Porque ser VIP mola

Hola a todos 👋

Como bien sabéis, hace un año comenzó la publicación de IE – El insoportable acoso de la ley de Encarna, mediante entregas semanales abiertas al público.
A partir de ahora, dado el punto en el que se encuentra el libro, las entregas seguirán publicándose de igual forma, pero en exclusividad para las personas que estén suscritas a la página de libroie.com.

Suscribirse a libroie.com es de modernos, utilísimo, mega cool, gratis y no compromete a nada, de modo que si aún no te has suscrito, hazlo ahora y sólo durante este mes, no le diremos a nadie que estás en la parra. De esta forma recibirás cada entrega en tu correo electrónico, así como todas las novedades.
Tus datos (o sea, tu mail) no se usará para fines comerciales, ni será compartido por ahí por el mundo. Sólo será para recibir las notificaciones de libroie.com, y no cartas nigerianas, ni Mari Pili te quiere conocer, ni alargue su pene en tres días. Sólo para libroie.

Por otro lado, la publicación de entregas se retomará en breve, ya que hemos de hacer una parada técnica en boxes, que llevamos mucho tiempo con las ruedas repeladas pero, a Dios pongo por testigo de que será una parada tan corta como necesaria para éstas vuestras servidoras.

Muchas gracias por vuestra paciencia. Ser paciente mola. Invitar a tus colegas a suscribirse en libroie.com, para que lea este peaso libro, MOLA MÁS.

Que seáis buenos y comáis bien.

Entrega 67

— Oiga, me trae sin cuidado que esa mujer se haya volado la cabeza. Dígame dónde está Irish y cómo se encuentra.

— Tranquilícese, señora.

Encima me llama señora, el muy imbécil. Chusma incompetente… ¿Será capaz de contestar dos preguntas en una sola respuesta? No, no lo creo —pienso.

— Ella está estable. El hombre que la acompañaba llamó inmediatamente a emergencias y gracias a ello pudimos actuar a tiempo.

Sabía que no sería capaz de responder a las dos preguntas.

— Quiero verla. ¿Dónde está?

— En su habitación, pero la policía está haciéndole unas preguntas.

— ¡¿La policía?! ¡Lo que faltaba! Oiga, ¿y qué hay del bebé que esperaba Irish?

— El bebé está bien, aunque aún no he podido verle —contesta tras de mí una voz asquerosamente familiar.

— ¡Tú! ¡Tenías que estar precisamente tú con ella! ¡No podía ser de otra forma! ¡Y qué pasa, que a este no le interroga la policía?

— Ya le han interrogado, señora…

— ¡Oiga usted, deje de llamarme señora!, ¿vale?

— Ya que se conocen, creo que es mejor que les deje a solas para hablar. Buenos días —se despide el médico de urgencias rápidamente, previo a huir como un ratón, el muy…

— Dentro de lo horrible que ha sido todo esto, hemos tenido suerte. Irish podría haber abortado y además ella podría haber sufrido algún daño —se atreve a hablarme ese vándalo del tres al cuarto.

— ¡Ah! ¡Estarás contento entonces! Tu plan va sobre ruedas, tal y como tú querías, ¿eh, sucia sabandija callejera? Eres de esos imbéciles a los que les sonríe la suerte. Si por mí fuera, Irish estaría ahora tan tranquila en su nuevo trabajo, sin preocuparse de criar al hijo de un timador, pero se ha dejado llevar por un exceso de sensibilidad. Ten por seguro que esta vez no voy a permitir que te acerques a ella y le arruines la vida.

— Pe… ¿perdona?

— Te animo a que sigas los pasos de Natalie, insecto repulsivo, o te guarezcas en esa madriguera de mierda a la que llamas hogar porque de aquí no vas a sacar nada, ¿te enteras?

— Bueno, bueno, bueno… He aquí a la famosa Sharon en estado puro. Tienes fama de se una cabrona implacable. Yo en verdad, siempre pensé que eras más una zorra, pero ahora compruebo que eres aún peor.

— Ni te lo imaginas. Pero aun así, te estoy avisando. Vete por donde has venido y no vuelvas.

— ¿Crees que voy a obedecerte, más ahora que sé que además de todo lo que le has hecho a Irish, también tenías la intención de quitar del medio a mi hijo? No sé qué pasa en ese grupete de amigas tuyo. Peck se cree que la encuentro atractiva, Irish que soy un chiquillo y tú te has pensado que soy gilipollas…

— Y no creo que ande desencaminada… —le suelto antes de contestar al pesado que está continuamente llamando a mi teléfono móvil. Peck, por supuesto. Nadie suele insistirme tanto.— Peck, has leído mi mensaje, ¿verdad? Sí, estoy en el hospital, pero aún no he podido verla. Sí, el bebé parece estar bien también, ahora pediré permiso para entrar en la sala de incubadoras. ¡No! ¡No vengas!… ¡¿Para qué?!, ya la verás, ahora no es el mejor momento, además, ella no quiere verte ni en pintura. ¿Acaso quieres que te apalee con el porta sueros? Quédate en casita… ¡Pues dondequiera que estés, Peck, pero no vengas!… Sí, sí, se ha disparado en la cabeza. Te llamo luego, estoy ocupada.

— ¿Acaso temes que venga al hospital y la posea entre las bombonas de oxígeno?

— Piérdete Eric.

Juraría que ese bastardo ha dicho algo después de darle la espalda. Qué más da. Ahora es más importante hablar con la policía, averiguar de dónde leches sacó la pistola esa boba suicida y armar un poco este rompecabezas antes de hablar con Irish.

— Buenos días, soy Charlotte Dubois, médico cirujano. Quiero solicitar permiso para ver a un paciente en neonatos.

— Señora Dubois, por supuesto, cómo no, pase, por favor. Permítame adelantarme para avisar de su presencia al personal.

— Señorita, si no le importa.

— Oh, sí, sí, claro, discúlpeme.

Irish debe estar cazando moscas… A ver ahora cómo hago para quitarle de la cabeza lo que esa imbécil ha hecho delante suya.

— Es un honor, doctora Dubois —dice una de las enfermeras, seguida del resto del personal de la sala.

— Gracias. Un par de guantes, por favor. ¿Cuál de estos es el bebé de Irish Grace Corner? —pregunto mientras presiono el dispensador de gel desinfectante de manos.

— Aquél de allí —indica una auxiliar, facilitándome a la vez unos guantes de látex.

— Mmm… Acérqueme el informe. Es un bebé bastante grande y tiene buen aspecto, ¿cuánto piensan dejarle en la incubadora?

— Sólo un par de horas más, doctora.

— Aha —respondo mientras leo el informe del hijo de Irish. Ayden. No está mal. Mírale… Sólo es un mocoso pero se intuye su herencia paterna. ¡La madre que lo parió! No cabe duda de que es hijo suyo, maldita sea.

— Este pequeñín ha tenido mucha suerte. A pesar de la aventura de esta mañana, él está muy sanito —comenta la auxiliar. Qué tía más cursi.

— En cuanto puedan, llévenselo a su madre. Buena falta le hace pensar en otra cosa.

Me quito los guantes y me dispongo a salir de la sala de neonatos, pero antes echo un vistazo a mi alrededor en busca de alguien que haya podido tener más contacto con Irish que el personal del nido. Todo el mundo parece inmerso en sus labores. Nadie se pondría a cotillear del tema delante mía, de modo que tendré que preguntar en voz alta.

— ¿La policía sigue interrogando a la madre?

— Así es, no creo que tarden mucho en salir, doctora Dubois —responde uno de los médicos.

— ¿Qué habitación es?

— La doscientos catorce, doctora.

Había olvidado estos pasillos abarrotados de gente. Ahora ya recuerdo por qué dejé la medicina: es demasiado humana y eso atrae humanos.
¡Vaya! Parece que los agentes están saliendo ahora de la habitación de Irish. Estupendo, justo a tiempo.

— ¡Agente! —intercepto al que me parece más espabilado de los dos.— Soy Charlotte Dubois, familiar de Irish, me he enterado vagamente de lo que ha pasado. Es terrible, Irish tiene que estar tan consternada… Díganme, ¿dejó Natalie alguna nota?, ¿dio algún tipo de explicación? Es todo tan impactante… —pregunto entre un creativo halo de empatía que los polis parecen tragarse.

— Sí, su amiga está turbada, naturalmente —contesta el tío tras comprobar en su libreta, que mi nombre figura en la lista de familiares de Irish. — Por el momento no sabemos de la existencia de ninguna nota de suicidio, pero todo apunta a que lo hizo por celos.

— Oh, sí, agente, es una observación muy acertada. Seguramente tenga usted razón. Lo que no logro entender es de dónde sacó Natalie ese arma. Ella era una chica muy… En fin, puede que estuviera enajenada y ello la arrastrara a comprar una pistola, aunque resulta difícil de creer.

— Probablemente fuera robada. Es un modelo de beretta un poco particular. Tenemos nuestra teoría, pero aún no puedo decirle nada.

Ya veo. Todo empieza a tener sentido —pienso.

— Entiendo, entiendo. Lo mejor será dejarles trabajar. Gracias por atender el caso, señores, ahora, si me disculpan, voy a ver a Irish.

— Desde luego, pase, por favor.

Los policías se quitan de en medio y me adentro en la habitación de Irish, cerrando a mi paso la puerta para evitar intrusiones.

— Irish, me llamaron por teléfono. Me han contado lo que ha pasado. Menos mal que estás bien.

Lo que me temía. La niña ni siquiera se mueve. Oh, Dios, dejará que la historia del agujero en la cabeza de esa pardilla la marque de por vida. Espero que al menos relacione a Eric con estos hechos y no quiera volverle a ver.

— Irish, mírame —le pido sujetando su barbilla.— Ya sé que todo esto ha sido un asco para ti, ¡de veras lo entiendo!, pero no puedes dejar que tu vida se paralice por ello, ¿de acuerdo?

Nada. Está en modo lobotomía. Paciencia, Charlotte, vuelve a intentarlo.

— He ido a ver al niño, le sacarán de la incubadora en breve. Está perfectamente, supongo que ya le habrás visto. Es una pena que no haya podido estar presente durante el parto. ¡Ah!, me gusta el nombre que le has puesto. He pedido que en cuanto puedan le traigan aquí contigo. Dadas las circunstancias, lo mejor es que te centres en él ahora. No te preocupes, ya le he dicho a su papito que se vaya por donde ha venido. Sólo falta que ese ratero se pasee por aquí cada dos por tres para darte la paliza. Por cierto, estabas con él cuando pasó todo esto, ¿verdad? Ya me explicarás qué es lo que estás haciendo con él, porque si te ha vuelto a molestar, yo…

— ¡¡Crees que estoy pensando en todo eso ahora, Sharon!! —grita con una energía inusitada, propia de una resurrección repentina.— ¡Me importa un bledo todo eso! ¡Mi amiga Natalie ha muerto!

Me incorporo y reviso los medicamentos que se le están administrando por vía intravenosa, pero ninguno de esos medicamentos se caracteriza por proporcionar tanto vigor.

— Ya. Te he dicho que de veras entiendo que no estés bien. Estarás un tiempo en shock, pero cuanto antes hagas por superarlo, mejor te sentirás. Ah, no te preocupes tampoco por Peck, ni siquiera le he dicho en qué hospital estás.

— ¡¡Sharon, que le den por culo a Peck!! ¡Que os den por culo a todos, dejadme en paz!

— …Está bien, está bien. No estás de humor. Estaré ahí fuera por si necesitas algo.

— ¡Cierra la puerta!

Salgo de la habitación y cierro la puerta, tal y como me ha pedido, antes de que su cama levite y ella comience a vomitar como una boca de riego.

En el pasillo sigue habiendo demasiada gente… Tres, seis, ¡doce personas, nada menos! Oh, putain ! Creo que mejor salgo a fumar. Sí, ahora hay trece personas y están todas vivas, esto es un exceso, me voy.

Debo vigilar de cerca a esa sabandija desaliñada o podría colarse en la habitación de Irish y convencerla de que se haga de la iglesia de los adoradores de Rambo. No puedo alejarme demasia… Merde ! ¡El otro vándalo! ¡¡James!! Viene directito hacia mí, ¡y lleva un ramo de flores! ¡Eric le ha debido contar todo y el muy payaso se ha presentado aquí! Ce connard ! Tengo que detenerle.

— ¡Eh, tú, imbécil! ¿A dónde te crees que vas?

— ¡Hola, dulzura! —saluda con cara de gilipollas.— Sabía que te alegrarías mucho de verme. Mi hermano me ha contado lo que ha pasado, ¡qué putada!… Así es la vida, el muerto al hoyo y el vivo… ¡dónde está mi sobrinito! Cuando hablé con Eric me dijo que aún no le había visto, pero que estaba todo bien. No me he cruzado con mi hermano, ¿sabes dónde está? A lo mejor ha ido a verle.

Tomo rápida conciencia de que no puedo romper el cuello de este sujeto delante de toda esta chusma o acabaré en la trena, de modo que agarro su pechera con fuerza suficiente como para acallarle por carencia de oxígeno.

— Escúchame atentamente, bacteria inmunda: me trae sin cuidado si le devuelves las flores a la Señora Gladys o si vas a aprovecharlas para cenártelas esta noche, pero si continúas merodeando por aquí, te vas a arrepentir. Vas a darte la vuelta y a largarte por donde has venido, o te juro que lamentarás haber nacido. Sé listo y hazme caso.

Lamentablemente me veo obligada a soltar a James y dejar que recupere el aliento. Se frota la garganta sin dejar de mostrar esa sonrisa estúpida en su rostro.

