Capítulo 1

Martes, 6:37 a.m.

Me meto en la boca la mitad de la galleta sustitutiva y entro dentro de la ducha. Mastico lentamente esforzándome en identificar cada ingrediente tal y como recomendaba el artículo “pon en forma tu cerebro” de la revista Esquire.

El agua caliente me corre por la espalda mientras paladeo la galleta convenciéndome a mí misma de que seré capaz de detectar, aunque sea, el aroma de bacon o algún potenciador de sabor responsable de engañar a mi cerebro para que crea que lo que me estoy comiendo es comida, pero por más que busco y rebusco, esta porquería sigue igual de insípida. Quizá podría haber mordido un trocito de la caja para darle un poco de gracia a la galleta y quitarme de la cabeza la idea de estoy comulgando desnuda y mojada.

Termino de ducharme y me meto la otra mitad de la galleta haciendo caso omiso a esa voz mental que se empeña en identificar el extraño apaño culinario con una ostra momificada, con un liquen milenario o con uno de esos hongos que algunas personas usan para avinagrar el agua y bebérsela en ayunas convencidos de que eso aporta fauna a la flora de su vergel intestinal.

Me embadurno de aceite de almendras y me seco el pelo –Seis minutos–. Me lavo los dientes y comienzo a maquillarme. Ya se ha secado el eyeliner –Ocho minutos–. Rímel y lista.

Comprobado. Ahorro tres minutos si me como la galleta en dos veces aprovechando el tiempo que tardo en ducharme para masticar.

¡Estupendo!, ahora se pone a llover. No me va a servir de nada haber puesto en práctica mi plan de ahorro de minutos porque me tiraré un siglo en la carretera esta mañana. ¡Mierda! ¿Por qué la gente se queda parada en medio de la carretera cuando llueve, como si cayera del cielo Super glue 3? Uff…no quiero pensar en el cabreo que va a traer Sharon cuando llegue a la oficina después de tragarse el atascazo. Espero que además no venga con resaca.

Picky se quita rápidamente de mi camino cuando me ve aparecer en el salón. Me imagino que para un gato, ver unos zapatos de tacón aproximándose a esta velocidad tiene que ser parecido a vivir La guerra de los mundos. Me despido de él con la mano antes de cerrar la puerta. Él me mira como si fuera idiota y después se va sin más.

7:12 a.m.

Aprovecho la primera parada en el atasco para buscar la libreta de notas dentro de mi bolso y a la vez selecciono en el reproductor del coche el audiolibro Cantonés en 8 semanas. Si encontrara mi libreta Moleskine dentro de mi bolso, podría mirar qué más se me ocurrió añadir en el punto “atasco de por la mañana” de la lista de “optimización de tiempo” que escribí mientras estaba en otro atasco la semana pasada.
Comienzo a sacar del bolso los objetos que he confundido en más de tres ocasiones con la libreta: el teléfono, la cajita de pastillas, la polvera. Rebusco más. Agarro los kleenex, una compresa, el monedero, las llaves, la funda de las gafas de sol, la Torre Eiffel, ¡maldita sea! Vuelco el contenido del bolso sobre el asiento del copiloto y cojo la libretita de las narices, pero justo en ese momento, la fila de coches se empieza a mover condenándome a escuchar chino sin pensar en nada más hasta que llego a WTP.

7:52 a.m.

Saludo a Patricia sonriente como si no hubiese deseado hacer estallar una bomba atómica en la carretera hace escasos quince minutos.
Ella, tan educada como siempre, me devuelve el saludo y la sonrisa como si no supiera que me he percatado de que estaba leyendo las noticias de Yahoo. Pobrecilla, no la culpo. Al fin y al cabo, está a menos de diez minutos de que empiece su tortuosa jornada laboral y este será el único rato que tendrá libre en todo el día.

–Termínate el café tranquilamente, Patricia, luego hablamos de la agenda– le digo en plan amigable. Bebe, criatura, bebe café, que buena falta nos va a hacer hoy, pienso.
Patricia asiente con la cabeza y yo me meto en mi despacho.

