovecho el tiempo que tengo hasta que Sharon venga para pensar en un plan. Lo primero es llamar a un taxi que se lleve a Peck a casa, pero mi bolso está en el guardarropa. Por supuesto, no puedo salir del cuarto de baño y dejar aquí solo este peligro público pelirrojo.

—Déjame tu móvil— la exijo.

—¿Para qué? ¿Vas a pedir una pizza?— pregunta entre carcajadas.

—No me hagas perder la poca paciencia que me queda, ¡dámelo ya!

—¡Irish, Irish! ¡Llama a Eric, por favor!

—¡Ok! Está bien, llamaré a Eric pero, dame tu maldito teléfono.

Peck saca su móvil del bolso al tiempo que, clarísimamente, visualiza el resto de la noche acompañada de su salvaje animal.

—¿Y qué le vas a decir, qué, qué, qué?

—Que vaya a tu casa y te la meta por doquier ¿te parece?

—¡Sí, sí! ¡Dile que venga en bolas!— exclama agarrándome el brazo, casi derritiéndose de sólo pensarlo. —Déjame oír su voz, grrr, grrr, grrr ¡mi animal loco, ven a mí y hazme tuya!— gruñe exaltada tratando de marcar ella misma el número de teléfono.

—¿¡Qué!? ¡No, ni se te ocurra, bestia impúdica!

Peck alza divertida su brazo con el móvil en la mano, impidiéndome alcanzar el aparato, tecleando con más agilidad de lo esperado el número de su amante a sueldo. No soy rival para la tremenda altura de Peck, ni sus zapatos de plataforma son contrincantes dignos para mis tacones. Sólo falta que ese tío se presente aquí también y que Peck y él acaben haciendo el guarro encima de los canapés. Tengo que coger ese teléfono aunque me cueste la vida.

Ante la desesperación y aprovechando que tiene las manos ocupadas, le arreo un puñetazo en el estómago que le hace encogerse y soltar el móvil, que se descuajaringa en el suelo escandalosamente.

—¡Peck, ejem, lo siento! No me has dejado otra opción. Seguro que cuando estés sobria lo entenderás, si es que te acuerdas— me disculpo sin perder tiempo en rescatar el móvil del suelo. Por suerte, el cacharro funciona, así que llamo a un taxi. En lo que tardo en hacerlo, Peck me vomita encima, se cae al suelo y maldice a mi familia más próxima.

Dios, qué asco. No sé cómo voy a salir de aquí ahora. Mi fantástico vestido ahora huele a leche de pantera…espero que sea leche de pantera y no sea cualquier otra guarrería de color sospechoso. Viniendo de Peck, me espero cualquier cosa.

—Te habrás quedado bien a gusto ¿no?

—Traidora. Devuélveme mi teléfono. Me has mentido. No ibas a llamar a mi animal, además, para ello tendrías que haber hablado con su hermano primero y tú eso no lo habrías soportado jamás. No volveré a confiar en ti nunca, cabrona.

Peck vuelve a la carga dispuesta a seguir con su lucha, pero la puerta del baño se abre lentamente. Como una aparición, Sharon se adentra en el aseo de mujeres con cara de demonio chino.

—¿Qué estás haciendo aquí, Peck?— pregunta usando la voz más grave de todo su registro.

—¡Sharon, mira a ésta!, me ha quitado el móvil…yo que he venido a veros…

Sharon se acerca a Peck, clavando sus tacones en el suelo como si pesara mil toneladas. La sujeta de los pelos y clava su cabeza en la pared para susurrarle algo al oído.

—Vas a largarte de aquí sin que te vea una sola alma en toda la fiesta. Me da igual cómo lo hagas, me da igual si te esfumas como el humo, si te vas volando por la ventana o si te tienes que ir por las tuberías del retrete, pero vas a hacerlo y vas a hacerlo ya o llamaré a seguridad para que te saque de aquí con una capucha en la cabeza y unos grilletes de esos que tanto te gustan. En cualquier caso desaparecerás en silencio, bien por las buenas o usando mis métodos que, como sabes, no son muy ortodoxos. Dadas las circunstancias no voy a andarme con miramientos, en este momento me da igual quien seas, lo que quiero es que te desvanezcas ¡ya! ¿Me he explicado con claridad o no?