— Joder, tía. ¡Cómo te las gastas! Cof, cof… ¡Qué bruta! ¡Oye!, ¿Y cómo sabías que había tomado prestadas las flores?

— Porque aún tienen la tarjeta, subnormal. Ahora largo.

— Vale, vale… Vendré un día en el que no haya luna llena, vaya carácter…

El sucio bastardo levanta las manos y se aleja parsimoniosamente. Si tuviera un arma…
No es momento de dejar este pasillo sin vigilancia. Podría aparecer de nuevo esa mutación de la basura, o lo que es peor, su hermano Eric. Me sentaré aquí y haré guardia hasta ver cómo avanza el día.

6:40 p.m.

Está muy claro. No sé qué parte no entiende Jiang de todo esto. Podemos encargar el distribuidor de energía a los mismos fabricantes del conmutador. Nadie se tiene por qué enterar de que es para el mismo proyecto y ni se imaginan qué es lo que vamos a hacer con eso. Además, ya sabemos que son gente seria trabajando y evitaremos incompatibilidades a la hora de ensamblar… ¡El niño! ¡Por fin! Creía que tendría que quedarme aquí compartiendo el oxígeno con otros durante mil años más. Ha sido terrible. Putain, qué berridos. Seguro que el hijo de ese necio es el que más llora… Aprovecharé que Irish estará distraída con su bebé para quedarme con ella en la habitación.

— Aquí está tu mamá, pequeño. La echabas de menos, ¿verdad? —comenta la auxiliar cursi. Dan ganas de liarla en una sábana y echarla por la ventana.
Irish se vuelve para tomar a su bebé en brazos. Es curiosa la expresión de su cara. Me recuerda al momento en que le dije que podía quedarse con Picky, cuando le encontró en aquella cañería, hecho un canijo y lleno de mierda.

Tras varios minutos de abstracción por su parte, me doy cuenta de que ha sido enteramente poseída por el instinto maternal y que he pasado a un segundo plano… a un tercer… He pasado a ser invisible para ella. No importa, es mejor así. Mientras esté centrada en el niño, no estará dándole vueltas a los sesos de Natalie volando por doquier.

— ¿Puedo pasar? —pregunta Eric, asomando su estúpida cabeza por la puerta. Tenía que haberle atado al cuello una maldita piedra y lanzado al Hudson.

— Eres precioso, ¡precioso! ¡No hay nada más bonito que tú! —oigo parlotear a Irish. Afortunadamente se lo dice al niño y no a Eric.

— Irish, ¿estás bien? ¡Estoy loco por ver al bebé! Me dijeron que no querías recibir visitas, ¿te encuentras mejor? —pregunta el inseminador, como si no hubiera roto un plato en su puñetera vida.

— ¿Has visto qué bonito, Eric? Es un bombón… ¡Qué grande es! Así ocupaba tanto, ¿verdad que sí, grandullón? ¡Te pareces a tu papá, eres como un caramelo de café!

— ¡Basta ya de tanta baba! —exploto.— ¡Tú! ¡Creí haberte dejado claro que…!

— ¡Que qué! ¡Eres tú la que sobra aquí!, cierra la boca y lárgate —osa interrumpirme Eric.

— ¿¿Cómo dices, saco de mierda??

— Quiero estar tranquila, ¿podéis dejarme a solas con Ayden, por favor? —anuncia Irish.

— ¿Sola, cariño? —pregunto.— ¿Cómo vas a quedarte sola?, acabas de parir

— Es verdad, Irish, alguien se tendrá que quedar contigo —añade el timador profesional.

— Sí, quiero estar sola. ¿Os importaría? Ha sido un día muy largo y…

— Pero Irish, entiende que…

— ¡¡Maldita sea, Sharon!! ¡Largaos de mi habitación y dejarme en paz!

Eric y yo nos miramos de soslayo y nos resignamos a irnos en silencio, cada uno por su lado. Mañana será otro día, y él puede esperar cuantas noches quiera en el asiento de la sala de familiares, pero jamás podrá entrar con Irish. Tengo suficiente mano en este hospital como para dar orden de restricción de visitas al paciente y eso es exactamente lo que voy a hacer.

No te vas a salir con la tuya otra vez, mamón.

Entrega 66

Eric suelta mi brazo lentamente. Por un instante, temo que aparezca su vena quinqui, se saque un pincho del calcetín y amenace a Natalie con convertirla en una brocheta. Pero, para mi sorpresa, guarda silencio y yo me quedo mirándole extrañada, esperando recibir algún tipo de explicación.

— Tiene envidia, por si no lo habías notado —dice por fin.

— ¿Y qué quieres que yo le haga? —le pregunto molesta.

— Yo qué sé, es tu amiga, tú sabrás —responde levantando las cejas.

— ¡¿Es que no la has oído?! ¡Cree que le he hecho todas esas cosas adrede!

— Eso he oído, sí. Está claro que está frustrada porque quiere ser tú y no hay forma…

— ¿¿Creéis que no os oigo?? —grita Nat enfurecida.

— Ve a ver si llueve en la esquina, guapa —la contesta Eric de muy malos modos.

— Tranquilízate y hablemos, Natalie. Vamos a arreglar esto de una vez, ¿quieres? —le propongo usando una sencilla técnica de negociación que aprendí hace tiempo, consistente en poner un tono de voz, suave y neutro, acompañado de una mirada maternal.

— ¡No, no voy a arreglar nada contigo! Eres despreciable y te odio. Miraos a los dos, dais asco. Me va a dar una diabetis y todo.

Carraspeo y me rasco la cabeza hasta que se me pasa un poco el sofoco del impacto. Insisto en aclarar de una vez por todas las cosas con Natalie, a pesar del constante gesto de sorna que me dedica Eric.

— Entra en razón, por favor. No merece la pena que suframos todo esto. No quiero seguir discutiendo contigo y mucho menos en mi estado…

— ¿Sufrir? ¡Después de lo que me has hecho, todo lo que quiero es que sufras, como mínimo, todo lo que yo he sufrido por tu culpa! —vocifera con tanta rabia que apenas se distingue lo que dice.

Sus gritos me dejan muda. Hago un repaso rápido a mi alrededor para sopesar las circunstancias; Eric sin perder de vista a Natalie, Natalie echando humo como una olla exprés y yo aquí de pie, con cara de idiota, pensando si este entuerto tendrá alguna solución.

— ¡Bueno qué, Irish! —exclama de repente Eric en tono chulesco.— ¿Te vas a quedar así el resto de la mañana?

— ¡¡Y tú qué!! ¿Es que no piensas decir nada? —contesto bajo el dominio de la presión.

— ¿Yo? ¿Para qué? Seguro que tú te estás callando muchas cosas más que yo y Natalie te está pidiendo con todo su ser que se las cuentes, ¿a qué sí, Nat?

— ¡A mí m…!

— ¿Ves? —la interrumpe.— ¿O es que prefieres guardar ese hiriente piquito tuyo sólo para mí, reina?

— Pero Eric, tú… Tu qué… ¿Sabes?, —pronuncio tras una breve pausa que uso para cargarme de energía— tienes razón. ¡Ya está bien, Natalie! ¿Qué es eso de ir por ahí lloriqueando, haciéndome responsable de todas las desgracias que te pasan? ¿Es que crees que me dedico a ir por ahí tronchando la vida de la gente porque me apetece? ¡No tengo tanto tiempo libre y si lo tuviera, no lo gastaría en eso!

— ¡Claro que no! —contraataca ella.— ¡Lo utilizarías para acostarte con el tío que me gusta!

— ¡Por el amor de Dios, Natalie! Las cosas pasaron así, ¡¡qué quieres que te diga!!

— ¿Sabes, Eric? ella me hizo una advertencia. Me dijo que eras lo pero del mundo y que no me acercara a ti. Esa es la imagen que tiene sobre tu persona y parece que tú no te das cuenta. No sé qué ves en ella que te gusta tanto.

— Podría preguntarte lo mismo —responde Eric irguiéndose levemente.

— ¡Sólo te quiere para acostarse contigo como todas las demás, idiota! —replica enfadada.— Sin embargo yo…

— Sin embargo, tú me quieres para hacerme sopitas y echarme una manta por encima las mañanas de invierno, ¿no?

— ¡Irish te ve como un sucio ratero indigno de ponerse a su lado! Ella quiere a alguien importante, como Hank, pero sus planes se torcieron por avariciosa

— ¡Basta ya, Natalie! ¡Eso no es cierto! ¡Y no pienso que Eric sea indigno!

— No, es Sharon quien te hace pensar así… —murmura Eric.

— ¡Eric, no estamos hablando de eso! —le regaño.— Natalie, no metí a Eric en casa premeditadamente. Fue él quien se emperró en vivir en mi apartamento a cambio de que dejara de ver a Peck porque la estaba dejando sin blanca. ¡¡Fue un acuerdo, maldita sea!! Ni quería robarle a Peck su ligue, ni quería engañar a Hank, ni quería mentir a Sharon, ni quería hacerte daño a ti.

— ¡¡Te has estado riendo de mí todo este tiempo!!

— ¡No Nat, siempre creí en ti! Te conseguí un empleo porque de verdad sabía que podías aspirar a algo mejor. Jamás pensé que te tomarías todo esto como un ultraje, ¡por Dios!. Cómo puedes creer que trataba de abrumarte con la ropa, con el coche, con mis amigas o incluso con Hank. ¡Yo te consideraba mi amiga y disfrutaba mucho contigo! No tenía la menor pretensión de mostrarte las cosas como objetivos alcanzables o no, eso es absurdo.

— ¡¡Mentira!!

— ¡No es mentira! ¿Has visto lo que has conseguido sólo proponiéndotelo? Lograste que nos despidieran a Sharon y a mí del trabajo. Fuiste tú la que se lió al guardaespaldas de Hank para que, de alguna manera, él se enterara de lo mío con Eric. No vengas a decirme ahora que eres una inútil cuando has conseguido algo tan difícil. ¿Haría algo así alguien inútil o estúpido? Claro que no. Deja de pensar que eres inferior a los demás.

— Enzo. Se llamaba Enzo, ese guardaespaldas. Me acosté con él cuantas veces hicieron falta y le conté todo cuanto sabía sobre tu infidelidad hasta que supe que había llegado a los oídos de Hank. Más tarde me enteré de que había sido el propio Hank el que le había ordenado sonsacarme información a su guardaespaldas. Fue todo mas fácil de lo que crees y salió muy bien, aunque no estoy satisfecha con el precio que has pagado.
Ojalá nunca hubieras irrumpido en mi vida para hacerme pensar, Irish. No te das cuenta de las consecuencias, porque en el fondo eres tan simple como yo. Es por eso que tu amiga vela tanto por ti. Ella sabe que morderás todos los anzuelos, que en algún momento la cagarás y perderás todo aquello por lo que has luchado, por ser tan estúpida como yo. Un día te darás cuenta de que tú misma también estás en una nube muy alta y que el golpe contra el suelo será muy fuerte. Espero que así sea y que entonces sepas lo que se siente cuando te das cuenta de lo que eres en verdad: nadie. Que no te gusta lo que haces, que estás incómoda en ti misma y que te avergüenzas de tu verdadero yo. Admitirás que juegas al mismo juego con Eric, haciéndole pensar que es especial, o admitirás, a escondidas de ti misma, que le amas tanto como yo. Todo depende de si lo que has dicho es verdad, y en ese caso, mi opinión sobre mí misma no mejora, o si es mentira y las cosas siguen siendo como yo creía.

— ¿Hola? —dice Eric rompiendo el momento de solemnidad.— ¿Te olvidas de que a mí quien me gusta es ella y no tú, Natalie? ¡Por mucho que lo hubieras intentado, tampoco hubiera salido contigo!

— Sabía que todo esto podría acabar así, ¿sabes? —comenta Natalie haciendo caso omiso a las palabras de Eric.— Espero que cuando llegue el día en que sientas lo mismo que yo, recuerdes bien este día. Espero que lo recuerdes el resto de tu vida.

Natalie retrocede un paso e inmediatamente Eric me empuja fuertemente hasta casi hacerme perder el equilibrio. Los ojos de Nat se cruzan con los míos en una eterna milésima de segundo hasta que se cierran y su cabeza se deforma desapareciendo en un estallido desde su sien. El aire no entra más en mis pulmones, ni la voz sale de mi garganta. El rostro de Eric cubierto de sangre se interpone entre la visión del cuerpo de Natalie tirado en el suelo y yo. Me tapo la cara con las manos y siento el calor de la sangre de Natalie corriendo por mis mejillas, lo que libera por fin los gritos que estaban encerrados dentro de mí. Eric me habla, me abraza, pero mis sentidos están desactivados.

Gritos. No hay nada más. Sólo gritos y dolor.

Entrega 65

12:35 a.m.

— Pom poroborobon popom, poron proborobon popom —canturrea Eric detrás de mí, cachondeándose de mi forma de andar.

— ¡Quieres dejar de hacer el imbécil! —me quejo, deteniéndome para darle un cachete en el lomo.

— ¡Vale, vale! Sólo era una broma. Es que la última vez que te vi, llamabas al crío “Melón” y ahora podrías llamarle “Camioneta”

— ¡Pero qué gracioso eres, Eric, es que me mondo contigo! —ironizo.

— No te mosquees. Estás preciosa de todas formas. Además, así me pareces especialmente tierna.

— ¿Tierna? Podría abrir nueces con este barrigón —protesto mientras trato de tomar asiento en uno de los bancos libres del parque, sin caerme de culo y rodar calle abajo.— Estoy como el armario de La Bella y la Bestia.

— ¿Quieres un helado?

— Sí —respondo contundente.

— Bien, no te muevas de aquí. Vuelvo en seguida.