El ruido de los tacones de Sharon no se hace esperar. Las tapas de sus zapatos deben de estar reforzadas con titanio. Pasos firmes, perfectamente acompasados. Da dos golpes rápidos de “cortesía” en mi puerta y entra sin esperar respuesta cerrando bruscamente tras su paso.

–¡Necesito una pistola y un café!– exclama dejándose caer sobre el sofá de visitas.

–Buenos días, Sharon. Pensé que hoy estarías de peor humor.

Preparo un par de cafés en la máquina de cápsulas y se lo acerco a Sharon sorteando el amenazante puntiagudo zapato que pende en el aire.

– Odio los malditos lunes– añade recibiendo el café, estirando después sus largas y perfectas piernas sobre el reposabrazos –y esos malditos atascos todos los días…–

–No te quejes tanto, ¿sabes lo primero que hice esta mañana?; recoger un montón de basura que había dispersada por todo el suelo de la cocina. Anoche olvidé sacar la basura y Picky…¡casi lo mato!

–Por eso yo no tengo animales– contesta Sharon sin emoción, al tiempo que saca un cigarro muy delgado de su pitillera.

–¿No irás a fumar en mi despacho? ¡No! ¡Haz el favor, Sharon, luego apesta todo el día y yo no tengo por qué tragarme tus humos!
¿Por qué haces esto? Sabes que lo odio y sabes que nadie puede fumar en todo el edificio. Te aprovechas de tu posición y eso no está bien. Luego te preguntarás por qué la gente te mira mal…

–Jamás me he preguntado tal cosa…– musita ella entre dientes.

–Además, esa basura acabará con tu salud. Tú lo sabes mejor que nadie ¿de qué te sirvió estudiar medicina? ¿Es que eres suicida?

–Está bien, Irish, por Dios, con tal de no oírte guardaré el puñetero cigarrillo. Gracias por hacerme la mañana más difícil.

–¡No te hago la mañana más difícil, me preocupo por ti, por mí, por el ambiente de mi despacho y por las normas de la empresa! Deberías dar ejemplo a tus empleados, no andar fumando por ahí…

–Hablando de criaturas ejemplares, ¿sabes algo de Peck? Hace un siglo que no la veo…– me interrumpe.

–¿Yo? No. Sería extraño que yo supiera algo de ella antes que tú…

–Nunca se sabe.

–A mí me tiene manía.

–Tonterías. ¿Dónde se habrá metido?

–Deja de preocuparte por Peck, aparecerá en el momento menos oportuno.

–Irish, deja de refunfuñar–dice apurando su taza de café y levantándose del sofá–. Hoy va a ser un día duro, necesitarás esa energía que estás derrochando.

–Lo sé. Creo que me tomaré otro café.

–No te pases con la cafeína. Acuérdate de cómo estabas el día de la presentación del Pandora… pensé que te iba a dar un ataque de histeria.

–¡Pero no me dio! Salió muy bien ¿no? Voy a hacer todo lo posible para que la presentación del Panther sea igual de buena o mejor.

–¿Mejor que aquello? Imposible– bromea con sonrisa pícara. Me guiña un ojo y se va de mi despacho sigilosamente como una elegante alimaña nocturna.

8:38 p.m.

Sé que debería ir al gimnasio, pero hoy estoy más que excusada.
El día ha sido agotador, he hecho la presentación en tantos idiomas que parecía estar poseída por un ente maligno, me merezco un premio. En cuanto llegue a casa me cambiaré de ropa y encenderé la televisión. Así le quito de una vez el film de plástico protector, que ya está bien después de más de tres años.