—Joder, Sharon, qué rancia eres— protesta Peck indignada sujetándose la mata de pelo.

—Je t’emmerde !*

—Está bien, está bien, qué gentuza tan borde, por favor…

Sharon se mete en uno de los cuartitos de retrete, da unos cuantos golpes a la puertecilla que acompaña de algunos bufidos guturales y vuelve con nosotras recomponiéndose un poco el pelo y el vestido.

—Esto es lo que haremos— anuncia carraspeando un poco para  aclararse la voz y tratando de recuperar la calma, pero entonces descubre el hediondo obsequio que Peck ha impreso en mi vestido. Sus ojos se salen de las órbitas a la vez que un grito ahogado se escapa de lo más profundo de su ser.

—Lo sé…— afirmo sin más.

Sharon se vuelve hacia su amiga pelirroja con los ojos de nuevo en sus órbitas, pero inyectados en sangre y con una vena latiente en la sien. Se acerca a ella con el dedo índice levantado como para dictar la sentencia de muerte en trituradora a nuestra amiga borracha.

—Puedes dar gracias a que ahora no tengo tiempo para matarte, pero en cuanto salgamos del puto lío en el que nos has metido, vas a sufrir todas las torturas que se me pasen por la cabeza.— dictamina antes de volverse hacia mí y hablarme en un tono bastante más tierno. —En cuanto a ti, Irish, me temo que vas a tener que irte también. No puedes salir ahí fuera con el vestido lleno de vómito.

Sharon toma aire y cierra unos segundos los ojos. Hace una pausa y continúa hablando:

—Veamos, he pensado en dar un pequeño discurso para distraer a los asistentes, así vosotras podéis aprovechar para salir.

Sharon se vuelve hacia Peck con el dedo acusador en ristre apuntando con su afilada uña justo entre sus cejas rojas— Y tú, pesadilla del infierno, vas a ser tan discreta y silenciosa como un gusano de seda ¿me has entendido?

Peck asiente fehaciente con la cabeza, resignada, por fin. Puede que la repugnante papilla con la que ha decorado mi vestido, haya ayudado a achicar parte del alcohol que inundaba su cuerpo.

—El Señor Petrucci se ha enterado de todo,— continúa Sharon con voz de tenor— está ahí fuera y tengo que pedirle disculpas en nombre de la empresa.

—He llamado a un taxi, no creo que tarde en llegar— advierto.

—De acuerdo, esperaremos a que llegue, daré mi discurso y cuando todo el mundo esté pendiente de él, salís de aquí echando virutas pero invisibles como ninjas ¿ok?

—¿Y qué pasa con mi abrigo y mi bolso?— cuestiono alterada.

—¡Olvídate de eso ahora! Yo lo recuperaré todo y cuando esto acabe te lo llevaré a casa.

—¡Pero mi agenda está ahí dentro, no puedo vivir sin ella!

—Ya sé que te gusta tu agenda, pero tendrás que pasar esta noche sin ella, Irish.

—¡No es que me guste, es que la necesito para todo, mi cabeza está ahí dentro! También necesito las llaves de mi casa, las del coche, el dinero, el móvil…

—Ça fait chier !** …Pues vete a casa de Peck, arreglaremos todo mañana. Venga, no perdamos más tiempo, no quiero que entre alguien al aseo y nos encuentre así.

—¡¡Pero Sharon!!- me quejo.

Sharon me mira con cara de asesina en serie y me veo obligada a recular. Peck y yo asentimos a la vez con la cabeza en señal de aceptación al plan de Sharon, entonces ella sale del cuarto de baño. Poco después se hace el silencio en el exterior y sólo se escucha la voz de Sharon a través de los altavoces del salón de convenciones, tal y como habíamos acordado. Seguimos su plan a la perfección, pero Petrucci, que está pendiente de todos nuestros movimientos, se aparta del grupo de oyentes y se une a la huida.

—Vamos, le acompañaré hasta la puerta— susurra en cuanto me tiene cerca.