— Como si fuera tan sencillo moverme…

Eric se aleja, devolviendo a mi mente el recuerdo de sus andares chulescos, así como si llevara una bomba lapa en el paquete… Me temo que tendrá que aprender a caminar con un poco más de estilo. Lo cierto es que, a pesar de sus pasos de forajido del oeste, ese trasero lo compensa todo. Siendo honesta, hay pocas cosas que no se le perdonen a este chico, viéndole dentro de unos pantalones vaqueros. Hasta el heladero le mira alucinado. Bueno, puede que el hombre tema ser asaltado, pero si no es por eso, seguro que es por lo agraciado que es Eric.

Ahí vuelve, con dos helados gigantes, uno en cada mano, como si fuera a cortar el tráfico de la calle con ellos. Voy a reventar, pero habrá merecido la pena. De todas formas, no importa, porque en cuanto de a luz, volveré al gimnasio.

— Aquí tienes —dice Eric ofreciéndome el helado entre sus dedos, como una deliciosa antorcha olímpica. Se me podrían mover las orejas de pura felicidad.

— Bueno, ¿qué te parecen las fotos? ¿Han quedado bien? —pregunta sentándose junto a mí.

— Ni siquiera he podido abrir el book, Eric. No me ha dado tiempo. Recuerda que ahora mi vida transcurre a cámara lenta.

Coloco en mi barriga el álbum de fotos, tomo aire y levanto cuidadosamente la cubierta a sabiendas de que el contenido puede provocarme una repentina subida de tensión arterial, pero actúo como si fuera a ojear el catálogo de Leroy Merlin.
La primera fotografía, perfectamente encuadrada y en blanco y negro, muestra al morenazo de marras, descalzo, despeinado y sin nada que le cubra de cintura para arriba. Sabía que ese fotógrafo le sacaría partido. Hasta un niño con una cámara infantil, sabría hacerlo.
No me arrepiento de haber invertido tanta pasta en las dichosas fotografías. Si al final resulta que Eric no se come una rosca como modelo, al menos este material me servirá para sobrellevar los momentos difíciles de mi vida, aunque si este álbum se acaba quedando en mi casa, me voy a tragar muchos insectos al año de tanto abrir la boca.

Paso las hojas más rápidamente, haciéndome la dura ante la expectante mirada de Eric, que espera ansioso un veredicto. A veces me pregunto si es consciente de la carne que habita.

— Vale —sentencio.

— ¿Vale? —pregunta un poco inseguro.

— Que sí, que vale. Que están bien.

— ¿Entonces se puede enseñar en una agencia de esas?

— Sí.

— Ay, qué seca, Irish.

— ¿Qué quieres que te diga? ¿Quieres que te recree el oído?

— No, no es eso, pero entre tú con tu “entusiasmo descontrolado” y mi hermano con su ataque de risa interminable, no sé si lo que estoy haciendo es una tontería o de verdad va a servir de algo.

— No hagas caso. Tu hermano puede reírse cuanto quiera. El book es inmejorable.

Eric sonríe ampliamente, le da un lametazo de vaca a su helado y se lleva la mitad del mismo pegado en la lengua.

— Me encargaré de moverlo, tendrás noticias mías al respecto —le explico, intentando levantarme sin éxito del banco. Él se incorpora velozmente y me remolca hasta que consigo estar de pie.— Paseemos un poco antes de que la tierra me trague y el ayuntamiento me multe por llevarme el banco conmigo al centro del planeta, encajado en el trasero.

— ¿Estás segura de que puedes hacer esto? A lo mejor es preferible que me digas qué es lo que tengo que hacer y encargarme yo mismo de mover las fotos.

— No hay de qué preocuparse, Eric, puedo hacerlo perfectamente. Esto me mantiene activa y me hace sentir útil. De hecho, ya he mantenido unas cuantas conversaciones telefónicas con gente que podría estar interesada, mira esto: —le digo al tiempo que saco torpemente la libreta Moleskine de mi bolso y rebusco en las hojas hasta encontrar la lista de contactos que elaboré hace algunos días— toda esta gente está pendiente de recibir tus fotos, ¿qué te parece? ¡No he estado de brazos cruzados mientras tú te hacías las fotos! —exclamo orgullosa.

— Estás a punto de dar a luz, creo que sería conveniente que descansaras…

— ¡Aún me queda casi un mes! Te aseguro que necesito mucho menos tiempo que ese para conseguir que te vean y te contraten, ya lo verás.

— Me gustaría mucho más verte parir sin el teléfono en la oreja.

— ¿Verme parir?

— Sí, verte parir.

— ¡Ah, no! ¡Ni de coña! Además, Sharon quiere estar en el parto. Si te ve ahí…

— Ya… Me meterá los forceps por el culo.

— Bueno… Sí, algo así.

— ¡Pues yo quiero estar presente! ¡Tengo más derecho que ella!… Y mi hermano me ha dicho que también quiere venir —se queja.

— Sí, claro que sí. También podemos llamar a mis vecinos, a una banda de mariachis, a Lady Gaga y al Papa. Eso sería fantástico.

— ¡Yo soy el padre y James es el tío!

— ¡Y Sharon es su tía!

— ¡No es su tía!

— ¡Ni James su tío!

— ¡Pero yo sí soy su padre!

— ¡Pues yo soy la madre y he dicho que no!

— ¡¡Cómo has podido!! —se escucha un grito estremecedor tras nosotros. Inmediatamente nos giramos para descubrir a una pequeña mujer de pie, en medio del camino, respirando fuertemente cómo si el aire no llegara del todo a sus pulmones.

— La que faltaba —musita Eric.

Me vuelvo para mirarle y luego vuelvo a mirarla a ella, energúmena, fuera de sí. Se acerca a nosotros con los puños apretados, mordiéndose los labios y clavándome su mirada como un punzón. Necesito más de un momento para reconocer a Natalie bajo ese cuerpo escuálido, esos ojos oscuros, como el vacío, que asoman detrás de las lentillas coloreadas, hundidos en las cuencas, perdidos entre su cabello negro viciado. Mi corazón se contrae, quizá de miedo al ver el monstruo en que mi querida Nat se ha convertido, presa de su locura. Quizá de dolor, por el mismo motivo.

— Na… Natalie —logro pronunciar. Ella se detiene frente a nosotros. Observa a Eric, me observa a mí, a mi vientre, sollozando rabiosa.

— ¿Por qué me has hecho esto? —pregunta entre dientes.— ¿Te resulta divertido?

— Largo de aquí —le ordena Eric, haciendo un gesto con la mano y tomándome del brazo para tratar de apartarme de ella.

— ¿Hacerte qué? ¡Yo no te he hecho nada! —intento defenderme.

— Tú… tú me hiciste creer que era como tú.

— No entiendo.

— Dijiste que yo podía ser alguien en la vida, alguien respetable. Me trataste como si fuera alguien superior a quien soy en realidad.

— Vámonos de aquí, esta tía está colgada —insiste Eric tirando de mí.

— Espera —le pido.— Quiero escucharla.

— ¿Ahora quieres escuchar? —cuestiona ella con aire sarcástico.

— Sí, dime de una vez qué pasa en tu cabeza, Nat.

Natalie suspira y seca las lágrimas de sus ojos lastimosamente, pero no consigue parar de llorar.

— Todo parecía tan maravilloso… Todo era tan fácil para ti. Me conseguiste aquél trabajo tan rápido, luego ese otro cuando la cagué en el primero. Y todo tu mundo de ensueño, tu coche, tu casa, tú, tus amigos… Sharon parecía una muñeca perfecta sentada sobre aquél sillón de Muffin&Go… Tú siempre tenías una respuesta de revista femenina en la punta de la lengua, tan fantástica, tan ocupada, tan necesaria. Ese millonario estaba loco por ti. Y Eric. Todo parecía sacado de una película. Tú me abrumaste y me diste una esperanza para salir de mi miseria. Pero era mentira, Irish, ¿no te has dado cuenta? Jugué a ese juego creyendo que estaba en la realidad. Pensando que todo estaba cambiando. Que mi nueva yo valía mucho más que la de antes, y me sentí feliz. Orgullosa como nunca lo había estado. Repudiaba a aquél ser inmundo que te había vertido café sobre las piernas, que se fue lloriqueando de esa maldita cafetería. Esa Nat ya no existía, ahora existía Natalie, que pensaba que podía comerse el mundo sobre unos tacones imposibles y agarrando un bolso de imitación de segunda mano, porque alguien como tú le dijo que podía hacerlo. Llegue a sentirme tan feliz que empecé a sentir pánico de que algo me hiciera perder ese sentimiento.

— Pero Natalie, yo no…

— Sí. Me di cuenta de lo pequeño e insignificante que era mi yo de verdad —me interrumpe.— Mi yo de antes de conocerte. El que sale cada noche y cada mañana para disfrazarse de ti durante todo el día, esperando a que llegue esa vida que tú tienes. Luchando por no ser esa basura que soy en realidad para tornar por fin en alguien y saber qué se siente siendo una persona que le importa a los demás, a quien todos admiran y desean. Pero no, no puedo tenerlo todo y no puedo estar a tu nivel. Hasta tú lo sabes. Me di cuenta el día que conocí a Eric, en tu fiesta de cumpleaños. ¡No querías que me acercara a él porque él era tuyo! Me engañaste como a una idiota diciéndome que no era bueno para mí, luego te molestó que quisiera contactar con él y me quitaste de en medio tan fácilmente, Irish, que me di cuenta que era un simple mosquito a tu lado. Ya no era tan igual a ti como decías que era. Ahora te estaba molestando y me devolviste a mi lugar. Y cada vez el listón era más alto y más difícil de tocar y yo ya no era tu juguete. Todo era ya demasiado bueno para poder alcanzarlo, ¡demasiado bueno para Natalie! Y, contra viento y marea, quise tomar aquello que me prometiste que estaba en mis manos pero todo se escurría entre mis dedos. He luchado y luchado para volver a sentirme como tú me habías hecho sentir, pero ya no puedo. No puedo porque tú ya no estás ahí para engañarme. Y todo se desmoronó tan rápido… Aunque traté como una loca de mantenerme, ahora vuelvo a estar en el mismo sitio que estaba cuando te conocí, pero arruinada en todos los sentidos. Ya nadie me conoce, ni yo misma sé quien soy ¡¡y no quiero saberlo porque temo odiarme!! Dios mío, Irish… ¿Qué me has hecho?

— ¡Ya es suficiente! Estás enferma, tía, búscate un psicólogo y deja de culpar a los demás! —exclama Eric tirándome de nuevo del brazo para irnos.

— ¡Y mírate ahora! ¡Vas a tener un hijo con el hombre al que sabías que amaba! ¡¡Por qué!! ¡A ti ni siquiera te importaba! ¡Él era un juego, yo era un juego!

— ¡¡Natalie, estás completamente confundida!! —grito.

— ¡Basta ya! —chilla Eric, empujando a Natalie lo suficiente para que retroceda un par de pasos.

— Me has destrozado la vida, Irish.

Entrega 64

10:41 p.m.

Le doy el último mordisco al bocadillo de ensaladilla rusa y me avergüenzo cuando me doy cuenta de que me he chupado todos los dedos uno por uno. No puedo seguir engullendo así, como una mala bestia, ¿sabes? Resulta increíble descubrir que alguien pueda tener más hambre que yo, Ciruela, comes igual que tu padre, ojalá tengas su envidiable metabolismo.

Medito mis palabras despacio. Me doy media vuelta en la cama en cuanto la voz de Sharon resuena una vez más en mi cabeza, como si al girarme pudiera dejar de escucharla. El discurso de ayer se ha convertido en algo parecido a esa estúpida canción del verano que se engancha al cerebro y no hay forma de librarse de ella.

Sharon tiene razón —pienso. Además, ¿quién quiere traer hijos a este malvado mundo?

— Es absurdo. Tratarte como si ya estuvieras aquí y creer que me estás escuchando. Haberte convertido en mi confidente y engañarme a mí misma pensando que eres el único que me comprende. No tiene sentido, como tantas otras cosas que hago. Si vinieras al mundo, si estuvieras conmigo, te daría la risa al ver que las tonterías que te cuento son todas verdad. Esto no es sencillo para mí tampoco, ¿sabes?… A veces no es fácil hacer lo correcto, pero hay que hacerlo. Tú no te enterarás de nada y yo… yo volveré a mi vida de antes. A un nuevo trabajo, al gimnasio, a no tomarme nada en Cardigans, a encajar la soledad… A lamentarme de que ya no estás.

Sharon tiene razón —repito sollozando. Ella es la única persona en este mundo de la que puedo fiarme… Sobre todo si no vas a estar tú.

Pero gracias. Gracias por haberme acompañado este tiempo, aunque sea tonto pensar así. Y perdóname.

Lloro en silencio hasta que me veo con fuerzas para levantarme de la cama. Derrotada, mal doblo algunas prendas y las guardo en mi bolsa de viaje junto a un neceser y unas zapatillas. Giro el pomo de la puerta, temblorosa, secándome la cara con el dorso de la mano, y salgo de mi habitación con la impresión de que un gran viento me viene de frente.

Sharon se percata inmediatamente de mi presencia, pues andaba hurgando en la cocina para llevar al salón lo que, desde mi punto de vista, parecen frambuesas. Se detiene y se queda mirando mi figura como si fuera una aparición fantasmal llena de dolor. Pero no dice nada, sólo observa sorprendida cómo me acerco lentamente balanceando mi bolsa de viaje como si pesara cien veces más de lo que pesa.

— Sharon —balbuceo.— No puedo hacerlo.

— ¿Qué? —pregunta Sharon confundida.

— No voy a abortar…

— Pero… ¿Qué estás diciendo?