Me dispongo a salir del garaje de la sala de eventos que se eligió para presentar el nuevo Panther, pero el ticket del parking no es aceptado por la máquina. ¡Dios, con las ganas de irme a mi casa que tengo! Acabo por perder la paciencia y salir del coche para volver a introducir por enésima vez el ticket, pero nada.
Le hago señas al tío de la cabina y él me indica desde lejos que continúe con los intentos. Estará muy cómodo con el culo plantado en la silla el muy tío vago. Finalmente le propino un par de golpes al cacharro, que reacciona de inmediato abriendo el paso. Antes de que se arrepienta, me meto en el coche y rápidamente salgo del garaje, pero justo cuando cruzo la puerta camino a mi libertad, mi WTP Pandora se topa con algo y da un alarido metálico de dolor que se siente mucho más en mi cuerpo que en el suyo. Después oigo un pesado pom y un crash.
¡Mierda! Me he rozado con una maldita moto. ¡Qué está haciendo ese trasto ahí aparcado! ¿Es que no tenía otro sitio donde meterse?

Salgo del coche para evaluar los daños, los de mi Pandora y los de la moto; Un arañazo en la aleta, nada importante, pero habrá que repararlo en el taller. Me temo que la moto ha salido perdiendo; Un espejo retrovisor partido y probablemente varias raspaduras. Dejaré una nota para cuando…

–¡Eh, eh, tú! ¡Qué has hecho!– se escucha una voz lejana perteneciente a un quinqui que ha salido de un callejón oscuro.
El sujeto se acerca enfurecido al lugar de los hechos, galopando desbocado como un búfalo en una estampida. Mi apego por la vida me lleva a retroceder y volver al interior del coche para huir de la acechante amenaza, pisando a fondo el acelerador del Pandora y desapareciendo calle abajo. El alivio de la huida me dura menos de dos segundos, hasta que veo que el individuo me persigue con su moto a toda velocidad y que rápidamente consigue ponerse a mi altura mientras grita improperios en una lengua desconocida. Presa del pánico, pongo a prueba mis dotes como conductora y compruebo cuán verdad eran las virtudes que rezaba la publicidad que yo misma le hice al coche. De alguna manera, consigo salir del casco urbano y abandono la sensación de ser la protagonista de Grand theaf auto. Sin quitar la vista de la carretera, alargo la mano hasta mi bolso, que yace sobre el asiento del copiloto, e intento abrir la cremallera a base de inútiles tirones. Dar esquinazo a un delincuente mientras se zarandea un enorme bolso por los aires, enganchándolo solo de la pestañita de la cremallera, es una tarea complicada, aún así, la tremenda sacudida no consigue que la cremallera se deslice y el bolso se abra, de modo que agarro la pestañita de la cremallera con los dientes tratando de no matarme con el coche, tiro del bolso y lo agarro por la base para volcar todo el contenido encima del asiento del copiloto mientras confirmo al mirar por el espejo retrovisor que no he logrado despistar al loco de la moto. Sujeto el volante con la mano izquierda y con la derecha busco al tacto mi spray de pimienta. El loco me está pisando los talones. Empiezo a plantearme detener el coche y atacarle o de lo contrario, el Pandora y yo acabaremos en la copa de un árbol.
Sería maravilloso haber acertado con el botón del volante que activa el teléfono y llamar a la policía. Sería maravilloso ser capaz de detener el parabrisas, las luces antiniebla, la luneta térmica y especialmente la radio con su Lucy in the sky with diamonds martilleante. –¡Aquí está el maldito spray de pimienta!– grito de emoción. La alegría del hallazgo y el acto reflejo de levantar triunfante el spray como si fuera un Oscar, hace que casi pierda el control del coche. Tras el susto de muerte, me rindo y paro en el arcén preparándome para enfrentarme con el loco de la moto.

No hago más que parpadear y veo al tío frenando de golpe justo detrás de mi coche. El corazón se me acelera pero me armo de valor y de spray de pimienta camuflado bajo una pierna. Desciendo el cristal de la ventanilla lo suficiente para escuchar –con un dedo vale– y tomo aire. El ser se acerca encabritado al Pandora a pasos agigantados, se quita las gafas de sol antes de dar un par de golpes contundentes con los nudillos al cristal de la ventanilla y asomarse.

–¡¡Pero tú de qué vas!! ¡Nadie toca mi moto y tú me has partido un espejo con tu mierda de coche de pija!– grazna amenazante.