En principio la idea me parece nefasta pero no estoy en situación de andar discutiendo si sí o si no con el señor este italiano. Además quedaría fatal si le niego la ayuda y es un tío al que hay que dorarle un poco la píldora. Quién me dice a mí que el buen hombre no es de esos a los que les gusta jugar a ser el héroe de las damas en apuros.

Él, Peck y yo, con mi vestido pestoso, conseguimos salir de WTP sin que aparentemente nadie se haya dado cuenta de la jugada.

El taxi aguarda en la puerta. Meto a Peck dentro e indico al taxista la dirección a la cual debe llevarla. Lo siento por Sharon, pero no pienso irme con esta mujer y menos en su estado. No voy a pasarme la noche escuchando balbucear a Peck borracha y cabreada por cambiar su plan nocturno mientras yo añoro mi agenda y todas mis pertenencias. Además no voy a dejar a Picky sin cenar por su culpa.

Hank se asoma por la ventana del asiento del acompañante del taxi y le da dos billetes de cincuenta dólares al conductor.

—¿Sería tan amable de asegurarse de que la señorita entre en el portal?

—Sí, sí, yo mira señora dentro segura, tú estás tranquilo— contesta el taxista con una luminosa sonrisa.

—Peck, come algo en cuanto llegues y bebe mucha agua ¿vale?

La verdad es que no me fío mucho de que no se escape del taxi y se meta a seguir la fiesta en cualquier antro. Irish de Calcuta querría acompañar a Peck a su casa y está haciendo sentir culpable a Irish de Manhattan, pero ésta se mantiene firme. Ya he hecho suficiente por Peck esta noche.

—Que sí, plasta… — contesta pesadamente.

Visualizo una bofetada a cámara lenta que hace que todos los músculos de su cara reboten como una onda expansiva.

El taxi arranca y me quedo con las ganas de hacer realidad mis sueños.

Hank y yo, quietos como pasmarotes en la calle, observamos cómo se aleja el coche. No sé qué se le pasará por la cabeza a él, pero yo desde luego, trato de invocar a mis musas para que me ayuden a pensar qué leches le digo yo ahora a este hombre.

—Bueno, Hank…— me aventuro a decir —no sé cómo agradecerle que… Ha sido de gran ayuda. Deje que vuelva a recuperar mi bolso y le devolveré el dinero del taxi.

—No, por favor,— ruega negando con la cabeza —no es necesario.

—Muchas gracias de nuevo. Como verá… — Hank me interrumpe.

—Por favor deje de llamarme de usted.

—Entonces tengo que pedirte lo mismo.

—Es justo. Deduzco que te vas a casa— adivina al observar mi vestido.

—Sí, bueno, tuvimos otro pequeño altercado en el baño y la verdad es que no puedo aguantar ni un minuto más con esto encima, ¡me está matando!

—Deja que te acompañe a casa. No tengo más que hacer una llamada a mi chófer y en unos minutos estará aquí.

—¡No te molestes! Tengo el coche en el garaje.

—No es molestia— insiste.

Me quedo mirándole pensativa unos segundos. Es una idea pésima y no estoy en situación de andar discutiendo con el caballero. Quiero mi bolso, mi agenda, las llaves de mi coche y meterme en mi ducha ¡ahora!

—Lo cierto, Hank, es que me sentiría más cómoda yendo en mi coche a casa, más que nada porque el hedor que despide mi vestido es tan asqueroso como embarazoso, pero si quieres acompañarme hasta el garaje…

—Entiendo. Deja entonces que al menos rescate sus cosas del ropero— contesta con una elegante sonrisa en su rostro. Se da media vuelta y se aleja. No tarda más de un par de minutos en volver con todos mis trastos.

—Debes estar harto de mí. No sé cómo agradecerte que hayas tratado de hacer esta situación algo menos incómoda. Estoy avergonzada por lo que ha pasado, por la actitud de mi amiga, debe haberte dejado una imagen terrible…WTP es una empresa muy seria. Sharon es la persona más profesional, competente e inteligente que he conocido en toda mi vida y los demás empleados son todos del mismo estilo— le explico intentando enmendar un poco todo este lío.

—Deja ya de preocuparte y de darme las gracias. Son cosas que pasan, yo también tengo mis anécdotas, —confiesa mientras caminamos— también me han pasado cosas bochornosas; he vomitado, me han vomitado encima… Soy una persona normal, como todos.