— No puedo, Sharon. Yo… ya sé quién es. No puedo evitar quererle.

— ¡Irish!

— Tú quieres que sea fuerte y segura de mí misma. Esta es mi decisión. Perdóname, lo siento de veras. No es fácil para mí decepcionarte de nuevo.

— ¡Irish por Dios, te das cuenta de lo que estás diciendo!…

— Sé lo que piensas de su padre y lo entiendo. Pero no voy a renunciar a mi hijo por él.

— ¿¿Has perdido la cabeza??

— Sharon, estoy haciendo lo que tú me has enseñado a hacer. Esto tengo que decidirlo yo, tanto como si me confundo como si no. Espero que algún día lo comprendas —explico con la voz quebrada. Sharon sigue mirándome con los ojos como ruedas de carro, boquiabierta, sin poder articular palabra.

— Volveré a por el resto de mis cosas, muchas gracias por todo y perdóname.

Camino hasta el recibidor y marco en el cerrojo digital los números que desbloquean la puerta de entrada del apartamento. Siento entonces la mano de Sharon agarrando mi brazo, buscando mi atención.

— ¡¡Pero a dónde leches piensas marcharte ahora!! —pregunta impaciente.

— Ya te he mareado bastante. Me iré a un hotel y buscaré un apartamento. Si aún sigues queriendo hablar conmigo, te enviaré un mensaje con mi nueva dirección.

— ¡¡Pero Irish!! —exclama. Examino el rostro de Sharon. El rostro doloroso que tanto temía ver. La abrazo, a pesar de que ella está inmóvil y consternada —Gracias por todo, Sharon. Te quiero.

Lunes, 2:45 p.m.

Paseo por la casa el elefante en que me he convertido. Regreso a la cocina por enésima vez, planto el cubo del helado sobre el barrigón, me meto tres barquillos en la boca y vuelvo al salón. Por el camino piso algo que el tacto de pies descalzos no logra adivinar y me encomiendo a los dioses para rogarles que Picky no haya vuelto a hurgar en la basura y que eso que he pisado no sean los restos del bacalao de anoche. Nunca lo sabré, porque eso de verme los pies, hace un tiempo que pasó a la historia.

— No sabes cuánto va a costarme abandonar la buena vida, Melón. Ojalá tuviera ahorros suficientes para quedarnos en casa unos cuantos meses más sin tener que preocuparnos. Claro, a ti te da igual porque te lo vas a pasar pipa viéndome comer una alcachofa acompañada de aire, pero para mí va a ser un suplicio eso y volver a trabajar. Ya oíste a Sharon el otro día: “Tiene un proyecto en mente en el que quiere que intervenga”. Sí, bueno, ya sé lo que estás pensando, pero aunque sea duro, seguro que merece la pena. No le guardes rencor a Sharon, en cuanto te vea se le caerá la baba y cambiará de opinión en cuanto a ti… Eso si llega a conocerte, porque con este calor, me da la impresión de que voy a dar a luz un pollo asado. Tengo que confesar que no puedo aguantar las ganas de que salgas de ahí, aunque seas un asado, ya sólo nos quedan dos meses para poder vernos las caras. He comprado chuminadas suficientes para cuatro melones como tú y he adornado tu habitación. Espero que los patos y los trenes no te ocasionen un trauma infantil, porque está repleto de ellos. Cuánto me va a costar dejar la buena vida… Pero la obligación llama, de hecho, alguien debería hacer la compra y a ti no te veo muy por la labor, de modo que no se hable más —sentencio incorporándome pesadamente.

Me pongo un vestido ligero en el que a duras penas quepo y me calzo al tacto unos zapatos, esperando que sean del mismo par.

— ¡A la calle! —le anuncio a Melón, mientras me cuelgo una bolsa en el hombro.

Es maravilloso sentirse como una gigante y pasearse por Queens como si hubieras salido por error de la mente de un cazafantasmas. Seguro que los demás oyen mi voz ralentizada… ¡Ay! ¡Cuánto me va a costar volver al mundo real!

— Aleluya… —escucho una voz tras de mí. Me giro rápidamente para descubrir que el dueño de ese sonido es quien me temía.

— ¡¡Tú!! ¿Pero qué haces aquí? —pregunto mirando alucinada el rostro de un Eric aparentemente disgustado.

— ¿En serio me lo preguntas? —responde enfadado.— ¡Has pasado de mí todo este tiempo! ¡Llevo meses intentando dar contigo y tú no has hecho otra cosa más que colgarme el teléfono e ignorar mis mensajes!

— ¡Y cómo me has encontrado!

— ¿Tú en qué piensas, Irish? Ese crío es tan tuyo como mío.

— ¡Déjame en paz! —exclamo girándome para continuar mi camino.

— Deja ya de tratarme como si fuera una mierda, ¡¡soy el padre!! —protesta.

— ¡Te digo que me dejes tranquila! ¡Me has arruinado la vida, niñato!

— Pero bueno, ¿es que aún sigues con esa manía de verme como a un mocoso? ¿qué tengo que hacer para que me tomes en serio? ¡¡Qué coño quieres!!

— ¡Te quiero a ti lejos!

— ¿Es por la pasta? ¿Por la zona en la que vivo? ¿Por el curro? Sé que no gano mucho con lo de las motos, ya lo había pensado, pero no se me ocurre qué más puedo hacer aparte de la otra opción, mucho más lucrativa, pero que tú encuentras tan poco ética.

— Eric, sé lo que estás intentando hacer y no pienso dejar que lo hagas. ¡Olvida que existo y vete por donde has venido!

— ¡Qué te pasa! ¿Ya te han comido el cerebro? Tengo todo el derecho del mundo a ver a mi hijo, es más, ¡no pienso dejar que hagas lo que te venga en gana porque te hayan metido tonterías en la cabeza, Irish! ¡No es justo! —grita.

— ¡¡Cómo voy a fiarme de ti!! —replico en su mismo tono.

— ¡¡De la misma forma que yo me tengo que fiar de ti!! ¿Acaso crees que resultas de confianza después de haber desaparecido todo este tiempo sin decir nada? Todas las razones que tú tienes para dudar de mí, son infundadas por otras personas, yo nunca te he hecho nada!

Reflexiono un instante su contestación. Luego me acuerdo de que tengo que comprar patatas.

— Venga, seamos razonables —añade.— ¿Y si me ayudaras a encontrar un trabajo? Seguro que no es tan difícil para ti. Un curro normalito, yo qué sé…

Guardo silencio y le miro fijamente a través de la pequeña ranura que dejan mis párpados.

— …¿Y qué sabes hacer? —responde finalmente Irish de Calcuta.

— No sé… Destripar motos.

— Joder, Eric… —musito hastiada.

— ¡Dime qué es lo que puedo hacer! ¡Dímelo y lo haré! —exclama atormentado.

— No tengo contactos en el mundo del despiece de motos robadas, lo siento.

— ¡Alguna gracia más tendré, joder! ¡Vamos, Irish, esta no eres tú!

— …Con esa insistencia, podrías vender fiambre de rata a puerta fría.

Eric sonríe y su postura parece relajarse un poco. Golpeo suavemente a Melón con los dedos mientras pienso en las posibilidades de su padre.

— No sé… Ese don encandilador que tienes, habría que explotarlo. Ese físico… Lo único que se me ocurre es que seas modelo.

— Vale —contesta rápidamente sin pensar. Definitivamente, Eric está de oferta.

— ¿Lo harías? —pregunto extrañada.

— Sí, ¿en qué consiste?

— Pues, ya sabes… Sacar morritos, dejar de lavarte el pelo, ir en pijama por la calle, esas cosas que hacen los famosos.

— Estoy hablando en serio, ¿qué tengo que hacer para ser modelo?

— Bueno, necesitarías hacerte un libro de fotografías, lo primero. Luego presentarlo en agencias de modelos y esperar a que te llamen.

— ¿Un libro de fotografías? —pregunta confundido.

— Sí, pero no se te ocurra hacerte unas fotos en el photomaton y pegarlas en un cuaderno milimetrado.

— …

— Se trata de ir a un sitio especializado donde te hacen fotos profesionales para estas cosas. Estoy segura de que cualquier agencia se fijaría en ti. Te lloverían los contratos.

— Y ya está, ¿sólo eso? —me interrumpe.

— Claro que no, Eric. Tendrás que aprender a andar, a posar, todas esas cosas. Con suerte y si las cosas te van bien, habría que pactar unos precios con la agencia, según la demanda que tengas. Además, ahora también necesitas estar presente en las redes sociales. Viajarás mucho, te tendrás que cuidar…

— Oye, ¿y tú no me puedes echar una mano con todo eso? Aunque sea para empezar…

— ¿¿Yo?? Yo comenzaré un nuevo proyecto con Sharon en cuanto Melón… Ehm, el bebé —corrijo— nazca. No voy a tener tiempo de ayudarte.

— Dime que no quieres llamar “Melón” a la criatura.

— ¡No, no es eso! No he querido saber el sexo del bebé, por lo que, aún le llamo… Bueno… Primero fue Guisante, luego Ciruela, y ahora es Melón.

— ¿Y qué va a ser el mes que viene? —pregunta entre risas.

— No creo que haya frutas tan grandes. Estoy de siete meses y parece que me he tragado la cúpula de la Basílica de San Pedro.

Eric sonríe dulcemente ladeando un poco la cabeza.

— Venga, Irish. Si me ayudas a empezar con esto, prometo no pedirte más favores. Dame una oportunidad, ¿vale? Sólo al principio… Estoy un poco perdido y tú conoces ese mundo mucho mejor que yo.

— Mmm… De… de acuerdo. Pero tendrás que portarte como es debido y hacer lo que yo te diga.

— Claro, madame, soy su siervo —dice haciendo un amago de reverencia.

— Ahora déjame, anda. Tengo que hacer la compra.

— ¿Cómo voy a dejar que hagas sola la compra? No deberías coger peso…

— ¡¡Ni hablar, listo!! ¡¡Que eres un listo!! ¡Tú lo que quieres es acompañarme hasta mi casa para saber dónde vivo! ¡Espabilado!

— ¡Pero, Irish! ¿Cómo puedes pensar eso de mí? Mírate. Sólo te falta un tío detrás tuya tocando la tuba a cada paso que das.

— ¡Que te tengo calado, Eric, que te tengo calado! ¡¡Tira!! —impero señalando con los brazos el camino opuesto al mío.

— Está bien, mujer, está bien… Hay que ver cómo te pones…

6:55 p.m.

— Sí, es muy guapo. Probablemente se convierta en uno de esos famosos que acaban teniendo un reality show. Desde luego, yo no dejaría que eso pasara, qué vergüenza, por favor… Habría que evitar ese tipo de contratos. Buscar firmas serias… ¡Ah! Aún conservo la agenda de contactos de WTP, ahí tengo teléfonos e emails interesantes.

Lo cierto es que parece mejor idea de lo que aparentaba en un principio. No creo que sea difícil convencer a algunos de esos contactos de que Eric es una buena imagen de marca. Está chupado, sólo hay que verle. Además, por mi parte, está bien que ocupe mi tiempo en hacer alguna cosa que no sea hablar contigo y comer, Melón. Y si funcionara bien, sería un trabajo hasta agradable para mí. Un sector alejado del mundo del automóvil, un nuevo reto… No se me había ocurrido, pero puede que esta sea la solución a más de un problema.

Entrega 63

Pese a estar sentada, mis piernas continúan temblando y las lágrimas siguen brotando de mis ojos de forma descontrolada.

— Toma aire, —susurra Sharon— semejante llorera acabará dándote jaqueca.

— ¡Tienes que creerme, Sharon! No es como lo ha contado Peck. Yo sólo quería ayudar

— Quiero saber la verdad, Irish de Calcuta —dice suavemente. Suspiro y la observo dubitativa.

— Pues… Aquel día hablé con James, pero no llegué a un acuerdo con él, como te dije. Me sugirió que hablara directamente con Eric y…

— Fue Eric quien te obligó a hacerlo —termina la frase por mí.

— ¡No, no! —le disculpo.— Él me propuso un acuerdo y yo acepté.

— Ah, ya. Y, ¿en qué consistía exactamente ese acuerdo?

— Pues… En vivir conmigo una semana, ¡pero…!

— Te chantajeó —me corta ella.

— ¡No! Él me propuso aquello y yo…

— Le estás defendiendo, Irish, ¿no te das cuenta de que es un delincuente? Timar, coaccionar, mentir, robar. Todas esas cosas forman parte de su rutina. Para él es pan comido hacerlo y tú caíste fácilmente en la trampa. Esa gente es profesional, saben bien cómo engañarte. Me figuro que propuso el trato de vivir contigo a cambio de dejar de ver a Peck, ¿me equivoco?

— Pues… Es que… —titubeo.

— O sea, que sí. Y una vez en tu casa, te engatusó y acabó teniendo todo el sexo que quiso contigo, ¿verdad? —continúa.

Reflexiono su versión valorando la posibilidad de que sea completamente acertada. Empiezo a sentir náuseas al darme cuenta de mi ingenuidad. Qué claras se ven las cosas desde fuera…

— Corrígeme si me equivoco: Eric desapareció un tiempo mientras tú estabas de nuevo con Hank, pero cuando este se quitó de su camino, reapareció para probar suerte contigo de nuevo, ¿es eso?

— Bueno, él se enteró del despido y vino para preguntarme qué tal estaba…

— ¡Sabía que te estaba siguiendo! ¿Recuerdas que te lo dije? ¡Lo sabía! Oye, no le habrás dicho que estás embarazada, ¿no?

— ¡No! No, no… Claro que no —miento. Mi amor propio ya está suficientemente herido.