Me sorprende comprender medianamente su idioma, que resulta ser algo parecido al inglés de un chino recién salido del dentista, pero lo que veo me sorprende mucho más. El maleante y yo nos quedamos mirándonos el uno al otro sin mediar palabra. Por algún motivo, no puedo dejar de mirar esos preciosos ojos verdes, esa tremenda boca, ese pelo revuelto por el viento, esa piel morena…

–Si no fueras tan guapa, te mataría aquí mismo– dice él con una sonrisa en su rostro que quita el hipo.

Suficientes palabras para que de un solo impulso me dé por bajar del todo la ventanilla del coche, agarrarle de la raída cazadora de cuero que lleva puesta y tirar de él con todas mis fuerzas hasta el interior del vehículo, besando esos maravillosos labios, aferrándome como una loca a su fantástico cuello, haciendo de sus protestas música celestial.

–¡¡Eh, cuidado nena, cuidado!! ¡Creo que por aquí no quepo! ¡Cuidado con mis…ouch! ¡¡Espera, espera, es mejor que abras la puerta y entre por ahí, luego haremos lo que quieras, pero no tires!!– Resuena su voz reverberada dentro de mi cabeza como si formará parte de un sueño. Y entonces por fin entra en el Pandora como el corcho de una botella de champán y le aprisiono con las piernas y los brazos totalmente fuera de control. ¡Le quiero dentro y lo quiero ahora! Le arrebato de un diestro movimiento cualquier trapo que antes cubriera sus brazos y su torso y él, puede que algo desconcertado, mete sus ardientes manos por debajo de mi sujetador. Le empujo contra mí una y otra y otra vez, le arranco el botón de los vaqueros, le desnudo como una leona y le dejo que me lo haga como si estuviéramos en Gran hermano.

Sin saber muy bien cuánto tiempo ha pasado pero consciente de que la cosa ha terminado, vuelvo en mí como si hubiese despertado de un desmayo, sin poder apartar la vista del chico que tengo encima respirando profundamente.

En verdadero estado de shock, me dedico a sacar de debajo de mi espalda algunos de los bártulos que hace unos minutos se encontraban dentro de mi bolso. A medida que voy dándome cuenta de la situación en la que me hallo, el ritmo del rescate de objetos sepultados bajo mi cuerpo se torna frenético y empiezo a tener sudores fríos.

–Tengo prisa, me tengo que ir, sal del coche, por favor– le pido al desconocido al tiempo que me cubro con la primera prenda que encuentro y le empujo educadamente para que se me quite de encima.

–Ah, vale ¿y qué pasa con mi retrovisor?– pregunta poniéndose la camiseta con parsimonia.

–El retrovisor… Pues, toma; Esto es todo lo que tengo– respondo sacando ciento cincuenta dólares de la cartera. –Creo que será suficiente ¿verdad?

El chico se guarda el dinero justo después de subirse los pantalones. Tras ver esa escena, se me recalienta la cabeza y se me acelera el pulso. Siento la necesidad de echar al tío fuera de mi coche cuanto antes, así que le atosigo hasta conseguir que salga y le doy el resto de su ropa urgentemente, dejándolo plantado en medio de la carretera mirando cómo me alejo del lugar a la velocidad del rayo.

Dios mío, Dios mío ¿pero qué he hecho?¿Qué me ha pasado? ¿Acabo de hacer lo que acabo de hacer o ha sido producto de mi imaginación? ¡Me he tirado a un extraño dentro del coche! ¡Pero si prácticamente le he violado! ¿Qué me ha pasado? Uff, uff, no entiendo nada. Nunca me había sucedido nada igual, me he vuelto loca. ¡Estaba salida! Ha sido como ser Benny Hill durante un rato, ¡qué horror! ¿Cómo he sido capaz de hacer algo así? Y con un hombre al que ni siquiera conozco, con pinta de ladrón de cobre, sin usar ninguna protección ¡¡Dios mío, estoy loca!! ¡Me estoy agobiando, me estoy agobiando, necesito parar, respirar, no puedo seguir aquí dentro ¡fíjate qué asientos! Ni el Señor Lobo podría solucionar ESE problema… Oh no, qué horror. Irish tranquila, tranquila. Detente en la próxima estación de servicio y relájate. Piensa que no es tan raro. Hay gente que hace esto continuamente, mira a Peck…¡¡Oh no, yo no soy como Peck, no quiero ser como ella!! Tengo que hacerme pruebas. Eso es. Mañana mismo iré al médico. Nadie puede enterarse de esto, será un secreto que sólo sabremos yo y el loco de la moto. Señor, qué locura…