—No tienes ninguna pinta de haber vivido una situación como esta.

—¿Ah, no? ¿Quieres oír alguna de mis hazañas?

—Claro que sí— afirmo sorprendida.

—Bien. Puse verde a un profesor para hacerme el gracioso delante de una chica, sin saber que éste era su padre.

—No es para tanto.

—Salté a caballito sobre la espalda de un hombre pensando que era mi hermano.

—Cosas que pasan.

—Rompí mi kimono por el trasero al saludar al sensei en una exhibición nacional de karate.

—No está mal, pero no es suficiente.

—Mi gran danés agredió sexualmente a la madre de la que pretendía que fuera mi novia, el día de mi solemne presentación.

—Está bien, tú ganas— admito divertida.

—Te sientes mejor ahora ¿verdad?— pregunta con una sonrisa satisfecha que me deja un poco atontada durante un instante.

—Por supuesto.

—¡Ah! Veo que tienes un Pandora— dice al ver las luces que se encienden al pulsar el botón del mando para desbloquear el seguro de mi coche.

—Sí, ¿no es precioso?

—Lo es, aunque yo me he decantado por adquirir una flota del Panther.

—Es una buena elección.

—Sé que estás deseando llegar a casa y ponerte otra cosa. No voy a entretenerte más. Ha sido un placer conocerte. No olvides que tienes un viaje pendiente conmigo y con mi chófer para cuando lo necesites.

—¡Claro! Nos veremos por aquí. Hasta pronto, Hank y gracias una vez más.

Salgo del aparcamiento dejando atrás al italiano. Oh, es tan majo, tan cortés…¡oh qué hombre!…¡¡¡oh, señor, qué peste!!!

1:35 a.m.

—¿No trabajas mañana? Quizá deberíamos colgar ya.

—Dah, no te preocupes. Es viernes, me acostaré un poco más tarde. Sigue contándome más cosas de la fiesta. Me estoy partiendo de la risa.

—Te parece divertido ¿eh? Pues no te hubiera gustado nada estar en mi pellejo.

—Si me rescatara un hombre tan apuesto como Hank, no me importaría.

—Eres una romántica, Natalie.

—No me digas que no te hace tilín. Por lo que cuentas, lo tiene todo. Es perfecto para ti.

—¡Le acabo de conocer, nada más! Lo de esta noche ha sido una anécdota que él se ha encargado de endulzar. Se lo agradezco, pero eso es todo.

—¿Vas a invitarle a tu cumpleaños?

—¡Ni hablar! No tengo confianza con él para eso y quiero hacer una fiesta en petit comité. Sólo he invitado a cinco personas.

—¿Sólo cinco? ¿Y qué vamos a hacer cinco personas en una fiesta?

—Conmigo somos seis.

—Ah bueno, menos mal, entonces podemos jugar al Trivial Pursuit.

—Muy graciosa. Ya sabes que no me gustan los follones, quiero algo tranquilo, sobrio…

—No olvides la Fanta y las medianoches.

—Nat, deja de burlarte de mí. No eres la más indicada para dar lecciones de jolgorios.

—Si invitarás a Hank, la cosa cambiaría mucho de color ¿no crees?

—No, no, no. Seremos Sharon, Mark, Antonio, Peck, tú y yo.

—En el fondo estás deseando que Peck vomite en los ganchitos.

—No me queda más remedio que invitarla. Además, en el fondo la quiero. Muy en el fondo. Del río. En el lodo.

—¿Y ese Antonio quién es?

—Es un amigo, camarero del pub “Mojito”. Es un cielo, te caerá bien. Es divertido, cariñoso, es un artista haciendo cócteles…

—¿Es mono?

—Muy mono, cubano. Muy sexy.

—¿Te has acostado con él?

—¡No!…bueno, una vez, después de beber demasiado. Otra de las razones por las que no me gusta beber ¿ves?

—Vaya mezcla más rara de gente, Irish.

—Deberías dormir ya, mañana no podrás levantarte.

—Sí, mamá.

—¡Vamos!

—Hasta mañana, mamaíta.

—Ja, ja. Hasta mañana.