— ¡Menos mal! Entonces tendríamos un problema aún más grave. ¡Imagínate lo que ese cerdo podría hacer! Para empezar le tendrías día sí y día también en la puerta de tu casa haciéndote la pelota. Y no quiero ni pensar qué haría si llegaras a tener un hijo suyo pero, seguro que, de alguna manera, lo usaría para extorsionarte.

No hay un espejo donde pueda mirarme, pero sé que estoy blanca y petrificada, como un mimo en la estepa rusa. No puedo creer que haya sido tan sumamente estúpida. Eric nunca podría haber engañado a Sharon, pero conmigo lo ha tenido más que fácil.
Inevitablemente vuelvo a echarme a llorar. Quién fuera cochinilla para hacerse bola y enterrarse en la tierra hasta secarse.

— Irish, deja de llorar, ¿quieres? No voy a dejarte sola en esto.

— Y ahora, ¿qué? —pregunto abrumada pensando en mi incierto futuro.— ¿Me perdonarás algún día?

— Irish, eres una amiga, una hermana y casi una hija para mí, ¿cómo no iba a perdonarte?

— ¡Gracias, Sharon! —exclamo.— Debes estar tan decepcionada conmigo. Tú que has invertido tanto en enseñarme, en hacer de mí una persona lista y mira lo que he hecho. Estoy enfadada conmigo misma y avergonzada —confieso balbuceando, profundamente triste.

— Aún tiene arreglo, vamos. ¿Por qué no llevas las cosas a tu habitación, te das una ducha caliente, te pones cómoda y tratas de descansar?

— No podré dormir después de esto…

— Irish, deja de lamentarte en vez de tomar cartas en el asunto. Creo que lo más lógico sería que te quedaras aquí. Deja de gastar dinero en alquileres innecesarios. Además, esos dos puercos no se atreverán a acercarse si estás aquí conmigo. Ni se te ocurra volver a hablar con ese demonio. De momento no hagas nada más que calmarte y actuar con la cabeza… Bueno, quizá sí debas hacer algo…

— ¡Qué, qué!

— Plantéate abortar, ¿de acuerdo?

— Supongo que tienes razón…

— ¿Supones?

— De… De acuerdo, Sharon…

— Y no te preocupes por Peck, hablaré con ella. No volverá a casa mientras tú estés aquí.

— ¡No quiero volverla a ver!

— Entiendo. No voy a entrar en ese tema. Haz lo que te he dicho, anda —dice levantándose del sofá.— Voy a darme un baño y a la cama. Te veré mañana.

Sharon se pierde en la oscuridad del distribuidor. Imagino que le dará vueltas y vueltas a la cabeza mientras se bebe una botella entera de cualquier cosa que encuentre en su bodega.
Me seco las lágrimas con la manga del abrigo y me quedo mirando una gran mancha de rímel que he dejado plasmada en la tela. La escena parece sacada de una película de Almodóvar, sólo falta un travesti, que podría ser perfectamente esa zorra pelirroja traidora.
Apago la luz del salón y me acerco lentamente a la enorme ventana. Las calles están mojadas. Puede que lleve más de una hora lloviendo a cántaros. Espero que a Peck le haya pillado este aguacero, se le haya puesto el pelo como un seto, que el abrigo de piel le críe moho, que se resbale, que se caiga de culo, que el agua la arrastre hasta las cloacas y allí sea devorada por los cocodrilos.

— Maldita Ley de Encarna —mascullo en voz baja.

Oigo el leve sonido del grifo del cuarto de baño de Sharon llenando la bañera y a ella, poco después, cerrando el monomando que corta el agua. Las gotas de lluvia golpean más fuerte el cristal de la ventana, como si no quisieran dejarme ver la ciudad de Manhattan empapada.

— No tengo ganas de mojarme. Creo que deberíamos olvidar la ducha e irnos a la cama.

Recupero la pequeña bolsa de equipaje que pretendía llevar a mi nuevo hogar, y la devuelvo al cuarto de invitados. Mi habitación. Me bajo de los tacones, abandonándolos a su suerte en algún lugar a los pies de la cama y me acuesto acurrucada, abrazando la almohada.

— Me acosa la Ley de Encarna, ¿sabes? Bueno, es normal que no sepas qué es eso. Es un concepto bautizado por mí misma. Lo hice cuando me di cuenta de que la Ley del Karma no funcionaba conmigo. Que algo, quizá un error de transcripción de código, o de traducción, o que mi ser previo a la reencarnación tomó mal los apuntes y lo del “toma y daca” lo entendió como “toma y zaca”. Porque cuanto mejor trato de hacer las cosas, peor me salen. Cuanto mejor creo que me porto, más palos me llevo. Ahora entiendo a esos que dicen, “de bueno que soy, soy tonto”… Otras víctimas de Encarna. O a esos pringados que nos pasamos la vida luchando sin llegar al objetivo, motivados por esos otros que sí alcanzan la gloria, incluso desde el fracaso, porque, ¿sabes, Ciruela?, no siempre se gana aunque te esfuerces. La victoria no es para todos, no hay ganadores sin vencidos, ¿me explico? Y no siempre las cosas son justas. Está muy bien eso de animarse a uno mismo pensando que todo se pondrá en su sitio, pero esa no es la realidad. Y es todo una cuestión de suerte. No se trata de asumir que tienes mala suerte, sino de aceptar que a veces la tienes, otras no, y que de ello depende también tu victoria, por mucho que te empeñes en pensar que es sólo una cuestión de esfuerzo, ¿comprendes? Mira, te pondré un ejemplo: salir de Irlanda a lo loco, con un pasaporte falsificado por una madre desesperada que llega a cambiarle el nombre a su hija por el del primer bar que ve. Lograr llegar a España y conocer de pronto a Sharon, quien es capaz de arreglar esa situación sin despertar sospechas, es sencillamente suerte. Aprender a hablar, escribir y todas esas cosas, en un tiempo récord, es suerte y esfuerzo. Comer como un canario durante años y seguir teniendo dos kilos pegados al trasero, es un tremendo esfuerzo y mala suerte.
Últimamente, la Ley de Encarna se está cebando conmigo, quizá para que se cumpla la Ley del Karma en otros. Pierdo el trabajo, Peck me traiciona, Eric me tima, Nat me odia… Me pregunto si todas esas miserias tendrán también su compensación cósmica.

El desagüe de la bañera del cuarto de baño comienza a tragar. Sharon se acostará ya, aunque sea temprano para ella. No se encerrará siquiera en el laboratorio. Está demasiado preocupada, seguro. Es normal. Oigo caer hasta la última gota de agua por las tuberías, que nos deja a solas con los golpes de la lluvia contra la ventana. Un sonido que parecía agradable al principio pero que luego se convierte en una sacudida fría y metálica, como todo a mi alrededor. Una paliza hostil a un simple panel quebradizo, desde el cual sólo puede mirar a través si lo haces desde dentro. Esa soy yo, revestida de cristales que reflejan a los demás, sin que nadie pueda ver ni oír los gritos que se albergan en el interior. Una más de vosotros, los que ahí fuera, que vive fingiendo no haber escuchado nunca la lluvia caer sobre la tierra, sonando como niños que corren descalzos.

— Quizá estoy confundida. A lo mejor no es cuestión de ninguna ley sagrada. Sigo siendo esa ignorante, cuyo nombre odio recordar. Ese espectro sin identidad. Fácil de engañar, fácil de manipular, bajo una fachada de espejo, amable e integrado. Un fraude… ¡Oh! Debo estar aburriéndote. No voy a seguir torturándote con esto. Tengo a Sharon, afortunadamente. Ella siempre está ahí. Haré lo que ella me diga, siempre me aconseja bien. Traeré de nuevo mis cosas aquí y olvidaré ese apartamento de Queens. Me quedaré junto a ella, cuanto haga falta, siempre, si es necesario. Seremos como Epi y Blas. Siempre que no tenga que volver a ver a esa Bruja de Peck. En cuanto a Eric… ¡¡Espero que acabe en la cloaca con Peck!! Y tú, Ciruela. Tú deberías dormir también.

10:27 a.m.

Aprieto el botón que finaliza la llamada y suspiro aliviada. Cuánto me ha costado tener que contactar con Kevin, anular el alquiler de la casa y, para colmo, perder el dinero de la señal, ahora que estamos tan pudientes… Me asomo por la puerta de mi habitación y compruebo que Sharon aún no se ha levantado. O puede que no quiera salir de su habitación, aunque estoy segura de que se alegrará de que oficialmente se haya suspendido mi mudanza.

Me tumbo en la cama y le doy algunos toquecitos a Ciruela, por si no estuviera despierto.

— Puede que nuestro castillo de naipes se haya derrumbado, pero no era más que eso: un castillo de naipes. Suerte que Sharon me ha hecho abrir los ojos. Puede que a ti no te caiga muy bien, pero ella es una amiga de verdad y siempre tiene razón. Lo mejor es quedarme aquí y esperar a que pase un poco el chaparrón.

El teléfono móvil comienza a sonar. Tengo que quitarle ese tono futurista que tiene predeterminado. Cada vez que suena, parece que se me va a aparecer la señora del futuro esa del anuncio de lejía.

— ¡Mierda! Aquí le tenemos —exclamo al ver el display del aparato.— El malparido de tu padre. Por supuesto no pienso contestar el teléfono. Ese desgraciado… ¡Desde el primer día en que irrumpió en mi vida, comencé a perder absolutamente todo!

— ¡Irish! ¿Estás ahí? —pregunta Sharon desde el otro lado de la puerta de mi habitación.

— ¡Sí, adelante! —respondo después de silenciar y esconder el teléfono.

— ¡Pero bueno! ¿Es que piensas pasarte el día ahí tumbada sin hacer nada? —me regaña como fuera una nini.

— Pensé que estabas durmiendo, no quería hacer ruido.

— Vamos, perezosa —dice al tiempo que se adentra en mi cuarto y tira de las sábanas para que me levante.— Oye, ¿no tendrás malestares y cosas de esas? —pregunta deteniéndose de pronto.

— Poca cosa, la verdad. Estoy teniendo suer…

— ¡Pues arriba! —exclama tirando de nuevo de la ropa de cama, consiguiendo que dé un brinco sobre la alfombra.
Picky aprovecha para darme los buenos días restregándose por mis piernas.— Cielo, —añade tras observarme unos segundos— ¿has pensado ya lo que te dije ayer? No podemos esperar mucho.

— Ehm… Sí, ya… Aún tengo que hacerme a la idea. ¿Podemos esperar un poco?

— Está bien… —contesta tratando de ser lo más condescendiente posible.— Haré café, te espero en la cocina.

Sharon se ata el batín y se va atusándose cuidadosamente el cabello. En cuanto noto que el peligro ha pasado, chequeo de nuevo mi teléfono móvil y descubro un mensaje de “El inseminador”:

Seguro que ya has hecho suficiente penitencia por aquel helado que te comiste en Central Park. Prometo no volver a tentarte. ¿Me contestas al teléfono?

— ¡Maldita salamandra! —exclama mi alma a través de mi boca.

Viernes, 8:40 a.m.

— ¡No puedo creerlo! ¡Cómo se ha atrevido! ¿No crees que es demasiado? —protesto. La tostada que estoy untando con mantequilla está pagando las consecuencias de mi ira.

— Aham… —masculla Sharon sin apartar la vista del periódico.

— ¡Hank me ha vetado, Sharon! ¿Y ahora qué hago? ¿Dónde voy a encontrar trabajo ahora, si en cuanto ven mi nombre no quieren ni hacerme una entrevista? ¡A saber lo que habrá dicho este hombre por ahí! Tampoco es para tanto, ¿no? ¡Vale!, le puse los cuernos, ¡pero se comporta como si fuera la culpable de su alopecia!

— ¿No decías que se rapaba solamente porque quería?

— ¡¡Es para disimular que se le clarea el cartón!! ¿¿Qué importa eso ahora??

— Deja de agobiarte, Irish —responde sin interés.

— ¡¿Cómo que no me agobie!?

— Deberías preocuparte por otros asuntos más urgentes, ¿no crees? —me suelta a traición, plegando el periódico por fin y dejándolo de golpe sobre la mesa.

— Oh, Sharon… No empieces de nuevo por favor. Aún no estoy lista.

— Llevas semanas diciendo que no estás lista. Estás en la fecha límite, Irish, cuánto más lo alargas, más problemas tendrás. Te lo puedo practicar hoy mismo si quieres y, si prefieres que te lo haga otro doctor, conozco a varios, ¡pero hazlo ya!

— ¿Quieres que vayamos a dar un paseo? —intento distraerla.

— ¿Un… paseo? —pregunta aturdida.

— Sí, ¡vayamos a la calle, Sharon!

— A la calle —repite.

— Pasear, caminar, charlar… Esas cosas que hacen las personas normales —río ante su extraña reacción. Cualquiera diría que le he ofrecido hacer una orgía en Times Square.

— Sin ánimo de ofender: tengo cosas mucho más importantes en que invertir mi tiempo.

— Bueno… Entonces me iré sola.

— ¡Tú lo que tienes que hacer es lo que tienes que hacer! ¡Déjate de gaitas y quítate ese problema de encima de una vez! ¿Es que quieres salir a la calle con ese mierdoso por ahí merodeando? ¿que te avasalle a preguntas y se de cuenta de que ha sido él quien ha puesto ese problema en tu útero? ¡¡Es que no has aprendido nada de todo esto, Irish!!

— Sí… sí, claro que he aprendido —contesto un poco asustada.