Por suerte, una señal advierte que la estación de servicio de Dondequieraqueeste está a tan sólo 400 metros. En cuanto llego a la impersonal cafetería, me siento en una de las mesas vacías poniendo cara de no estar al borde de un ataque de histeria. Pronto, una mujer menuda de apariencia asustadiza me ofrece la carta. El rostro de esa chica capta mi atención consiguiendo que me olvide por un momento la experiencia con el loco de la moto. Sus grandes ojos tristes y la expresión de desconfianza en sus propios movimientos me conmueven sin remedio. Es una lástima que una persona tan joven tenga una mirada como esa.

–Fuera de la carta tenemos pastel de carne y empanada de pescado anuncia con su vocecilla tenue.

–Tomaré solo un café americano–contesto devolviéndole la carta de tentaciones infernales.

La mujer se aleja y yo me quedo dando vueltas a eso de las tentaciones. Ahora que la cosa empieza a enfriarse, comienzo a sentirme un poco molesta al estar sentada. Me sostendré un poco con las piernas para intentar que mi trasero pese menos. El desconocido no sólo era guapo sino que también debía estar bien dotado…pero con esas pintas que llevaba… ¡Oh, qué irresponsabilidad! Seguro que es de esos que bajan a la calle en pantuflas y descamisado. Mañana pediré una analítica completa, a ver si tengo suerte y por una vez me encuentran la vena.

La chica, Natalie, según la plaquita de identificación de su solapa, vuelve a la mesa para servir el café. Agarra con cuidado la jarra humeante y el líquido baila al ritmo de su temblorosa mano. Sonrío para que se sienta más cómoda, ella me devuelve la sonrisa no muy convencida. Se dispone a verter el café en la taza cuando su muñeca le traiciona y la jarra gira dejando caer el café caliente justo sobre mis pantorrillas. La falda de lana de mi traje y las medias hacen más fácil que el café queme, más aún si cabe, la piel de mis pobres piernas.

–¡Mierda!– Grito, aunque reprimo los cientos de improperios que me vienen de forma espontánea al cerebro, todos dedicados a la torpeza de la puñetera Natalie que me ha dejado chamuscada como una brocheta, empapada como un perro, manchada como una rata y cabreada como sólo yo puedo estarlo. Afortunadamente, la fuerza de la compostura cierra mis labios y me recuerda que esa chica está sofocada y que abofetearla e insultarla como me apetecería hacerlo sería absolutamente intolerable y descortés.

–¡¡Oh, no!! ¡Perdóneme por favor! No se mueva, en seguida le limpio ¡Dios! Qué torpe soy, no sabe cuánto lo siento…

Tomo aire y hago proyectar una escena en mi mente de una playa solitaria con las olas llegando lentamente a la orilla y una suave y agradable brisa acariciando mi cara, pero sin querer no puedo evitar pensar en salir corriendo, meter las piernas en el agua y en que caiga una nevada en la playa que me sepulte de cintura para abajo. Activo el filtro de “Di lo correcto y haz como si no pasara nada” porque lo de la playa no funciona.

–¡No, no te preocupes! ha sido un pequeño incidente sin importancia– exclamo con la sonrisa más jodidamente falsa que he puesto en mi vida.

Natalie se pone muy nerviosa y se aproxima a mi pantalón con la primera bayeta que ha pillado en la barra. Comienza a frotar con ella enérgicamente mi falda para absorber el café y quitar la mancha –demasiado tarde, mi falda ya se lo ha bebido–, pero sería más fácil manchar de café los dos o tres centímetros de tela que no han sufrido el ataque.