— ¡Joder! ¿Cuántas veces tengo que decirte las cosas? ¿Es que hay que hablarte así? ¡Usa la cabeza! —exclama visiblemente desesperada, tomando mi cara entre sus manos.— Cariño, no puedes pensar ahora en otra cosa que no sea eso. Es tu porvenir, Irish, y se está tambaleando. Es mucho más importante que te quites eso de en medio y luego soluciones el tema del empleo ¡¡antes de estar pensando en dar paseos!!

Sharon me clava sus ojos heladores empapados de preocupación y nerviosismo como si quisiera apuñalarme con ellos. Se lleva las manos a la cabeza y suspira.

— Sharon, lo siento, es que…

— Hazme un favor, Irish: sólo piénsalo. Dime que vas a bajar de esa nube en la que vives y vas a pensarlo en serio. Dilo —pide imperativa.

— Lo haré, Sharon… —contesto acongojada. Ella se da media vuelta y me deja sola en la cocina sin nada en la cabeza.
De forma automática, saco discretamente el móvil del bolsillo trasero de mi pantalón y elimino la última llamada perdida que Eric me hizo hace un par de días. Tengo que reconocer que es tenaz. Cuando quiere algo, de verdad lucha por conseguirlo. Pero esta vez no, Eric. Esta vez no vas a ganar.

Entrega 62

11:22 a.m.

Por una vez, eso de repetirme a mí misma que hoy va a salir todo a pedir de boca, cien veces, delante del espejo, parece estar funcionando. Kevin, resulta ser de lo más agradable, tanto, que hasta he conseguido no pensar en la raja de su culo mientras conversábamos acerca de las condiciones del alquiler.

Esta casa es perfecta para mí, mejor de lo que esperaba. Me siento feliz de que el trasero de Kevin no me haya disuadido, y eso que lo de mudarme a Queens no me convencía del todo, pero creo que va a ser un acierto.

Le hago un gesto con la mano a un taxi y este se detiene en el punto exacto para que sólo tenga que extender el brazo para abrir la puerta trasera del coche. Me quedo hipnotizada con el vaivén del ambientador que cuelga de su retrovisor, como un metrónomo que marca el ritmo de mis pensamientos. De vez en cuando me topo con mi propia mirada en el espejo y me repito interiormente eso de “hoy va a salir todo a pedir de boca”… Y eso espero, porque aún no se me ha ocurrido la manera idónea de contarle a Sharon que me quiero ir de su casa. Puede que si le digo que no me entusiasma eso de tener visita diaria de Peck, —que no sería del todo mentira— Sharon no se sienta traicionada por mí. Por muy bien que se esté portando Peck conmigo últimamente, pasar las tardes escuchando sus historias para no dormir, hasta que le entra el hipo y ya no puede ni hablar, no es lo más apetecible.

— ¿Sabes, Ciruela? Creo que no será suficiente excusa para Sharon. Ella no tiene un pelo de tonta, así que tendré que acariciar sus oídos con algo que le guste oír —pienso. ¿Que soy una mujer independiente que prefiere vivir sola? Mmm… no es mala idea, pero hay que pulirla un poco. Gracias por tu ayuda —le susurro a Ciruela sin que el conductor del taxi se percate y me eche del coche por colgada.

1:30 p.m.

Sharon enciende uno de sus cigarrillos y se echa en el sofá de golpe, como si estuviera exhausta. Supongo que otra vez ha estado trabajando en el laboratorio. Temo que cualquier día salga de ahí una persona que ella ha armado con piezas de difuntos. La veo tan capaz… Sharon abre el cajón de la mesita contigua y saca un montón de papeles desordenados que escanea rápidamente con la mirada.

— ¿Te apetece sushi para comer? —me pregunta. Su sugerencia me causa una especial repugnancia sólo al pensar en el pescado crudo, algo que nunca me había pasado.

— No mucho… ¿Qué tal italiano?

— Picadillo de penne con salsa Petrucci. Es algo que me viene apeteciendo desde hace un tiempo —bromea.— Un momento… ¿Italiano? ¿Hidratos? Qué raro, ¿qué mosca te ha picado?

— Sí, me lo he ganado… Hoy no he parado —me excuso ante mi metedura de pata. Sharon se rasca la cabeza mientras busca entre los folletos algo acorde a mi petición. Sé que está pensando. La he observado durante años y conozco esa pose de aparente indiferencia. Es el momento de hablar del asunto de la mudanza, o acabará descubriendo todo aquello que no quiero que descubra, tan sólo usando su instinto.

— Sharon, tengo que hablar contigo —pronuncio tímidamente. Inmediatamente deja los papeles sobre el sofá y me mira con el ceño ligeramente fruncido.

— Sabía que algo te pasaba. Soy todo oídos.

— He encontrado un apartamento que es ideal para mí. He hablado esta mañana con el propietario y me ha dicho que tenía varios interesados, cosa que no dudo porque, la casa es preciosa y…

— ¿Te vas? —me interrumpe sorprendida.

— He dejado una señal y…

— Irish, —me corta— entiendo que quieras tener tu propio espacio. De verdad, lo comprendo, pero este no es el mejor momento. No tienes trabajo, vivir aquí cuesta un riñón…

— Sabía que esto pasaría —protesto. Sharon, sabes que no soy una persona que derroche el dinero, soy como una hormiga, tengo mis ahorros. Puedo permitirme vivir sola —explico tratando de transmitir toda la seguridad que puedo.

— ¿El tiempo suficiente?

— Claro que sí, Sharon…

— ¿En Manhattan?

— En Queens.

— ¡Oh, Irish, por Dios! Ni si quiera tienes coche, ¿has pensado en eso? ¿Cómo demonios piensas desplazarte? ¿En el maldito metro?

— ¿Por qué eres incapaz de apoyarme en algo? Me haces sentir estúpida… —confieso.

— Sé perfectamente que no eres ninguna idiota, no tergiverses mis palabras. Sólo intento hacerte entrar en razón. Aquí vives gratis, en Manhattan, en un apartamento de lujo y no tienes gastos prácticamente. Puedes irte cuando tengas otro trabajo, mientras tanto, es una perdida inútil de dinero. ¿Qué ocurre? ¿Es por Peck? ¿No será por ella?

— No me hagas esto más difícil —le suplico, incapaz de soportar tanta presión.

— ¿Difícil? ¿Qué pasa contigo? ¡Sólo trato de ayudarte y arrojar un poco de sentido común a todo esto! —responde en un peligroso tono pre-discusión. A una parte de mí le gustaría poner los puntos sobre las íes, pero no quiero hacer sentir mal a Sharon.

— Tú me enseñaste a ser una mujer independiente, a arreglármelas sola y disfrutar de mi propia compañía…

— No me vengas con monsergas —masculla enfurruñada. Le da una calada a su cigarrillo y lo apaga con saña en el cenicero de la mesa del salón, sin quitarme la vista de encima, probablemente adivinando que, en esta ocasión, no cederé a su favor. Se levanta del sofá, pasando ante mis narices pisando fuerte y echando el humo de la última calada.

— ¿¡Sharon!? Me has dejado con la palabra en la boca, no me digas que te has enfadado por contarte mi decisión —digo haciéndome la moderna.

— Pide la comida que quieras, ahí tienes el teléfono. No tengo hambre, me voy al laboratorio. Espero que disfrutes mucho de tu almuerzo solitario —contesta al tiempo que se aleja del salón, colocándose el culotte y desapareciendo después en su laboratorio.

Martes. 9:05 p.m.

Estaba claro que una mudanza organizada por Sharon, iba a ser fugaz. Ahora que mis pertenencias ya están en “Villa Irish” y que a Sharon se le ha pasado el mosqueo del anuncio de mi partida, sólo me queda aguantar la mini-fiesta que Peck se ha emperrado en organizar para despedirme… No tiene sentido, pero viniendo de Peck, no me sorprende. Aún recuerdo la que montó aquél día en que el Real Madrid ganó la copa de Europa. Una borrachera apoteósica y dos strippers en tanga fluorescente que no venían a cuento. Espero que no le dé por hacer nada de eso esta vez.

— ¡Irish! —grita Sharon desde algún lugar de la casa al escuchar el timbre de la puerta.— ¡Abre por favor, es Peck!

— ¡En seguida!

Tomo aire, pienso en un punto negro sobre un fondo blanco y me repito a mi misma: “hoy todo va a salir a pedir de boca”.

— ¡Hola, hola, bandida! —me saluda una frondosa planta tamaño Vladimir Tkachenko.

— ¿Peck? —contesto confusa.

— Un detallito para tu nuevo hogar. ¡De nada! —dice entregándome la gigantesca maceta, que pesa como una pila de muertos y casi me hace perder el equilibrio.

— ¿Una palmera datilera, Peck? ¿Su nueva compañera de piso? —pregunta Sharon al descubrir el presente.

— ¡¡Pesa mucho!! —exclamo tambaleándome de un lado a otro.

— ¡Oys! ¡Mira que eres blandengue! Y eso que vas al gimnasio… —bromea Peck entre risas.

— La abuela de Irish no irá con ella al nuevo apartamento, Peck, y esa cosa necesita cuidados —explica Sharon, mirando espantada la palmera.

— ¿Estás de coña? Semejante planta debería colaborar con el alquiler del apartamento —refunfuño cuando consigo dejar la palmera en el suelo.

— ¡¡A por las copichuelas!! —canturrea Peck, adentrándose en la casa de Sharon.

— Ahora ya tengo donde colgar al mono… —mascullo.

11:30 a.m.

Sharon se pimpla un cubata entero trago a trago, ovacionada por una Peck desatada, descalza y dando brincos. Observo la datilera tras el vaso de tubo que Sharon sostiene cada vez más vacío y me pregunto si Picky querrá usarla para purgarse, hacerse las uñas, o las dos cosas. Echo otra ojeada a mis dos amigas borrachas… ¿Cuántas copas más tienen que tomarse antes de caer inconscientes al suelo del salón? Muchas —me contesto a mí misma. Veré si soy capaz de largarme sin tener que llevarme esa palmera conmigo esta misma noche.

— Chicas, creo que me voy a marchar ya… —anuncio sin mucha energía.

— ¿Ya? Pero si es una fiesta en tu honor y no ha hecho más que empezar —vocifera Peck, divertida. Luego se me echa encima y me abraza, cumpliendo con las normas de la buena borrachera.

— Venga, Peck, no seas pesada. Bastante ha aguantado ya la pobre —dice Sharon, al rescate. Respiro aliviada y le doy las gracias en mi corazón.— Espera, cariño, deja que te acerque en el coche.

— ¡De eso nada! No puedes conducir. Cogeré un taxi, no te preocupes.

— ¿Qué no puedo…? ¿Qué no puedo, has dicho? —pregunta a carcajada limpia. Peck se echa a reír aún más fuertemente.

— Pasadlo bien, par de piezas —me despido al tiempo que me abrocho el abrigo y recupero mi bolso. Celebro que la dueña de la casa ni siquiera se haya acordado de la dichosa datilera.

— ¡Te echaré de menos! —exclama Sharon poniendo morritos graciosamente.

— Y yo a ti, gracias por todo. Eres una amiga fantástica —reconozco orgullosa. Digo adiós a ambas con la mano y tomo consciencia del giro del pomo de la puerta del apartamento de Sharon, como si ello supusiera el comienzo de una nueva etapa.

— ¡Espera, espera un momento, Irish! —grita de repente Peck, obligándome a detenerme.— ¿Es que no vamos a brindar por este cambio? Además, olvidas mi regalo…

¡Joder! —pienso. Pero controlo el gesto facial y sonrío haciéndome la despistada.

— ¡Ah, sí, claro! ¡…La datilera, sí…! Está bien, chicas, un brindis y me voy, ¿vale?

— ¡¡¡¡Sí!!!! —responde en plan ñoña aplaudiendo y dando botecitos en el sofá.

Ni siquiera me quito el abrigo. No quiero dar a entender que dejaré que el brindis dure más de la cuenta. Peck llena una copa de champán para cada una, las reparte solemnemente y alza la suya acompañando el gesto de una sonrisa de cine.

— Queridas amigas: quiero hacer un brindis porque nuestra pequeña y dulce Irish, ya es oficialmente una de las nuestras —anuncia.

Sharon y yo nos miramos un poco extrañadas, pero no la interrumpimos.

— Lo ha demostrado con creces —continúa.

— ¿A dónde quieres llegar, Peck? —pregunta Sharon, sin ocultar una sonrisa dubitativa en sus labios.

— Creí que nunca ibas a preguntarlo, Sharon. Irish ha hecho grandes esfuerzos para conseguir pertenecer a nuestra hermandad, ¿a qué sí, pequeña?

Sostengo la copa de champán sin saber qué hacer. Tengo el impulso de interrumpir a Peck, pero ella no me lo permite.

— De hecho, creo que se ha convertido en la más lista de todas. Eres todo un orgullo, cariño. Nadie habría igualado tu estrategia y la hubiera llevado a cabo de forma tan concienzuda. ¡Qué maestría! Y yo que siempre pensé que eras boba… Bueno, ya se sabe que las de tu tipo son siempre las peores.

— ¡¡Bueno, ya está bien, déjala en paz, Peck, estás borracha, estás desvariando y sólo dices memeces!! —grita Sharon enfadada.

— Shh, shh… Déjame terminar, Sharon, no te arrepentirás.

— Peck… —mascullo.

— ¡No fastidies!… —exclama Sharon haciendo amago de levantarse del sofá, pero Peck la agarra con fuerza y vuelve a sentarla.

— ¡He dicho que escuches! —vocifera logrando un silencio absoluto.— Esta niñita buena vio el cielo abierto cuando se dio cuenta de que estabas absurdamente preocupada por mis continuas quedadas con Eric. Te mintió y aprovechó que estabas ocupada reteniéndome en tu casa, para agenciarse a mi puto favorito y pasar una semanita entera de lujuria desenfrenada con él en su apartamento. Irónico, ¿no es cierto? Se lo tira día y noche para que no me lo tire yo.