–¡Tranquila!– trato de calmarla. –No pasa nada, en serio, déjalo, ya me limpio yo.– Pero Natalie no suelta la bayeta. Continúa intentando hacer que la mancha desaparezca.
De pronto, un hombre gordo se asoma desde lo que parece ser la cocina y mira a Natalie con ojos amenazantes.

–¡¡Natalie, qué ha pasado!!

Ella se vuelve más nerviosa aún, se levanta y traga saliva. Yo aprovecho para coger la bayeta y seguir con la limpieza a la vez que observo la escena. En ese momento un olor nauseabundo, como a queso, como a muerto o como si un muerto hubiera comido queso y ambos se hubieran podrido durante meses en una ciénaga, surge de algo terriblemente cercano a mí… ¡Oh, no, es la bayeta…y ahora, por extensión, mi ropa!. ¡Oh, no, no, no…piensa que estas piernas no son tuyas, piensa que estas piernas no son tuyas, piensa que estas piernas no son tuyas!.

El hombre gordo se aproxima a nosotras y se planta frente a Natalie desafiante.

–¿Has tirado el café?– grita el ogro.

Natalie tiembla. Me mira a mí, le mira a él, yo miro la bayeta y la sostengo de un mínimo piquito entre mis dedos índice y pulgar.

–Bueno…ha sido un accidente, lo siento mucho– se excusa la muchacha tartamudeando.

El gordo agarra la jarra de café y agarra también a la camarera del brazo.

–Vete de aquí y no vuelvas ¿me oyes?– vocifera encabronado –¡No quiero volver a verte, niñata inútil! ¡Me estas espantando a todos los clientes!

–¡Oiga, no ha pasado nada, tranquilícese!– me veo obligada a intervenir.

–Discúlpela, señora– me dice el gordo secándose la frente –La culpa es mía por tener la buena fe de creer que debería darle una oportunidad a gente que no tiene talento ni ganas de trabajar.– El ogro mira a Natalie y señala la puerta de la calle. –¡Así que fuera, ya lo has oído!– sentencia con aires de emperador.

Observo en silencio cómo la chica se quita su delantal sollozando y se mete al interior de la cafetería. Después, sale con un bolsito y un abrigo colgando del brazo. Inmediatamente dejo el dinero de mi consumición y salgo corriendo detrás de ella.

No hay nada más incómodo que andar con la ropa empapada. Siento como si hubiera roto aguas.

–¡Ehhh, espera!– grito a Natalie, que se da la vuelta extrañada. –¿Estás bien? No hagas caso a ese gordinflón imbécil. Todos derramamos café o lo que sea alguna vez, es lo que tienen los líquidos…la fuerza de la gravedad, esas cosas. No me creo que a él no se le caiga nada con la de grasa que desprende su cuerpo.

Natalie me mira desconcertada con los ojos llenos de lágrimas.

–Gracias por intentar consolarme. Siento mucho haber manchado su falda y haberle hecho presenciar ese espectáculo– solloza.

–Venga, no llores, sólo es ropa, por mí no te preocupes. En cuanto a lo del empleo, seguro que podrás encontrar un trabajo mejor que este.

Mis intentos por calmar a Natalie no sólo son en vano, sino que terminan por conseguir que la chiquilla se eche a llorar amargamente. Sin darme cuenta le he recordado que acaba de ser despedida, ¡qué torpeza!. Se me disparan los nervios pensando en la forma de hacer que pare de llorar.

–Natalie, Natalie, vamos, hay muchos trabajos en el mundo. Esto es Manhattan…

–No estamos en Manhattan…–me aclara entre gimoteos. Eso me hace recordar cómo y por qué he ido a parar a este lugar. De pronto siento ardor de estómago.

–Bueno, pero andamos cerca ¿no? ¿Tú vives por aquí?– pregunto.

–No, yo vivo en Brooklyn…–responde y justo después se suena escandalosamente la nariz con un kleenex.

Me da lástima ver cómo la chica se coloca los mechones de pelo que se han soltado de su moño, tratando con ello de estar un poco más presentable de cara al resto del mundo, aunque esté llorando como una magdalena junto a alguien al que acaba de regar con café ardiendo. Me vienen entonces a la cabeza las burlas de Sharon y Peck con su estúpido “Irish de Calcuta” y demás bromas. No tienen sensibilidad pero supongo que sí algo de razón. Hago de tripas corazón y procuro ignorar el malestar que me causa el dolor ajeno para evitar los problemas en los que acostumbro a meterme cuando mi yo caritativo controla mi cabeza.

–Bueno, pues te acompaño al coche. Ve a casa, tómate algo calentito –pero no te lo sirvas tú, pienso– y descansa un poco. Mañana será otro día, todo saldrá bien, ya lo verás…

–Yo no tengo coche, voy en transporte público a casa– contesta dando un amargo llanto que me provoca un sobresalto. –Necesito trabajar, tengo muchas responsabilidades, tengo que cuidar de mis padres, son mayores. Hay muchas cosas que pagar. No puedo darme el lujo de quedarme sin trabajo. Me siento tan estúpida, nunca me sale nada bien.

Natalie se pone de cuclillas para llorar más aún. Se desahoga en el suelo de la gasolinera y con cada suspiro suyo mi corazón se rompe un poquito más. Me arrodillo para estar junto a ella y le hablo en tono suave.

–No te pongas así…hay solución para todo– le suelto sin darme cuenta de que esa frase hecha es tan inverosímil que le robaría seguridad hasta al 007.

–¿Cómo va a encontrar trabajo alguien tan torpe como yo? Ni siquiera soy capaz de servir un café.

–Pues mira, para que veas que las cosas no suceden por casualidad, te haré una oferta– responde Irish de Calcuta sin que pueda hacer nada por evitar que ella tome las riendas de la situación. –Resulta que mi íntima amiga es una gran mujer de mundo. Tiene muchos conocidos y seguro que ella puede encontrarte algún trabajo en el que encajes perfectamente. Si te interesa, puedo hablar con ella para que te enchufe en algún sitio lo antes posible ¿qué te parece eso? ¿A que ya no tienes tantas ganas de llorar?

–¿Lo dices en serio?–Pregunta sorprendida, mirándome con los ojos muy abiertos.

–Sí, es una de las mujeres más poderosas de Nueva York. Venga, no estés triste. Déjame un número de teléfono y te diré algo cuanto antes ¿vale?

–Pero…¿cómo voy a agradecérselo? Ni siquiera sé su nombre. ¿Es usted mi ángel de la guarda?– pregunta sonriendo. Me llena de alegría ver su rostro de felicidad, me siento feliz, completa, plena, útil, ¡como Diana de Gales!

Natalie se quita de la pechera el cartelito con su nombre, anota un número de teléfono en él y me lo entrega ilusionada como el que le da la carta a Papá Noel en Navidad.

–Me llamo Irish. Me pondré en contacto contigo, te lo prometo.

–Muchas, muchísimas gracias. Estoy en deuda con usted–grita exaltada –¡oh! Perdóneme pero tengo que irme…perderé el autobús. Gracias una vez más.

–Claro, claro, date prisa.

Se despide con la mano mientras corre dando pequeños brincos. Sonrío satisfecha mientras la observo alejándose.

Vuelvo a mi coche con tal regocijo en el cuerpo que apenas hago caso al olor de aliento de perro vagabundo que desprende mi ropa.

Por desgracia, la gasolinera donde he ido a parar estaba lo bastante lejos de casa como para que me dé tiempo a organizar mi cabeza y colocar en su sitio cada uno de los acontecimientos de esta tarde. Llego a mi apartamento, cierro de un portazo la puerta de la calle y me apoyo contra ella como si viniera huyendo de una bestia vomitando fuego.
Respiro profundamente y me llevo las manos a la cabeza cuando mi nivel de consciencia llega al cien por ciento y grito al borde del pampurrio:

–¡¡Dios mío, pero qué he hecho!!

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