— Pardon ? —susurra Sharon.

— Espera, espera, aún hay más. No contenta con todo eso, le convence para que no vuelva a verme más. El resultado es que Eric ya no quiere venir conmigo porque esta furcia le ha comido la cabeza. Ella, sin embargo, sí que puede verle cuando le apetezca, ¿verdad que sí?

— ¡Hija de perra! —pienso, incapaz de pronunciar palabra por culpa de ese fortísimo nudo que me ha salido en la garganta.

— ¿Qué te pasa, Irish? Creí haberte dicho aquél día cuando paseamos por Wall street y confirmaste el chisme que me contó Natalie, que ya hablaríamos del tema de Eric en otro momento, ¿no? Ahora es un buen momento. ¡Ah! Y, si no mal recuerdo, ese mismo día tú y yo quedamos en que te encargarías de Hank y yo me encargaría de Sharon. Bien, pues aquí me tienes, haciendo mi parte. Desde luego tú te has ocupado muy mal de hacer bien la tuya, como siempre. Por eso Hank se acabó enterando de que le pusiste los cuernos mientras él estaba de viaje y se lo tomó muy, muy mal. ¿Eso tampoco lo sabías, Sharon?

Sharon se gira lentamente para mirarme, boquiabierta y ojiplática, pero tampoco parece poder decir ni media palabra.

— Teóricamente, que conste que digo teóricamente, esa es la razón por la cual tu culo y el de Irish está aquí y no en WTP. Estás fuera porque Hank sabía que a Irish le serías mucho más engorrosa fuera de WTP que dentro, y que si siguieras en la directiva de la empresa, la readmitirías en seguida. Está claro, ¿no?

— ¡¡Mentira!! —grito en un doloroso llanto.— ¡¡Hank hizo eso porque sabía que me dolería mucho más cualquier mal que haga a Sharon que el que me haga a mí!! ¡Se sentía humillado y quería venganza, quería hacerme todo el daño que pudiera!!

— Lo que sea, niña —me interrumpe Peck.— No es que seas muy de fiar, así que deja que cada una montemos nuestra propia realidad. No sé tú, Sharon, pero a mí me cuesta creer una sola de sus palabras. Sobre todo sabiendo que, aún habiéndome arrebatado mi mayor fuente de endorfinas, habiéndonos engañado a ti y a mí como a estúpidas, a Hank, e incluso a esa piltrafilla de amiga que tiene, hasta haberla hecho enloquecer, aún oculta más sorpresas.

— ¿Qué?… ¿Cómo? —tartamudeo.

— Y ahí es cuando la teoría se choca con la práctica. Me refiero, por supuesto, al bombo. Un bombo que le ha hecho Eric, naturalmente. Una razón mucho más pesada para vengarse, incluso si eso se traduce en comprar WTP y darle la patada a ella y a su salvavidas de carne y hueso, tú, Sharon —explica como si se hubiera aprendido el monólogo de memoria. Sharon se gira de nuevo para mirarme con los ojos hundidos.

— ¿Estás…? —me pregunta Sharon en voz tenue, como si en realidad no quisiera saber la respuesta.

— ¡¡Sharon, lo siento, por favor, déjame explicártelo!! —le pido al borde del desmayo.

— ¡¡¡Ja!!! ¡¡Lo sabía!! —exclama Peck triunfante.— Tenía mis dudas al respecto por cómo mirabas todos los cigarrillos que nos fumábamos y por ese cambio de dieta tan raro. Es por eso por lo que te querías largar cuanto antes de este apartamento, ¿verdad? ¡¡Echa cuentas, Sharon!! Uno, dos, ¡casi tres meses! No puedes esperar porque se te empieza a notar, ¿me equivoco? ¡Tú misma acabas de delatarte, idiota!… Mmm… Aún te queda mucho que aprender, sigues siendo una lechona. Me equivoqué al pensar que podrías formar parte de la hermandad de las cabronas ejemplares, ¡¡no eres mas que una mentirosa vulgar y una cateta pretenciosa!! —grita enfurecida.

— ¡Basta ya, Peck! —ordena Sharon, autoritaria. Peck cierra de inmediato la boca dejando que únicamente se me escuche llorar. Nunca me he sentido tan vulnerable, tan incapaz de reaccionar ante un ataque. El miedo a perder a Sharon me ha paralizado. Ni siquiera soy capaz de pensar en atacar a Peck.

Sharon piensa cabizbaja durante largos segundos. Me mira con la boca entreabierta y el ceño arrugado, lo que desata un mar de lágrimas por mi parte que, hasta a mí misma me da lástima.

— O sea, —dice por fin— que nos engañas a todos, metes a un vándalo cochambroso en tu casa una semana, te lo follas, dejas que te preñe, tu novio se entera, nos dejan sin trabajo y vas… ¿¿y se lo cuentas a Peck?? —pregunta mirándome con los ojos muy, muy abiertos.— ¿Pero tú te drogas, Irish?

— Ha sido todo una estupidez, Sharon, por favor, perdóname —le suplico.

Peck suelta una hiriente carcajada, pero ello no hace que desista de implorar el perdón de Sharon. Ella, pensativa, me quita la vista y deja la copa sobre la mesa frente al sofá.

— Peck, creo que será mejor que te vayas, necesito hablar con Irish a solas.

— Por supuesto, cariño. ¡Irish, no olvides llevarte la palmera! —replica sarcástica.

— ¡Métete la palmera por el culo! —estallo.

— ¡Métetela tú! Después de todo, Eric te habrá dejado como la bandera de Japón —contesta tranquilamente.

— ¡¡Cómo!! ¿Cómo he podido confiar en ti? ¡No quiero volverte a ver jamás, zorra!

— ¡Zorra tú!, que te apropiaste de lo que era mío para tu propio beneficio. ¡Mosquita muerta! ¡Siempre intentando destacar con tus buenas intenciones de mierda y no consigues más que joder a la gente!

— Peck, vete ya —le pide Sharon hablando en serio.

— Claro que sí. No creas que no tengo ganas de quitármela de la vista yo también. He estado mucho tiempo aguantándome para decirle cuatro cosas bien dichas a esa niña tonta, pero al fin me he quedado a gusto. Se ha hecho justicia. No sé en qué pensabas, Irish, cuando creíste que todo esto te podría salir bien —dice saliendo del apartamento.— Cuando tú vas, yo vuelvo, bebé.

Peck cierra la puerta dando lugar a otro largo silencio. Sharon me observa y me invita a sentarme junto a ella dando palmaditas en el cojín del sofá.

— Dime… —murmura controlando la respiración.— ¿Todo lo que ha dicho Peck es cierto, o parte es producto de su intoxicación etílica?

— Es cierto, Sharon, —admito sollozando— salvo que no hubo mala intención en ninguna de las cosas que hice, al contrario. Todo salió como no debía salir. ¡¡Por favor, no me odies!! —le ruego— ¡¡Perdóname!!

— Irish, deja de llorar, ¿quieres? Tranquilízate.

— ¡¡Te prometo no volver a cagarla!! ¡¡Tendré mucho cuidado!! Me siento tan estúpida…

— Para, Irish… —me abraza pese a todo— Ven aquí. Quiero tener una conversación contigo.

Entrega 61

Lunes 7:25 p.m.

Darme cuenta de que, en las fotos del apartamento que estaba en primer lugar en mi lista de favoritos, aparece un tío reflejado en el espejo del baño, que a la vez se refleja en el espejo del distribuidor y así sucesivamente, dejando ver el comienzo de su raja del culo asomando por su pantalón, me ha desanimado un poco. “Hola Irish, soy tu casero, ya conoces mi raja del culo, así que seremos como de la familia” —pienso.

Me hubiese gustado compartir con Sharon mis hallazgos inmobiliarios de Internet, pero últimamente ella está demasiado ocupada con lo que quiera que esté haciendo en el laboratorio. La verdad es que podría ir al gimnasio, sobre todo aprovechando la visita diaria de Peck a las ocho de la tarde. Mi nuevo teléfono móvil suena dentro de mi bolso alejándome de mis pensamientos. Aún no me he familiarizado con el tono del terminal y es que, en los últimos dos meses, desde que devolví el teléfono de WTP a sus legítimos dueños y compré este nuevo, recibo más bien pocas llamadas. Sólo Mark contacta conmigo de vez en cuando y, bueno, Eric, al que le sugerí que mandara mensajes en vez de hacer llamadas, para evitar que Sharon nos descubra. Es por eso que me extraña un poco que sea él el que llama. Quizá se haya confundido…

— Qué raro —mascullo al leer en la pantalla el nombre en clave con el que he grabado su número en la agenda: “Servicio técnico”.
Me cercioro de que no hay Sharon a la vista, ni al oído y descuelgo la llamada:

— Soy Irish —le advierto en voz baja. Después pienso que, en el caso de que se haya confundido de número, puede que le haya dejado sin saldo en el teléfono al descolgar la llamada y ahora me odie profundamente.

— ¿Y me hablas del más allá? —pregunta divertido.

— ¿Qué pasa? ¿Para qué me llamas? ¿No te dije que mensajes mejor?… —murmuro un poco malhumorada. Me temo que este podría ser el principio de un bombardeo diario de llamadas.

— ¡Buenas tardes, señorita! Estoy muy bien, gracias. Yo también me alegro de oír su voz. ¿Cómo está usted? —bromea haciendo gala de su incombustible humor… pesado.

— Sharon está en el laboratorio.

— Ehm… ¿Eso es un santo y seña?

— Deja de hacer el tonto, ¿quieres? —le reprendo.

— Vale, vale, no seas violenta. Sólo te llamo para saber qué tal estás, oírte un poco… y esas cosas.

— Habituándome, ya sabes… —respondo al cabo de unos segundos reflexivos.

— ¿Cada día más contenta?

— Bueno, supongo que cualquier día es mejor que aquél día, así que sí, más conten…

— ¡Eso es! ¡Tú vales mucho! —me interrumpe. Sonrío al percibir su entusiasmo natural.

— Gracias…

— Quiero verte. He pensado que podríamos dar un paseo, ¿qué te parece? Seguro que la rubia ya anda jugando al basket con tu cabecita, ¿a que sí? Te vendrá bien despejarte un poco.

— ¡No! ¡Y no hables así de Sharon! Se está portando fenomenal conmigo. Te recuerdo que estoy viviendo en su casa… Además, ¿cómo me voy a despejar contigo? Sabes que me pones furiosa aunque no quieras.

— Tú y yo tenemos una conversación pendiente. La última vez que nos vimos…

— No hay grandes novedades desde entonces.

— Insisto.

— ¿Sabes la que se liaría si alguien nos pilla?

— Llevaré sombrero y gafas de sol.

— No vas a rendirte, ¿verdad? —pregunto derrotada.

— Has tenido la opción de colgar el teléfono antes de darte por vencida y no lo has hecho, así que creo que tengo al menos una posibilidad de ganar este round.

— No, no la tienes.

— Sigues sin colgar.

— Vale, está bien. Pero ahora mismo es imposible…

— ¿Gimnasio? —pregunta en tono sarcástico.

— Pues sí. Qué listo eres.

— No es para tanto, era fácil de adivinar.

— Mejor mañana —propongo.

— ¡Justo el día que tengo libre en mi agenda!

— Bien, quedemos a las diez de la mañana en la entrada a Central Park de la calle Setenta y dos —le indico tras meditar unos segundos las horas a las que Sharon suele encerrarse en su laboratorio.

— ¿Por qué no a las seis, y vemos juntos el amanecer?

— ¿Sí o no?

— ¡Sí, Bwana! Allí estaré.

— Hasta mañana —me despido antes de colgar y echar otra ojeada alrededor para comprobar que no hay moros en la costa.

Dada la buena suerte que me persigue últimamente, me aterra la idea de salir con Eric a la calle, pero admito que tiene derecho, al menos, a mantener una charla conmigo acerca de la situación. Esto iba a suceder tarde o temprano.
Descarto la idea de aparecer mañana dentro de una armadura del siglo XIII, pues podría causar el efecto contrario al deseado pero, desde luego, algo se me tiene que ocurrir para pasar completamente desapercibida… ¡Mierda! ¿Pasar desapercibida? ¡Pues claro que voy a conseguirlo, si todo el mundo se va a fijar en el semidiós que me acompaña! ¡Sólo van a mirarme al preguntarse quién demonios es la pánfila que le acompaña! Si Eric se pusiera pololos, pezoneras con borlas y un cubo en la cabeza, llamaría menos la atención que siendo simplemente él mismo. Tengo que ser muy cuidadosa y vigilar bien quién está a mi alrededor, esto es demasiado arriesgado.

9:53 a.m.

Dentro de poco, convertiré eso de mentir a Sharon en deporte Nacional. Lo peor es que sería candidata a ganar la medalla de oro, y es que, cada vez me es más fácil engañarla, aunque siga sin gustarme hacerlo. Se ha tragado eso de que voy a hacer ronda de supermercados extravagantes. Dado que nuestra alimentación es de lo más dispar, ha sonado muy convincente, pero tendré que comprar algunas cosas raras antes de volver a casa si no quiero que sospeche.

Doblo la esquina de Columbus Avenue con la Setenta y dos, y me topo de bruces con la visión de Eric apoyado contra un semáforo. Ahí está, esperándome… ¡Dios santo! ¿¡Se puede ser más guapo!? Nadie se apoya en los sitios como él. Qué bien le quedan esos vaqueros… ¡Basta ya! Si sigo así, la cosa acabará entre los arbustos —me regaño a mí misma.

— ¡Qué puntual! —celebro— ¿Llevas mucho esperando?

— No mucho, pero hubiera merecido la pena esperar cien años sólo para ver lo guapa que estás.

— Prefieres vaqueros y zapatillas en vez de traje y tacones, por lo que veo.

— Lo que me gusta es la percha —dice agarrando mi mano para girarme sobre mi eje. Aunque me quedo un poco cortada, me dejo mimar.

— Gracias… —sonrío ruborizada como una quinceañera. — Entremos en el parque, ¿vale? —le pido. He de alejarme lo antes posible de la calle. Eric asiente y paseamos tranquilamente en una calma rota solamente por el canto de los pájaros.

— Cuéntame, ¿cómo estás llevando el embarazo? ¿Está siendo pesado? ¿Tienes muchas molestias? —pregunta interesado.

— Algunos olores me dan náuseas, de momento es lo único que noto.

— ¿Estás comiendo bien?

— Sí, como siempre.

— O sea, mal.

— Mi dieta es muy sana. Además, no fumo, no bebo y…

— Haces dieta de hámster —me interrumpe. — ¿Es que quieres convertirme en el padre del gigante verde?

— ¿Qué tienes contra el gigante verde?

— Que tiene un ligero exceso de clorofila, ¿no te parece? Tienes una responsabilidad con eso.

— Si así fuera, también sería gigante y de eso tendrías tú la culpa, ¿me has oído quejarme?

— En serio, tienes que comer de todo, como una persona normal. Di que lo harás —me pide deteniéndose en seco.

— Te lo prometo, ¿contento? —respondo un poco cansada de sus exigencias.

— Si me prometes que no habrá que fertilizar a la criatura, sí.

— ¿Te he dicho que estoy buscando apartamento?

— No, no me habías dicho nada. Me alegro por ti. Tu gato es mucho menos estresante que tu amiga. Ahora debes estar relajada y cuidarte.

— Vaya, vaya… ¿Y esa madurez repentina de dónde ha salido? —bromeo.

— Estás emperrada en verme como un crío. Ya te he dicho mil veces que estás equivocada.

Me echo a reír al escuchar la seguridad de las palabras de Eric mientras cree que no me doy cuenta de que ha fichado un puesto de helados en su camino.

— Tomemos un helado —exclama antes de lo esperado.— Vamos a endulzarle la vida a esta dama.

Eric tira de mi brazo y camina a paso más que ligero hasta el puesto de helados, haciendo de mis negativas croquetas para mañana.

— A ver, ¿qué sabor te gusta? No vale pedirlo de coles de Bruselas.

— Mmm… —titubeo indecisa ante el sinfín de sabores que se presenta ante mí.— Creo que tomaré una tarrina pequeña de coco y yogur con arándanos —indico al heladero sin ocultar la sonrisa de satisfacción en mi rostro.

— Que sea mediana —corrige él.— Y dame también un cucurucho grande de chocolate, amigo.

Mientras el heladero sirve los helados, abro mi bolso y me meto dentro de él para buscar la cartera y pagar al hombre pero, de pronto, Eric lo zarandea desde las asas del hombro y me hace la tarea más difícil todavía. Parece resultarle divertidísimo ver cómo me desespero por capturar la cartera entre quejas, sólo para comprobar que ya ha pagado él, cuando logro sacarla del bolso.

— Y dime, ¿tienes ya echado el ojo a algún apartamento?

— Sí, a alguno que otro. Hay uno que es perfecto, pero le he visto la raja del pompis al casero en una de las fotos y me ha dado repelús… ¡Oh, Dios, qué bien que elegiste la mediana en vez de la pequeña! —admito en mi deleite.

— Puede que, en alguna cultura, eso de enseñar la hucha sea una forma de decir “sea bienvenido a mi hogar”.

— Llámame inculta. Me sigue dando repelús.

Eric me mira y sonríe. Después continúa zampándose su helado a una velocidad vertiginosa y deja que yo también disfrute de mi caprichillo. En silencio. Un silencio largo y maravilloso, de esos que no puedes compartir con cualquiera.
Me invade una alegría de la que se siente en las entrañas, por no padecer esa incómoda necesidad de tener que decir obligatoriamente algo. Esa sensación me traslada mucho tiempo atrás. Años atrás. Como si despertara de un largo y pesado sueño, abro los ojos al entorno, tomando consciencia de lo que me rodea, los árboles en movimiento, los animalitos que corretean por la hierba de un lado a otro, el frío intenso del helado bajando por mi garganta y el calor de la presencia de Eric.

— Me gusta pasear —pienso en voz alta.

— Llámame para acompañarte siempre que quieras hacerlo.

Sonrío y agacho la cabeza tímidamente. Aprovecho que una ardilla corre delante nuestra para señalarla y así desplazar la atención repentina que Eric ha depositado en mí, con toda la tensión que conlleva.

— Te fijas en cada bicho que se nos cruza.

— Tú te fijas en todo lo que yo me fijo —bromeo dándole un golpecito suave con el codo.

— Te gustan todos los animales… Bueno, menos el Chicho.

— ¡Oh, no me recuerdes ese perro, por favor! —exclamo al recordar la tarde en que Chicho se puso borrico con mi pierna, y le contagio la risa a Eric.

— Es un buen chucho, ¡y muy agradecido! James y yo le damos comida siempre que podemos.

— ¿Siempre que podéis? ¡Es vuestro perro! ¿Es que no le alimentáis todos los días? —pregunto sorprendida.

— ¡No, no es nuestro! Él viene de vez en cuando, a veces se queda, otras se pira y no vuelve a aparecer hasta que le apetece. Es un perro de mundo.

— De mundo… ¿Cómo tú?

— Sí, supongo —admite.

— Eric, ¿no tienes ninguna ambición? ¿Nunca te has planteado estudiar y… llegar a ser… algo?

— Vivo como quiero, no necesito nada más. Yo soy feliz así.

— ¿Ves como no tienes los pies en el suelo? Eres demasiado tranquilo.

— Sé muy bien lo que hago, Irish, a lo mejor lo sé mejor que tú.

— Esa es la seguridad insolente que todos hemos tenido a tu edad.

— Bueno, quizá tienes razón y yo estoy confundido, pero prefiero vivir en paz y disfrutando de lo que sí que tengo a mi alcance, que vivir con miedo e incertidumbre.

Medito las palabras de Eric, pasándolas a la acción en mi interior. Reflejándolas en mi propia vida y haciendo partícipe de ellas a las personas y circunstancias que forman parte de mi rutina. Y de pronto, me apetece detenerme y dejar de pensar para empezar a escuchar. Eric, a pesar de su insultante juventud, ha sellado mis labios con la razón de sus palabras. Sé que, en cierto modo, lo que hace denota una clara falta de prudencia, pero posee esa sencillez y esa templanza que hace que todo parezca más fácil y más bello, aunque el mundo se esté viniendo abajo.

— ¿No crees que es mejor así? —pregunta.

— Hablemos de otra cosa, no quiero estropear este paseo tan agradable —contesto. De ninguna forma le voy a dar la razón a Eric para que luego la utilice para hacerme rabiar.

— Vaya, vaya… ¿Has dicho agradable? No me lo puedo creer. Resulta que, por una vez en tu vida, vas a estar disfrutando de mi compañía —bromea.

— ¡Cállate, bobo! —exclamo divertida.— Sólo disfruto si tienes esa bocaza de besugo cerradita.

— Tienes razón, no estropeemos este paseo tan agradable. Sé que das muy buenas patadas, así que me resignaré a ser “el boca besugo” toda la vida, si es necesario.

Mi risa se pierde en el aire del camino para dar paso de nuevo al ruido callado de nuestros pasos. Eric y yo cruzamos pocas palabras, pero todas suenan como el toquecito cariñoso en el hombro que recuerda que nos tenemos al lado. Y, al mirar el reloj, éste me engaña: más de dos horas que me parecieron tan sólo un puñado de minutos. Me hubiese gustado estirar un poco más el tiempo, aunque fuera caminando junto a él en el supermercado, por eso, ha sido difícil negarme a su ofrecimiento de acompañarme a hacer la compra, pero es demasiado arriesgado.

Eric oculta sus preciosos ojos verdes tras sus gafas de sol, como siempre, enseñándome su sonrisa perenne, y dejándome que sea yo quien decida cómo hay que despedirse. Le abrazaría fuerte y sinceramente para agradecerle este momento de calma que me ha regalado y que tanto necesitaba, pero no lo hago. Un gesto con la mano y devolverle la sonrisa me parece lo más prudente. Resuenan algunas de sus palabras en mi cabeza, que casi me convencen para girarme y observar cómo se aleja entre la gente aunque, en vez de eso, me adentro en el supermercado y me hago con una cesta de ruedas que se arrastra penosamente por el suelo.

Quinoa, semillas de chía, fruta, verdura… Y comida para “el guisante”, como le llama su padre. Puedo probar a comer, mmm, un filete con patatas, una crema con un segundo plato… Quizá pollo. Suena bien. Seguro que sabe mejor. Dios mío, qué hambre me está entrando. Empiezo a sentir la necesidad de quemar la sección de legumbres bio mientras bailo desnuda sobre una montaña de pudin con caramelo. Mierda. Espero no verme arrastrada por la fuerza de los genes de Eric y caer en la tentación de comerme veinte kilos de donuts de chocolate.

1:34 p.m.

— ¡Hola! ¡Ya he vuelto! —grito al cruzar la puerta del apartamento de Sharon.

Silencio absoluto. Sharon debe seguir encerrada en su laboratorio. Coloco la compra en los armarios de la cocina mientras, sin darme cuenta, canturreo “All my loving”, pero me detengo cuando miro el final de la bolsa de la compra y recuerdo que he caído en la tentación. —¡Malditos donuts! No puedo creer que hayáis venido conmigo… ¡Sois obra de Satanás! —pienso.
Bueno, ya que los he comprado, habrá que comérselos. Serás afortunado si sales a tu padre. De esa forma, podrás permitirte disfrutar de tantos de estos como quieras, sin la necesidad de tener que pisar un gimnasio en tu vida, ni seguir odiosas dietas y, aun así, estar más bueno que el pan —cuchicheo conmigo misma.

— ¿Irish? —escucho de pronto la voz de Sharon al fondo del pasillo. El susto me hubiese provocado un corte de digestión si, además de haber comprado los donuts, me los hubiese zampado.

— ¿Sha… Sharon? —respondo como si me hablara San Pedro desde el cielo.

— ¡Baño! —vocea.

— ¡Hola! —saludo asomando la cabeza por la puerta de su cuarto de baño.

— Pensé que seguías en el laboratorio.

— ¿Con quién hablabas? —pregunta desde el jacuzzi, meneando una copa de vino blanco, jugueteando con la espuma que flota en el agua. Tiene más pachorra que Bob Marley.

— ¿Eh?… Conmigo misma… Yo, es que, a veces… hablo sola —tartamudeo nerviosa destruyendo al tiempo mi amor propio con un mazo gigante marca Acme.— Y cantaba una canción de Los Beatles, también… —trato de arreglarlo.— ¿Tú no haces esas cosas?

— Sí, supongo… —contesta sin mucho interés.— Irish, cielo, ¿querrás hacerme un favor?

— Claro, Sharon —acepto dispuesta.

— Tráeme el aceite corporal de coco. Está en el cuarto de baño que utiliza Peck

— En seguida —obedezco dirigiéndome rauda donde Sharon me indica.

Rebusco en el mueble de los bártulos de cosmética del cuarto de baño de Peck. Ahora entiendo su manía de no usar otro baño que no sea este. Puede que sea la luz, o la distribución, o que este espejo favorece bastante. Observo mi reflejo en él, fijándome en las sutiles sombras que surgen en los pliegues de mi ropa y los brillos que se entremezclan caprichosamente en el cabello. Me gusta pensar que, a lo mejor, soy yo la que hoy tiene el guapo subido. Cuando quiero darme cuenta, llevo un par de minutos haciendo gestos y poniendo morritos delante del espejo, y Sharon da un alarido para recordarme que necesita el aceite de coco hoy.

— ¡Voy, voy! No lo encontraba —miento.— Pero al cerrar el mueblecito del lavabo y girarme para cumplir el recado de Sharon, me doy cuenta de que pasa algo. Mi perfil, no es mi perfil, sino más bien el perfil de alguien que ha podido pasar un verano en Sicilia, siendo alimentado por la familia de Hank Petrucci. Pantalón cariñoso y camiseta tacaña… Mierda. Me subo la camiseta y descubro la que Guisante está liando lenta y sigilosamente en mis adentros. ¡¡Oh, mierda, mierda, mierda!! ¡¡Esto no es un guisante, esto es una ciruela como poco!! —pienso histérica.
Aterrada, me recoloco la prenda sin poder quitar de mi cabeza lo que acabo de descubrir. ¡Maldita sea, tengo que salir de la casa de Sharon cuanto antes, o ella también se dará cuenta de esto dentro de poco!

Corro hasta su baño, le entrego el bote de aceite de coco apresuradamente, deseando salir de su campo de visión y ella, creo, observa la función un poco desconcertada.

— Gracias —la oigo decir cuando ya he salido por patas de la estancia.

— ¡Na… nada! —respondo rápidamente desde la lejanía.

— ¿Vas a hacer la comida tú? —pregunta otra vez. Maldita sea, me va a dar un síncope. Picky se cruza conmigo con el rabo erizado.

— ¡Sí… sí! —contesto al tiempo que consigo un delantal y lo uso para ocultar el dato delator, atándolo a duras penas, con las manos confundidas.

— ¿Y qué vas a preparar? —grita ella.

— ¡Sopo y polla! —Oh… Joder.